El sábado 13 de junio se celebró la constitución del Pleno del Ayuntamiento de Madrid. La sesión transcurrió tal y como estaba previsto en el orden del día. El secretario pidió que subieran a la mesa para presidir la sesión el concejal de mayor edad, que resultó ser Manuela Carmena, y el más joven, que era Rita Maestre, ambas del partido Ahora Madrid/Podemos. El secretario, tras pronunciar las palabras propias del juramento del cargo, fue llamando, uno a uno, a los concejales. Estos debían responder “Sí, juro” o “Sí, prometo”. La nota original la pusieron los de Ahora/Podemos, pues si bien la mayoría de ellos terminaba su promesa con un “por exigencia legal”, alguno quiso distinguirse de los demás añadiendo una coletilla latina: “Omnia sunt communia”.

Al parecer se trata de la última parte de una frase de Santo Tomás de Aquino, “In extrema necessitate omnia sunt communia”, que traducida significa: en tiempos de extrema necesidad, todo es del común.

Leo en la red el comentario de una admiradora anónima de Manuela Carmena, de la que dice es “una mujer de la que solo puede un@ sentirse profundamente orgullosa”. Y sobre la frase que se coló en el pleno de constitución del nuevo Ayuntamiento de Madrid comenta: “Curioso que suene radical un mensaje del siglo XIII, pero nunca es tarde para recordar que lo público es de tod@s y en tiempos de extrema necesidad, incluso lo privado debe ponerse al servicio del común”.  Una interpretación que podría explicar la insistencia de Podemos en decir que los niños madrileños están desnutridos o que las diferencias sociales en Madrid están al nivel de las ciudades del Tercer Mundo. Y es que si se extiende la falaz idea de que vivimos en “tiempos de extrema necesidad”, la aplicación de la fórmula Omnia sunt communia llevaría a justificar que lo privado también se pusiera al servicio de todos, o sea, la ocupación de los pisos vacíos  o, incluso, la  aplicación de la tristemente famosa orden “¡exprópiese!” de Hugo Chávez.

El desarrollo del pleno fue seguido desde una tribuna por los dirigentes de Podemos, Iglesias, Errejón y Monedero, que parecían vigilar que todo transcurriera a su gusto y manera. Estaba claro que su intención era poner fin a esa farsa que durante toda la campaña había mantenido Manuela Carmena para hacer creer a la gente que ella nada tenía que ver con el partido de Pablo Iglesias.

Como estaba previsto, Manuela Carmena resultó ser el concejal más votado al recibir los 9 votos del PSOE y, como no podía ser de otra manera, su proclamación como alcaldesa fue aplaudida por todos los concejales. Los de su equipo, alguno de ellos con el puño en alto, acompañaron sus plausos del grito que viene siendo ya habitual entre sus seguidores: “¡sí se puede!”.

A continuación, los portavoces de los grupos fueron tomando la palabra. Begoña Villacís, de Ciudadanos, insistió una vez más en su posicionamiento político centrista. Algo extraño sonó que reclamara el centro de un mapa político en el que, según ella, no se puede ya hablar de derecha e izquierda.

En su intervención, Esperanza Aguirre rogó una vez más a la ya alcaldesa de Madrid que aclarara cuál era su ideología política; reconoció la legitimidad del apoyo socialista a la candidatura de Podemos pero no sin recordar a Carmona el fracaso que siguió a su Partido tras los años de legislatura del tripartito catalán: “No seré yo la que recuerde el éxito que han tenido los socialista cada vez que han apoyado cambios radicales”. Para sorpresa de todos, estas palabras de Aguirre recibieron los sonaros aplausos de Pablo Iglesias y sus lugartenientes. Miré hacia arriba y pude apreciar el rostro jocoso de los que aplaudían. No supe bien si querían mofarse de Aguirre o de Carmona.

La nueva alcaldesa, en un lenguaje cercano y amistoso, adelantó alguna de las medidas que pensaba tomar de inmediato. Entre ellas, dar comida y cena en los colegios a los niños que pasan hambre (reconoció que no sabía cuántos eran) o hacer escuelas infantiles de 0 a 3 años, “iguales para todos los niños”. También propuso el “tuteo” y la “conversación” como alternativas al tratamiento tradicional y a los discursos habituales en los Plenos.

Al salir, un grupo de simpatizantes de Ahora/Podemos recibió a la portavoz de Ciudadanos con abucheos, insultos y amenazas (los del PP, viendo el panorama, habíamos salido por una puerta lateral). Begoña Villacís declaró más tarde que le asustó “la mirada de odio” de algunos sujetos.

La primera semana de gestión de la nueva alcaldesa ha estado rodeada de polémica. Y es que su lista está llena de personajes con un historial que refleja una manera de ser y de pensar que resulta, como mínimo, preocupante.

Guillermo Zapata, uno de los que añadió a su promesa por imperativo legal aquello de que “todo es de todos”, tiene una colección de tuits en internet que escandalizaría a cualquier ciudadano europeo. Parece ser que Zapata es un aficionado al “humor negro” y no ha tenido ningún escrúpulo de conciencia para publicar en la red chistes en los que se toma a broma el exterminio de seis millones de judíos y bromas siniestras sobre víctimas del terrorismo, como Irene Villa, o relacionadas con algunos de los más repugnantes crímenes que hemos conocido en los últimos tiempos, como el de las niñas de Alcasser o el de Marta del Castillo.

Que al salir a la luz estos tuits la alcaldesa haya considerado que no era lo más apropiado para este concejal ocuparse del área de cultura y le haya “relegado” al de concejal de distrito, creo que, como mínimo, es una tomadura de pelo y un insulto a la inteligencia de los que no la votaron, es decir, de la mayoría de los madrileños.

Pablo Soto es otro de los hombres fuertes del nuevo Ayuntamiento. Su trayectoria “literaria” no es muy diferente a la de su colega Zapata. Tuitero avezado en el uso de las redes, gusta de amedrentar a los rivales políticos con la horca, la guillotina o, directamente, mandándoles al cementerio. Dice la alcaldesa que eso era antes, cuando era un “indignado”, pero ahora, que ha sido rescatado por ella para la política, aceptará de buen grado sujetarse a las normas y usos democráticos.

La joven portavoz, Rita Maestre, tiene un curriculum verdaderamente heroico en su lucha contra “la casta”. En 2011, en plena campaña para la elección de rector de la Complutense, se presentó medio desnuda en la capilla de esa universidad durante la celebración de una misa profiriendo insultos contra los asistentes, el celebrante y el rito católico. En sus gritos no faltaron amenazas. “¡Arderéis como en el 36!”, es una de las joyas retóricas que fueron escuchadas aquel día. Manos limpias ha presentado una querella que ha sido aceptada por el juez. El fiscal pide un año de prisión por un delito contra la libertad religiosa. “Que se acostumbren. Ahora llega gente a las instituciones con pasado de compromiso”, ha declarado Maestre, que se justifica porque aquella fue una marcha pacífica “de reivindicación del laicismo, en la que no hubo en absoluto “odio religioso”. Esta joven revolucionaria participó también en el boicot, acompañado de abucheos e insultos, a Rosa Díez en la Complutense hace unos años.

Más contundente si cabe que en los otros dos casos, ha sido la negativa de la alcaldesa a prescindir de su portavoz. Era una joven revolucionaria, feminista y laicista. Su actitud no es en absoluto reprobable para los dirigentes del Partido que gobierna el Ayuntamiento de Madrid.

Según los dirigentes de Podemos, solo la corrupción económica puede ser motivo para excluir a alguien de un cargo público. Lo que digan las leyes no cuenta para ellos. Como Ada Colau en Barcelona, son ellos quienes decidirán qué leyes son justas y cuáles no lo son. Su doctrina ideológica prevalece sobre la ley.

La semana terminó con la manifestación de apoyo a Alfonso Fernández Ortega, Alfon libertad, condenado a 4 años de cárcel por llevar una mochila cargada de explosivos en la huelga del 14 de noviembre de 2012.  Los dirigentes de Podemos han hecho declaraciones exigiendo su liberación inmediata. “Mientras los que quebraron los bancos disfrutan de impunidad, Alfon irá a prisión. Me parece una injusticia”, ha escrito Pablo Iglesias en su perfil de twiter. El joven incendiario cuenta también con el apoyo de Manuela Carmena.

Después de una semana, y a pesar de la ilusión manifestada por la alcaldesa de hacer de Madrid la “ciudad del abrazo”, no faltan datos para temer que el espíritu de revancha, de confrontación, la intolerancia e incluso “el odio” se hayan colado en el Ayuntamiento de Madrid.

Michel Houellebecq (1958) es uno de los autores actualmente más polémicos y de mayor éxito en Francia. Muchas de sus novelas, traducidas a varios idiomas, han sido galardonadas con los premios de mayor prestigio en el mundo cultural francés. Su última novela, Sumisión, apareció en las librerías francesas el 7 de enero de 2015, precisamente el día de los atentados yihadistas contra la revista Charlie Hebdo, provocando un enorme revuelo entre intelectuales y políticos tanto de izquierdas como de derechas.

Sumisión, que es el significado de la palabra árabe “islam”, fue también el título de la película por la que el cineasta holandés, Theo Van Gogh, fue asesinado en noviembre de 2004 en las calles de Amsterdam. Esa pudo ser la razón por la que, incluso antes de leer la novela, la opinión pública se apresurara a descalificar al autor acusándole de  “islamófobo”.

François, el personaje creado por Houellebecq, es profesor de literatura francesa en la universidad Paris III-Sorbona. Su especialidad es la obra de Joris-Karl Huysmans, un escritor francés de la segunda mitad del siglo XIX que a los 44 años se convirtió al catolicismo y que, hastiado del mundo moderno, buscó refugio en la soledad de un monasterio benedictino.

François es un cuarentón solitario. Vive alejado de sus padres y, a excepción de ellos, no parece tener familia. En sus relaciones sentimentales es un poco extraño, se diría que un tanto misógino. Cada año, el comenzar las clases, suele ligarse a alguna alumna y conservarla como amante hasta fin de curso y, después, corta toda  relación con ella. Sólo existe una joven, Myriam, de familia judía, de la que el protagonista parece estar enamorado.

La historia comienza poco después de las elecciones presidenciales francesas de 2017. En ellas, los socialistas han ganado por un estrecho margen al Frente Nacional de Marine le Pen. François Hollande repetirá como Presidente de la República. Pasadas las elecciones, Mohamed Ben Abbes, un musulmán nacido y educado en Francia, miembro de la ENA (el selectivo cuerpo de altos funcionarios del Estado), anuncia la creación de un nuevo partido, La Hermandad Musulmana.

La Hermandad se presenta como un partido abierto y para nada antisemita. Su estrategia política consiste en ir creando una red de movimientos juveniles y de asociaciones caritativas aparentemente no ideologizadas. Una estrategia que, señala el autor, era la típica de los comunistas de antaño.

Transcurridos cinco años, Houellebecq nos sitúa de nuevo en periodo electoral en un ambiente social y político muy enrarecido. El Frente Nacional ha ido ganando adeptos, provocando el pánico entre los militantes de los partidos de centro derecha y de centro izquierda. La tensión en las calles de París ha ido en aumento y, cada vez con mayor frecuencia, se producen estallidos de violencia que, incomprensiblemente, las autoridades y los medios de comunicación intentan ocultar.

El 15 de mayo de 2022 se celebran las elecciones presidenciales. Resulta ganador el Frente Nacional y, detrás, el partido de Ben Abbes, que ha obtenido el 22,3% de los votos. El candidato socialista, con el 21,9%, queda eliminado de la lucha por la presidencia de la República.

A partir de ahí los dos candidatos se esforzarán por conseguir apoyos. La Hermandad Musulmana está dispuesta a dar más de la mitad de los ministerios a los socialistas. Ambos partidos podrían llegar a acuerdos en economía, seguridad e incluso en política exterior, donde los musulmanes exigirán una condena explícita a Israel, algo que la izquierda “concederá sin problemas”. Donde parece imposible que se alcance acuerdo alguno es en educación. Los socialistas no están dispuestos a ceder en lo que han considerado siempre su feudo. “El interés por la educación es una vieja tradición socialista, y el entorno docente es el único que nunca ha abandonado al Partido Socialista […]; la cuestión es que en esta ocasión tienen ante sí a un interlocutor aún más motivado que ellos, y que no cederá bajo ningún pretexto.”

La educación se convierte en el tema central de la carrera por llegar al Elíseo. En un debate televisado entre los dos candidatos, Marine Le Pen sorprende a muchos de sus posibles votantes con un discurso “francamente anticlerical”, reivindicativo de la escuela laica de Jules Ferry. Por el contrario, el candidato musulmán se muestra decidido a introducir la religión en la escuela, algo inaudito en el sistema educativo francés. Los tiempos han cambiado y la escuela republicana, dice Ben Abbes, debe aprender a convivir con las tradiciones espirituales del país, ya sean judías, cristianas o musulmanas.

François, que contempla el debate en TV, escucha asombrado las sugestivas palabras con las que Mohamed Ben Abbes defiende ante la prensa su postura. Los periodistas ni siquiera preguntan. Al finalizar el programa, François se da cuenta de que Ben Abbes ha conseguido su objetivo: “comprendí que había llegado justo donde el candidato musulmán quería llevarme: una especie de duda generalizada, la sensación de que allí no había nada de qué alarmarse, ni nada verdaderamente nuevo”.

Myriam, la novia de François, abandona París. Su familia, como muchos otros judíos franceses, ha decidido partir hacia Israel. Francia no es ya un lugar seguro para ellos. Hay manifestaciones por todas partes que suelen terminar en estallidos de violencia, sin que se sepa muy bien quién las convoca. Extrañamente, ni los periódicos ni el gobierno hablan de ellas.

Llega el día de la segunda vuelta. François abandona la ciudad, teme que una guerra civil pueda estallar en Francia. Al atardecer, las televisiones dejan de funcionar. Por una emisora de la BBC consigue enterarse de que grupos armados han entrado en algunos colegios electorales y varias urnas han sido robadas. Las elecciones son invalidadas; deberán repetirse la semana siguiente.

Se reanudan las negociaciones. Ni socialistas ni musulmanes quieren ceder en la cuestión educativa. Una nueva alianza empieza a perfilarse: los musulmanes con la derecha del UMP, que “nunca ha concedido la menor importancia a la educación”.

Finalmente se produce el acuerdo, la UMP, la UDI (Unión de Demócratas e Independientes) y el Partido Socialista crean un ‘frente republicano amplio’ y se suman al candidato de la Hermandad Musulmana. Si gana las elecciones, Ben Abbes se compromete a nombrar primer ministro al viejo político de derechas François Bayrou. La suerte está echada. Ben Abbes obtendrá una cómoda victoria. El gran éxito del líder musulmán ha sido darse cuenta de que las elecciones no se iban a jugar en el terreno de la economía, sino en el de los valores: restauración de la familia, de la moral tradicional y de las jerarquías.

Seis meses después de las elecciones, todo parece marchar sobre ruedas en la Francia islamizada de Ben Abbes. En el plano Internacional se han establecido puentes entre Marruecos, Turquía y la Unión Europea. En el interior, la delincuencia ha bajado de forma considerable. La institucionalización de ayudas familiares resulta lo suficientemente atractiva para que muchas mujeres hayan decidido retirarse del mundo laboral, con lo que se ha producido un descenso ostensible de las cifras del paro. El gasto en Educación ha bajado considerablemente al restringir la obligatoriedad de la educación a los años de Primaria. Se ha fomentado la formación profesional y potenciado las escuelas de oficios.

En lo que se refiere a la economía, se ha implando el “distributismo”, basado en la formación de colectivos empresariales formados por la unión de pequeñas empresas familiares. Los trabajadores deben ser accionistas de su empresa y corresponsables de la gestión. Se han suprimido todas las ayudas a las empresas. A cambio hay importantes desgravaciones fiscales para artesanos y autónomos.

La implantación de estas medidas no había encontrado oposición alguna. “Francia recuperaba un optimismo que no había conocido desde el final de la edad de oro del capitalismo, medio siglo antes”.

Arabia Saudi ha comprado la universidad en la que François daba sus clases, convirtiéndola en “la Universidad Islámica Paris-Sorbona”. Los nuevos estatutos exigen que los profesores que deseen continuar se conviertan al islam. Uno de los catedráticos, Roger Rediger, ha sido nombrado rector. François recibe una carta de despido en la que le aseguran que conservará el salario íntegro. Algunos de sus colegas, con el sueldo triplicado, continúan en sus puestos. Probablemente, porque han aceptado abrazar la religión islámica.

Sin amigos, sin familia, sin alumnos, sin mujer, François se encuentra totalmente desorientado. En un desesperado intento por seguir los pasos de Huysmans se aloja durante unos días en la abadía en la que él había estado un siglo antes. Parece que con la intención de probar si una conversión al cristianismo podría dar un nuevo sentido a su vida.

De vuelta a París, entra en contacto con el rector, Roger Rediger, que le propone la vuelta a la enseñanza. Ya sabe François que la condición será hacerse musulmán. La propuesta de Rediger da pie a largas conversaciones entre ambos sobre el ateísmo, la religión y el porvenir de Europa. Rediger le habla de su vida, de las reflexiones que le llevaron a hacerse musulmán. Un día comprendí, dice Rediger, que “sin la cristiandad, las naciones europeas no eran más que cuerpos sin alma, unos zombis. La cuestión era la siguiente: ¿podía revivir la cristiandad?”. La respuesta es que ya era demasiado tarde, la civilización occidental se había suicidado. “Esa Europa, que era la cumbre de la civilización humana, se ha suicidado en el espacio de unas décadas”. Esa idea fue la que le llevó a considerar la posibilidad de abrazar el islam.

Para François el mayor obstáculo para aceptar la religión de Mahoma era la poligamia, “me cuesta un poco imaginarme como un macho dominante”. Rediger le explica que el islam exige que las esposas sean tratadas con igualdad y que, por lo general, los musulmanes tienen tantas mujeres como su situación económica les permite. “En su caso –dice Rediger- creo que podría tener tres esposas sin gran dificultad”.

François ya está seguro de que acabará por claudicar. Volver a la universidad le atrae, la vida sexual ya nunca más sería un problema, “las mujeres musulmanas eran abnegadas y sumisas, de eso podía estar seguro, así las educaban, y en el fondo eso bastaba para dar placer”. En cuanto a la vida doméstica, difícilmente podría estar mejor resuelta.

La ceremonia de la conversión no le asusta. Sería en la Gran Mezquita de París. Ante sus nuevos hermanos musulmanes, pronunciaría el juramento que exige el rito musulmán: `Doy fe de que no hay sino un Dios y Mahoma es su profeta’. “Y acto seguido se habría acabado; sería, a partir de entonces, musulmán”.

Era la oportunidad de empezar una nueva vida. “No extrañaría nada”.

Con esta frase pone Houellebecq el punto y final a su historia.

Las primeras voces que se levantaron a raíz de la publicación de Sumisión fueron para acusar a su autor de islamofobia. Después de leer la novela, yo diría que Houellebecq no ha querido escribir una crítica del islam sino de la sociedad francesa y, en general, de toda la sociedad occidental.

En Sumisión, Houellebecq, a través de sus personajes, plantea cuestiones que resultan muy sugerentes. Por ejemplo, Roger Rediger, el mentor espiritual del protagonista, afirma que el siglo XXI se caracterizará por un retorno a lo religioso. El hombre occidental buscará de nuevo un sentido trascendente a su vida y ya no lo encontrará en el cristianismo. Por eso dice que Europa, al haber renegado de su origen cristiano, se ha suicidado.

El desarrollo de las elecciones que llevarán a Mohamed Ben Abbes al Elíseo es perfectamente creíble. En una sociedad francesa en la que reina la apatía, el descreimiento y la confusión y que está harta de los partidos tradicionales (recuérdese que la UPD y el PS son eliminados en la primera vuelta de las elecciones), el candidato musulmán consigue ilusionar a la gente hablando de valores y de creencias. Ese discurso, unido al miedo que inspira el populismo de derechas de Marine Le Pen, lo convierte en el Presidente de la República.

En mi opinión, lo que ha hecho escandalosa la novela de Houellebecq es precisamente su credibilidad política. Es discutible si tras el triunfo en las elecciones del líder musulmán, las cosas sucederían o no como en la novela se describen, pero, sinceramente, no creo que esa sea la cuestión más importante. Como tampoco creo que lo sea, en este caso, la visión que el autor tenga del islam.

El 1 de diciembre de 1934 el líder bolchevique Sergéi Kírov moría tiroteado en la puerta de la sede del Partido Comunista en Leningrado. Aquel crimen sirvió a Stalin de excusa para poner en marcha la maquinaria burocrática que le permitiría arrestar, ejecutar o deportar a los campos de Siberia a todo aquel que resultara molesto a su persona o a sus propósitos, ya fueran opositores políticos, oficiales del ejército, miembros del Partido, campesinos, escritores, artistas, funcionarios o científicos.

Terror y Utopía, publicado en Alemania en 2008 y en España en 2014, es el libro más completo escrito sobre el periodo de Gran Terror en su año más álgido, 1937, y en la ciudad más emblemática de la Unión Soviética, Moscú. Su autor, el historiador alemán Karl Schlögel, ha utilizado  la información y los datos encontrados en archivos abiertos tras la caída del Muro, así como conversaciones mantenidas con familiares de víctimas de Stalin.

Aquel año de 1937, mientras la capital rusa se engalanaba para celebrar el vigésimo aniversario del triunfo de la Revolución bolchevique, una serie de detenciones indiscriminadas sorprendieron a la población. Poco a poco, el miedo fue apoderándose de los moscovitas. Todos desconfiaban de todos, nadie podía sentirse seguro porque cualquiera podía caer bajo la sospecha de ser un “saboteador”, un “enemigo del pueblo”, y sufrir las consecuencias de ello. Los arrestados eran sometidos a simulacros de juicios en los que casi siempre acababan por confesar delitos que no habían cometido. Algunos llegaron a la aberración moral de creerse enemigos de la Revolución y, por tanto, merecedores del castigo. Schlögel cuenta el caso de un condenado a muerte que al escuchar la sentencia entonó una estrofa de Adiós mi querida patria, la canción favorita de Stalin: ‘Bella eras mi amada tierra, porque no existe otro país sobre la Tierra donde el corazón del hombre lata con tanta libertad’.

Según Schölogel aquellos crímenes podían muy haber sido consecuencia política de la aprobación, en el VIII Congreso Extraordinario de los Soviets, celebrado en diciembre de 1936, de la llamada Constitución de Stalin. Y es que, entre otras disposiciones, la nueva Constitución eliminaba las restricciones del voto que hasta entonces existían en la Unión Soviética e implantaba el “sufragio universal directo”. Las elecciones debían celebrarse en diciembre de 1937. Stalin, y sus más fieles colaboradores, eran conscientes de que una medida aperturista de ese calibre exigía un control absoluto por parte de los dirigentes del Partido de los resultados de las votaciones.

La hambruna, consecuencia de la colectivización de los campos, había ocasionado, sólo en el año 1933, seis millones de muertos. Un escalofriante dato que había podido ser celosamente ocultado gracias a la supresión del registro de personas fallecidas. Si se querían celebrar elecciones era necesario realizar un nuevo censo de la población.

El censo fue realizado escrupulosamente y con las mayores garantías burocráticas durante los primeros meses del año 1937. Llegado el momento de publicar los datos, resultó que en lugar de los 172 millones de personas que se había previsto, el censo arrojaba una cifra de 162 millones. Algo inadmisible para los dirigentes políticos. Los resultados fueron anulados y el dirigente de la oficina del censo, acusado de “trotskista-bujaranista” y “enemigo del pueblo”, fue fusilado el 21 de agosto de aquel mismo año.

Entre los documentos que Schlögel incluye en su libro se encuentran las actas del Pleno del Comité Central del Partido Comunista que se celebró en Moscú entre el 23 de febrero y el 5 de marzo de 1937.

El primer punto del orden del día de aquel pleno fue el ‘Asunto Bujarin y Rykov’, dos políticos que, tras una larga historia de fidelidad al Partido, en diciembre de 1936 habían sido inculpados como conspiradores contra el régimen. Desde entonces, varias veces habían sido investigados y llamados a declarar, pero siempre habían negado las acusaciones.

Antes de la celebración del pleno, Bujarin había enviado cien páginas de alegaciones en las que terminaba pidiendo que no le hicieran comparecer: `No estoy ni física ni moralmente en condiciones de asistir al pleno. (…) No quiero romper a llorar, verme presa de la histeria y la impotencia…’.

De nada habían servido sus súplicas. Obligado a comparecer, se obstinó en seguir defendiendo su inocencia. En la noche del 27 de febrero, Stalin sentenció su expulsión del Partido y su traslado a la Lubianka. Bujarin sería condenado a muerte y ejecutado el 13 de marzo de 1938.

El otro de punto importante del orden del día del pleno fueron las elecciones que debían celebrarse a finales de año. El Partido temía el sufragio universal. Se podía controlar a los dos millones de comunistas, pero qué harían los millones de personas ‘sin partido’. Los kulaks, campesinos propietarios que en la colectivización habían sido encarcelados por resistirse a entregar el trigo, y que, una vez cumplidas sus penas de cárcel, volvían a los campos; los antiguos militares expulsados del Partido; los militantes de los partidos prerrevolucionarios; los creyentes y sacerdotes que persistían en su fe a pesar del cierre de las iglesias… ¿Estaba el Partido realmente preparado para unas elecciones ‘generales, libres y secretas’.

Stalin cerró el pleno con una llamada a la renovación del Partido. Se acercaba una nueva era revolucionaria, y, en ella, el Comisariado para Asuntos Internos (NKVD), dirigido por Nikolái Yezhov, debía asumir una función de vanguardia.

“El mecanismo se puso en marcha casi inmediatamente después de terminado el pleno”, escribe Schlögel. En pocos meses se aprobó la legislación necesaria para llevar a cabo los planes criminales del ejecutivo soviético. La Orden 00447, del 30 de julio de 1937, preveía el arresto de 268.950 personas, de las cuales debían ser fusiladas 75.950. La Orden 00439 pondría en marcha la llamada “Operación Alemana”, que se saldó con 41.989 condenas a muerte. La Orden 00485, del 20 de agosto de 1937, dio comienzo a la “Operación Polaca” en la que 139.835 personas fueron condenadas y casi el 80% fusiladas. Todas estas órdenes permitirían que la maquinaria de arrestos, condenas y asesinatos trabajara a pleno rendimiento.

Pero aquel año 1937 también debía ser un año de celebraciones. Veinte años después de la Revolución, Moscú debía mostrar al mundo los grandes logros del sistema socialista soviético. Los visitantes extranjeros debían encontrar en Moscú una ciudad nueva reconstruida para una nueva sociedad: la sociedad más trabajadora, más comprometida, más deportista y más feliz del mundo.

El “Plan General para la Reconstrucción de la Ciudad de Moscú” se había aprobado en 1935 y muchos edificios ya habían sido demolidos, entre ellos más de doscientas iglesias y varios monasterios con los que, señala Schlögel, el característico tañer de las campanas de la capital rusa había desaparecido.

Era preciso agilizar la construcción de las grandes obras contempladas en el Plan para que pudieran ser inauguradas antes de terminar el año. Moscú debía convertirse en centro de atracción para el turismo internacional.

La emblemática Plaza Roja se había reformado para que fuera escenario de todo tipo de celebraciones. “La Plaza Roja –escribe Schlögel- es el auténtico anfiteatro del año 1937: plaza de celebraciones y cadalso al mismo tiempo”. Allí se había presentado, en diciembre de 1936, la nueva Constitución de Stalin. Un año más tarde, en ella se presentarían los resultados electorales. Durante aquel año fue escenario del desfile de los deportistas, de la fiesta de la juventud, de las celebraciones del 1º de Mayo.

La Plaza Roja fue también testigo de las sentencias de los procesos públicos de Moscú. Centenares de manifestantes, convenientemente seleccionados y aleccionados, estallaban en gritos de entusiasmo cada vez que el altavoz pronunciaba el nombre de uno de los condenados.

En Moscú, entre agosto de 1936 y marzo de 1938 se realizaron tres grandes procesos públicos. Los arrestados eran acusados de agentes trotskistas, agentes del fascismo, sabotaje, desviacionismo o simplemente de “enemigos del pueblo”.

Aquellos procesos eran un auténtico montaje teatral, parecían una “tragedia griega” en la que los papeles de acusador y acusado se repartían al azar. La descripción que hace Schögel de la puesta en escena es sobrecogedora. Nunca había pruebas. Era lógico, argumentaba el fiscal, ¿cómo podía el acusado ser tan tonto de haberlas dejado? La única prueba posible era la autoinculpación. A aquellos procesos asistió como invitado especial el embajador norteamericano, Joseph Davis, que nunca dudó de la buena fe de jueces y fiscales.

Los condenados a muerte eran fusilados en el campo de tiro de Bútovo, situado en las afueras de Moscú. En el registro de campo quedaba reflejado el número de ejecuciones diarias. En septiembre de 1937 asesinaron 3.165 personas. Entre cien y ciento sesenta era el número habitual de fusilamientos en un día. Los cadáveres fueron enterrados en fosas comunes, a pocos kilómetros de Bútovo. Los fusilamientos se suspendieron  a finales de 1938.

Como culminación de un año de celebraciones, el 7 de noviembre de 1937 tuvieron lugar los actos conmemorativos de la Revolución. Por la tarde desfilaron ante Stalin casi un millón de personas. Al final del interminable desfile, Stalin brindó por el triunfo del Estado socialista:

“Hemos recibido este Estado en herencia y nosotros, los bolcheviques, hemos consolidado ese Estado por primera vez, convirtiéndolo en un Estado unido e indivisible, no en interés de los terratenientes y capitalistas, sino en beneficio de los trabajadores, de todos los pueblos que componen este país. (…).A cualquiera que, tanto en sus actos como en sus pensamientos, ataque la unidad del Estado socialista, lo vamos a destruir sin piedad.”

Un año más tarde, el 17 de noviembre de 1938, Stalin estampó su firma en un documento en el que se acusaba al NKVD de haber “cometido errores”. Por supuesto que se referían a errores puramente administrativos pero el comisario del pueblo para Asuntos Internos, Yezhov, tuvo que pagar por ello. Encarcelado junto con sus colaboradores más próximos fue fusilado dos años después y enterrado sobre los cadáveres de aquellos a lo que él mismo había mandado ejecutar.

Schölegel habla en su libro de la intervención de Stalin en nuestra Guerra Civil. “A finales de agosto y principios de septiembre del 36 el Gobierno soviético respondió a la solicitud de ayuda del Gobierno republicano e inició el transporte de ayudas y armas. Al mismo tiempo se inició un bien organizado y bien instrumentalizado movimiento de solidaridad que llegaba a cada fábrica a través de los medios de comunicación de masas.”

En el verano de 1936 se organizaron campañas de “solidaridad con el pueblo español (…) España estaba en boca de todos. Se cantaban canciones españolas, se aprendía español, se publicaba a poetas españoles. (…) El equipo de fútbol del País Vasco viajó por el país y jugó, entre otros, contra un equipo de Leningrado.”

Con las ayudas y las armas también llegó de la Unión Soviética “un pedazo de Moscú en el año 1937”, un personal a través del que se podía controlar lo que ocurría en España: “asesores militares, agentes, policía secreta y asesinos a sueldo”. Schlögel cifra en más de setecientos los personajes de este tipo que a finales de noviembre de 1937 se encontraban en España.

Los informes que enviaban estos asesores han permitido saber qué opinión tenían los especialistas soviéticos del ejército republicano. “Los errores, las carencias y los inconvenientes son tildados inmediatamente de `sabotajes’. La indisciplina se convierte en ‘amotinamiento’, las balas perdidas en el combate son tildadas de ‘actos terroristas´, las enfermedades son relacionadas con el chocolate envenenado”. La guerra contra Franco sólo se podría ganar si se eliminaba a los ‘enemigos internos’, es decir a los anarquistas, trotskistas y sindicalistas. No hay posibilidad de victoria contra los rebeldes, decían en sus informes, mientras esa `escoria dentro del bando republicano no sea liquidada’.

Como “peculiar topografía del terror” considera Karl Schlögel la represión llevada a cabo contra los dirigentes de POUM y el asesinato de Andreu Nin (por órdenes de Aleksandr Orlov), tras los sucesos de Barcelona de la primavera de 1937.

Una gran parte de los asesores políticos que envió Stalin en los primeros meses de la guerra española ya estaban muertos antes de que ésta terminara. “Sin embargo, ninguno de ellos cayó en combate, sino en las mazmorras del NKVD”. Uno de ellos fue Mjaíl Kóltsov, el reportero de Stalin, que fue condenado a muerte el 12 de diciembre de 1938.

Tras la caída del Muro y el fin de la Unión Soviética se inició el proceso de construcción de la memoria histórica del terror soviético. “Falta todavía mucho –escribe Schlögel- para que este proceso acabe, y sólo llegará a feliz término cuando la Lubianka, ese símbolo de desprecio infinito por el ser humano, de violencia asesina, situado en el mismo centro de Moscú, se transforme, un día no muy lejano, en un museo y en un lugar de conmemoración”.

(Terror y Utopía. Moscú en 1937. Karl Schlögel, 2014)

“Con Ciudadanos damos la bienvenida a la derecha civilizada”. El socialista moderado Pedro Sánchez ha enseñado su patita de izquierdista arrogante con esta frase sacada del baúl de los recuerdos.

Los universitarios antifranquistas de mi generación, cuando elucubrábamos sobre cómo sería una España democrática decíamos que existiría una “derecha civilizada”  como la que había en Francia, Inglaterra o Alemania. Insinuar hoy que el PP no representa a esa “derecha civilizada” es tanto como poner en duda la “civilización” de la derecha francesa del UMP, la de los conservadores británicos o la de los demócratas alemanes del CDU. Creo, con todos mis respetos, que el secretario general del PSOE debería ser más cuidadoso con sus palabras. Esa insinuación, en boca de de una persona tan moderada y prudente como aparenta ser Pedro Sánchez, es muestra, una vez más, de hasta qué punto la izquierda española se considera con la potestad de calificar y clasificar moralmente a sus adversarios políticos.

En el diccionario de la RAE, “educar” e “ilustrar” aparecen como sinónimos del “civilizar”. Por eso, me extraña tanto esa arrogancia cultural en un dirigente de Partido artífice de la ley de Educación que más ha despreciado la instrucción, es decir, la ilustración, de los ciudadanos.

No sé si Pedro Sánchez es consciente de que el gran proyecto educativo de su Partido, la LOGSE, cuyo logro fundamental es haber escolarizado a la población hasta los 16 años, no sólo no ha conseguido elevar el nivel de “ilustración” de los ciudadanos  sino que ha convertido la educación en un problema social y político de muy difícil solución.

Ya va siendo hora de que algún socialista declare públicamente, como lo hizo en su día Tony Blair, que aquel modelo educativo fue un grave error. Un error que, en España, sólo los de UPyD (y no todos) fueron capaces de reconocer. En ese sentido sí se podría decir que  UpyD representaba a una izquierda civilizada. Una izquierda con la que se podría haber llegado a un acuerdo sobre qué sistema educativo puede mejorar la cultura, es decir, la “civilización” de los españoles.

Artículo publicado en el nº2 del Espectador incorrecto.

En 1958 la filósofa alemana Hannah Arendt, que vivía entonces en Estados Unidos, pronunció en Bremen una conferencia, “La crisis de la educación” (Die Krise der Erziehung), en la que reflexionaba sobre la situación de crisis que atravesaba la educación norteamericana. Decía Arendt que cualquier crisis podía suponer la oportunidad de reflexionar sobre las cuestiones que la habían motivado y remediar los errores cometidos, siempre y cuando, ante ella, no se respondiera con prejuicios, pues, en ese caso, la crisis se podía convertir en un auténtico desastre.

Para Arendt, lo que hacía especialmente duradera y peligrosa la crisis de la educación norteamericana era la cantidad de prejuicios políticos y pedagógicos con los que tropezaban las autoridades educativas cada vez que pretendían implantar alguna medida sensata dirigida a mejorar los resultados de las enseñanzas de Primaria y Secundaria. Prejuicios que ella había detectado entonces solamente en los Estados Unidos pero que, en su opinión, en un futuro próximo podrían contagiar la educación de todo el mundo occidental.

Como prejuicios políticos Arendt señalaba la especial forma de entender la igualdad de oportunidades que había llevado a las autoridades educativas de EEUU a extender la enseñanza media a toda la población con un único plan de estudios, sin tener en cuenta las distintas capacidades e intereses de los alumnos. Con ello, la enseñanza media se había convertido en una mera prolongación de la educación primaria y, en consecuencia, se había rebajado notablemente el nivel de la enseñanza universitaria.

En cuanto a los prejuicios pedagógicos, Hannah Arendt señalaba un conjunto de teorías que desde los años treinta dominaban en el mundo de la educación como, por ejemplo, que los maestros no tienen que transmitir conocimientos a los niños porque son estos quienes han de construir su propio aprendizaje, que la competitividad debe erradicarse de las escuelas, que los exámenes sólo sirven para traumatizar a los niños o que las normas de conducta han de decidirlas los propios alumnos y nunca imponerlas los profesores.

En aquella conferencia Arendt llamaba la atención sobre la gran diferencia que existía entre el sistema educativo norteamericano y el que entonces había en Europa. Ponía como ejemplo la Ley de Educación implantada en Inglaterra al final de la Segunda Guerra Mundial, que había hecho obligatoria la enseñanza secundaria creando tres tipos de centros diferentes. Para ingresar en uno u otro se tenían en cuenta las aptitudes de los escolares. Sólo aquellos que aprobaban el examen que todos los niños estaban obligados a hacer a los 11 años podían ir a las llamadas Grammar Schools, centros estatales de educación secundaria con un alto nivel de exigencia académica que preparaban para cursar estudios universitarios.

Como había pronosticado Hannah Arendt, el modelo norteamericano no tardaría en atravesar el Atlántico. En los años sesenta los laboristas británicos decidieron reformar su sistema escolar. Suprimieron el examen de final de Primaria, prohibieron las Grammar Schools y obligaron a que todas las escuelas de secundaria se organizaran según el modelo de las Comprehensive Schools donde, como ocurría en las High Schools norteamericanas, podían entrar todos los niños al finalizar la Primaria sin examen alguno y donde todos estudiaban con el mismo curriculum o plan de estudios.

Poco después, a partir de las revueltas estudiantiles de Mayo del 68, todos aquellos prejuicios que habían provocado la crisis de la educación en EEUU, convertidos en dogmas incuestionables, invadieron el terreno de la educación de una gran parte de Europa occidental. Casi todas las leyes de Educación que se aprobaron en los años setenta extendieron la obligatoriedad de la enseñanza secundaria con el modelo “comprensivo” de las escuelas británicas e impusieron los principios pedagógicos progresistas de los que Hannah Arendt había hablado en su conferencia de Bremen.

El término “comprensividad” comenzó a utilizarse en España a partir de la Ley Orgánica General del Sistema Educativo (LOGSE) de 1990. Los socialistas que habían tomado parte en su elaboración se mostraron entonces orgullosos de haber modernizado la educación española implantando en España el modelo de las Comprenhensive Schools británicas cuando ya en Inglaterra empezaba a cuestionarse. Desde la implantación de la LOGSE la enseñanza es obligatoria hasta los 16 años. De los 6 a los 16 años todos los alumnos deben seguir el mismo plan de estudios o “currículo” y no se permite la selección de alumnos por sus resultados académicos ni la posibilidad de estudiar formación profesional.

No hay duda de que la profecía de Hannah Arendt se ha cumplido. Hoy se puede decir que existe una crisis de la educación occidental. En los rankings de las evaluaciones PISA, que desde el año 2000 realiza la OCDE, los primeros puestos son sistemáticamente ocupados por países que, como Singapur o Corea, mantienen un sistema educativo muy exigente y selectivo y métodos pedagógicos absolutamente tradicionales. Mientras que países como Francia o Inglaterra, cuyo sistema educativo hasta hace bien poco se había considerado modélico, obtienen resultados muy mediocres.

Esta crisis de la educación está afectando a España de una forma especialmente grave. Nuestros alumnos se sitúan en los últimos puestos del ranking de resultados de PISA. El porcentaje de abandono escolar, esto es de los alumnos que no continúan estudiando una vez terminada la escolarización obligatoria, es casi el doble de la media europea. El paro juvenil adquiere en nuestro país unas cifras escalofriantes. El pasado julio, el 53,7% de los menores de 25 años estaba en paro en España mientras que la media de la UE era del 21,6%.

Lo que hace especialmente interesante aquella conferencia que Hannah Arendt pronunció en Bremen es el hecho de que aquellos prejuicios políticos y pedagógicos que señalaba entonces la gran filósofa alemana sigan siendo los mismos con los que tropiezan los gobiernos cuando intentan implantar reformas para mejorar los resultados de su sistema educativo.

En el ya largo debate sobre la educación y sus reformas nos hallamos encerrados en un bucle, más o menos melancólico, del que parece imposible salir. Existen medidas que podrían mejorar sustancialmente el rendimiento académico de nuestros escolares, como son: una mayor concreción en los programas de las distintas disciplinas, la implantación de exámenes al final de cada etapa, una mejor formación académica de los maestros o mayor autonomía de los centros para establecer sus enseñanzas, pero, a la hora de implantarlas, siempre chocan con esos dogmas pedagógicos que Hannah Arendt señaló hace más de medio siglo.

Algunas de esas reformas han podido hacerse en España. De hecho, en la Comunidad de Madrid, dentro de los marcos legales establecidos por los distintos Ministerios de Educación, se han experimentado con bastante éxito, sobre todo en la enseñanza primaria.

Los exámenes están hoy totalmente desprestigiados y, sin embargo, cualquier profesor sabe por experiencia que es el mejor sistema para comprobar la adquisición de unos determinados conocimientos. Es necesaria una normativa estatal que establezca un buen sistema de exámenes nacionales, principalmente al finalizar la enseñanza obligatoria. La nueva LOMCE los tiene previstos, veremos cuándo y cómo llegan a implantarse.

Es necesario también un profundo cambio en la concepción de la carrera de magisterio y un nuevo sistema de selección de profesores. Una selección que deberá hacerse buscando al mejor profesor posible, que tendrá que saber enseñar pero, sobre todo, demostrar que domina la materia que ha de enseñar.

Pero, sin duda, el problema más grave de la educación está en la “comprensividad” del sistema. La incorporación a los Institutos de Educación Secundaria de todos los alumnos, sin posibilidad de separación por su nivel de conocimientos, ha llevado a las aulas una heterogeneidad de capacidades, actitudes e intereses que dificulta enormemente la tarea de los profesores. Ninguna de las leyes posteriores ha conseguido resolver lo que la experiencia ha demostrado que es irresoluble. Más allá de los años de Primaria, ningún currículo puede ser útil al mismo tiempo para los alumnos con capacidad para el estudio y para aquellos que no muestran ningún interés por estudiar. Hay que procurar que todos desarrollen al máximo sus capacidades pero habrá que tener en cuenta que éstas no son para todos las mismas.

No puede ser casualidad que los países que no adoptaron la “comprensividad”, como Alemania, Austria o Países Bajos, y que mantienen, después de la enseñanza primaria, la posibilidad de estudiar o bien formación profesional o bien bachillerato ofrezcan hoy los mejores datos de empleo juvenil de toda la Unión Europea. Frente al 21,6% de la media, Alemania presenta un 7,6% de desempleados entre los menores de 25 años, Austria, el 9,1% y los Países Bajos el 9,8%.

Existen experiencias que han dado buenos resultados en otros países, como la especialización de centros de secundaria (deportes, lenguas, artes, tecnologías), la creación de institutos con un mayor nivel de exigencia académica o de institutos profesionales donde los alumnos pueden aprender un oficio que les permita incorporarse tempranamente al mundo laboral. Experiencias que podrían tener éxito también en España si la izquierda pedagógica estuviera dispuesta a admitir y abandonar ese dogmatismo igualitario que está en la raíz de los males que han provocado la ya recurrente crisis de la educación.

Los detenidos en la Rusia de Stalin sufrían largos interrogatorios en los que los agentes de la KGB pretendían hacerles confesar delitos que, generalmente, no habían cometido. Cuando el prisionero se negaba a aceptar las mentiras inventadas por el agente de turno de la policía secreta, tras ser torturado cruelmente, era arrojado a una habitación cuadrada de muy pequeñas dimensiones con la orden de buscar una inexistente “quinta esquina” de su celda porque, se le decía, hasta que la encontrara o confesara su crimen no saldría de allí.

La quinta esquina es el título que el escritor ucraniano Izraíl Métter (1909-1996) escogió para una sus novelas, publicada recientemente en España por la editorial Asteroide. Métter es un autor poco conocido en España. Pertenece a la generación de escritores que, como el ucraniano Vasili Grossman (1906-1969), la rusa Lidia Chukósvkaia (1907-1996), el alemán Sebastian Haffner (1907-1999) o el húngaro Arthur Koestler (1905-1983), vivieron de niños la Primera Guerra Mundial y sobrevivieron a los regímenes totalitarios que engendró la Europa del siglo XX.

Izraíl Métter nació en la ciudad ucraniana de Járkov, en el seno de una familia de pequeños comerciantes judíos. Durante los años de entreguerras se ganó la vida como profesor de matemáticas, después de tener una formación autodidacta, pues su condición de “pequeñoburgués”, perteneciente a una familia de comerciantes y artesanos, le había cerrado la posibilidad de acceder a estudios superiores en el nuevo régimen soviético.

En La quinta esquina, Métter crea un personaje, Boria, cuya biografía podía ser la suya propia, que al final de los años sesenta repasa los años vividos bajo la dictadura de Stalin. Boria relata sus frustrados intentos por acceder a los estudios superiores, sus experiencias como profesor de matemáticas, la muerte de su padre, su amor imposible por la bella Katia, sus matrimonios fracasados, el sitio de Leningrado, y, finalmente, el reencuentro con los pocos conocidos que, como él, sobrevivieron milagrosamente a las purgas de Stalin y a la Segunda Guerra Mundial.

Podría decirse que el principal argumento de la novela es el gran e imposible amor entre Boria y Katia. El adolescente desaliñado que era Boria en los años veinte fue contratado por la hija única de un médico de éxito de Járkov para que le ayudara a preparar sus exámenes de secundaria. De aquellas clases surgirá la historia de una extraña relación que marcará la vida del protagonista y que terminará con la detención de Katia en 1949 y su suicidio en una celda cuadrada de la que no iban a permitirle salir hasta que no encontrara “la quinta esquina”.

Sin embargo, el principal argumento de la novela de Izraíl Métter es el doloroso examen de conciencia que hace el autor sobre su propia vida y la de toda su generación: “Examino mi vida como se examina el trigo, -dice Boria- poniéndolo en la palma de la mano para encontrar las semillas malas”. Y en este examen de conciencia se pregunta: “¿Y qué hacer con las ilusiones perdidas? ¿Qué hacer con aquello en lo que creía? ¿Qué hacer conmigo mismo, con aquello que quise decir y hacer y no hice ni dije? Y no porque no hubiera tenido tiempo. Lo tuve. Tuve tiempo de reflexionar. Y llegué a conclusiones que me asustaron.”

Al repasar los años su juventud, el protagonista de La quinta esquina trata de comprender lo que ocurrió y explicar cómo fue posible que cientos de miles de ciudadanos (entre los que se contaban niños empujados por sus maestros a espiar y denunciar a sus propios padres) participaran en el perverso juego de las delaciones arbitrarias e injustas sin ser conscientes de que a causa de ellas sus propios familiares y amigos podrían ser detenidos.

Así fue cómo, escribe Métter, se iba extendiendo en la sociedad el miedo y la desconfianza de todos hacia todos: “Con diligencia sospechábamos la traición de nuestro amigo, pero tomábamos vodka con él; los maestros sentían temor de sus alumnos. Los alumnos de sus maestros. Sintiendo terror y repugnancia por la delación, la gente se apresuraba a ser la primera en delatar, para adelantarse a los otros”.

Y así fue cómo la locura se apoderó de una sociedad en la que, a las dificultades para alimentarse y sobrevivir, se añadía la inseguridad, la sospecha y el terror: “La sospecha de todos contra todos se arraigaba en el cerebro, irradiaba los genes, cambiando su código; la sospecha ya era hereditaria” (…) “Esa época mostró que el ser humano no conoce límites para sus capacidades, ni para el heroísmo, ni para la bajeza.”

Una anécdota que resultaría intrascendente en la sociedad libre en la que ahora vivimos hizo a Boria cómplice de aquella locura colectiva. Ocurre en 1930. Boria es profesor en la Universidad comunista para adultos de los Urales y pone a prueba sus dotes de pedagogo al tratar de explicar a sus alumnos, por medio de las matemáticas, todas las situaciones de la vida. “Me parecía indiscutible que incluso los acontecimientos políticos pudieran ser vistos desde un punto de vista matemático”. (…) “Había inventado incluso problemas que abordaban el ‘sabotaje’ y ‘las desviaciones en el interior del partido”.

Un día Boria cuenta a sus colegas que está preparando la edición de un libro con este tipo de problemas. El rector de la Universidad cometió la osadía de reírse de él y calificar su intento de “vulgar y ramplón”. Boria, profundamente herido, decidió vengarse y en su libro incluyó un ingenioso problema en el que con unas cuantas cifras se demostraba que el buen rector “era un enemigo del pueblo”. “Yo, lo demostré; a él, le fusilaron”

Izraíl Métter encuentra una explicación para aquella locura colectiva que recuerda al ensayo El Anticristo que el austríaco Joseph Roth escribió desde el exilio en 1934:

La fe del hombre ignorante en Dios se ha ido acumulando durante milenios; se transmitía de generación en generación. La hipocresía de la religión era relativa: no prometía el reino de Dios en la tierra. Mentía hablando de la hojarasca del paraíso. El concepto de Dios era especulativo. Mejor dicho, a medida que iba aumentando la cultura de la humanidad, se volvía cada vez más especulativo.

“Y, de repente, Dios se encontró junto a nosotros. Apareció en un país que se había vuelto casi completamente antirreligioso. Ese dios era concreto. Llevaba unas botas altas relucientes de puro limpias, una guerrera y una gorra de aspecto semimilitar. Los iconos de su imagen se editaban en tirajes de millones de ejemplares.

        “Incluso las habitaciones de los pisos comunales se convirtieron en casas de oración.

        “Las asambleas generales comenzaron a parecerse a las reuniones de los flagelantes.

“Los sectarios se martirizaban ante los ojos de sus correligionarios.

        “Era un dios cruel. No castigaba en el otro mundo, sino en este. Y cuanto más castigaba, con mayor exaltación creían en él.”

(…)

“Desde el nacimiento del cristianismo hasta el momento en que millones de personas tuvieron fe en Cristo, pasaron siglos. El nuevo dios apareció después de la muerte de Lenin, y la fe en él, temblorosa y ciega, se apoderó de cientos de millones de personas en el transcurso de 15 o 17 años.”

(…) “Él lo veía y lo oía todo con los ojos y los oídos de los delatores. De ser una ocupación secreta y vergonzosa, la delación pasó a convertirse en un honorable deber cívico”.

Izraíl Métter, como Vasili Grossman, como Sebastian Haffner, o como otros escritores que quisieron explicarse cómo pudo ocurrir lo que ocurrió, ya sea en la Rusia estalinista o en la Alemania nazi, es consciente de que una sociedad “colectivizada” está preparada para renunciar a la libertad individual. El personaje creado por Métter reflexiona sobre la sociedad en la que le ha tocado vivir y se da cuenta de que como “persona” es prácticamente inexistente. En el mundo planificado y burocratizado de la Rusia soviética, los individuos no cuentan: “Los cuadros lo deciden todo, dijo Stalin. Él no hubiera podido operar con la fórmula `las personas lo deciden todo’, porque el concepto `personas’ era para él superfluo e incluso embarazoso”.

Izraíl Métter terminó de escribir La quinta esquina en 1969 pero no pudo publicarla hasta 1989.

La quinta esquina. Izraíl Métter (Libros Asteroide, 2014)

El sábado 10 de enero el diario El País publicaba un artículo de Ayaan Hirsi Ali con el título “Cómo responder al atentado”, en el que la escritora holandesa, actualmente residente en EEUU, daba su opinión sobre este nuevo ataque islamista en el corazón de Europa.

Con esa claridad y valentía que siempre la han caracterizado, Ayaan Hirsi Ali comienza por recordarnos que la masacre de París no ha sido obra de un “lobo solitario”, de un perturbado que nada tiene que ver con el islam. Se trata de una operación que “fue diseñada para sembrar el terror” y que, en ese sentido, ha funcionado. Hoy “Occidente está horrorizado, como corresponde”.

Ayaan Hirsi Ali es aquella controvertida política holandesa de origen somalí que, huyendo de un matrimonio pactado al modo musulmán por su padre, se convirtió en una mujer nómada que durante unos años recorrió Europa intentado convencer a los europeos de que el esfuerzo por la defensa de los valores de la cultura occidental merecía la pena, y de que la libertad de la que disfrutamos no es un regalo de la naturaleza sino que exige luchar para preservarla. Actualmente vive en Estados Unidos, está casada con el historiador británico Niall Fergusson y dirige la AHA Fundation, creada por ella misma en 2007 para la defensa de los derechos de las mujeres musulmanas. La fundación lucha especialmente para poner fin a los matrimonios forzados, la mutilación genital o los “crímenes de honor” que sufren algunas mujeres musulmanas que residen en países occidentales.

Ayaan Hirsi Ali afirma en su artículo que el Corán (que fue su modelo de conducta durante muchos años) contiene muchas llamadas a la yihad violenta. Pero que existe otro libro mucho más moderno, El concepto coránico de la guerra, escrito por el general pakistaní, S. K. Malik en la década de 1970 que, para los islamistas, es la biblia de la yihad del siglo XX. En ese libro, su autor analiza la estrategia coránica para alcanzar la victoria, que no es otra que utilizar el terror para “golpear el alma” del enemigo.

Ayaan Hirsi Ali lo tiene muy claro: “Nuestra alma reside en nuestra creencia en la libertad de pensamiento y de expresión (…). Y allí es precisamente donde los islamistas nos han atacado. Una vez más.” Los responsables de la matanza de París lo que pretenden es imponer el terror. “Y cada vez que nos rendimos a su idea de la violencia religiosa justificada, les estamos dando exactamente lo que quieren.”

Ayaan Hirsi Ali considera que, por eso, y porque no existe ninguna duda de que los islamistas actúan movidos por una ideología que es parte integrante de los textos fundacionales del islam, no se debe ceder ante las exigencias de quienes pretenden que renunciemos a los valores y principios sobre los que se ha construido la civilización occidental.

“Aplacamos los ánimos de los jefes de gobierno musulmanes que nos presionan para que censuremos nuestra prensa, nuestras universidades, nuestros libros de historia, nuestros programas académicos. Ellos reclaman y nosotros les complacemos. (…) ¿Y qué recibimos a cambio? Kaláshnikovs en el corazón de París”.

Ayaan Hirsi Ali concluye en su artículo con una llamada a la resistencia, a la defensa de nuestras libertades, a no dejarse dominar por el pánico: “Occidente no debe aplacar, no debe ser silenciado. Debemos enviar un mensaje colectivo a los terroristas: vuestra violencia no debe destruir nuestra alma”.

He leído todos los libros que en España se han publicado de Ayaan Hirsi Ali y tengo una gran admiración por sus ideas y por su valiente forma de vivir. Pero me resulta difícil compartir el optimismo que muestra en este artículo con respecto a la respuesta de Occidente. Y es que yo no estoy muy segura de que los ciudadanos de esos países que constituyen lo que llamamos Occidente valoren tanto como Hirsi Ali el “alma” de su civilización. Es más, yo creo que la mayor amenaza para Occidente viene precisamente de la falta de convicciones, de la relativización moral, de la cobardía y del desencanto que embarga hoy a las sociedades occidentales.

Ojalá este nuevo crimen contra el alma de la civilización occidental sirva para despertar nuestras conciencias y, como Ayaan Hirsi Ali, emprendamos con convicción y sin complejos la lucha por la defensa de nuestras libertades, por la defensa de los valores de nuestra civilización.

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