El 1 de diciembre de 1934 el líder bolchevique Sergéi Kírov moría tiroteado en la puerta de la sede del Partido Comunista en Leningrado. Aquel crimen sirvió a Stalin de excusa para poner en marcha la maquinaria burocrática que le permitiría arrestar, ejecutar o deportar a los campos de Siberia a todo aquel que resultara molesto a su persona o a sus propósitos, ya fueran opositores políticos, oficiales del ejército, miembros del Partido, campesinos, escritores, artistas, funcionarios o científicos.

Terror y Utopía, publicado en Alemania en 2008 y en España en 2014, es el libro más completo escrito sobre el periodo de Gran Terror en su año más álgido, 1937, y en la ciudad más emblemática de la Unión Soviética, Moscú. Su autor, el historiador alemán Karl Schlögel, ha utilizado  la información y los datos encontrados en archivos abiertos tras la caída del Muro, así como conversaciones mantenidas con familiares de víctimas de Stalin.

Aquel año de 1937, mientras la capital rusa se engalanaba para celebrar el vigésimo aniversario del triunfo de la Revolución bolchevique, una serie de detenciones indiscriminadas sorprendieron a la población. Poco a poco, el miedo fue apoderándose de los moscovitas. Todos desconfiaban de todos, nadie podía sentirse seguro porque cualquiera podía caer bajo la sospecha de ser un “saboteador”, un “enemigo del pueblo”, y sufrir las consecuencias de ello. Los arrestados eran sometidos a simulacros de juicios en los que casi siempre acababan por confesar delitos que no habían cometido. Algunos llegaron a la aberración moral de creerse enemigos de la Revolución y, por tanto, merecedores del castigo. Schlögel cuenta el caso de un condenado a muerte que al escuchar la sentencia entonó una estrofa de Adiós mi querida patria, la canción favorita de Stalin: ‘Bella eras mi amada tierra, porque no existe otro país sobre la Tierra donde el corazón del hombre lata con tanta libertad’.

Según Schölogel aquellos crímenes podían muy haber sido consecuencia política de la aprobación, en el VIII Congreso Extraordinario de los Soviets, celebrado en diciembre de 1936, de la llamada Constitución de Stalin. Y es que, entre otras disposiciones, la nueva Constitución eliminaba las restricciones del voto que hasta entonces existían en la Unión Soviética e implantaba el “sufragio universal directo”. Las elecciones debían celebrarse en diciembre de 1937. Stalin, y sus más fieles colaboradores, eran conscientes de que una medida aperturista de ese calibre exigía un control absoluto por parte de los dirigentes del Partido de los resultados de las votaciones.

La hambruna, consecuencia de la colectivización de los campos, había ocasionado, sólo en el año 1933, seis millones de muertos. Un escalofriante dato que había podido ser celosamente ocultado gracias a la supresión del registro de personas fallecidas. Si se querían celebrar elecciones era necesario realizar un nuevo censo de la población.

El censo fue realizado escrupulosamente y con las mayores garantías burocráticas durante los primeros meses del año 1937. Llegado el momento de publicar los datos, resultó que en lugar de los 172 millones de personas que se había previsto, el censo arrojaba una cifra de 162 millones. Algo inadmisible para los dirigentes políticos. Los resultados fueron anulados y el dirigente de la oficina del censo, acusado de “trotskista-bujaranista” y “enemigo del pueblo”, fue fusilado el 21 de agosto de aquel mismo año.

Entre los documentos que Schlögel incluye en su libro se encuentran las actas del Pleno del Comité Central del Partido Comunista que se celebró en Moscú entre el 23 de febrero y el 5 de marzo de 1937.

El primer punto del orden del día de aquel pleno fue el ‘Asunto Bujarin y Rykov’, dos políticos que, tras una larga historia de fidelidad al Partido, en diciembre de 1936 habían sido inculpados como conspiradores contra el régimen. Desde entonces, varias veces habían sido investigados y llamados a declarar, pero siempre habían negado las acusaciones.

Antes de la celebración del pleno, Bujarin había enviado cien páginas de alegaciones en las que terminaba pidiendo que no le hicieran comparecer: `No estoy ni física ni moralmente en condiciones de asistir al pleno. (…) No quiero romper a llorar, verme presa de la histeria y la impotencia…’.

De nada habían servido sus súplicas. Obligado a comparecer, se obstinó en seguir defendiendo su inocencia. En la noche del 27 de febrero, Stalin sentenció su expulsión del Partido y su traslado a la Lubianka. Bujarin sería condenado a muerte y ejecutado el 13 de marzo de 1938.

El otro de punto importante del orden del día del pleno fueron las elecciones que debían celebrarse a finales de año. El Partido temía el sufragio universal. Se podía controlar a los dos millones de comunistas, pero qué harían los millones de personas ‘sin partido’. Los kulaks, campesinos propietarios que en la colectivización habían sido encarcelados por resistirse a entregar el trigo, y que, una vez cumplidas sus penas de cárcel, volvían a los campos; los antiguos militares expulsados del Partido; los militantes de los partidos prerrevolucionarios; los creyentes y sacerdotes que persistían en su fe a pesar del cierre de las iglesias… ¿Estaba el Partido realmente preparado para unas elecciones ‘generales, libres y secretas’.

Stalin cerró el pleno con una llamada a la renovación del Partido. Se acercaba una nueva era revolucionaria, y, en ella, el Comisariado para Asuntos Internos (NKVD), dirigido por Nikolái Yezhov, debía asumir una función de vanguardia.

“El mecanismo se puso en marcha casi inmediatamente después de terminado el pleno”, escribe Schlögel. En pocos meses se aprobó la legislación necesaria para llevar a cabo los planes criminales del ejecutivo soviético. La Orden 00447, del 30 de julio de 1937, preveía el arresto de 268.950 personas, de las cuales debían ser fusiladas 75.950. La Orden 00439 pondría en marcha la llamada “Operación Alemana”, que se saldó con 41.989 condenas a muerte. La Orden 00485, del 20 de agosto de 1937, dio comienzo a la “Operación Polaca” en la que 139.835 personas fueron condenadas y casi el 80% fusiladas. Todas estas órdenes permitirían que la maquinaria de arrestos, condenas y asesinatos trabajara a pleno rendimiento.

Pero aquel año 1937 también debía ser un año de celebraciones. Veinte años después de la Revolución, Moscú debía mostrar al mundo los grandes logros del sistema socialista soviético. Los visitantes extranjeros debían encontrar en Moscú una ciudad nueva reconstruida para una nueva sociedad: la sociedad más trabajadora, más comprometida, más deportista y más feliz del mundo.

El “Plan General para la Reconstrucción de la Ciudad de Moscú” se había aprobado en 1935 y muchos edificios ya habían sido demolidos, entre ellos más de doscientas iglesias y varios monasterios con los que, señala Schlögel, el característico tañer de las campanas de la capital rusa había desaparecido.

Era preciso agilizar la construcción de las grandes obras contempladas en el Plan para que pudieran ser inauguradas antes de terminar el año. Moscú debía convertirse en centro de atracción para el turismo internacional.

La emblemática Plaza Roja se había reformado para que fuera escenario de todo tipo de celebraciones. “La Plaza Roja –escribe Schlögel- es el auténtico anfiteatro del año 1937: plaza de celebraciones y cadalso al mismo tiempo”. Allí se había presentado, en diciembre de 1936, la nueva Constitución de Stalin. Un año más tarde, en ella se presentarían los resultados electorales. Durante aquel año fue escenario del desfile de los deportistas, de la fiesta de la juventud, de las celebraciones del 1º de Mayo.

La Plaza Roja fue también testigo de las sentencias de los procesos públicos de Moscú. Centenares de manifestantes, convenientemente seleccionados y aleccionados, estallaban en gritos de entusiasmo cada vez que el altavoz pronunciaba el nombre de uno de los condenados.

En Moscú, entre agosto de 1936 y marzo de 1938 se realizaron tres grandes procesos públicos. Los arrestados eran acusados de agentes trotskistas, agentes del fascismo, sabotaje, desviacionismo o simplemente de “enemigos del pueblo”.

Aquellos procesos eran un auténtico montaje teatral, parecían una “tragedia griega” en la que los papeles de acusador y acusado se repartían al azar. La descripción que hace Schögel de la puesta en escena es sobrecogedora. Nunca había pruebas. Era lógico, argumentaba el fiscal, ¿cómo podía el acusado ser tan tonto de haberlas dejado? La única prueba posible era la autoinculpación. A aquellos procesos asistió como invitado especial el embajador norteamericano, Joseph Davis, que nunca dudó de la buena fe de jueces y fiscales.

Los condenados a muerte eran fusilados en el campo de tiro de Bútovo, situado en las afueras de Moscú. En el registro de campo quedaba reflejado el número de ejecuciones diarias. En septiembre de 1937 asesinaron 3.165 personas. Entre cien y ciento sesenta era el número habitual de fusilamientos en un día. Los cadáveres fueron enterrados en fosas comunes, a pocos kilómetros de Bútovo. Los fusilamientos se suspendieron  a finales de 1938.

Como culminación de un año de celebraciones, el 7 de noviembre de 1937 tuvieron lugar los actos conmemorativos de la Revolución. Por la tarde desfilaron ante Stalin casi un millón de personas. Al final del interminable desfile, Stalin brindó por el triunfo del Estado socialista:

“Hemos recibido este Estado en herencia y nosotros, los bolcheviques, hemos consolidado ese Estado por primera vez, convirtiéndolo en un Estado unido e indivisible, no en interés de los terratenientes y capitalistas, sino en beneficio de los trabajadores, de todos los pueblos que componen este país. (…).A cualquiera que, tanto en sus actos como en sus pensamientos, ataque la unidad del Estado socialista, lo vamos a destruir sin piedad.”

Un año más tarde, el 17 de noviembre de 1938, Stalin estampó su firma en un documento en el que se acusaba al NKVD de haber “cometido errores”. Por supuesto que se referían a errores puramente administrativos pero el comisario del pueblo para Asuntos Internos, Yezhov, tuvo que pagar por ello. Encarcelado junto con sus colaboradores más próximos fue fusilado dos años después y enterrado sobre los cadáveres de aquellos a lo que él mismo había mandado ejecutar.

Schölegel habla en su libro de la intervención de Stalin en nuestra Guerra Civil. “A finales de agosto y principios de septiembre del 36 el Gobierno soviético respondió a la solicitud de ayuda del Gobierno republicano e inició el transporte de ayudas y armas. Al mismo tiempo se inició un bien organizado y bien instrumentalizado movimiento de solidaridad que llegaba a cada fábrica a través de los medios de comunicación de masas.”

En el verano de 1936 se organizaron campañas de “solidaridad con el pueblo español (…) España estaba en boca de todos. Se cantaban canciones españolas, se aprendía español, se publicaba a poetas españoles. (…) El equipo de fútbol del País Vasco viajó por el país y jugó, entre otros, contra un equipo de Leningrado.”

Con las ayudas y las armas también llegó de la Unión Soviética “un pedazo de Moscú en el año 1937”, un personal a través del que se podía controlar lo que ocurría en España: “asesores militares, agentes, policía secreta y asesinos a sueldo”. Schlögel cifra en más de setecientos los personajes de este tipo que a finales de noviembre de 1937 se encontraban en España.

Los informes que enviaban estos asesores han permitido saber qué opinión tenían los especialistas soviéticos del ejército republicano. “Los errores, las carencias y los inconvenientes son tildados inmediatamente de `sabotajes’. La indisciplina se convierte en ‘amotinamiento’, las balas perdidas en el combate son tildadas de ‘actos terroristas´, las enfermedades son relacionadas con el chocolate envenenado”. La guerra contra Franco sólo se podría ganar si se eliminaba a los ‘enemigos internos’, es decir a los anarquistas, trotskistas y sindicalistas. No hay posibilidad de victoria contra los rebeldes, decían en sus informes, mientras esa `escoria dentro del bando republicano no sea liquidada’.

Como “peculiar topografía del terror” considera Karl Schlögel la represión llevada a cabo contra los dirigentes de POUM y el asesinato de Andreu Nin (por órdenes de Aleksandr Orlov), tras los sucesos de Barcelona de la primavera de 1937.

Una gran parte de los asesores políticos que envió Stalin en los primeros meses de la guerra española ya estaban muertos antes de que ésta terminara. “Sin embargo, ninguno de ellos cayó en combate, sino en las mazmorras del NKVD”. Uno de ellos fue Mjaíl Kóltsov, el reportero de Stalin, que fue condenado a muerte el 12 de diciembre de 1938.

Tras la caída del Muro y el fin de la Unión Soviética se inició el proceso de construcción de la memoria histórica del terror soviético. “Falta todavía mucho –escribe Schlögel- para que este proceso acabe, y sólo llegará a feliz término cuando la Lubianka, ese símbolo de desprecio infinito por el ser humano, de violencia asesina, situado en el mismo centro de Moscú, se transforme, un día no muy lejano, en un museo y en un lugar de conmemoración”.

(Terror y Utopía. Moscú en 1937. Karl Schlögel, 2014)

“Con Ciudadanos damos la bienvenida a la derecha civilizada”. El socialista moderado Pedro Sánchez ha enseñado su patita de izquierdista arrogante con esta frase sacada del baúl de los recuerdos.

Los universitarios antifranquistas de mi generación, cuando elucubrábamos sobre cómo sería una España democrática decíamos que existiría una “derecha civilizada”  como la que había en Francia, Inglaterra o Alemania. Insinuar hoy que el PP no representa a esa “derecha civilizada” es tanto como poner en duda la “civilización” de la derecha francesa del UMP, la de los conservadores británicos o la de los demócratas alemanes del CDU. Creo, con todos mis respetos, que el secretario general del PSOE debería ser más cuidadoso con sus palabras. Esa insinuación, en boca de de una persona tan moderada y prudente como aparenta ser Pedro Sánchez, es muestra, una vez más, de hasta qué punto la izquierda española se considera con la potestad de calificar y clasificar moralmente a sus adversarios políticos.

En el diccionario de la RAE, “educar” e “ilustrar” aparecen como sinónimos del “civilizar”. Por eso, me extraña tanto esa arrogancia cultural en un dirigente de Partido artífice de la ley de Educación que más ha despreciado la instrucción, es decir, la ilustración, de los ciudadanos.

No sé si Pedro Sánchez es consciente de que el gran proyecto educativo de su Partido, la LOGSE, cuyo logro fundamental es haber escolarizado a la población hasta los 16 años, no sólo no ha conseguido elevar el nivel de “ilustración” de los ciudadanos  sino que ha convertido la educación en un problema social y político de muy difícil solución.

Ya va siendo hora de que algún socialista declare públicamente, como lo hizo en su día Tony Blair, que aquel modelo educativo fue un grave error. Un error que, en España, sólo los de UPyD (y no todos) fueron capaces de reconocer. En ese sentido sí se podría decir que  UpyD representaba a una izquierda civilizada. Una izquierda con la que se podría haber llegado a un acuerdo sobre qué sistema educativo puede mejorar la cultura, es decir, la “civilización” de los españoles.

Artículo publicado en el nº2 del Espectador incorrecto.

En 1958 la filósofa alemana Hannah Arendt, que vivía entonces en Estados Unidos, pronunció en Bremen una conferencia, “La crisis de la educación” (Die Krise der Erziehung), en la que reflexionaba sobre la situación de crisis que atravesaba la educación norteamericana. Decía Arendt que cualquier crisis podía suponer la oportunidad de reflexionar sobre las cuestiones que la habían motivado y remediar los errores cometidos, siempre y cuando, ante ella, no se respondiera con prejuicios, pues, en ese caso, la crisis se podía convertir en un auténtico desastre.

Para Arendt, lo que hacía especialmente duradera y peligrosa la crisis de la educación norteamericana era la cantidad de prejuicios políticos y pedagógicos con los que tropezaban las autoridades educativas cada vez que pretendían implantar alguna medida sensata dirigida a mejorar los resultados de las enseñanzas de Primaria y Secundaria. Prejuicios que ella había detectado entonces solamente en los Estados Unidos pero que, en su opinión, en un futuro próximo podrían contagiar la educación de todo el mundo occidental.

Como prejuicios políticos Arendt señalaba la especial forma de entender la igualdad de oportunidades que había llevado a las autoridades educativas de EEUU a extender la enseñanza media a toda la población con un único plan de estudios, sin tener en cuenta las distintas capacidades e intereses de los alumnos. Con ello, la enseñanza media se había convertido en una mera prolongación de la educación primaria y, en consecuencia, se había rebajado notablemente el nivel de la enseñanza universitaria.

En cuanto a los prejuicios pedagógicos, Hannah Arendt señalaba un conjunto de teorías que desde los años treinta dominaban en el mundo de la educación como, por ejemplo, que los maestros no tienen que transmitir conocimientos a los niños porque son estos quienes han de construir su propio aprendizaje, que la competitividad debe erradicarse de las escuelas, que los exámenes sólo sirven para traumatizar a los niños o que las normas de conducta han de decidirlas los propios alumnos y nunca imponerlas los profesores.

En aquella conferencia Arendt llamaba la atención sobre la gran diferencia que existía entre el sistema educativo norteamericano y el que entonces había en Europa. Ponía como ejemplo la Ley de Educación implantada en Inglaterra al final de la Segunda Guerra Mundial, que había hecho obligatoria la enseñanza secundaria creando tres tipos de centros diferentes. Para ingresar en uno u otro se tenían en cuenta las aptitudes de los escolares. Sólo aquellos que aprobaban el examen que todos los niños estaban obligados a hacer a los 11 años podían ir a las llamadas Grammar Schools, centros estatales de educación secundaria con un alto nivel de exigencia académica que preparaban para cursar estudios universitarios.

Como había pronosticado Hannah Arendt, el modelo norteamericano no tardaría en atravesar el Atlántico. En los años sesenta los laboristas británicos decidieron reformar su sistema escolar. Suprimieron el examen de final de Primaria, prohibieron las Grammar Schools y obligaron a que todas las escuelas de secundaria se organizaran según el modelo de las Comprehensive Schools donde, como ocurría en las High Schools norteamericanas, podían entrar todos los niños al finalizar la Primaria sin examen alguno y donde todos estudiaban con el mismo curriculum o plan de estudios.

Poco después, a partir de las revueltas estudiantiles de Mayo del 68, todos aquellos prejuicios que habían provocado la crisis de la educación en EEUU, convertidos en dogmas incuestionables, invadieron el terreno de la educación de una gran parte de Europa occidental. Casi todas las leyes de Educación que se aprobaron en los años setenta extendieron la obligatoriedad de la enseñanza secundaria con el modelo “comprensivo” de las escuelas británicas e impusieron los principios pedagógicos progresistas de los que Hannah Arendt había hablado en su conferencia de Bremen.

El término “comprensividad” comenzó a utilizarse en España a partir de la Ley Orgánica General del Sistema Educativo (LOGSE) de 1990. Los socialistas que habían tomado parte en su elaboración se mostraron entonces orgullosos de haber modernizado la educación española implantando en España el modelo de las Comprenhensive Schools británicas cuando ya en Inglaterra empezaba a cuestionarse. Desde la implantación de la LOGSE la enseñanza es obligatoria hasta los 16 años. De los 6 a los 16 años todos los alumnos deben seguir el mismo plan de estudios o “currículo” y no se permite la selección de alumnos por sus resultados académicos ni la posibilidad de estudiar formación profesional.

No hay duda de que la profecía de Hannah Arendt se ha cumplido. Hoy se puede decir que existe una crisis de la educación occidental. En los rankings de las evaluaciones PISA, que desde el año 2000 realiza la OCDE, los primeros puestos son sistemáticamente ocupados por países que, como Singapur o Corea, mantienen un sistema educativo muy exigente y selectivo y métodos pedagógicos absolutamente tradicionales. Mientras que países como Francia o Inglaterra, cuyo sistema educativo hasta hace bien poco se había considerado modélico, obtienen resultados muy mediocres.

Esta crisis de la educación está afectando a España de una forma especialmente grave. Nuestros alumnos se sitúan en los últimos puestos del ranking de resultados de PISA. El porcentaje de abandono escolar, esto es de los alumnos que no continúan estudiando una vez terminada la escolarización obligatoria, es casi el doble de la media europea. El paro juvenil adquiere en nuestro país unas cifras escalofriantes. El pasado julio, el 53,7% de los menores de 25 años estaba en paro en España mientras que la media de la UE era del 21,6%.

Lo que hace especialmente interesante aquella conferencia que Hannah Arendt pronunció en Bremen es el hecho de que aquellos prejuicios políticos y pedagógicos que señalaba entonces la gran filósofa alemana sigan siendo los mismos con los que tropiezan los gobiernos cuando intentan implantar reformas para mejorar los resultados de su sistema educativo.

En el ya largo debate sobre la educación y sus reformas nos hallamos encerrados en un bucle, más o menos melancólico, del que parece imposible salir. Existen medidas que podrían mejorar sustancialmente el rendimiento académico de nuestros escolares, como son: una mayor concreción en los programas de las distintas disciplinas, la implantación de exámenes al final de cada etapa, una mejor formación académica de los maestros o mayor autonomía de los centros para establecer sus enseñanzas, pero, a la hora de implantarlas, siempre chocan con esos dogmas pedagógicos que Hannah Arendt señaló hace más de medio siglo.

Algunas de esas reformas han podido hacerse en España. De hecho, en la Comunidad de Madrid, dentro de los marcos legales establecidos por los distintos Ministerios de Educación, se han experimentado con bastante éxito, sobre todo en la enseñanza primaria.

Los exámenes están hoy totalmente desprestigiados y, sin embargo, cualquier profesor sabe por experiencia que es el mejor sistema para comprobar la adquisición de unos determinados conocimientos. Es necesaria una normativa estatal que establezca un buen sistema de exámenes nacionales, principalmente al finalizar la enseñanza obligatoria. La nueva LOMCE los tiene previstos, veremos cuándo y cómo llegan a implantarse.

Es necesario también un profundo cambio en la concepción de la carrera de magisterio y un nuevo sistema de selección de profesores. Una selección que deberá hacerse buscando al mejor profesor posible, que tendrá que saber enseñar pero, sobre todo, demostrar que domina la materia que ha de enseñar.

Pero, sin duda, el problema más grave de la educación está en la “comprensividad” del sistema. La incorporación a los Institutos de Educación Secundaria de todos los alumnos, sin posibilidad de separación por su nivel de conocimientos, ha llevado a las aulas una heterogeneidad de capacidades, actitudes e intereses que dificulta enormemente la tarea de los profesores. Ninguna de las leyes posteriores ha conseguido resolver lo que la experiencia ha demostrado que es irresoluble. Más allá de los años de Primaria, ningún currículo puede ser útil al mismo tiempo para los alumnos con capacidad para el estudio y para aquellos que no muestran ningún interés por estudiar. Hay que procurar que todos desarrollen al máximo sus capacidades pero habrá que tener en cuenta que éstas no son para todos las mismas.

No puede ser casualidad que los países que no adoptaron la “comprensividad”, como Alemania, Austria o Países Bajos, y que mantienen, después de la enseñanza primaria, la posibilidad de estudiar o bien formación profesional o bien bachillerato ofrezcan hoy los mejores datos de empleo juvenil de toda la Unión Europea. Frente al 21,6% de la media, Alemania presenta un 7,6% de desempleados entre los menores de 25 años, Austria, el 9,1% y los Países Bajos el 9,8%.

Existen experiencias que han dado buenos resultados en otros países, como la especialización de centros de secundaria (deportes, lenguas, artes, tecnologías), la creación de institutos con un mayor nivel de exigencia académica o de institutos profesionales donde los alumnos pueden aprender un oficio que les permita incorporarse tempranamente al mundo laboral. Experiencias que podrían tener éxito también en España si la izquierda pedagógica estuviera dispuesta a admitir y abandonar ese dogmatismo igualitario que está en la raíz de los males que han provocado la ya recurrente crisis de la educación.

Los detenidos en la Rusia de Stalin sufrían largos interrogatorios en los que los agentes de la KGB pretendían hacerles confesar delitos que, generalmente, no habían cometido. Cuando el prisionero se negaba a aceptar las mentiras inventadas por el agente de turno de la policía secreta, tras ser torturado cruelmente, era arrojado a una habitación cuadrada de muy pequeñas dimensiones con la orden de buscar una inexistente “quinta esquina” de su celda porque, se le decía, hasta que la encontrara o confesara su crimen no saldría de allí.

La quinta esquina es el título que el escritor ucraniano Izraíl Métter (1909-1996) escogió para una sus novelas, publicada recientemente en España por la editorial Asteroide. Métter es un autor poco conocido en España. Pertenece a la generación de escritores que, como el ucraniano Vasili Grossman (1906-1969), la rusa Lidia Chukósvkaia (1907-1996), el alemán Sebastian Haffner (1907-1999) o el húngaro Arthur Koestler (1905-1983), vivieron de niños la Primera Guerra Mundial y sobrevivieron a los regímenes totalitarios que engendró la Europa del siglo XX.

Izraíl Métter nació en la ciudad ucraniana de Járkov, en el seno de una familia de pequeños comerciantes judíos. Durante los años de entreguerras se ganó la vida como profesor de matemáticas, después de tener una formación autodidacta, pues su condición de “pequeñoburgués”, perteneciente a una familia de comerciantes y artesanos, le había cerrado la posibilidad de acceder a estudios superiores en el nuevo régimen soviético.

En La quinta esquina, Métter crea un personaje, Boria, cuya biografía podía ser la suya propia, que al final de los años sesenta repasa los años vividos bajo la dictadura de Stalin. Boria relata sus frustrados intentos por acceder a los estudios superiores, sus experiencias como profesor de matemáticas, la muerte de su padre, su amor imposible por la bella Katia, sus matrimonios fracasados, el sitio de Leningrado, y, finalmente, el reencuentro con los pocos conocidos que, como él, sobrevivieron milagrosamente a las purgas de Stalin y a la Segunda Guerra Mundial.

Podría decirse que el principal argumento de la novela es el gran e imposible amor entre Boria y Katia. El adolescente desaliñado que era Boria en los años veinte fue contratado por la hija única de un médico de éxito de Járkov para que le ayudara a preparar sus exámenes de secundaria. De aquellas clases surgirá la historia de una extraña relación que marcará la vida del protagonista y que terminará con la detención de Katia en 1949 y su suicidio en una celda cuadrada de la que no iban a permitirle salir hasta que no encontrara “la quinta esquina”.

Sin embargo, el principal argumento de la novela de Izraíl Métter es el doloroso examen de conciencia que hace el autor sobre su propia vida y la de toda su generación: “Examino mi vida como se examina el trigo, -dice Boria- poniéndolo en la palma de la mano para encontrar las semillas malas”. Y en este examen de conciencia se pregunta: “¿Y qué hacer con las ilusiones perdidas? ¿Qué hacer con aquello en lo que creía? ¿Qué hacer conmigo mismo, con aquello que quise decir y hacer y no hice ni dije? Y no porque no hubiera tenido tiempo. Lo tuve. Tuve tiempo de reflexionar. Y llegué a conclusiones que me asustaron.”

Al repasar los años su juventud, el protagonista de La quinta esquina trata de comprender lo que ocurrió y explicar cómo fue posible que cientos de miles de ciudadanos (entre los que se contaban niños empujados por sus maestros a espiar y denunciar a sus propios padres) participaran en el perverso juego de las delaciones arbitrarias e injustas sin ser conscientes de que a causa de ellas sus propios familiares y amigos podrían ser detenidos.

Así fue cómo, escribe Métter, se iba extendiendo en la sociedad el miedo y la desconfianza de todos hacia todos: “Con diligencia sospechábamos la traición de nuestro amigo, pero tomábamos vodka con él; los maestros sentían temor de sus alumnos. Los alumnos de sus maestros. Sintiendo terror y repugnancia por la delación, la gente se apresuraba a ser la primera en delatar, para adelantarse a los otros”.

Y así fue cómo la locura se apoderó de una sociedad en la que, a las dificultades para alimentarse y sobrevivir, se añadía la inseguridad, la sospecha y el terror: “La sospecha de todos contra todos se arraigaba en el cerebro, irradiaba los genes, cambiando su código; la sospecha ya era hereditaria” (…) “Esa época mostró que el ser humano no conoce límites para sus capacidades, ni para el heroísmo, ni para la bajeza.”

Una anécdota que resultaría intrascendente en la sociedad libre en la que ahora vivimos hizo a Boria cómplice de aquella locura colectiva. Ocurre en 1930. Boria es profesor en la Universidad comunista para adultos de los Urales y pone a prueba sus dotes de pedagogo al tratar de explicar a sus alumnos, por medio de las matemáticas, todas las situaciones de la vida. “Me parecía indiscutible que incluso los acontecimientos políticos pudieran ser vistos desde un punto de vista matemático”. (…) “Había inventado incluso problemas que abordaban el ‘sabotaje’ y ‘las desviaciones en el interior del partido”.

Un día Boria cuenta a sus colegas que está preparando la edición de un libro con este tipo de problemas. El rector de la Universidad cometió la osadía de reírse de él y calificar su intento de “vulgar y ramplón”. Boria, profundamente herido, decidió vengarse y en su libro incluyó un ingenioso problema en el que con unas cuantas cifras se demostraba que el buen rector “era un enemigo del pueblo”. “Yo, lo demostré; a él, le fusilaron”

Izraíl Métter encuentra una explicación para aquella locura colectiva que recuerda al ensayo El Anticristo que el austríaco Joseph Roth escribió desde el exilio en 1934:

La fe del hombre ignorante en Dios se ha ido acumulando durante milenios; se transmitía de generación en generación. La hipocresía de la religión era relativa: no prometía el reino de Dios en la tierra. Mentía hablando de la hojarasca del paraíso. El concepto de Dios era especulativo. Mejor dicho, a medida que iba aumentando la cultura de la humanidad, se volvía cada vez más especulativo.

“Y, de repente, Dios se encontró junto a nosotros. Apareció en un país que se había vuelto casi completamente antirreligioso. Ese dios era concreto. Llevaba unas botas altas relucientes de puro limpias, una guerrera y una gorra de aspecto semimilitar. Los iconos de su imagen se editaban en tirajes de millones de ejemplares.

        “Incluso las habitaciones de los pisos comunales se convirtieron en casas de oración.

        “Las asambleas generales comenzaron a parecerse a las reuniones de los flagelantes.

“Los sectarios se martirizaban ante los ojos de sus correligionarios.

        “Era un dios cruel. No castigaba en el otro mundo, sino en este. Y cuanto más castigaba, con mayor exaltación creían en él.”

(…)

“Desde el nacimiento del cristianismo hasta el momento en que millones de personas tuvieron fe en Cristo, pasaron siglos. El nuevo dios apareció después de la muerte de Lenin, y la fe en él, temblorosa y ciega, se apoderó de cientos de millones de personas en el transcurso de 15 o 17 años.”

(…) “Él lo veía y lo oía todo con los ojos y los oídos de los delatores. De ser una ocupación secreta y vergonzosa, la delación pasó a convertirse en un honorable deber cívico”.

Izraíl Métter, como Vasili Grossman, como Sebastian Haffner, o como otros escritores que quisieron explicarse cómo pudo ocurrir lo que ocurrió, ya sea en la Rusia estalinista o en la Alemania nazi, es consciente de que una sociedad “colectivizada” está preparada para renunciar a la libertad individual. El personaje creado por Métter reflexiona sobre la sociedad en la que le ha tocado vivir y se da cuenta de que como “persona” es prácticamente inexistente. En el mundo planificado y burocratizado de la Rusia soviética, los individuos no cuentan: “Los cuadros lo deciden todo, dijo Stalin. Él no hubiera podido operar con la fórmula `las personas lo deciden todo’, porque el concepto `personas’ era para él superfluo e incluso embarazoso”.

Izraíl Métter terminó de escribir La quinta esquina en 1969 pero no pudo publicarla hasta 1989.

La quinta esquina. Izraíl Métter (Libros Asteroide, 2014)

El sábado 10 de enero el diario El País publicaba un artículo de Ayaan Hirsi Ali con el título “Cómo responder al atentado”, en el que la escritora holandesa, actualmente residente en EEUU, daba su opinión sobre este nuevo ataque islamista en el corazón de Europa.

Con esa claridad y valentía que siempre la han caracterizado, Ayaan Hirsi Ali comienza por recordarnos que la masacre de París no ha sido obra de un “lobo solitario”, de un perturbado que nada tiene que ver con el islam. Se trata de una operación que “fue diseñada para sembrar el terror” y que, en ese sentido, ha funcionado. Hoy “Occidente está horrorizado, como corresponde”.

Ayaan Hirsi Ali es aquella controvertida política holandesa de origen somalí que, huyendo de un matrimonio pactado al modo musulmán por su padre, se convirtió en una mujer nómada que durante unos años recorrió Europa intentado convencer a los europeos de que el esfuerzo por la defensa de los valores de la cultura occidental merecía la pena, y de que la libertad de la que disfrutamos no es un regalo de la naturaleza sino que exige luchar para preservarla. Actualmente vive en Estados Unidos, está casada con el historiador británico Niall Fergusson y dirige la AHA Fundation, creada por ella misma en 2007 para la defensa de los derechos de las mujeres musulmanas. La fundación lucha especialmente para poner fin a los matrimonios forzados, la mutilación genital o los “crímenes de honor” que sufren algunas mujeres musulmanas que residen en países occidentales.

Ayaan Hirsi Ali afirma en su artículo que el Corán (que fue su modelo de conducta durante muchos años) contiene muchas llamadas a la yihad violenta. Pero que existe otro libro mucho más moderno, El concepto coránico de la guerra, escrito por el general pakistaní, S. K. Malik en la década de 1970 que, para los islamistas, es la biblia de la yihad del siglo XX. En ese libro, su autor analiza la estrategia coránica para alcanzar la victoria, que no es otra que utilizar el terror para “golpear el alma” del enemigo.

Ayaan Hirsi Ali lo tiene muy claro: “Nuestra alma reside en nuestra creencia en la libertad de pensamiento y de expresión (…). Y allí es precisamente donde los islamistas nos han atacado. Una vez más.” Los responsables de la matanza de París lo que pretenden es imponer el terror. “Y cada vez que nos rendimos a su idea de la violencia religiosa justificada, les estamos dando exactamente lo que quieren.”

Ayaan Hirsi Ali considera que, por eso, y porque no existe ninguna duda de que los islamistas actúan movidos por una ideología que es parte integrante de los textos fundacionales del islam, no se debe ceder ante las exigencias de quienes pretenden que renunciemos a los valores y principios sobre los que se ha construido la civilización occidental.

“Aplacamos los ánimos de los jefes de gobierno musulmanes que nos presionan para que censuremos nuestra prensa, nuestras universidades, nuestros libros de historia, nuestros programas académicos. Ellos reclaman y nosotros les complacemos. (…) ¿Y qué recibimos a cambio? Kaláshnikovs en el corazón de París”.

Ayaan Hirsi Ali concluye en su artículo con una llamada a la resistencia, a la defensa de nuestras libertades, a no dejarse dominar por el pánico: “Occidente no debe aplacar, no debe ser silenciado. Debemos enviar un mensaje colectivo a los terroristas: vuestra violencia no debe destruir nuestra alma”.

He leído todos los libros que en España se han publicado de Ayaan Hirsi Ali y tengo una gran admiración por sus ideas y por su valiente forma de vivir. Pero me resulta difícil compartir el optimismo que muestra en este artículo con respecto a la respuesta de Occidente. Y es que yo no estoy muy segura de que los ciudadanos de esos países que constituyen lo que llamamos Occidente valoren tanto como Hirsi Ali el “alma” de su civilización. Es más, yo creo que la mayor amenaza para Occidente viene precisamente de la falta de convicciones, de la relativización moral, de la cobardía y del desencanto que embarga hoy a las sociedades occidentales.

Ojalá este nuevo crimen contra el alma de la civilización occidental sirva para despertar nuestras conciencias y, como Ayaan Hirsi Ali, emprendamos con convicción y sin complejos la lucha por la defensa de nuestras libertades, por la defensa de los valores de nuestra civilización.

En los terribles años del terror de Yezhov hice cola durante siete meses delante de las cárceles de Leningrado. Una vez alguien me “reconoció”.

Entonces una mujer que estaba detrás de mí, con los labios azulados, que naturalmente nunca había oído mi nombre, despertó del entumecimiento que era habitual en todas nosotras y me susurró al oído (allí hablábamos todas en voz baja):

-¿Y usted puede describir esto?

Y yo dije:

-Puedo.

Entonces algo como una sonrisa resbaló en aquello que una vez había sido su rostro.

(La extraordinaria escritora Ana Ajmátova escribió estas palabras para que figuraran “En lugar de prefacio”, como introducción a su poemario “Requiem”)

Anna Ajmátova dedicó su obra más conocida, Requiem, a los cientos de madres, hermanas, esposas o amantes que, como ella misma, pasaron el crudo invierno de 1937-1938 ante las cárceles de Leningrado a la espera de conocer la suerte de sus familiares o amigos detenidos.

Una de aquellas mujeres fue la escritora Lidia Chukóvskaia cuyo marido, Matvéi Bronstein, un físico de 31 años especializado en teoría cuántica y gravitación, había sido arrestado a primeros de agosto de 1937y encarcelado en Leningrado por cometer “crímenes contra el Estado”.

Meses después de la detención de su marido, Lidia, tras haber soportado colas interminables, consiguió averiguar que había sido juzgado y condenado a diez años de prisión “sin derecho a correspondencia”. Ella entonces no sabía que en la jerga del NKVD (Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos, que era el nombre oficial de la policía política de Stalin) esa expresión, “sin derecho a correspondencia”, significaba que el reo había sido ya fusilado, así que continuó haciendo colas, escribiendo cartas y confiando en que algún día su marido sería liberado.

Para evitar hundirse en la desesperación y a pesar de que alguno de sus amigos le había aconsejado no hacerlo, Chukóvskaia decidió escribir la historia de un mujer ficticia, Sofia Petrovna, que, como la autora y como cientos de mujeres más, sin entender muy bien por qué, en los meses de la Gran Purga de Stalin había sufrido la detención y desaparición de un ser querido.

Sofia, la protagonista de la novela, es una joven viuda que, a mediados de los años treinta del siglo pasado, al morir su marido, se pone a trabajar como mecanógrafa en una importante editorial soviética. Sofia sueña con que su único hijo, Kolia, llegue a ser un gran ingeniero.

Después de trabajar durante tres años en la editorial, Sofia se ha convertido en una ciudadana soviética ejemplar. Su buen hacer en el trabajo le ha llevado a ganarse la confianza del director y ha conseguido, además, un lugar distinguido en el comité del Partido de la empresa. Está orgullosa de su hijo Kolia, estudiante aventajado de ingeniería y miembro activo de la Juventudes Comunistas (Komsomol). Kolia vive alejado de su madre porque ha sido seleccionado para hacer las prácticas de su carrera en una planta de construcción de maquinaria pesada fuera de Leningrado. Todo parece sonreír a Sofia Petrovna.

El 1 de enero de 1937, cuando estaban celebrando la fiesta de Año Nuevo, un colega se acercó a Sofia y le dijo al oído que “acababan de arrestar a un gran número de médicos en Leningrado”. Efectivamente, al día siguiente el Pravda publicaba la noticia con los nombres de los detenidos. Según el periódico, la policía sospechaba que los médicos estaban implicados en un complot para “matar al querido Stalin”.

Aunque Sofia no duda de la culpabilidad de los detenidos, algo remueve su conciencia. Y es que, entre los arrestados, figuraba el nombre del padrino de Kolia, un médico que había sido gran amigo de su marido y al que ella siempre había considerado un hombre bueno, honrado y trabajador. Tenía que haber sido un error, se decía a sí misma, segura de que pasados unos días lo soltarían.

En los meses siguientes se van multiplicando los arrestos. La sospecha de tener enemigos del régimen infiltrados entre los trabajadores llega también a la editorial en la que Sofia trabaja. El director es arrestado. Sofia se siente cada vez más confusa pero siempre termina por encontrar alguna razón con la que justificar el arresto. Hasta que un día recibe la noticia de la detención de su hijo. No lo puede creer. ¿Detenido su Kolia? Imposible, tenía que ser un error.

El mundo se detiene para Sofia. En el trabajo, en la casa de habitaciones donde vive, en la calle, ya nadie la mira como a una ciudadana ejemplar, sino como la madre de un detenido, de un enemigo de Stalin y de la revolución. El periódico publica las confesiones de los acusados. Sofia sigue creyendo que aquellos que confiesan son culpables, pero su Kolia no, su Kolia saldría libre, todo había sido un error.

Lidia Chukóvskaia, la autora de esta escalofriante novela, expresa sus propios sentimientos cuando describe las inquietudes y penalidades que sufre Sofia durante aquel largo invierno de 1937-38. Las largas colas junto a miles de familiares de los detenidos, las preguntas sin respuesta, el desprecio de los funcionarios, la amistad incondicional de unos pocos, la revancha de los envidiosos, la ignorancia de los cobardes, las horas de desesperación, la esperanza de algunos minutos. Y al final, la información: “Condenado. A campos remotos. Diez años. Por participación en un acto terrorista” (…) “El fiscal dice que ha confesado. Que la instrucción tiene su firma” (…) “Deportado”.

Sofia Petrovna –explicará años después Lidia Chukóvskaia- sabe muy bien que Kolia no ha cometido ningún crimen, que es incapaz de haberlo hecho, que es fiel hasta el tuétano al Partido, a su fábrica, al camarada Stalin en persona. Pero si cree en sí misma, no en el fiscal ni en los periódicos, entonces… entonces su universo se derrumbará, la tierra cederá bajo sus pies, su tranquilidad espiritual, en la que tan cómodamente ha vivido, trabajado, quedará reducida a polvo. Sofia Petrovna trata de creer al mismo tiempo en el fiscal y en su hijo, y en ese intento se vuelve loca. (En resumidas cuentas, quería escribir un libro sobre una sociedad que ha perdido el juicio; la infeliz y demente Sofia Petrovna no es para nada una heroína lírica; para mí es el prototipo de aquellos que creyeron seriamente en la sensatez y en la justicia de lo que ocurría” (El proceso de expulsión. Lidia Chukóvskaia, 1979, París, YMCA Press.

Lidia Chukóvskaia escribió su novela Sofia Petrovna. Una ciudadana ejemplar en un cuaderno escolar que llevó consigo desde noviembre de 1939 hasta febrero de 1940. Lo mantuvo escondido hasta que, muerto Stalin, en los primeros años de la década de los sesenta, una editorial soviética aceptó publicarlo. Algo que no llegó a hacerse porque se recibieron instrucciones de no editar libros que pudieran “abrir viejas heridas”. Una edición en ruso no autorizada se publicó en Francia en 1965. En la Unión Soviética, la novela no pudo ver la luz hasta 1988.

El principal interés de esta novela que ha publicado recientemente la editorial Errata Naturae es la cercanía del recuerdo de Lidia Chukóvkaia a los acontecimientos que vivió. Es curioso el paralelismo entre Sofia Petróvna. Una ciudadana ejemplar y la obra autobiográfica de Sebastian Haffner, Historia de un alemán. Los dos autores nacieron en 1907 y pertenecen a la generación de los niños de la Primera Guerra Mundial. Los dos quisieron escribir la historia de un buen ciudadano que, atónito, contempla cómo un régimen liberticida va sembrando el terror en su país. Haffner huyó a Inglaterra en 1938. Años después, terminada la Segunda Guerra Mundial, pudo volver a Alemania y organizar en total libertad su vida como escritor. Anna Chukóvskaia, como Vassili Grossman y otros escritores rusos, creyó que, con la muerte de Stalin y la rehabilitación de muchos condenados, llegaría para ellos la libertad de expresión. Pero Chukóvskaia, por escribir a favor de los escritores rusos disidentes, en 1974 fue expulsada de la Unión de Escritores Soviéticos y se le prohibió publicar en la Unión Soviética. Prohibición que sólo se levantó con la glasnost de Gorbachov en 1988.

La presidencia del mariscal Hindenburg

“La República tuvo dos presidentes, Ebert fue su esperanza, Hindenburg un símbolo de su amenaza. Cuando un presidente como él acabó convirtiéndose en la única esperanza, como sucedió en 1932, es que la situación era crítica. Apenas había esperanza para la república” (Horst Möller. La República de Weimar. Una democracia inacabada)

El 29 de marzo de 1925 se celebraron elecciones presidenciales para sustituir al fallecido Friedrich Ebert. Al no obtener ninguno de los candidatos la mayoría necesaria fue necesaria una segunda vuelta el día 26 de abril. Los tres partidos de Weimar, SPD, Zentrum y DDP, presentaron a Wilhelm Marx, un jurista del partido del centro católico que había sido canciller. Los nacionalistas del DNVP y los partidos bávaros, cada vez con mayor influencia política, propusieron al general mariscal de campo Paul von Hindenburg. Por su parte, el partido comunista decidió mantener a su propio candidato, Ernst Thälmann. Las elecciones se celebraron el 26 de abril. Hindenburg fue elegido con el 48,3% de los votos, Wilhelm Marx obtuvo el 45,3% y Ernst Thälmann el 6,4%. Para el historiador alemán Horst Möller era evidente que, si los comunistas hubieran votado con la coalición, Hindenburg no hubiera resultado elegido: “Pero en su estrechez de miras político-partidistas, los comunistas prefirieron favorecer al representante del viejo sistema, en lugar de superarse eligiendo un defensor de la odiada república”.

Paul von Hindenburg tenía entonces 77 años. Era un militar prusiano, educado en el luteranismo, que había combatido ya en la guerra franco-prusiana (1870-1871) y, cuatro años antes, con tan solo 19 años, en la que se llamó Guerra de las Siete Semanas de Prusia contra Austria[1]. En la Guerra del 14 fue Jefe del Alto Mando Militar con Ludendorff como Comandante en Jefe del Ejército. Por sus orígenes sociales, su formación militar, su carrera profesional y sus posiciones políticas era más un representante del viejo sistema que un entusiasta del régimen democrático que se intentaba instaurar en la nueva Alemania.

El único periodo de paz

Los cuatro primeros años de la presidencia de Hindenburg fueron relativamente tranquilos y esperanzadores para los republicanos y para la población en general. Sebastian Haffner, en su Historia de un alemán, describe este periodo como el único de paz que había vivido su generación, “la única época en la que fue posible vivir”. Y, para él, el artífice de aquella normalidad había sido Gustav Stresemann, que aunque había dejado de ser canciller desde su cartera de Exteriores controlaba la política alemana.

“En ocasiones –escribió Haffner- se producía un cambio de Gobierno, unas veces gobernaban los partidos de derechas, otras los de izquierdas. No se notaba mucha diferencia. El ministro de Asuntos Exteriores siempre se llamó Gustav Stresemann. Aquella circunstancia significaba lo siguiente: paz, ninguna crisis a la vista, business as usual.”

Entre los logros de Stresemann se cuentan la salida de las tropas aliadas de la Cuenca del Ruhr, la firma de un pacto de amistad y neutralidad con la Unión Soviética y la entrada de Alemania en la Sociedad de Naciones. Su labor fue reconocida internacionalmente con el Premio Nobel de la Paz, que le fue otorgado el 10 de diciembre de 1926.

El 20 de mayo de 1928 tuvieron lugar las elecciones al cuarto Reichstag. Ganó el SPD con el 28,8% de los votos. El partido valedor de Hindenburg, el DNVP, perdió más de seis puntos, pasando del 20,5% al 14,2% de los votos. El Partido Nacional Socialista Obrero Alemán, el NSDAP, que había sido refundado por Hitler tras levantarse su prohibición en 1925, obtuvo el 2,6% de los votos[2].

El partido socialista tenía mayoría suficiente como para que un socialdemócrata, Hermann Müller, fuera aceptado como canciller por el parlamento. Müller formó un gobierno de gran coalición en el que participaron, no solamente los tres partidos originales de Weimar (SPD, DDP, Zentrum), sino también los liberales del DVP y el partido bávaro (BVP).

Gustav Stresemann continuó como ministro de Exteriores hasta el 3 de octubre de 1929, día en el que los periódicos sorprendían a los alemanes con la noticia de su muerte. “Nosotros, al leerlo –escribió Haffner-, notamos un gélido sobresalto. ¿Quién iba a dominar a las bestias a partir de ahora?”

La gran depresión del 29

Pocos días después de la muerte de Stresemann, el 24 de octubre, llegó la noticia de la quiebra de la bolsa de Nueva York. Era un nuevo golpe para la debilitada economía alemana. La crisis económica de 1929 traería de nuevo la pobreza, el desempleo y el malestar para cientos de miles de alemanes. En el mes de marzo del 29 se habían contabilizado 2,8 millones de parados en Alemania; un año después, el número de desempleados era de tres millones y medio.

El paro se había convertido en el gran problema político de Müller. En marzo de 1930, a causa de las diferencias entre liberales y socialistas sobre las cuotas para el seguro de desempleo, se rompió la coalición de gobierno. Müller fue sustituido por el economista Heinrich Brüning, del partido de Zentrum, cuya principal misión era detener el galopante ascenso del paro y estabilizar la economía.

Era un momento en el que, como escribió Sebastian Haffner,  “el propio Brüning nada tenía que ofrecer al país salvo pobreza, melancolía, libertades restringidas y la promesa de que no era posible nada mejor”.

Brüning presentó ante la Asamblea un paquete de medidas para hacer frente a la crisis económica. Al no conseguir una mayoría parlamentaria suficiente para sacarlas adelante optó por la disolución del Reichstag. Las nuevas elecciones fueron convocadas para el 14 de septiembre.

Pocos pensaban que aquellas elecciones del 14 de septiembre serían el principio del fin de la República de Weimar. Ganaron de nuevo los socialdemócratas pero sufriendo una pérdida de nueve escaños[3]. Inesperadamente, el segundo partido más votado fue el NSDAP de Hitler, con el 18,3% de los votos. También subieron los comunistas que, con un 13,1%, aventajaban por primera vez al partido de Zentrum.

Los monárquicos nacionalistas del DVNP, que habían apoyado a Hindenburg, perdieron más de la mitad de sus votos, posiblemente sus electores habían optado por dar su apoyo a Hitler. Los partidos liberales y conservadores, DDP y DVP, casi desaparecieron. Conviene reseñar, además, que la participación había subido notablemente con respecto a las elecciones de 1928, de un 74,6% se pasó al 81,4%.Lo más probable es que estos nuevos votos fueran a parar al partido nazi.

La imposibilidad de formar una coalición de gobierno con mayoría daba al Presidente de la República la capacidad, prevista en la Constitución, de elegir canciller y gobernar en situación de emergencia mediante decreto. Hindenburg, que cumplía ya ochenta y tres años, comenzó a gobernar en esa situación con Brüning como canciller. Fue en época en la que, como escribió Haffner, “un presente oscuro se atenuaba ante la perspectiva de un futuro negro”.

En febrero de 1932 se registró un nuevo ascenso del número de desempleados, 6 millones, casi la tercera parte de los trabajadores alemanes. En el mes de marzo, ante el temor de que los nazis, los comunistas o ambos unidos acabaran con la República, Heinrich Brüning, quizás con la esperanza de conseguir el apoyo necesario para que Hindenburg prolongara su mandato hasta su retirada definitiva o su fallecimiento, consiguió de éste la autorización para convocar unas nuevas elecciones presidenciales.

Brüning confiaba en que los nazis votarían a Hindenburg, pero Hitler decidió dar la batalla política y presentarse por su cuenta. Hindenburg obtuvo el 49,6% de los votos, Hitler el 30,1%. Al no conseguir una mayoría suficiente hubo que ir a una segunda vuelta el 10 de abril. Esta vez sí, Hindenburg con el 53,1% resultaba reelegido como presidente de la República.

Mientras tanto, dos hombres en la sombra, Kurt von Schleicher y Franz von Papen, que se habían ganado la confianza del ya anciano presidente, no cesaban de intrigar para librarse de Brüning y hacerse con el poder. El 29 de mayo Brüning se vio obligado a dimitir. Tres días más tarde von Papen fue nombrado canciller, Schleicher sería vicecanciller y ministro de Defensa.

Comenzó entonces un periodo de intrigas entre estos dos personajes y el viejo Hindenburg que culminaron en la convocatoria de nuevas elecciones parlamentarias en julio de 1932. Esta vez ganó el partido nazi con el 37,3% de los votos y los socialdemócratas pasaron a segundo plano con el 21,6%. El tercer partido más votado fue el de los comunistas del KPD[4].

El 12 de septiembre de 1932, primer día del nuevo curso parlamentario, Hitler presentó una moción de censura contra von Papen. Se convocaron de nuevo elecciones para el 6 de noviembre. Era la tercera vez en el año que los alemanes acudían a las urnas. Los nacionalistas se presentaron divididos y el partido de Hitler perdió algunos escaños. Los socialistas bajaron de nuevo, esta vez solo consiguieron el 20,4% de los votos, una buena parte de la izquierda había decidido dar su apoyo a los comunistas, que llegaron casi al 17% de los votos[5].

El 17 de noviembre von Papen presentó su dimisión. El 1 de diciembre el general Schleicher fue elegido canciller y nombró a un líder nazi vicepresidente, quizás con la ingenua intención de dividir al partido de Hitler. Al no conseguirlo, el 28 de enero de 1933 presentó también su dimisión. Dos días más tarde Hindenburg nombraba a Hitler canciller de Alemania.

Möller, que desde el primer momento muestra en su libro La República de Weimar. Una democracia inacabada una clara antipatía por el mariscal von Hindenburg, explica y, en cierto modo justifica, su actuación. Hitler era el hombre más fuerte de su partido y, además, contaba con el apoyo parlamentario de los nacionalistas del DNVP: “El nombramiento de Adolf Hitler como canciller el 30 de enero de 1933, aprobado de mala gana por un decadente von Hindenburg y bajo la presión de su entorno, fue, en ese sentido, legítimo.”

Hitler contaba con el apoyo del NSDAP y del DNVP para gobernar pero ambos partidos no formaban una coalición con mayoría suficiente en el parlamento (entre los dos habían sumado el 41,4% de los votos). Esta situación conducía a unas terceras elecciones que se convocaron para el 5 de marzo.

El 27 de febrero se produjo el incendio del Reichstag y Hitler declaró el estado de excepción. Se había legalizado la política del terror, sobre todo contra los comunistas que fueron acusados de provocar el incendio. En esta situación, el 5 de marzo de 1933 los alemanes acudieron a las urnas. Hitler obtuvo el 43,9% de los votos, mayoría parlamentaria si se sumaba al 8% conseguido por los nacionalistas del DNVP. La participación en aquellas elecciones había sido mayor que nunca, rozando el 90%. La dictadura quedaba electoralmente legitimada[6].Sin duda el régimen del terror impuesto por el nuevo canciller había dado sus frutos.

El NSDAP, que en 1930 contaba con 121.000 afiliados, tres años después tenía 670.000. En su libro Möller quiere dejar claro, y en eso también coincide con Haffner, que el partido nazi “no puede ser clasificado políticamente dentro del simple esquema izquierda-derecha”. Se trataba de un partido antiburgués y anticomunista que “prometió el futuro” y “fue revolucionario”. Su toma del poder “significó el triunfo de lo nuevo sobre lo viejo”.

Haffner, en sus memorias escritas en 1939, insistía desde su exilio británico en que no se podía satanizar a todo el pueblo alemán: “La situación de los alemanes no nazis durante el verano de 1933 fue ciertamente una de las más difíciles en las que se puede encontrar el ser humano: un estado de sometimiento total y desesperado sumado a los efectos tardíos del shock que supone que los acontecimientos le pillen a uno totalmente desprevenido. Los nazis nos tenían completamente en sus manos”.

En lo que quedaba de año se aprobaron todas las leyes necesarias para consolidar la dictadura. Entre ellas los decretos de disolución de los sindicatos y de disolución de todos los partidos políticos salvo, por supuesto, el partido nazi. Finalmente, el 14 de febrero de 1934 se decretaba la disolución del Reichstag.

Cuatro meses después, el 30 de junio, se produjo la llamada “noche de los cuchillos largos”. En ella fueron asesinados los miembros más conocidos de las SA y cuantos enemigos políticos podían entorpecer la implantación del nuevo régimen. Entre los asesinados estaba el ex canciller Schleicher y su mujer.

Hindenburg muere el 2 de agosto de 1934 y Hitler decide entonces fusionar el cargo de presidente con el de canciller.

Epílogo

El socialdemócrata Gustav Noske vivió retirado de la política tras la llegada al poder de los nazis. Fue acusado de participar en el atentado sufrido por Hitler en 1944 y enviado a un campo de concentración. Un año más tarde fue liberado por los aliados. Murió en 1946.

El general Ludendorff, que había colaborado con Hitler en el golpe de Munich de noviembre del 1923, tuvo más tarde con él un enfrentamiento que le llevó a retirarse de la política. El 30 de enero de 1933, cuando Hitler fue nombrado canciller, envió una carta a Hindenburg en la que decía: “Le prevengo solemnemente de que ese fanático llevará a nuestra Patria a la perdición y sumirá al país en la más espantosa de las miserias. Las futuras generaciones le maldecirán en su tumba por lo que usted ha hecho”. Murió en 1937. Hitler le organizó funerales de estado.

El líder comunista Ernst Thälmann fue arrestado por la Gestapo el 3 de marzo de 1933 en Berlín. Tras 11 años de prisión fue enviado al campo de Buchenwald. Murió fusilado por orden de Hitler el 18 de agosto de 1944.

El canciller Heinrich Brüning abandonó Alemania en 1934. Se instaló en Inglaterra y más tarde marchó a Estados Unidos donde vivió hasta su muerte en 1970.

Franz von Papen fue detenido la noche de los cuchillos largos. Se puso al servicio del gobierno nazi que le envió como embajador a Austria y, más tarde, a Turquía. Al final de la guerra fue capturado por los aliados. Procesado y absuelto en los juicios de Nüremberg, murió en Alemania en 1969.

[1] Esta guerra terminó con la victoria de Prusia y fue la causa determinante de la creación de la Alemania unificada, la que se va a llamar Imperio Alemán con el káiser Guillermo de Prusia convertido en emperador de Alemania.

[2] Resultados de las elecciones del 20 de mayo de 1928: SPD: 28,8%; DNVP: 14,2%; Zentrum: 12,1%; KPD: 10,6%; DVP: 8,7%; DDP: 4,9%; NSDAP: 2,6%

[3] Resultados de las elecciones del 14 de septiembre de 1930: SPD: 24,5%; NSDAP: 18,3%; KPD: 13,1%; Zentrum: 11,8%; DNVP: 7%; DVP: 4,5%; DDP: 3,6%

[4] Elecciones del 31 de julio de 1932: NSDAP: 37,3%; SPD: 21,6%; KPD: 14,3%; Zentrum: 12,4%; DNVP: 5,9%; DVP: 1,2%; DDP: 1%.

[5] Elecciones del 6 de noviembre de 1932: NSDAP: 33,1%; SPD: 20,4%; KPD:16,9%; Zentrum: 11,9%; DNVP: 8,3%; DVP: 1,9%; DDP: 1%

[6] Elecciones del 5 de marzo de 1933: NSDAP: 43,9%; SPD: 18,3%; KPD: 12,3%; Zentrum: 11,2%; DNVP: 8%; DVP: 1,1%; DDP: 0,8%

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