Los detenidos en la Rusia de Stalin sufrían largos interrogatorios en los que los agentes de la KGB pretendían hacerles confesar delitos que, generalmente, no habían cometido. Cuando el prisionero se negaba a aceptar las mentiras inventadas por el agente de turno de la policía secreta, tras ser torturado cruelmente, era arrojado a una habitación cuadrada de muy pequeñas dimensiones con la orden de buscar una inexistente “quinta esquina” de su celda porque, se le decía, hasta que la encontrara o confesara su crimen no saldría de allí.

La quinta esquina es el título que el escritor ucraniano Izraíl Métter (1909-1996) escogió para una sus novelas, publicada recientemente en España por la editorial Asteroide. Métter es un autor poco conocido en España. Pertenece a la generación de escritores que, como el ucraniano Vasili Grossman (1906-1969), la rusa Lidia Chukósvkaia (1907-1996), el alemán Sebastian Haffner (1907-1999) o el húngaro Arthur Koestler (1905-1983), vivieron de niños la Primera Guerra Mundial y sobrevivieron a los regímenes totalitarios que engendró la Europa del siglo XX.

Izraíl Métter nació en la ciudad ucraniana de Járkov, en el seno de una familia de pequeños comerciantes judíos. Durante los años de entreguerras se ganó la vida como profesor de matemáticas, después de tener una formación autodidacta, pues su condición de “pequeñoburgués”, perteneciente a una familia de comerciantes y artesanos, le había cerrado la posibilidad de acceder a estudios superiores en el nuevo régimen soviético.

En La quinta esquina, Métter crea un personaje, Boria, cuya biografía podía ser la suya propia, que al final de los años sesenta repasa los años vividos bajo la dictadura de Stalin. Boria relata sus frustrados intentos por acceder a los estudios superiores, sus experiencias como profesor de matemáticas, la muerte de su padre, su amor imposible por la bella Katia, sus matrimonios fracasados, el sitio de Leningrado, y, finalmente, el reencuentro con los pocos conocidos que, como él, sobrevivieron milagrosamente a las purgas de Stalin y a la Segunda Guerra Mundial.

Podría decirse que el principal argumento de la novela es el gran e imposible amor entre Boria y Katia. El adolescente desaliñado que era Boria en los años veinte fue contratado por la hija única de un médico de éxito de Járkov para que le ayudara a preparar sus exámenes de secundaria. De aquellas clases surgirá la historia de una extraña relación que marcará la vida del protagonista y que terminará con la detención de Katia en 1949 y su suicidio en una celda cuadrada de la que no iban a permitirle salir hasta que no encontrara “la quinta esquina”.

Sin embargo, el principal argumento de la novela de Izraíl Métter es el doloroso examen de conciencia que hace el autor sobre su propia vida y la de toda su generación: “Examino mi vida como se examina el trigo, -dice Boria- poniéndolo en la palma de la mano para encontrar las semillas malas”. Y en este examen de conciencia se pregunta: “¿Y qué hacer con las ilusiones perdidas? ¿Qué hacer con aquello en lo que creía? ¿Qué hacer conmigo mismo, con aquello que quise decir y hacer y no hice ni dije? Y no porque no hubiera tenido tiempo. Lo tuve. Tuve tiempo de reflexionar. Y llegué a conclusiones que me asustaron.”

Al repasar los años su juventud, el protagonista de La quinta esquina trata de comprender lo que ocurrió y explicar cómo fue posible que cientos de miles de ciudadanos (entre los que se contaban niños empujados por sus maestros a espiar y denunciar a sus propios padres) participaran en el perverso juego de las delaciones arbitrarias e injustas sin ser conscientes de que a causa de ellas sus propios familiares y amigos podrían ser detenidos.

Así fue cómo, escribe Métter, se iba extendiendo en la sociedad el miedo y la desconfianza de todos hacia todos: “Con diligencia sospechábamos la traición de nuestro amigo, pero tomábamos vodka con él; los maestros sentían temor de sus alumnos. Los alumnos de sus maestros. Sintiendo terror y repugnancia por la delación, la gente se apresuraba a ser la primera en delatar, para adelantarse a los otros”.

Y así fue cómo la locura se apoderó de una sociedad en la que, a las dificultades para alimentarse y sobrevivir, se añadía la inseguridad, la sospecha y el terror: “La sospecha de todos contra todos se arraigaba en el cerebro, irradiaba los genes, cambiando su código; la sospecha ya era hereditaria” (…) “Esa época mostró que el ser humano no conoce límites para sus capacidades, ni para el heroísmo, ni para la bajeza.”

Una anécdota que resultaría intrascendente en la sociedad libre en la que ahora vivimos hizo a Boria cómplice de aquella locura colectiva. Ocurre en 1930. Boria es profesor en la Universidad comunista para adultos de los Urales y pone a prueba sus dotes de pedagogo al tratar de explicar a sus alumnos, por medio de las matemáticas, todas las situaciones de la vida. “Me parecía indiscutible que incluso los acontecimientos políticos pudieran ser vistos desde un punto de vista matemático”. (…) “Había inventado incluso problemas que abordaban el ‘sabotaje’ y ‘las desviaciones en el interior del partido”.

Un día Boria cuenta a sus colegas que está preparando la edición de un libro con este tipo de problemas. El rector de la Universidad cometió la osadía de reírse de él y calificar su intento de “vulgar y ramplón”. Boria, profundamente herido, decidió vengarse y en su libro incluyó un ingenioso problema en el que con unas cuantas cifras se demostraba que el buen rector “era un enemigo del pueblo”. “Yo, lo demostré; a él, le fusilaron”

Izraíl Métter encuentra una explicación para aquella locura colectiva que recuerda al ensayo El Anticristo que el austríaco Joseph Roth escribió desde el exilio en 1934:

La fe del hombre ignorante en Dios se ha ido acumulando durante milenios; se transmitía de generación en generación. La hipocresía de la religión era relativa: no prometía el reino de Dios en la tierra. Mentía hablando de la hojarasca del paraíso. El concepto de Dios era especulativo. Mejor dicho, a medida que iba aumentando la cultura de la humanidad, se volvía cada vez más especulativo.

“Y, de repente, Dios se encontró junto a nosotros. Apareció en un país que se había vuelto casi completamente antirreligioso. Ese dios era concreto. Llevaba unas botas altas relucientes de puro limpias, una guerrera y una gorra de aspecto semimilitar. Los iconos de su imagen se editaban en tirajes de millones de ejemplares.

        “Incluso las habitaciones de los pisos comunales se convirtieron en casas de oración.

        “Las asambleas generales comenzaron a parecerse a las reuniones de los flagelantes.

“Los sectarios se martirizaban ante los ojos de sus correligionarios.

        “Era un dios cruel. No castigaba en el otro mundo, sino en este. Y cuanto más castigaba, con mayor exaltación creían en él.”

(…)

“Desde el nacimiento del cristianismo hasta el momento en que millones de personas tuvieron fe en Cristo, pasaron siglos. El nuevo dios apareció después de la muerte de Lenin, y la fe en él, temblorosa y ciega, se apoderó de cientos de millones de personas en el transcurso de 15 o 17 años.”

(…) “Él lo veía y lo oía todo con los ojos y los oídos de los delatores. De ser una ocupación secreta y vergonzosa, la delación pasó a convertirse en un honorable deber cívico”.

Izraíl Métter, como Vasili Grossman, como Sebastian Haffner, o como otros escritores que quisieron explicarse cómo pudo ocurrir lo que ocurrió, ya sea en la Rusia estalinista o en la Alemania nazi, es consciente de que una sociedad “colectivizada” está preparada para renunciar a la libertad individual. El personaje creado por Métter reflexiona sobre la sociedad en la que le ha tocado vivir y se da cuenta de que como “persona” es prácticamente inexistente. En el mundo planificado y burocratizado de la Rusia soviética, los individuos no cuentan: “Los cuadros lo deciden todo, dijo Stalin. Él no hubiera podido operar con la fórmula `las personas lo deciden todo’, porque el concepto `personas’ era para él superfluo e incluso embarazoso”.

Izraíl Métter terminó de escribir La quinta esquina en 1969 pero no pudo publicarla hasta 1989.

La quinta esquina. Izraíl Métter (Libros Asteroide, 2014)

El sábado 10 de enero el diario El País publicaba un artículo de Ayaan Hirsi Ali con el título “Cómo responder al atentado”, en el que la escritora holandesa, actualmente residente en EEUU, daba su opinión sobre este nuevo ataque islamista en el corazón de Europa.

Con esa claridad y valentía que siempre la han caracterizado, Ayaan Hirsi Ali comienza por recordarnos que la masacre de París no ha sido obra de un “lobo solitario”, de un perturbado que nada tiene que ver con el islam. Se trata de una operación que “fue diseñada para sembrar el terror” y que, en ese sentido, ha funcionado. Hoy “Occidente está horrorizado, como corresponde”.

Ayaan Hirsi Ali es aquella controvertida política holandesa de origen somalí que, huyendo de un matrimonio pactado al modo musulmán por su padre, se convirtió en una mujer nómada que durante unos años recorrió Europa intentado convencer a los europeos de que el esfuerzo por la defensa de los valores de la cultura occidental merecía la pena, y de que la libertad de la que disfrutamos no es un regalo de la naturaleza sino que exige luchar para preservarla. Actualmente vive en Estados Unidos, está casada con el historiador británico Niall Fergusson y dirige la AHA Fundation, creada por ella misma en 2007 para la defensa de los derechos de las mujeres musulmanas. La fundación lucha especialmente para poner fin a los matrimonios forzados, la mutilación genital o los “crímenes de honor” que sufren algunas mujeres musulmanas que residen en países occidentales.

Ayaan Hirsi Ali afirma en su artículo que el Corán (que fue su modelo de conducta durante muchos años) contiene muchas llamadas a la yihad violenta. Pero que existe otro libro mucho más moderno, El concepto coránico de la guerra, escrito por el general pakistaní, S. K. Malik en la década de 1970 que, para los islamistas, es la biblia de la yihad del siglo XX. En ese libro, su autor analiza la estrategia coránica para alcanzar la victoria, que no es otra que utilizar el terror para “golpear el alma” del enemigo.

Ayaan Hirsi Ali lo tiene muy claro: “Nuestra alma reside en nuestra creencia en la libertad de pensamiento y de expresión (…). Y allí es precisamente donde los islamistas nos han atacado. Una vez más.” Los responsables de la matanza de París lo que pretenden es imponer el terror. “Y cada vez que nos rendimos a su idea de la violencia religiosa justificada, les estamos dando exactamente lo que quieren.”

Ayaan Hirsi Ali considera que, por eso, y porque no existe ninguna duda de que los islamistas actúan movidos por una ideología que es parte integrante de los textos fundacionales del islam, no se debe ceder ante las exigencias de quienes pretenden que renunciemos a los valores y principios sobre los que se ha construido la civilización occidental.

“Aplacamos los ánimos de los jefes de gobierno musulmanes que nos presionan para que censuremos nuestra prensa, nuestras universidades, nuestros libros de historia, nuestros programas académicos. Ellos reclaman y nosotros les complacemos. (…) ¿Y qué recibimos a cambio? Kaláshnikovs en el corazón de París”.

Ayaan Hirsi Ali concluye en su artículo con una llamada a la resistencia, a la defensa de nuestras libertades, a no dejarse dominar por el pánico: “Occidente no debe aplacar, no debe ser silenciado. Debemos enviar un mensaje colectivo a los terroristas: vuestra violencia no debe destruir nuestra alma”.

He leído todos los libros que en España se han publicado de Ayaan Hirsi Ali y tengo una gran admiración por sus ideas y por su valiente forma de vivir. Pero me resulta difícil compartir el optimismo que muestra en este artículo con respecto a la respuesta de Occidente. Y es que yo no estoy muy segura de que los ciudadanos de esos países que constituyen lo que llamamos Occidente valoren tanto como Hirsi Ali el “alma” de su civilización. Es más, yo creo que la mayor amenaza para Occidente viene precisamente de la falta de convicciones, de la relativización moral, de la cobardía y del desencanto que embarga hoy a las sociedades occidentales.

Ojalá este nuevo crimen contra el alma de la civilización occidental sirva para despertar nuestras conciencias y, como Ayaan Hirsi Ali, emprendamos con convicción y sin complejos la lucha por la defensa de nuestras libertades, por la defensa de los valores de nuestra civilización.

En los terribles años del terror de Yezhov hice cola durante siete meses delante de las cárceles de Leningrado. Una vez alguien me “reconoció”.

Entonces una mujer que estaba detrás de mí, con los labios azulados, que naturalmente nunca había oído mi nombre, despertó del entumecimiento que era habitual en todas nosotras y me susurró al oído (allí hablábamos todas en voz baja):

-¿Y usted puede describir esto?

Y yo dije:

-Puedo.

Entonces algo como una sonrisa resbaló en aquello que una vez había sido su rostro.

(La extraordinaria escritora Ana Ajmátova escribió estas palabras para que figuraran “En lugar de prefacio”, como introducción a su poemario “Requiem”)

Anna Ajmátova dedicó su obra más conocida, Requiem, a los cientos de madres, hermanas, esposas o amantes que, como ella misma, pasaron el crudo invierno de 1937-1938 ante las cárceles de Leningrado a la espera de conocer la suerte de sus familiares o amigos detenidos.

Una de aquellas mujeres fue la escritora Lidia Chukóvskaia cuyo marido, Matvéi Bronstein, un físico de 31 años especializado en teoría cuántica y gravitación, había sido arrestado a primeros de agosto de 1937y encarcelado en Leningrado por cometer “crímenes contra el Estado”.

Meses después de la detención de su marido, Lidia, tras haber soportado colas interminables, consiguió averiguar que había sido juzgado y condenado a diez años de prisión “sin derecho a correspondencia”. Ella entonces no sabía que en la jerga del NKVD (Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos, que era el nombre oficial de la policía política de Stalin) esa expresión, “sin derecho a correspondencia”, significaba que el reo había sido ya fusilado, así que continuó haciendo colas, escribiendo cartas y confiando en que algún día su marido sería liberado.

Para evitar hundirse en la desesperación y a pesar de que alguno de sus amigos le había aconsejado no hacerlo, Chukóvskaia decidió escribir la historia de un mujer ficticia, Sofia Petrovna, que, como la autora y como cientos de mujeres más, sin entender muy bien por qué, en los meses de la Gran Purga de Stalin había sufrido la detención y desaparición de un ser querido.

Sofia, la protagonista de la novela, es una joven viuda que, a mediados de los años treinta del siglo pasado, al morir su marido, se pone a trabajar como mecanógrafa en una importante editorial soviética. Sofia sueña con que su único hijo, Kolia, llegue a ser un gran ingeniero.

Después de trabajar durante tres años en la editorial, Sofia se ha convertido en una ciudadana soviética ejemplar. Su buen hacer en el trabajo le ha llevado a ganarse la confianza del director y ha conseguido, además, un lugar distinguido en el comité del Partido de la empresa. Está orgullosa de su hijo Kolia, estudiante aventajado de ingeniería y miembro activo de la Juventudes Comunistas (Komsomol). Kolia vive alejado de su madre porque ha sido seleccionado para hacer las prácticas de su carrera en una planta de construcción de maquinaria pesada fuera de Leningrado. Todo parece sonreír a Sofia Petrovna.

El 1 de enero de 1937, cuando estaban celebrando la fiesta de Año Nuevo, un colega se acercó a Sofia y le dijo al oído que “acababan de arrestar a un gran número de médicos en Leningrado”. Efectivamente, al día siguiente el Pravda publicaba la noticia con los nombres de los detenidos. Según el periódico, la policía sospechaba que los médicos estaban implicados en un complot para “matar al querido Stalin”.

Aunque Sofia no duda de la culpabilidad de los detenidos, algo remueve su conciencia. Y es que, entre los arrestados, figuraba el nombre del padrino de Kolia, un médico que había sido gran amigo de su marido y al que ella siempre había considerado un hombre bueno, honrado y trabajador. Tenía que haber sido un error, se decía a sí misma, segura de que pasados unos días lo soltarían.

En los meses siguientes se van multiplicando los arrestos. La sospecha de tener enemigos del régimen infiltrados entre los trabajadores llega también a la editorial en la que Sofia trabaja. El director es arrestado. Sofia se siente cada vez más confusa pero siempre termina por encontrar alguna razón con la que justificar el arresto. Hasta que un día recibe la noticia de la detención de su hijo. No lo puede creer. ¿Detenido su Kolia? Imposible, tenía que ser un error.

El mundo se detiene para Sofia. En el trabajo, en la casa de habitaciones donde vive, en la calle, ya nadie la mira como a una ciudadana ejemplar, sino como la madre de un detenido, de un enemigo de Stalin y de la revolución. El periódico publica las confesiones de los acusados. Sofia sigue creyendo que aquellos que confiesan son culpables, pero su Kolia no, su Kolia saldría libre, todo había sido un error.

Lidia Chukóvskaia, la autora de esta escalofriante novela, expresa sus propios sentimientos cuando describe las inquietudes y penalidades que sufre Sofia durante aquel largo invierno de 1937-38. Las largas colas junto a miles de familiares de los detenidos, las preguntas sin respuesta, el desprecio de los funcionarios, la amistad incondicional de unos pocos, la revancha de los envidiosos, la ignorancia de los cobardes, las horas de desesperación, la esperanza de algunos minutos. Y al final, la información: “Condenado. A campos remotos. Diez años. Por participación en un acto terrorista” (…) “El fiscal dice que ha confesado. Que la instrucción tiene su firma” (…) “Deportado”.

Sofia Petrovna –explicará años después Lidia Chukóvskaia- sabe muy bien que Kolia no ha cometido ningún crimen, que es incapaz de haberlo hecho, que es fiel hasta el tuétano al Partido, a su fábrica, al camarada Stalin en persona. Pero si cree en sí misma, no en el fiscal ni en los periódicos, entonces… entonces su universo se derrumbará, la tierra cederá bajo sus pies, su tranquilidad espiritual, en la que tan cómodamente ha vivido, trabajado, quedará reducida a polvo. Sofia Petrovna trata de creer al mismo tiempo en el fiscal y en su hijo, y en ese intento se vuelve loca. (En resumidas cuentas, quería escribir un libro sobre una sociedad que ha perdido el juicio; la infeliz y demente Sofia Petrovna no es para nada una heroína lírica; para mí es el prototipo de aquellos que creyeron seriamente en la sensatez y en la justicia de lo que ocurría” (El proceso de expulsión. Lidia Chukóvskaia, 1979, París, YMCA Press.

Lidia Chukóvskaia escribió su novela Sofia Petrovna. Una ciudadana ejemplar en un cuaderno escolar que llevó consigo desde noviembre de 1939 hasta febrero de 1940. Lo mantuvo escondido hasta que, muerto Stalin, en los primeros años de la década de los sesenta, una editorial soviética aceptó publicarlo. Algo que no llegó a hacerse porque se recibieron instrucciones de no editar libros que pudieran “abrir viejas heridas”. Una edición en ruso no autorizada se publicó en Francia en 1965. En la Unión Soviética, la novela no pudo ver la luz hasta 1988.

El principal interés de esta novela que ha publicado recientemente la editorial Errata Naturae es la cercanía del recuerdo de Lidia Chukóvkaia a los acontecimientos que vivió. Es curioso el paralelismo entre Sofia Petróvna. Una ciudadana ejemplar y la obra autobiográfica de Sebastian Haffner, Historia de un alemán. Los dos autores nacieron en 1907 y pertenecen a la generación de los niños de la Primera Guerra Mundial. Los dos quisieron escribir la historia de un buen ciudadano que, atónito, contempla cómo un régimen liberticida va sembrando el terror en su país. Haffner huyó a Inglaterra en 1938. Años después, terminada la Segunda Guerra Mundial, pudo volver a Alemania y organizar en total libertad su vida como escritor. Anna Chukóvskaia, como Vassili Grossman y otros escritores rusos, creyó que, con la muerte de Stalin y la rehabilitación de muchos condenados, llegaría para ellos la libertad de expresión. Pero Chukóvskaia, por escribir a favor de los escritores rusos disidentes, en 1974 fue expulsada de la Unión de Escritores Soviéticos y se le prohibió publicar en la Unión Soviética. Prohibición que sólo se levantó con la glasnost de Gorbachov en 1988.

La presidencia del mariscal Hindenburg

“La República tuvo dos presidentes, Ebert fue su esperanza, Hindenburg un símbolo de su amenaza. Cuando un presidente como él acabó convirtiéndose en la única esperanza, como sucedió en 1932, es que la situación era crítica. Apenas había esperanza para la república” (Horst Möller. La República de Weimar. Una democracia inacabada)

El 29 de marzo de 1925 se celebraron elecciones presidenciales para sustituir al fallecido Friedrich Ebert. Al no obtener ninguno de los candidatos la mayoría necesaria fue necesaria una segunda vuelta el día 26 de abril. Los tres partidos de Weimar, SPD, Zentrum y DDP, presentaron a Wilhelm Marx, un jurista del partido del centro católico que había sido canciller. Los nacionalistas del DNVP y los partidos bávaros, cada vez con mayor influencia política, propusieron al general mariscal de campo Paul von Hindenburg. Por su parte, el partido comunista decidió mantener a su propio candidato, Ernst Thälmann. Las elecciones se celebraron el 26 de abril. Hindenburg fue elegido con el 48,3% de los votos, Wilhelm Marx obtuvo el 45,3% y Ernst Thälmann el 6,4%. Para el historiador alemán Horst Möller era evidente que, si los comunistas hubieran votado con la coalición, Hindenburg no hubiera resultado elegido: “Pero en su estrechez de miras político-partidistas, los comunistas prefirieron favorecer al representante del viejo sistema, en lugar de superarse eligiendo un defensor de la odiada república”.

Paul von Hindenburg tenía entonces 77 años. Era un militar prusiano, educado en el luteranismo, que había combatido ya en la guerra franco-prusiana (1870-1871) y, cuatro años antes, con tan solo 19 años, en la que se llamó Guerra de las Siete Semanas de Prusia contra Austria[1]. En la Guerra del 14 fue Jefe del Alto Mando Militar con Ludendorff como Comandante en Jefe del Ejército. Por sus orígenes sociales, su formación militar, su carrera profesional y sus posiciones políticas era más un representante del viejo sistema que un entusiasta del régimen democrático que se intentaba instaurar en la nueva Alemania.

El único periodo de paz

Los cuatro primeros años de la presidencia de Hindenburg fueron relativamente tranquilos y esperanzadores para los republicanos y para la población en general. Sebastian Haffner, en su Historia de un alemán, describe este periodo como el único de paz que había vivido su generación, “la única época en la que fue posible vivir”. Y, para él, el artífice de aquella normalidad había sido Gustav Stresemann, que aunque había dejado de ser canciller desde su cartera de Exteriores controlaba la política alemana.

“En ocasiones –escribió Haffner- se producía un cambio de Gobierno, unas veces gobernaban los partidos de derechas, otras los de izquierdas. No se notaba mucha diferencia. El ministro de Asuntos Exteriores siempre se llamó Gustav Stresemann. Aquella circunstancia significaba lo siguiente: paz, ninguna crisis a la vista, business as usual.”

Entre los logros de Stresemann se cuentan la salida de las tropas aliadas de la Cuenca del Ruhr, la firma de un pacto de amistad y neutralidad con la Unión Soviética y la entrada de Alemania en la Sociedad de Naciones. Su labor fue reconocida internacionalmente con el Premio Nobel de la Paz, que le fue otorgado el 10 de diciembre de 1926.

El 20 de mayo de 1928 tuvieron lugar las elecciones al cuarto Reichstag. Ganó el SPD con el 28,8% de los votos. El partido valedor de Hindenburg, el DNVP, perdió más de seis puntos, pasando del 20,5% al 14,2% de los votos. El Partido Nacional Socialista Obrero Alemán, el NSDAP, que había sido refundado por Hitler tras levantarse su prohibición en 1925, obtuvo el 2,6% de los votos[2].

El partido socialista tenía mayoría suficiente como para que un socialdemócrata, Hermann Müller, fuera aceptado como canciller por el parlamento. Müller formó un gobierno de gran coalición en el que participaron, no solamente los tres partidos originales de Weimar (SPD, DDP, Zentrum), sino también los liberales del DVP y el partido bávaro (BVP).

Gustav Stresemann continuó como ministro de Exteriores hasta el 3 de octubre de 1929, día en el que los periódicos sorprendían a los alemanes con la noticia de su muerte. “Nosotros, al leerlo –escribió Haffner-, notamos un gélido sobresalto. ¿Quién iba a dominar a las bestias a partir de ahora?”

La gran depresión del 29

Pocos días después de la muerte de Stresemann, el 24 de octubre, llegó la noticia de la quiebra de la bolsa de Nueva York. Era un nuevo golpe para la debilitada economía alemana. La crisis económica de 1929 traería de nuevo la pobreza, el desempleo y el malestar para cientos de miles de alemanes. En el mes de marzo del 29 se habían contabilizado 2,8 millones de parados en Alemania; un año después, el número de desempleados era de tres millones y medio.

El paro se había convertido en el gran problema político de Müller. En marzo de 1930, a causa de las diferencias entre liberales y socialistas sobre las cuotas para el seguro de desempleo, se rompió la coalición de gobierno. Müller fue sustituido por el economista Heinrich Brüning, del partido de Zentrum, cuya principal misión era detener el galopante ascenso del paro y estabilizar la economía.

Era un momento en el que, como escribió Sebastian Haffner,  “el propio Brüning nada tenía que ofrecer al país salvo pobreza, melancolía, libertades restringidas y la promesa de que no era posible nada mejor”.

Brüning presentó ante la Asamblea un paquete de medidas para hacer frente a la crisis económica. Al no conseguir una mayoría parlamentaria suficiente para sacarlas adelante optó por la disolución del Reichstag. Las nuevas elecciones fueron convocadas para el 14 de septiembre.

Pocos pensaban que aquellas elecciones del 14 de septiembre serían el principio del fin de la República de Weimar. Ganaron de nuevo los socialdemócratas pero sufriendo una pérdida de nueve escaños[3]. Inesperadamente, el segundo partido más votado fue el NSDAP de Hitler, con el 18,3% de los votos. También subieron los comunistas que, con un 13,1%, aventajaban por primera vez al partido de Zentrum.

Los monárquicos nacionalistas del DVNP, que habían apoyado a Hindenburg, perdieron más de la mitad de sus votos, posiblemente sus electores habían optado por dar su apoyo a Hitler. Los partidos liberales y conservadores, DDP y DVP, casi desaparecieron. Conviene reseñar, además, que la participación había subido notablemente con respecto a las elecciones de 1928, de un 74,6% se pasó al 81,4%.Lo más probable es que estos nuevos votos fueran a parar al partido nazi.

La imposibilidad de formar una coalición de gobierno con mayoría daba al Presidente de la República la capacidad, prevista en la Constitución, de elegir canciller y gobernar en situación de emergencia mediante decreto. Hindenburg, que cumplía ya ochenta y tres años, comenzó a gobernar en esa situación con Brüning como canciller. Fue en época en la que, como escribió Haffner, “un presente oscuro se atenuaba ante la perspectiva de un futuro negro”.

En febrero de 1932 se registró un nuevo ascenso del número de desempleados, 6 millones, casi la tercera parte de los trabajadores alemanes. En el mes de marzo, ante el temor de que los nazis, los comunistas o ambos unidos acabaran con la República, Heinrich Brüning, quizás con la esperanza de conseguir el apoyo necesario para que Hindenburg prolongara su mandato hasta su retirada definitiva o su fallecimiento, consiguió de éste la autorización para convocar unas nuevas elecciones presidenciales.

Brüning confiaba en que los nazis votarían a Hindenburg, pero Hitler decidió dar la batalla política y presentarse por su cuenta. Hindenburg obtuvo el 49,6% de los votos, Hitler el 30,1%. Al no conseguir una mayoría suficiente hubo que ir a una segunda vuelta el 10 de abril. Esta vez sí, Hindenburg con el 53,1% resultaba reelegido como presidente de la República.

Mientras tanto, dos hombres en la sombra, Kurt von Schleicher y Franz von Papen, que se habían ganado la confianza del ya anciano presidente, no cesaban de intrigar para librarse de Brüning y hacerse con el poder. El 29 de mayo Brüning se vio obligado a dimitir. Tres días más tarde von Papen fue nombrado canciller, Schleicher sería vicecanciller y ministro de Defensa.

Comenzó entonces un periodo de intrigas entre estos dos personajes y el viejo Hindenburg que culminaron en la convocatoria de nuevas elecciones parlamentarias en julio de 1932. Esta vez ganó el partido nazi con el 37,3% de los votos y los socialdemócratas pasaron a segundo plano con el 21,6%. El tercer partido más votado fue el de los comunistas del KPD[4].

El 12 de septiembre de 1932, primer día del nuevo curso parlamentario, Hitler presentó una moción de censura contra von Papen. Se convocaron de nuevo elecciones para el 6 de noviembre. Era la tercera vez en el año que los alemanes acudían a las urnas. Los nacionalistas se presentaron divididos y el partido de Hitler perdió algunos escaños. Los socialistas bajaron de nuevo, esta vez solo consiguieron el 20,4% de los votos, una buena parte de la izquierda había decidido dar su apoyo a los comunistas, que llegaron casi al 17% de los votos[5].

El 17 de noviembre von Papen presentó su dimisión. El 1 de diciembre el general Schleicher fue elegido canciller y nombró a un líder nazi vicepresidente, quizás con la ingenua intención de dividir al partido de Hitler. Al no conseguirlo, el 28 de enero de 1933 presentó también su dimisión. Dos días más tarde Hindenburg nombraba a Hitler canciller de Alemania.

Möller, que desde el primer momento muestra en su libro La República de Weimar. Una democracia inacabada una clara antipatía por el mariscal von Hindenburg, explica y, en cierto modo justifica, su actuación. Hitler era el hombre más fuerte de su partido y, además, contaba con el apoyo parlamentario de los nacionalistas del DNVP: “El nombramiento de Adolf Hitler como canciller el 30 de enero de 1933, aprobado de mala gana por un decadente von Hindenburg y bajo la presión de su entorno, fue, en ese sentido, legítimo.”

Hitler contaba con el apoyo del NSDAP y del DNVP para gobernar pero ambos partidos no formaban una coalición con mayoría suficiente en el parlamento (entre los dos habían sumado el 41,4% de los votos). Esta situación conducía a unas terceras elecciones que se convocaron para el 5 de marzo.

El 27 de febrero se produjo el incendio del Reichstag y Hitler declaró el estado de excepción. Se había legalizado la política del terror, sobre todo contra los comunistas que fueron acusados de provocar el incendio. En esta situación, el 5 de marzo de 1933 los alemanes acudieron a las urnas. Hitler obtuvo el 43,9% de los votos, mayoría parlamentaria si se sumaba al 8% conseguido por los nacionalistas del DNVP. La participación en aquellas elecciones había sido mayor que nunca, rozando el 90%. La dictadura quedaba electoralmente legitimada[6].Sin duda el régimen del terror impuesto por el nuevo canciller había dado sus frutos.

El NSDAP, que en 1930 contaba con 121.000 afiliados, tres años después tenía 670.000. En su libro Möller quiere dejar claro, y en eso también coincide con Haffner, que el partido nazi “no puede ser clasificado políticamente dentro del simple esquema izquierda-derecha”. Se trataba de un partido antiburgués y anticomunista que “prometió el futuro” y “fue revolucionario”. Su toma del poder “significó el triunfo de lo nuevo sobre lo viejo”.

Haffner, en sus memorias escritas en 1939, insistía desde su exilio británico en que no se podía satanizar a todo el pueblo alemán: “La situación de los alemanes no nazis durante el verano de 1933 fue ciertamente una de las más difíciles en las que se puede encontrar el ser humano: un estado de sometimiento total y desesperado sumado a los efectos tardíos del shock que supone que los acontecimientos le pillen a uno totalmente desprevenido. Los nazis nos tenían completamente en sus manos”.

En lo que quedaba de año se aprobaron todas las leyes necesarias para consolidar la dictadura. Entre ellas los decretos de disolución de los sindicatos y de disolución de todos los partidos políticos salvo, por supuesto, el partido nazi. Finalmente, el 14 de febrero de 1934 se decretaba la disolución del Reichstag.

Cuatro meses después, el 30 de junio, se produjo la llamada “noche de los cuchillos largos”. En ella fueron asesinados los miembros más conocidos de las SA y cuantos enemigos políticos podían entorpecer la implantación del nuevo régimen. Entre los asesinados estaba el ex canciller Schleicher y su mujer.

Hindenburg muere el 2 de agosto de 1934 y Hitler decide entonces fusionar el cargo de presidente con el de canciller.

Epílogo

El socialdemócrata Gustav Noske vivió retirado de la política tras la llegada al poder de los nazis. Fue acusado de participar en el atentado sufrido por Hitler en 1944 y enviado a un campo de concentración. Un año más tarde fue liberado por los aliados. Murió en 1946.

El general Ludendorff, que había colaborado con Hitler en el golpe de Munich de noviembre del 1923, tuvo más tarde con él un enfrentamiento que le llevó a retirarse de la política. El 30 de enero de 1933, cuando Hitler fue nombrado canciller, envió una carta a Hindenburg en la que decía: “Le prevengo solemnemente de que ese fanático llevará a nuestra Patria a la perdición y sumirá al país en la más espantosa de las miserias. Las futuras generaciones le maldecirán en su tumba por lo que usted ha hecho”. Murió en 1937. Hitler le organizó funerales de estado.

El líder comunista Ernst Thälmann fue arrestado por la Gestapo el 3 de marzo de 1933 en Berlín. Tras 11 años de prisión fue enviado al campo de Buchenwald. Murió fusilado por orden de Hitler el 18 de agosto de 1944.

El canciller Heinrich Brüning abandonó Alemania en 1934. Se instaló en Inglaterra y más tarde marchó a Estados Unidos donde vivió hasta su muerte en 1970.

Franz von Papen fue detenido la noche de los cuchillos largos. Se puso al servicio del gobierno nazi que le envió como embajador a Austria y, más tarde, a Turquía. Al final de la guerra fue capturado por los aliados. Procesado y absuelto en los juicios de Nüremberg, murió en Alemania en 1969.

[1] Esta guerra terminó con la victoria de Prusia y fue la causa determinante de la creación de la Alemania unificada, la que se va a llamar Imperio Alemán con el káiser Guillermo de Prusia convertido en emperador de Alemania.

[2] Resultados de las elecciones del 20 de mayo de 1928: SPD: 28,8%; DNVP: 14,2%; Zentrum: 12,1%; KPD: 10,6%; DVP: 8,7%; DDP: 4,9%; NSDAP: 2,6%

[3] Resultados de las elecciones del 14 de septiembre de 1930: SPD: 24,5%; NSDAP: 18,3%; KPD: 13,1%; Zentrum: 11,8%; DNVP: 7%; DVP: 4,5%; DDP: 3,6%

[4] Elecciones del 31 de julio de 1932: NSDAP: 37,3%; SPD: 21,6%; KPD: 14,3%; Zentrum: 12,4%; DNVP: 5,9%; DVP: 1,2%; DDP: 1%.

[5] Elecciones del 6 de noviembre de 1932: NSDAP: 33,1%; SPD: 20,4%; KPD:16,9%; Zentrum: 11,9%; DNVP: 8,3%; DVP: 1,9%; DDP: 1%

[6] Elecciones del 5 de marzo de 1933: NSDAP: 43,9%; SPD: 18,3%; KPD: 12,3%; Zentrum: 11,2%; DNVP: 8%; DVP: 1,1%; DDP: 0,8%

“La República tuvo dos presidentes, Friedrich Ebert y Paul von Beneckendorff und von Hindenburg. Uno encarnó las potencialidades, el otro los fracasos”.

Con estas palabras inicia el historiador alemán Horst Möller su libro La República de Weimar. Una democracia inacabada. Möller ofrece una información muy completa de los acontecimientos políticos que tuvieron lugar en la Alemania de Weimar. Me centraré aquí en aquellos que tuvieron lugar durante los años en los que Friedrich Ebert fue presidente de la República. Es decir, lo acontecido desde comienzos del año 1919 hasta el 28 de febrero de 1925, día en que murió el primer presidente de la República de Weimar.

La presidencia de Friedrich Ebert (1919-1925)

El 6 de febrero de 1919 se celebró en la ciudad de Weimar la primera sesión de la Asamblea Nacional; el día 11 fue elegido Friedrich Ebert como presidente provisional del Reich y, el 13, se formó un gobierno de coalición de los tres partidos mayoritarios: el de los socialdemócratas (SPD), el centro católico (Zentrum) y el partido democrático (DDP). Este gobierno, dirigido por el canciller socialdemócrata Philipp Scheidemann, afrontaba la triple tarea de poner fin al caos revolucionario, firmar el tratado de paz y aprobar la nueva Constitución.

La tranquilidad política conseguida con la constitución de la Asamblea Nacional y el nombramiento de Ebert como presidente del Reich no se reflejó en las calles. Los disturbios estaban a la orden del día y, en el ambiente, había claros síntomas de la existencia de una guerra civil latente. El 21 de febrero fue asesinado el líder revolucionario bávaro del USPD, Kurt Eisner; el 22, en Manheim, los socialistas radicales del USPD y los comunistas del KPD declararon la República de los Consejos y, finalmente, el 3 de marzo la revolución llegó a Berlín, iniciándose la “semana sangrienta”. Gustav Noske, ahora ministro de Defensa, fue el encargado de sofocar los focos de sublevación para lo que recurrió, como ya había hecho en los días del levantamiento espartaquista, a los soldados del Freikorps.

El tratado de paz que ofrecían los aliados, además de limitaciones militares y territoriales, incluía unas reparaciones económicas que resultaban tan inadmisibles para el gobierno alemán que el canciller Scheidemann se sintió obligado a presentar su dimisión. Fue entonces sustituido por el también socialdemócrata Gustav Bauer quien, el 28 de junio de 1919, fue el encargado de firmar el Tratado de Versalles, al que desde el primer momento la población alemana llamó “dictado de la vergüenza” (Schanddiktat).

En cuanto a la nueva Constitución, tras muchas deliberaciones y sesiones parlamentarias, el texto quedó listo para su aprobación por la Asamblea en el mes de agosto. Era un texto de compromiso entre los tres partidos de Weimar, de ahí que, aunque se mantuvieran algunos consejos como, por ejemplo, el Consejo de los trabajadores o el Consejo económico del Reich, estos eran simplemente órganos consultivos que debían ser escuchados antes de promulgar una ley. Tras su aprobación por la Asamblea, la Constitución de Weimar fue firmada por el presidente Ebert el 11 de agosto y entró en vigor tres días después.

En las calles los disturbios y los delitos políticos no dejaban de producirse. El 8 de octubre, ante la puerta del Reichstag, fue tiroteado el líder del USPD, Hugo Haase, que moriría un mes más tarde a consecuencia de las heridas. Con él eran ya cuatro los dirigentes políticos de izquierdas asesinados en 1919.

El 13 de marzo de 1920 un grupo de militares dirigidos por Wolfgang Kapp, antirrepublicano de derechas y gobernador provincial de Prusia oriental, trató de tomar el poder en Berlín. Los golpistas llegaron a ocupar los edificios gubernamentales y obligaron al gobierno a buscar refugio en la ciudad de Stuttgart. Wolfgang Kapp se autoproclamó canciller y ministro presidente prusiano.

Ese mismo día el SPD convocaba una huelga general. Los funcionarios del Reich se negaron a colaborar con los golpistas. El 17 de marzo el golpe se vino abajo y Kapp huyó a Suecia [1]. Aquel golpe, conocido como Kapp-Putsch, supuso la primera acción violenta de un grupo de la extrema derecha contra la República. El golpe trajo como consecuencia un cambio de gobierno y el nombramiento del socialdemócrata Hermann Müller como canciller.

Las primeras elecciones tras la entrada en vigor de la Constitución se celebraron el 6 de junio de 1920 y supusieron un claro castigo para el gobierno. Había pasado poco más de un año de las elecciones a la Asamblea Nacional y la coalición gubernamental que había apoyado a la República perdía la mayoría absoluta. Los tres partidos, SPD, con el 21,6%, Zentrum, con el 13,6%, y DDP con el 8,3%, que juntos habían sumado el 76,2% de los votos en enero de 1919, obtuvieron solamente el apoyo del 43,5% de los votantes. Mientras que los tres partidos no republicanos, los socialistas del USPD, los populares de DVP y los nacionalistas del DNVP, con un 46,9% de los votos se convertían en ganadores de las elecciones al primer Reichstag de la República de Weimar [2].

Comenzaba una legislatura en la que, hasta las elecciones de 1924, se sucedieron cinco cancilleres con, al menos, siete gobiernos distintos. Esta inestabilidad gubernamental estuvo motivada por los problemas a los que el Reich debía hacer frente: la continua presión de la política de reparación de Francia, las exigencias de pago de los aliados, una inflación galopante y los levantamientos y delitos por motivos políticos que no cesaron en los cuatro primeros años de la República.

El 26 de agosto de 1921 el ministro de Finanzas, Matthias Erzberger (del partido de Zentrum) fue asesinado por la extrema derecha. El 16 de abril de 1922 el ministro de Exteriores Walter Rathenau (del DDP) firmaba el tratado de Rapallo con la República Soviética y, dos meses después, el 24 de junio, moría víctima de un atentado, de nuevo cometido por la extrema derecha.

Para Möller, con la muerte de Rathenau Alemania perdía una de sus grandes personalidades políticas. Sebastian Haffner fue también gran admirador de este político alemán y en sus memorias de los años de entreguerras llegó a comparar su capacidad de liderazgo con la de Hitler: “Rathenau y Hitler fueron las dos presencias que lograron estimular al máximo la imaginación de la gran masa alemana: uno gracias a su increíble cultura y otro gracias a su increíble maldad”.

El 21 de julio de 1922 el Parlamento aprobó la ley de protección de la República. Según escribe Möller, “Proteger a la República de los enemigos de la constitución, extremistas de derechas e izquierdas, se convirtió en una tarea permanente durante la época de Weimar”

En represalia porque Alemania no pagaba las deudas de la guerra, el 11 de enero de 1923 tropas francesas y belgas ocuparon la Cuenca del Ruhr. El entonces canciller, Wilhelm Cuno, llamó a la resistencia pasiva. Esta decisión, que se mantuvo hasta el mes de septiembre, posiblemente sirvió de vínculo para la población alemana, pero provocó un peligroso cese de la producción y mandó al paro a casi dos millones de trabajadores alemanes.

Poco después de estallar la Guerra del Ruhr se desató una inflación galopante, en unos días la cotización del dólar pasó de poco más de 500 marcos a 20.000. En los meses siguientes el valor del marco siguió bajando. En agosto el dólar alcanzaba ya el millón de marcos y, a finales de septiembre, los 160 millones de marcos.

Sebastian Haffner, en Historia de un alemán, describió con gran sencillez y realismo la reacción de la gente ante la inflación de 1923: “Nadie supo qué había sucedido exactamente. (…) El dólar se convirtió en el tema del día y, de repente, miramos a nuestro alrededor y nos dimos cuenta de que aquel acontecimiento había destruido nuestra vida diaria. (…) Un sueldo de 65.000 marcos traído a casa un viernes, el martes siguiente no llegaba para comprar un paquete de cigarrillos”.

Quienes tenían una cuenta de ahorro, una hipoteca o cualquier tipo de inversión vieron cómo éstas desaparecían. Según cuenta Haffner, se desató entonces una especie de locura por comprar acciones. Era la única inversión que podía soportar la velocidad del cambio en el valor de la moneda. El día de cobro la gente compraba acciones y luego iba vendiendo para hacer frente al gasto corriente. Las cotizaciones subían, “la banca nadaba en la abundancia”, surgían bancos “como setas”. En esta situación, “quienes lo pasaron peor fueron los viejos y los que vivían alejados de la realidad”, unos mendigaron, muchos se suicidaron. Y “entre tanto sufrimiento, desesperación y pobreza extrema fue desarrollándose un culto a la juventud apasionado y febril, una avidez y un espíritu carnavalesco generalizado”. Y es que, añadía Haffner, eran los jóvenes y no los viejos los que empezaban a tener dinero.

Para Möller, si bien es innegable que aquella inflación proletarizó económicamente a una amplia parte de la clase media burguesa y provocó la aparición por doquier de “usureros y especuladores”, su consecuencia más grave fue la “desorientación social y política” que sufrió la población alemana. Desorientación que, según el historiador, llevó a la población a “un distanciamiento cada vez mayor de la república democrática, de nuevo considerada como autora espiritual de la miseria”.

Aquella inflación imposible de contener se llevó por delante al gobierno. El 13 de agosto de 1923 fue nombrado canciller el economista liberal Gustav Stresemann, fundador y dirigente del DVP. Stresemann formó un gobierno de “gran coalición” al que incorporó a miembros del SPD, con el principal objetivo de controlar la situación económica. El 16 de noviembre de 1923 se produjo la emisión del Rentenmark [3]. La nueva moneda permitió la recuperación paulatina de la economía y detener la hiperinflación.

Por otro lado, el ambiente revolucionario no cejaba. El Reich mantenía continuos problemas con los estados de Baviera, Sajonia y Turingia. En Sajonia y Turingia gobernaba un frente popular del SPD y KPD que provocaba constantes enfrentamientos con el poder del Reich. En Baviera, por el contrario, los problemas venían de la derecha nacionalista. Entre el gobernador y el Reich se fue creando un conflicto que desembocó en el golpe de Hitler del 8 de noviembre de 1923.

El partido Nacional Socialista Alemán de los Trabajadores (NSDAP) o partido nazi, que dirigía Hitler, tenía su origen en el Partido Alemán de los Trabajadores (DAP), fundado en enero de 1919 en Múnich por un mecánico ferroviario llamado Anton Drexler. El Servicio de Información del Ejército había ordenado al entonces cabo Hitler que se infiltrara en el partido creado por Drexler, con el fin de vigilar e informar sobre sus actuaciones. Resultó que, dos años más tarde, Hitler se había convertido en uno de los principales dirigentes del partido que, para entonces, había ya cambiado su nombre por el de NSDAP.

Pues bien, el día 8 de noviembre de 1923 Hitler, acompañado de un grupo de militantes del NSDAP, irrumpió en una cervecería de Múnich donde se celebraba un acto del primer ministro bávaro y declaró la destitución de este y la formación de un gobierno provisional. Sus correligionarios, dirigidos por el antiguo general Ludendorff, se extendieron por la ciudad y trataron de ocupar los principales edificios gubernamentales. Dos días después, el intento de golpe había sido sofocado por la policía. Hitler fue encarcelado y el partido nazi prohibido [4].

La doble amenaza por parte de extremistas de izquierdas y de derechas provocó la caída del gobierno. El 23 de noviembre, Stresemann, presionado por el Reichstag, presentó su dimisión. Ebert nombró canciller a Wilhelm Marx, del partido de Zentrum, que consiguió la paz en Baviera al incorporar al gobierno a miembros del partido bávaro (BVP).

El 4 de mayo de 1924 se celebraron las elecciones al segundo Reichstag. Ganaron los socialdemócratas del SPD con el 20,5% de los votos, seguidos muy de cerca por el partido nacionalista popular (DNVP) que obtuvo el 19,5%. El partido comunista (KPD), con el 12,6% de los votos, surgió como único partido de izquierda radical sustituyendo al USPD [5].

La imposibilidad de formar un gobierno que tuviera la aceptación del Parlamento obligó a convocar nuevas elecciones, que se celebraron el 7 de diciembre de ese mismo año. El SPD consiguió el 26% de los votos. La derecha nacionalista del DNVP, con el 20,5%, se confirmó como segunda fuerza política en el Parlamento [6]

El mandato del presidente Ebert debía terminar el 30 de junio de 1925. Cuatro meses antes cayó enfermo. Lo que se creía una sencilla gripe resultó ser un ataque de apendicitis que le produjo una septicemia que le llevó a la muerte. Tenía 54 años.

Ebert había conseguido sacar al país de una situación inmensamente complicada. A la humillación de la derrota, se había unido la penuria económica, los constantes intentos revolucionarios de una izquierda radical y la formación de grupos ultraderechistas con estrategias políticas criminales.

La figura de Ebert ha sido muy controvertida. Algunos socialistas le consideraron un traidor mientras que, para otros, fue un auténtico demócrata y un patriota. Muchos alemanes, entre ellos Sebastian Haffner, nunca le perdonaron la utilización de los Freikorps, a los que veían como precursores de los nazis. Fuera como fuese, debe reconocerse que consiguió consolidar la República de Weimar, controlar los intentos golpistas de la extrema derecha y evitar que la revolución bolchevique se extendiera a Alemania y, quizás con ello, a toda Europa. Hoy, en casi todas las grandes ciudades de la antigua República Federal Alemana existe una Ebert Strasse.

 

[1] Kapp se entregó a la Justicia alemana en 1922 pero estaba gravemente enfermo y murió antes de celebrarse el juicio.

[2] Resultados de las elecciones del 6 de junio de 1920: SPD: 21,6%; Zentrum: 13,6%; DDP: 8,3%; USPD: 17,9%; DVP: 13,9%; DNVP: 15,1%

[3] El Rentenmark estaba asegurado con bonos-oro por los bancos alemanes sobre el patrimonio alemán.

[4] El partido nazi siguió operando bajo otras siglas. Cuando,  en diciembre de 1924, Hitler salió de la cárcel, refundó y reorganizó el partido que recuperó el nombre del NSDAP

[5] Resultados de las elecciones del 4 de mayo de 1924: SPD: 20,5%; DNVP: 19,5%; Zentrum: 13,4%; KPD: 12,6%; DVP: 9,2%; DDP: 5,7%

[6] Resultados de las elecciones del 7 de diciembre de 1924: SPD: 26%; DNVP: 20,5%; Zentrum: 13,5%; DVP: 10,1%; KPD: 9%; DDP: 6,3%.

 

En 1954 Sebastian Haffner decidió dar por terminado su exilio británico y organizarse de nuevo la vida en Berlín. De vuelta a su ciudad natal trabajó como colaborador en varios periódicos de prestigio. A su primer libro “Historia de un alemán. Memorias 1914-1933”, escrito en Londres en 1939, le siguieron otros en los que el autor continuó indagando en su obsesión por comprender el efecto hipnótico que la figura de Hitler produjo en gran parte del pueblo alemán. La mayoría de sus libros han sido publicados con notable éxito en España.

Haffner presentaba sus memorias del periodo de entreguerras en Alemania con estas palabras: “La historia que va a ser relatada a continuación versa sobre una especie de duelo. Se trata de un duelo entre dos contrincantes muy desiguales: un Estado tremendamente poderoso, fuerte y despiadado, y un individuo particular pequeño, anónimo y desconocido. (…) El Estado es el Reich, el particular soy yo. (…) Mi duelo privado contra el Tercer Reich no es un suceso aislado.

La vida que relata Haffner en su libro quiere ser la de toda una generación de alemanes que, nacidos en la primera década del siglo XX, en 1939 se preparaba para la guerra. Es la historia de la República de Weimar vista a través de los ojos de un joven que había vivido de niño la I Guerra Mundial y que en 1938 decidió huir del infierno creado por Hitler y el nacionalsocialismo.

Aunque poco tiene que ver la Europa de aquellos años con la de ahora, la crisis económica, política y moral que vivimos ha desencadenado ciertas actitudes, tanto en los políticos como en el resto de los ciudadanos, que, de algún modo, recuerdan al periodo de inestabilidad política y social de los años de entreguerras y más especialmente a los meses que siguieron a la crisis económica de 1929.

Creo que el estudio de la República de Weimar puede resultar hoy una buena lección de historia y, sobre todo, una importante lección de política. Quizás eso fue lo que me llevó a leer La República de Weimar. Una democracia inacabada, un libro escrito por el historiador alemán Horst Möller en 1985 y publicado por primera vez en España en el año 2012.

Los datos y la información que ofrece este libro me han ayudado en la elaboración de un breve relato cronológico de los hechos políticos más relevantes ocurridos en Alemania entre el fin de la I Guerra Mundial y el ascenso de Hitler al poder que puede resultar útil para comprender mejor el porqué del fracaso de la República de Weimar.

He dividido el relato en tres periodos. El que presento aquí comprende los meses previos a las elecciones parlamentarias del 19 de enero de 1919. En un segundo recogeré los hechos más relevantes ocurridos durante los años en los que Friedrich Ebert fue presidente de la República y, por último, los correspondientes a la presidencia del mariscal von Hindenburg.

El fin de la guerra y el mito de “la puñalada por la espalda”.

“La auténtica generación del nazismo son los nacidos en la década que va de 1900 a 1910, quienes, totalmente al margen de la realidad del acontecimiento, vivieron la guerra como un gran juego” (Sebastian Haffner)

En el verano de 1918, y tras cuatro años de guerra, la imposibilidad de una victoria alemana se había hecho evidente. Sin embargo, no solo el alemán medio, que nunca se había planteado seriamente la posibilidad de la derrota, sino incluso los propios dirigentes militares y políticos seguían soñando con un final victorioso o, al menos, con una honrosa paz negociada.

El último fin de semana del mes de septiembre Erich Ludendorff, jefe adjunto del Estado Mayor General a las órdenes del mariscal Paul von Hindenburg, convencido ya de la inutilidad de continuar los combates, decidió tomar la iniciativa y poner en marcha un plan para evitar que cayera sobre el ejército la carga de la derrota.

Ludendorff convenció a von Hindenburg y al propio káiser Guillermo II de la necesidad de instaurar una democracia parlamentaria que asumiera la responsabilidad de izar la bandera blanca, librando así al ejército de la vergüenza de la rendición. Con esta idea, el káiser nombró canciller al príncipe Max von Baden, cuya principal misión debía ser la negociación de la paz.

El nuevo canciller tomó posesión de su cargo en la última sesión del parlamento del Reich, celebrada el 22 de octubre de 1918. En aquella sesión Friedrich Ebert, portavoz del Partido Socialista Alemán (SPD), que desde 1912 ostentaba la mayor representación en el parlamento, se puso a disposición del Príncipe y le ofreció la colaboración de su partido.

El káiser se resistía a la abdicación, el armisticio no llegaba y por todas partes se detectaban focos de revolución. En Kiel, el 4 de noviembre, se amotinaron los marineros en solidaridad con los compañeros que habían sido detenidos por haberse negado a participar en un desesperado plan de la marina alemana para atacar Gran Bretaña. El día 7, en Baviera, había estallado un movimiento revolucionario dirigido por el socialista Kurt Eisner. Ebert hizo entonces saber al príncipe Max von Baden que, muy a su pesar, si el káiser no abdicaba de inmediato, la revolución social sería inevitable.

En la mañana del día 9 de noviembre von Baden recibía la noticia de que la temida revolución había estallado en Berlín. Ebert no había podido, o no había querido, evitar que la cúpula del SPD llamara a la huelga general. Los más radicales del partido habían lanzado a sus militantes con armas para tomar las calles de Berlín. Los insurrectos exigían la dimisión del Guillermo II y la democratización de las instituciones.

Max von Baden sabía que cualquier intento de solución pasaba por la abdicación del káiser. Ante la pertinaz negativa de este, el mismo día 9 el canciller le presentó su dimisión y dejó a Ebert como sucesor. Al llegar la noche el káiser Guillermo traspasaba el mando militar al mariscal von Hindenburg y, aprovechando la oscuridad, huía a Holanda. La abdicación llegaría tres semanas después.

Friedrich Ebert, hombre clave en aquellos convulsos días de noviembre, había nacido en Heidelberg en 1871 en el seno de una familia de trabajadores artesanos que le educaron en el catolicismo. Después de la escuela primaria, Friedrich aprendió guarnicionería artesanal en una escuela de oficios. Más tarde trabajó como temporero en Bremen. Desde muy joven militó en el partido socialista. En 1900 entró a formar parte del Parlamento de Bremen y en 1905 fue nombrado secretario general del partido.

Durante los primeros años de guerra Ebert compartió liderazgo con Hugo Haase, abogado y representante del ala izquierdista del SPD. En abril de 1917 las diferencias entre los dos líderes terminaron con la ruptura del partido. El ala radical se separó del SPD formando dos nuevos partidos, el Partido Independiente Socialista Alemán (USPD), presidido por Haase, y la Liga Espartaquista, de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo, constituida con un objetivo explícitamente revolucionario. En el mes de diciembre de 1918 la Liga se transformó en el Partido Comunista Alemán (KPD).

Cuando en noviembre de 1918 Ebert se vio convertido en sucesor del canciller Max von Baden, comprendió la necesidad de recuperar el apoyo del sector más revolucionario de su partido. El ala más izquierdista del SPD, el USPD y los espartaquistas, defendían un sistema de consejos formados según los distintos sectores sociales (soldados, obreros, agricultores, funcionarios…). Los consejos representaban la voluntad de sus electores, pero no tenían libertad de decisión sino que debían rendir cuentas y someterse al mandatario político correspondiente. El modelo estaba tomado de los consejos (soviets) de la revolución rusa de octubre de 1917 que habían sido concebidos como vehículo para llegar a la “dictadura del proletariado”.

Ebert, que en absoluto era un revolucionario y que desconfiaba del modelo de los consejos, comprendió que algo tenía que ceder si quería llegar a un acuerdo con los radicales de su partido. Logró unificar las dos facciones socialistas, el SPD y el USPD, prometiendo que instauraría un sistema de consejos presidido por el “Consejo de Comisarios del Pueblo”, que funcionaría a modo de Consejo de Ministros. Constituido el gobierno el 10 de noviembre de 1918, pudo finalmente firmarse el armisticio el día 11 de noviembre y convocarse elecciones generales para el 19 de enero de 1919.

Pese a la convocatoria de elecciones la revolución continuaba su marcha. El 5 de enero comenzó en Berlín el que se llamó “levantamiento espartaquista”. El socialista Gustav Noske, responsable de Defensa, fue el encargado por el Consejo de Comisarios del Pueblo de sofocar los focos de revolución. Además de miembros del ejército, Noske utilizó los Freikorps[1], batallones de jóvenes soldados que al terminar la guerra se habían quedado en paro. La lucha en las calles berlinesas duró varios días. El crimen más brutal, atribuido a los soldados de Noske, fue el asesinato el 15 de enero de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo.

Finalmente, el 19 de enero de 1919 tuvieron lugar las primeras elecciones generales después de la guerra. Algunos de los partidos que se presentaron ya existían antes de la guerra, como el de los socialdemócratas del SPD o el de los conservadores católicos del Zentrum.La izquierda más radical estuvo representada por el USPD de Hugo Haase. En cuanto a los tres partidos burgueses de convicciones liberales y conservadoras anteriores a la guerra, el liberal, el liberal-nacionalista y el progresista, se refundaron en el Partido Popular Alemán (DVP), el Partido Nacional Popular Alemán (DNVP) y el Partido Democrático Alemán (DDP).

Sólo tres de estos partidos, el SPD, el Zentrumy el DDP, llevaron claramente en su programa electoral el apoyo a la República. Entre los tres reunieron el 76, 3% de los votos[2].

Al parecer, en el otoño de 1919, el jefe adjunto del Estado Mayor General alemán, Erich Ludendorff, se entrevistó con el general inglés Neil Malcolm, y este le pidió su opinión sobre las causas de la derrota alemana en la guerra. Ludendorff le habló de la influencia que en los ciudadanos de la retaguardia habían ejercido pacifistas, revolucionarios y especuladores. Malcom le preguntó: “Do you mean, General, that you were stabbed in the back?[3]“.A lo que Ludendorff respondió: “Sí, eso fue exactamente lo que pasó, recibimos una puñalada por la espalda”.

Así fue como se creó el mito de “la puñalada en la espalda” que relevaba al ejército de su responsabilidad en la derrota y que sirvió de pretexto a ciertos grupos de excombatientes para oponerse desde el primer momento a la República de Weimar. Lo asombroso es que fuera el propio Ludendorff, organizador del plan de rendición, el artífice de la leyenda.

[1]Los Freikorps fueron disueltos oficialmente en 1920 por la República de Weimar y se les impidió a los veteranos de guerra formar agrupaciones paramilitares, pero algunos de sus antiguos miembros participaron en el Putsch de Múnich liderado por Adolf Hitler, fracasado intento de golpe de estado de 1923.

[2] Resultados elecciones del 19 de enero de 1919: SPD: 37,9%; Zentrum: 19,7%; DDP: 18,6%; DNVP: 10,3%; USPD: 7,6%; DVP: 4,4%

[3]“¿Quiere usted decir, General, que recibieron una puñalada por la espalda?”

Lo increíble puede suceder

El 14 de septiembre de 1930 una gran parte de los ciudadanos alemanes se quedaron sorprendidos al conocer que el partido nazi, nombre abreviado del Partido Nacional Socialista Obrero Alemán (NSDAP), con un 18,3% de los votos se había convertido en la segunda mayor fuerza política del parlamento alemán (Reichstag).

El 31 de julio de 1932 se celebraron nuevas elecciones. En esta ocasión el NSDAP consiguió el 37,3% de los votos. Desde el inicio de la República de Weimar en 1919 nunca un partido político había obtenido un respaldo electoral tan grande. Seis meses más tarde, el 30 de enero de 1933, el presidente de la República, mariscal von Hindenburg, nombraba a Hitler canciller de Alemania.

Así fue como, en menos de treinta meses, lo que para muchos parecía imposible se había convertido en una aterradora realidad: Hitler ocupaba ya el poder.

Según nos cuenta en sus memorias, el escritor y periodista húngaro Arthur Koestler (1905-1983) llegó a Berlín precisamente aquel 14 de septiembre de 1930, “Y llegué a Berlín el día en que se proclamó el principio del fin para la República de Weimar y el comienzo de la barbarie en Europa”. […] “Cuando todo había pasado la gente se preguntaba: ¿cómo pudimos ser tan imbéciles para quedarnos con los brazos cruzados cuando el resultado era tan evidente?”.

Koestler se afilió del partido comunista en diciembre de 1931 y, siete meses después, decidió dejar Berlín para marcharse a Rusia. Como militante del partido comunista estuvo en España durante la guerra civil. Al volver de ella se instaló en Inglaterra y se convirtió en un detractor acérrimo del comunismo. La flecha en el azul (1952) y La escritura invisible (1954) son los títulos de los libros que componen su Autobiografía.

Historia de un alemán. Memorias 1914-1933 es el título de un libro publicado en Alemania en el año 2000. Su autor, Sebastian Haffner (1907-1999), fue un alemán “ario” que, junto con su novia judía, huyó de Berlín en 1938 y se instaló en Londres. Haffner escribió estas memorias en 1939 con la intención de alertar al mundo sobre la personalidad y las intenciones de Hitler. Poco faltaba para que estallara la Segunda Guerra Mundial, y Europa se comportaba como la Alemania de 1933, nadie quería pensar que lo imposible pudiera suceder. El libro, traducido al inglés con el fin de que fuera publicado en Inglaterra, no llegó a ser editado en vida del autor.

Haffner pensaba que hasta el día en que Hindenburg nombró canciller a Hitler cualquier alemán podía decir que había vivido determinados acontecimientos históricos pero que, en realidad, hasta entonces nadie se había visto obligado a tomar decisiones que “apelaran a su conciencia”. El 30 de enero de 1933 todo cambió,“un terremoto acababa de comenzar en la vida de sesenta y seis millones de personas”.

Joachim Fest (1926-2006), autor del libro en que se basó la película de El hundimiento, que narra el fin de Hitler y de sus colaboradores más allegados, tenía solo seis años aquel fatídico 30 de enero de 1933. Su padre, funcionario del Estado y militante del partido llamado de centro católico (Zentrum), perdió su condición de funcionario por negarse a transigir con las imposiciones del nazismo. En un libro titulado, Yo no. El rechazo del nazismo como actitud moral, publicado en el año 2006, Joachim Fest recordaba las penalidades económicas que tuvo que pasar su familia a causa de la actitud política de su padre. Fest aprendió de éste a no dejarse llevar por la corriente del pensamiento dominante, a sentir una especie de orgullo por la discrepancia: “La lección que me enseñaron los años de nacionalsocialismo se resume en oponerme a las corrientes de opinión y no dejarme arrastrar por ellas”.

Fest fue soldado en la Segunda Guerra Mundial. En su libro de memorias explica cómo, en enero de 1943, terminadas las vacaciones de Navidad, él y todos sus compañeros de clase fueron llamados a filas. Al terminar la Guerra trabajó como periodista y escritor en Alemania.

Fest no podía entender por qué la gente, mientras pudo votar, no lo hizo a los partidos democráticos, ya fueran de izquierdas o de derechas. Recordaba la irritación de su familia cuando, una vez terminada la dictadura de Hitler, se extendió el argumento exculpatorio de que, tras la elecciones de 1930, solo había dos posibilidades de elección, votar a los nazis o votar a los comunistas, y que la gente se decidió por Hitler como mal menor. Y es que, como él escribió: “Ya en los años treinta, el comunismo y su imitador, el nacionalsocialismo, deberían haber puesto en guardia a todo observador imparcial frente a los radicalismos. Las atrocidades resultantes de las fórmulas de interpretar el mundo del uno y del otro eran demasiado evidentes. Pero muchos no podían resistirse a la seducción de una utopía muy alejada de la realidad”.

Son solo tres ejemplos de los muchos testimonios de quienes, entre sorprendidos y asustados, vivieron los treinta meses del terremoto político que cambió la vida de los alemanes y que cambiaría la de toda Europa. Tres personas que hicieron frente al horror de manera muy distinta y que, una vez pasado todo, se hacían las mismas preguntas. Preguntas que hoy en día se siguen haciendo todos los que se acercan a la historia de la Alemania de aquellos años: ¿Cómo fue posible que Hitler pudiera pisotear todas las garantías constitucionales sin que hubiera la más mínima resistencia? ¿Cómo un pueblo civilizado como el alemán pudo enloquecer de esa manera? ¿Cómo la gente de buena voluntad no fue capaz de darse cuenta de lo que se le venía encima?

Para Koestler, si los alemanes no reaccionaron fue porque durante aquellos 30 meses la gente ni siquiera imaginó que aquello podría terminar en un trágico desastre. Él, por su parte, abandonó a los socialistas, a quienes culpaba del fracaso de la República de Weimar, para abrazar el comunismo. Años más tarde explicaría su actitud porque él, “como la mayoría de los intelectuales progresistas alemanes”, en 1930 pensaba que la revolución bolchevique era “el gran experimento” y no existían aún razones para rechazarlo. Por otra parte, después de las elecciones de septiembre de 1930, “la resistencia activa contra los nazis solo parecía posible dentro de las filas de los socialistas o de los comunistas”. Dado que los primeros “habían traicionado el bien que se les había encomendado”, solo quedaba la segunda opción.

Haffner, por su parte, a comienzos de 1933 “era un joven de 25 años bien alimentado, bien vestido, bien educado, (…) el producto medio de la burguesía alemana culta” que había estudiado Derecho y que por consejo de su padre iba camino de convertirse en “un funcionario culto”. Se consideraba a sí mismo “más bien de derechas” pero sin “ninguna convicción política definitiva”. En Historia de un alemán relata la conversación que sostuvo con su padre el mismo día que Hitler fue nombrado canciller. Todavía pensaban que sería un gobierno efímero y que sus votantes eran gente inculta y engañada por la propaganda que “se disgregaría tras la primera decepción”.

Fest contaba que, para su padre, la equivocación principal en que habían incurrido él y sus amigos era “el haber creído sin reservas en la razón, en Goethe, Kant, Mozart y toda la tradición que venía de entonces”. Y es que los que, como él, habían votado siempre al partido de Zentrum, hasta que vieron los resultados de las elecciones de 1932, “habían confiado en que un pandillero como Hitler nunca alcanzaría el poder en Alemania”.

En España vivimos una crisis económica, política y social, a la que, por mucho optimismo que queramos echarle, aún no se le ve el final. Las cifras alarmantes de paro, unidas a los numerosos casos de corrupción, amenazan con llevarse por delante la confianza de los ciudadanos en los políticos y en las instituciones.

Poco tiene que ver la España de hoy con la Alemania de 1930 pero existen ciertas semejanzas que deberían despertar todas nuestras alertas, como son la gravedad de la crisis económica, la desconfianza creciente en las instituciones y en los partidos tradicionales o la vigencia de una Constitución que algunos empiezan a pensar que no garantiza ya nuestra convivencia ni nuestras libertades.

Y para más coincidencias, en las pasadas elecciones europeas surgió un nuevo y desconocido partido, “Podemos”, que, para desconcierto de muchos, obtuvo cinco escaños, convirtiéndose, en varias comunidades autónomas, en tercera fuerza política. Un partido que representa una nueva izquierda y del que sabemos que sus líderes son profesores de universidad que dicen luchar con todas sus fuerzas contra la corrupción y los políticos de salón, y no mucho más, pero que suma simpatizantes a medida que van pasando los meses.

Es cierto que no hay ningún dato que permita establecer paralelismo alguno entre este nuevo partido y el antiguo NSDAP alemán, entre otras cosas, porque “Podemos” es un partido de ideología marxista y anticapitalista. Pero esto, lejos de tranquilizar, debería resultar preocupante si para la nueva izquierda sigue vive la estrategia política que denunciaba Arthur Koestler: “Aprovecharse plenamente de las libertades constitucionales que provee la sociedad burguesa con el propósito de destruirlas constituye un principio elemental de la dialéctica marxista”.

Los líderes de “Podemos” gustan de acudir a debates televisivos, en el que se muestran siempre muy seguros. Apabullan a sus contrincantes con un lenguaje más propio de las viejas asambleas de facultad de los sesenta que de los debates políticos actuales, haciendo buena la máxima de Arthur Koestler, quien decía que “la dialéctica marxista es un método que permite a un idiota parecer notablemente inteligente”. Probablemente esa arrogancia que muestran en sus intervenciones les viene de haber sido capaces de poner al día los viejos principios comunistas.

Es cierto que todo parece indicar que este nuevo partido va a hacer estragos en las filas de la izquierda y que eso podría incluso beneficiar al PP que recogería el voto de los “asustados”. Pero las cosas no son tan claras. Entre otras razones porque los argumentos que utilizan contra la corrupción y a favor de una regeneración social y política pueden atraer a la gente más castigada por la crisis económica. Y, como dijo Joachim Fest, “No hay que olvidar que el comunismo ha conseguido evitar a la larga que se le compare con el nacionalsocialismo. Este era, y es, su mayor éxito de propaganda”.

La historia no se repite nunca pero debe conocerse para aprender de ella. El fracaso de la República de Weimar en Alemania nos podría enseñar que las democracias no se mantienen solas y que exigen el esfuerzo responsable de todos y de cada uno de los ciudadanos. Que debemos vivir alerta porque la libertad de la que disfrutamos se puede perder poco a poco, sin que apenas lo notemos. De Weimar podemos aprender que, a la hora de elegir a nuestros gobernantes, es preciso votar con la razón y no dejarse llevar por los sentimientos ni por las promesas de engañosas utopías. De Weimar podemos aprender que la única prevención posible para que una crisis no termine en un desastre es que cada cual asuma sus responsabilidades y actúe según los dictados de su propia conciencia y sus propios análisis racionales, sin dejarse llevar por la corriente de opinión de la mayoría.

 

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