La rebelión de la Pulgarcita, mi artículo publicado el 05 de enero de 2016 en Libertad Digital, accesible en el siguiente enlace:

http://www.libertaddigital.com/opinion/alicia-delibes/la-rebelion-de-pulgarcita-rita-maestre-77756/

 

 

(Publicado el 12 de diciembre de 2015 en Libertad Digital (http://www.libertaddigital.com/cultura/libros/2015-12-12/alicia-delibes-ayaan-hirsi-ali-y-los-atentados-de-paris-77535/))

El 2 de noviembre de 2004, Mohamed Bouyeri, un holandés de origen marroquí de 26 años, asesinó en plena calle de Amsterdam al cineasta Theo van Gogh. Sobre su cuerpo, pinchada con un cuchillo, el asesino había dejado una carta con una condena a muerte para Ayaan Hirsi Ali. La entonces diputada holandesa había colaborado con el cineasta en la producción de la película Sumisión, con la que se quería denunciar el origen religioso de la violencia y del maltrato que sufren las mujeres musulmanas.

Ayaan Hirsi Ali, nacida en Somalia, había llegado a Holanda en 1992 huyendo de un matrimonio de conveniencia, arreglado por su padre, con un lejano pariente que vivía en Canadá. Entró como refugiada política y, tras licenciarse en Ciencias Políticas, empezó a colaborar, primero, con el Partido Socialdemócrata (PvdA) y, más tarde, con el Partido Liberal (VVD). En 2003 fue elegida diputada al Parlamento holandés con este partido. Desde su escaño se distinguió por su encendida defensa de los derechos de las mujeres musulmanas y sus críticas al multiculturalismo que, en su opinión, lejos de facilitar la integración de los musulmanes, como pretendían hacer creer los socialistas holandeses, les animaba a mantener en sus guetos sus costumbres ancestrales, aunque estuvieran en contradicción con las leyes del país.

La fatwa publicada por los asesinos de Theo van Gogh animó aún más a Hirsi Ali a seguir luchando por los derechos de las mujeres musulmanas, por los valores occidentales y por la libertad. “Después de la muerte de Theo van Gogh, escribía en su libro Yo acuso, estoy más convencida que nunca de que debo hablar y ejercer la crítica a mi manera”.

Sin embargo, esa combatividad de la diputada de origen somalí pronto se convertiría en un problema para las autoridades holandesas. En la primavera del 2006 el Ministerio de Justicia le comunicó que su nacionalidad holandesa quedaba anulada. La razón técnica era que los datos personales dados para obtener la nacionalidad no eran correctos y que, cuando, en 1992, solicitó el asilo político, había faltado a la verdad. La razón real, probablemente, fueron las presiones recibidas por aquellos, entre los que se encontraban políticos de su propio partido, a los que tanta beligerancia e independencia de criterio les resultaba incómoda. De hecho, sus vecinos habían pedido al gobierno en repetidas ocasiones que fuera desalojada de la vivienda que ocupaba, ya que su presencia les causaba inseguridad. Ayaan perdió la nacionalidad holandesa y, con ello, su acta de diputada.

Poco tiempo después, y tras desatarse una importante tormenta política, la nacionalidad le fue restituida. Pero, para entonces, Hirsi Ali ya había decidido emprender una nueva vida en Norteamérica. Más tarde contaría que de aquella historia había aprendido que la política, incluso en las democracias liberales, puede, a veces, ser un juego sucio de clanes contra clanes, de partidos contra partidos o de un candidato contra otro.

Desde entonces, Ayaan Hirsi Ali vive en Estados Unidos. Casada con el historiador británico Niall Ferguson, escribe, da conferencias y participa en cuantos foros reclaman su presencia. Ha creado una fundación (AIAF) para la defensa de los derechos de las mujeres musulmanas. En su lucha por la democratización del mundo musulmán, Hirsi Ali confía más en el poder de las ideas que en el de las armas. Cree en la necesidad de mantener un combate ideológico constante, abierto y decidido en la defensa de los principios liberales y de los valores de la cultura occidental. Exige cambios profundos en la práctica del islam, pero también pide a quienes hemos tenido la suerte de nacer en un mundo libre que defendamos nuestros valores culturales, nuestras creencias religiosas y nuestros principios políticos con convicción.

Hirsi Ali provoca conflictos allá donde va. Despierta grandes odios, no solo entre los islamistas, sino también entre intelectuales y políticos occidentales que no están de acuerdo con su “radicalidad”. Pero ella, ahora que se ha organizado la vida en un mundo donde existe la libertad de expresión, no está dispuesta a dejar de decir lo que piensa. En su libro Infidel (editado en España con el título Mi vida mi libertad), explicaba con toda claridad esta actitud: “Algunos me preguntan si albergo algún deseo de morir por decir lo que digo. La respuesta es que no: me gustaría seguir viviendo. Sin embargo, hay cosas que es necesario decir, y hay épocas en que el silencio es cómplice de la injusticia”.

El pasado 15 de noviembre, en The Wall Street Journal, Ayaan Hirsi Ali publicaba un artículo sobre el último ataque terrorista cometido por el Daesh en París. En él, la controvertida escritora ofrece tres propuestas de acción política a los líderes europeos, necesarias, según ella, para que la lucha contra la yihad islamista resulte eficaz.

En primer lugar, escribe Hirsi Ali, Europa debería “aprender de Israel” en lugar de satanizarle. Desde su nacimiento como Estado, Israel está combatiendo el terrorismo y tiene, por ello, los mejores expertos del mundo en la lucha contra el terror.

Un segundo paso sería “prepararse para dar una larga batalla de ideas”. La escritora somalí anima a los gobiernos europeos a hacer proselitismo de sus valores democráticos y principios liberales en el interior de las comunidades musulmanas. Con ello podrían contrarrestar el poder de la propaganda fundamentalista que les llega a estas a través de las escuelas, mezquitas y redes sociales.

Y como un tercer paso, Hirsi Ali indica que los europeos deben diseñar una nueva política de inmigración, que permita la entrada de inmigrantes “sólo si se han comprometido a adoptar los valores europeos y a rechazar la política islamista que los hace vulnerables a los cantos de sirena del Califato”.

Tres ideas que marcan una dirección opuesta a la que hasta ahora se ha seguido en Europa, sobre todo en aquellos asuntos que tienen que ver con la integración de la población musulmana, y que, como la propia ex diputada holandesa indica, exigirían un profundo cambio de mentalidad en los líderes políticos.

Desde que, en marzo de 2005, tuve la suerte de conocer a Ayaan Hirsi Ali cuando vino a Madrid para recoger, de manos de Esperanza Aguirre, el Premio a la Tolerancia que le había concedido la Comunidad, he sentido por ella una enorme simpatía y admiración. Resultan emocionantes su ferviente defensa de los valores occidentales, su pasión por la libertad, su confianza en que el islam pueda un día tener su Voltaire, su Locke, su Stuart Mill. Cuando la escuché hablar por primera vez me quedé impresionada por la forma tan clara, sencilla y directa con la que defendía sus puntos de vista, a sabiendas de que resultaban tremendamente incorrectos desde el punto de vista político.

Probablemente Ayaan Hirsi Ali sabe que confiar en que los líderes europeos den un giro de ciento ochenta grados en la política de inmigración o en que hagan proselitismo de sus valores democráticos y liberales en escuelas y mezquitas es, a estas alturas, mucho más que una utopía. Sin embargo, estoy segura de que no por eso dejará de decir lo que cree que hay que decir. Para eso, debe pensar la escritora somalí, decidió un día organizar su vida en un país que respeta la libertad de expresión. Y eso es lo que deberíamos aprender de ella porque hay épocas, y sin duda esta lo es, en las que, como dijo Ayaan Hirsi Ali, el silencio es cómplice de la injusticia.

(Publicado el 23 de noviembre de 2015 en Red Floridablanca (http://www.redfloridablanca.es/antimarxismo-karlpopper/) )

El pasado 26 de octubre, en su columna del diario ABC, el periodista Luis Ventoso comparaba la actitud de Rajoy ante la amenaza separatista de Arthur Mas con la que mantuvo Karl Popper en su encuentro, o más bien desencuentro, con Ludwig Wittgenstein en la Universidad de Cambridge a principios del curso 1946-1947.

Muchos años después, el propio Popper contaba lo sucedido en su autobiografía, Búsqueda sin término (Unended Quest). Había sido invitado por el secretario del Moral Sciences Club de Cambridge para hablar sobre el oficio del filósofo. El tema escogido era “¿Existen problemas filosóficos?”. Popper sabía que con ese título la discusión con Wittgenstein estaba asegurada pero no creía que terminara como lo hizo.

Según su propia versión, Popper, en un momento dado, planteó la cuestión de la validez de las normas morales y Wittgenstein, que jugaba “nerviosamente” con el atizador de la chimenea, le “lanzó un desafío: “pon un ejemplo de norma moral”, a lo que, mostrando un mayor dominio de la situación, Popper respondió: “No amenaces a los conferenciantes con los atizadores”. El impulsivo Wittgenstein abandonó la sala dando un portazo”.

Aunque me pareció un tanto traída por los pelos la anécdota del atizador para defender la actitud de Rajoy contra quienes le han acusado de no haber hecho nada ante la difícil situación en la que los nacionalistas y la izquierda catalana han colocado a los catalanes y a todos los españoles, me alegró que, en unos momento en que toda referencia al liberalismo o a intelectuales de pensamiento liberal parece estar tácitamente prohibida, Luís Ventoso hubiera querido desenterrar la figura de Popper.

Karl Popper vino al mundo el 28 de julio de 1902 en la ciudad de Viena, en el seno de una familia de origen judío especialmente cultivada. Karl heredó de su padre, abogado, el gusto por la lectura y el interés intelectual, y de su madre una gran afición por la música.

Al estallar la Primera Guerra Mundial Karl Popper acaba de cumplir doce años. Para él, los recuerdos de la Gran Guerra estuvieron siempre unidos al final de su niñez y a sus estudios de secundaria. Al finalizar la Guerra decidió dar por terminado su bachillerato y matricularse como oyente en la Universidad de Viena, una costumbre que entonces era allí habitual y que permitió a muchos jóvenes vieneses adquirir, por propio interés, una amplia y variada cultura.

La posguerra en Austria, y especialmente en Viena, fue una época de escasez, de inflación y de desórdenes. “El mundo en que yo había crecido –escribe Popper- había quedado destruido; y comenzó entonces un periodo de guerra civil caliente y fría, que acabó con la invasión de Austria por Hitler y condujo a la Segunda Guerra Mundial.”

Popper, que había pertenecido a la asociación socialista de alumnos de secundaria, en 1919 fue cautivado por la propaganda de los comunistas que entonces se declaraban pacifistas y contrarios a todo tipo de violencia. Un incidente ocurrido en Viena puso fin a una militancia que duró poco más de tres meses pero que le marcaría para toda su vida. Un grupo de camaradas comunistas había movilizado a jóvenes estudiantes y obreros socialistas para que asaltaran la comisaria y así liberar a unos compañeros del Partido que habían sido detenidos. Varios jóvenes resultaron muertos, “yo estaba horrorizado de la brutalidad de la policía, pero también de mí mismo porque sentía que, como marxista, compartía parte de la responsabilidad por la tragedia”.

A Popper les escandalizaba que sus camaradas comunistas, que no habían dudado en movilizar a unos jóvenes aún a sabiendas de que la policía podría responder haciendo uso de las armas, justificaran su actitud siguiendo la tesis marxista de que el capitalismo exige muchas más víctimas que cualquier revolución socialista. Predicaban la paz pero no tenían ningún escrúpulo en servirse de la violencia.

El comunismo prometía instaurar un mundo mejor y, por un mundo mejor, era por lo que el joven austríaco luchaba. Las contradicciones que ahora descubría en el marxismo podrían explicarse si lograba refutar el valor científico de esa pretendida ciencia. Así fue cómo a los 17 años Popper era ya un antimarxista racional. “Me había percatado del carácter dogmático de su credo y de su increíble arrogancia intelectual”. Su tarea intelectual se concentró, a partir de entonces, en desmontar racionalmente las teorías marxistas.

Durante diecisiete años estudió y escribió sus conclusiones pero sin ánimo de publicar porque en aquellos años, en Austria, “el anti-marxismo era una cosa peor que el marxismo: dado que los socialdemócratas eran marxistas, el anti-marxismo era casi identificado con los movimientos autoritarios que más tarde fueron denominados fascistas”.

A pesar de ser un antimarxista convencido Popper, durante varios años, se siguió considerando socialista. Llevar una vida en libertad en una sociedad igualitaria le parecía el sueño ideal: “Me costó cierto tiempo reconocer que eso no es más que un bello sueño; que la libertad es más importante que la igualdad; que el intento de realizar la igualdad pone en peligro la libertad, ni siquiera puede haber igualdad entre los que no son libres.”

Tras aprobar el examen de madurez (Matura), permaneció en la Universidad de Viena estudiando matemáticas, física y filosofía. En 1925 fue admitido en Instituto Pedagógico, creado con el fin de realizar la reforma de la educación austriaca. Allí conoció a la que fue la única mujer de su vida, Josefine Anna Henninger. En 1930 comenzó a trabajar como profesor de matemáticas y física en la escuela secundaria y a frecuentar el Círculo de Viena.

En marzo de 1937, un año antes de la ocupación de Austria por Hitler, aceptó una oferta para impartir clases en Nueva Zelanda. Allí, a pesar de que el trabajo le ocupaba casi todo el día, puso en marcha su gran obra La sociedad abierta y sus enemigos, que vería la luz en Inglaterra, gracias a la ayuda Hayek, y después de muchísimas horas de trabajo: “Reescribí el libro 22 veces, tratando siempre de que fuera más claro y más sencillo y mi esposa mecanografió y volvió a mecanografiar el original completo cinco veces en una vieja máquina de escribir”. Platón, Hegel y Marx han sido para Popper los grandes enemigos de la sociedad abierta.

En 1945, junto con la publicación del libro, le llegó el ofrecimiento de Hayek para ocupar un puesto en la London School of Economics. Popper pasaría en Inglaterra el resto de su vida dedicado al estudio, a la escritura y a la enseñanza. Murió en Londres el 17 de septiembre de 1994.

Fueron muchas las disciplinas que interesaron a Popper: las matemáticas, la física, la filosofía, la psicología, la sociología y también la economía. Como John Stuart Mill, Popper era un convencido de que la discusión intelectual, la diversidad de opiniones libremente expresada, es la base del progreso individual y social. Discusiones que mantuvo con los mejores talentos de su época y que, según él mismo cuenta, le sirvieron para contrastar y enriquecer sus propias teorías.

En agosto de 1991, Pedro Schwartz organizó en la Universidad Menéndez Pelayo de Santander un encuentro de liberales españoles con Karl Popper. A este encuentro hace referencia Carlos Rodríguez Braun en su prólogo a un libro, El Método Podemos. Marketing marxista para partidos no marxistas, publicado poco antes de las elecciones autonómicas y municipales de 2015.

Cuenta Rodríguez Braun que, en un momento dado, se planteó el tema de la verdad en política y Vargas Llosa preguntó a Popper si habría sido lícito mentir para ganar las elecciones a Fujimori. El filósofo austríaco, que les había contado cómo él había dejado de ser comunista cuando comprendió que la mentira era para el comunismo un instrumento político, respondió: “En ningún caso se puede mentir para ganar elecciones”.

Desde aquel 25 de mayo de 2014 en el que, para sorpresa de casi todos los españoles, un partido prácticamente desconocido, Podemos, era votado por 1.245.948 personas y conseguía cinco escaños en el Parlamento Europeo, la situación política se ha convertido en uno de los problemas que más preocupa a los españoles.

El marxismo, que se daba por muerto con la caída del Muro de Berlín, ha resurgido con una fuerza de persuasión inusitada para una sociedad occidental moderna y desarrollada como la española. Los dirigentes de Podemos, que venían predicando el pensamiento de Marx desde hace tiempo a sus alumnos universitarios, tras las manifestaciones del 15M de 2011, decidieron dar el salto a la política. Su estrategia ha sido la reunir pequeños partidos y colectivos con mensajes políticos diferentes pero con ciertos factores comunes: todos dicen ser anticapitalistas, sentirse indignados con la corrupción de “la casta”, estar en contra de la austeridad en el gasto público y querer una nueva forma de democracia.

Los líderes de Podemos, en sus discursos, disfrazan su ideología de racionalidad y de buenismo pero basta con rascar un poco para descubrir el carácter totalitario de su proyecto social. No pretenden reformar las instituciones para mejorar nuestra democracia, lo que quieren es destruirlas, lo que quieren es una revolución social. Presumen de haber bebido en las ideas del comunista italiano Antoni Gramsci y no ocultan que el nuevo orden social al que aspiran pasa por asaltar las instituciones para, una vez dentro, como predicaba Gramsci, hacer del marxismo la ideología dominante de nuestra sociedad.

Este objetivo suena tan alejado de la realidad que la mayoría de la gente se niega a creerlo. Tampoco lo creían los venezolanos y de un día para otro se encontraron con Hugo Chávez en el poder. Tampoco lo creían los alemanes y Hitler se convirtió democráticamente en el canciller de Alemania. Cuando en 1935 Popper visitó Inglaterra se quedó extrañado de que los ingleses no se dieran cuenta de lo que Hitler realmente representaba. Más tarde, y durante muchos años, los comunistas occidentales se negaron a aceptar la realidad del régimen estalinista.

Para Popper el uso de la mentira nunca podía estar justificado en política y por eso dedicó gran parte de su vida a descubrir las falacias del marxismo. Creía en el poder de las ideas y de la palabra. Su obra puede ofrecer hoy argumentos para rebatir y desmontar las trampas que esconden los discursos populistas de los nuevos marxistas de Podemos.

En el prólogo del libro El Método Podemos, Carlos Rodríguez Braun ponía en duda que con la verdad se pudieran ganar unas elecciones. Si eso fuera cierto, si un político ha de decir lo contrario de lo que piensa para que la gente le vote, si la gente (o sea, la mayoría de los electores) prefiere que la engañen antes que afrontar la realidad, entonces es más necesario que nunca hacer política diciendo siempre la verdad, y eso solo puede hacerse cuando se tienen claros los principios y se está armado intelectualmente para defenderlos.

“Batasuna, con otros nombres, hoy tiene entre Navarra y el País Vasco 1.192 concejales defendiendo un proyecto político por el que ha estado 50 años matando”.
Con estas palabras, pronunciadas con claridad y voz bien alta, María San Gil presentó el pasado jueves 8 de octubre en el Casino de Madrid a José Antonio Ortega Lara, el funcionario de prisiones burgalés que el 17 de enero de 1996 fue secuestrado por ETA y encerrado en un zulo en el que apenas podía extender los brazos, hasta que, milagrosamente, 532 días después, y tras muchos meses de búsqueda, un guardia civil localizó la que estaba a punto de ser su tumba.
La sala del Casino estaba completamente llena, los laterales totalmente ocupados por gente que tuvo que permanecer de pie durante toda la conferencia. Había más de 300 personas, muchas más de las que reuniría un partido político actual si no movilizara a sus militantes y se limitara a hacer una convocatoria libre.
La Fundación Villacisneros, organizadora del encuentro, no había pedido a Ortega Lara que relatara su trágica experiencia, querían que disertara sobre “El valor de la ejemplaridad”, lo que hizo que algunos asistentes manifestaran al salir cierto disgusto pues esperaban escuchar, una vez más, el relato de una vida que hubiera sido destrozada para siempre por unos terroristas políticos si no fuera porque el hombre que secuestraron es la persona con principios más firmes y convicciones más arraigadas al que he escuchado yo en mi vida.
Y de eso sí que habló Ortega Lara, de sus convicciones morales, de lo que, para él, son actitudes ejemplares. Y las fue desgranando, una a una, ante un auditorio que guardaba un silencio sepulcral.
“No es ejemplar que aparquemos a nuestros mayores en residencias porque suponen para nosotros una carga excesiva”.
“No es ejemplar que depositemos toda la responsabilidad de la educación de nuestros hijos en el Estado, porque éste, en vez de educarlos, los adoctrina”.
“No es ejemplar que los medios de comunicación y la sociedad se escandalicen por el sacrificio de un perro o la muerte de un toro en la plaza y acepten sin cuestionar los más de 100.000 abortos al año en España”
Tampoco es ejemplar “decidir sobre la vida y la muerte de otra persona bajo el eufemismo de muerte digna”. Y al decir esto, Ortega Lara levantó los ojos hacia el público y explicó que nadie como él puede comprender el deseo de poner fin al sufrimiento quitándose la vida, puesto que él mismo, durante su secuestro, tuvo la tentación de acabar así con lo que consideraba –y con razón- un suplicio infinito.
Aquellas palabras estaban llenas de incorrección política y, sin embargo, no eran más que los principios de un hombre cristiano que ha pasado casi dos años de su vida aferrándose a ellos para no dejarse morir.
Eran las convicciones de un hombre de derechas que, según sus propias declaraciones, se había visto obligado a marcharse con gran dolor del partido en el que militaba desde muy joven, porque sentía que ya no le representaba. Para aquellos militantes del PP que hoy se preguntan qué se ha hecho mal para que su partido no sea ya atractivo, Ortega Lara puede suponer parte de la respuesta.
Algo se ha hecho mal cuando en el seno del partido se discute sobre si se puede cambiar en un texto el verbo “condenar” por el más suave de “rechazar”, al referirse a los crímenes cometidos por ETA, solo para dar gusto a los 1.192 concejales que, como dijo María San Gil, defienden el proyecto político de Batasuna, un proyecto por el que estuvo 50 años matando.
Algo debe estar mal, pero que muy mal en España, si un hombre como Ortega Lara no puede sentirse cómodo en el único partido político liberal conservador que existe. Algo anda mal cuando un hombre que expone con firmeza y claridad aquello en lo que cree, que no es otra cosa que los valores propios de una moral cristiana en la que una inmensa mayoría de españoles hemos sido educados, es considerado un radical y, por algunos, incluso un intolerable fascista.

Fue Alexis de Tocqueville (1805-1859) quien en su obra, La democracia en América, utilizó la expresión “tiranía de la mayoría” para designar lo que para él era la debilidad más profunda y peligrosa de la democracia norteamericana.

Alexis de Tocqueville, que ejercía como jurista en París, fue enviado a Estados Unidos en abril de 1831 con la misión de elaborar un estudio sobre el sistema de prisiones. Tocqueville permaneció en América casi un año y a su regreso, una vez entregado el informe, emprendió la tarea de escribir la que sería la obra más importante de su vida, La democracia en América. El libro se publicó en 1835 y fue recibido con tal éxito que el jurista francés decidió completar su visión de la democracia con un segundo tomo que sería publicado cinco años más tarde.

En su obra, Tocqueville muestra una profunda admiración por el modelo democrático que se dieron los primeros norteamericanos pero también alerta de sus peligros. Uno de ellos, y en su opinión el más grave, es la tiranía que una parte mayoritaria de la población puede ejercer sobre la otra si llegara a imponerle su pensamiento, su forma de vivir y sus leyes. Para Tocqueville un gobierno democrático debe ser extremadamente cuidadoso para que la libertad de pensamiento y de expresión de las minorías quede garantizada.

El poder de la mayoría, decía Tocqueville, puede ser tiránico al imponer un pensamiento único contra el que nadie osa pronunciarse o cuando la opinión de la mayoría impide toda discusión. Ese tipo de tiranía se llama hoy corrección política y está descrita con una claridad extraordinaria por Orwell en el prólogo de su libro Rebelión en la granja.

Aún más dañina puede ser la tiranía que ejerce una “autocomplaciente mayoría” cuando llega a imponer leyes que atentan contra la libertad de un individuo o grupo minoritario de individuos. Decía Tocqueville que una ley puede ser liberticida y el gobierno que la impone totalitario cuando se aplastan los derechos individuales de una parte de la población alegando simplemente que esta se haya en minoría.

El partido Podemos ha irrumpido en la política reclamando “una democracia real”, una democracia en la que los ciudadanos participen en las decisiones de gobierno y no se limiten a votar representantes cada cuatro años. Con la excusa de “No nos representan” los dirigentes de este nuevo partido pretenden cambiar lo legal por lo legítimo, es decir, desobedecer las leyes que a ellos no les gustan legitimándolas en asambleas y consultas ciudadanas que, según ellos, representan a la gente decente.

Si en una democracia representativa ajustada al Estado de Derecho, en la que la libertad individual viene amparada por una Constitución y en la que se respeta la separación de poderes, como era la que se habían dado los estadounidenses, Tocqueville veía el peligro de que sus gobiernos pudieran degenerar en gobiernos totalitarios, cuánto más peligro no tendrá esa  “democracia real” que legitima cualquier actuación alegando simplemente que lo desea una supuesta mayoría.

Siempre fue reducido el número de los auténticos amantes de la libertad. Por eso, para triunfar, frecuentemente hubieron de aliarse con gentes que perseguían objetivos bien distintos de los que ellos propugnaban. Tales asociaciones, siempre peligrosas, a veces han resultado fatales para la causa de la libertad, pues brindaron a sus enemigos argumentos abrumadores”

Con esta cita de Lord Acton (1834-1902) Friedrich von Hayek abría el epílogo de su libro Los fundamentos de la libertad (1960), al que puso como título “Por qué no soy conservador”. Antes de cerrar su tratado sobre la libertad, el economista austriaco quiso dejar claras las diferencias que para él existen entre liberales y conservadores, y por qué él seguía definiendo su filosofía como liberal cuando ya hasta los socialistas americanos se habían atribuido el apelativo de liberales. “Yo continúo calificando de liberal mi postura, que estimo difiere tanto del conservadurismo como del socialismo”. El liberalismo que Hayek quería reivindicar para sí era aquel que en el siglo XIX profesaron pensadores como el inglés Lord Acton o el francés Alexis de Tocqueville, a los que considera “auténticamente liberales”.

Para Hayek la diferencia fundamental entre conservadores y liberales era su actitud hacia el progreso, el conocimiento y la innovación. Mientras lo típico del conservador, decía Hayek, es “el temor a la mutación, el miedo a lo nuevo simplemente por ser nuevo”, el “auténticamente liberal” gusta de buscar soluciones nuevas a problemas enquistados y nunca se opondría a la evolución y al progreso.

El conservador desprecia las teorías abstractas, lo que le deja indefenso ante las confrontaciones ideológicas. “Teme el conservador las nuevas ideas –escribe Hayek- precisamente porque sabe que carece de pensamiento propio que oponerles. Su repugnancia a la teoría abstracta, y la escasez de su imaginación para representarse cuanto en la práctica no ha sido ya experimentado, le dejan por completo inerme en la dura batalla de las ideas. A diferencia del liberal, convencido siempre del poder y la fuerza que, a la larga, tienen las ideas, el conservador se encuentra maniatado por los idearios heredados”.

Podría argumentarse que el miedo al cambio conduce al gobernante conservador a ser prudente en sus decisiones, y que la prudencia en política siempre es buena consejera, pero para el economista austriaco “los conservadores, cuando gobiernan, tienden a paralizar la evolución o, en todo caso a limitarla a aquello que hasta el más tímido aprobaría”. Y es que su terror a lo desconocido es tal que van siempre a remolque de los acontecimientos y nunca ofrecen una alternativa novedosa. Lo que hace que, en situaciones en las que sólo se pueda mejorar una situación o resolver un problema con un cambio radical de dirección, el gobernante conservador resulte “totalmente inútil”.

El deseo que anima al liberal a introducir drásticas y revolucionarias innovaciones cuando el desarrollo y el progreso se hallan paralizados por el intervencionismo, no debe confundirse con imprudencia temeraria, pues, según Hayek, el liberal no trata de alcanzar inmediatamente su objetivo sino estar seguro de que camina “en la buena dirección”.

El miedo al cambio y las nuevas ideas pueden llevar al conservador a acomodarse al pensamiento dominante. Como a lo largo del siglo XX, escribía Hayek, este pensamiento dominante ha sido fundamentalmente socialista, los conservadores no solo no han supuesto obstáculo alguno al avance del colectivismo, sino que, en algunas circunstancias, han llegado a compartir, aunque siempre de forma moderada, todos los prejuicios y errores de su época.

Desde que Hayek escribió sus Fundamentos sobre la libertad ha transcurrido más de medio siglo. Si en 1960 el economista austríaco consideraba que el pensamiento dominante del siglo XX había sido fundamentalmente socialista, hoy podemos decir que esa tendencia, salvo en un breve periodo de euforia liberal tras la caída del Muro, no solo se ha mantenido, sino que, en algunos campos, como por ejemplo el de la educación, ha terminado por ser el pensamiento único.

Hoy se habla de la “era Thatcher” o de la “era Reagan” o, en España, de la “era Aznar”, como el paradigma de un “neoliberalismo” al que se achacan todos los males de nuestra época, fundamentalmente aquellos que tienen que ver con la actual crisis económica. Da la impresión de que, en vez de reclamar una mayor libertad para que cada cual pueda organizar su propia vida, lo que hoy la calle exige es mayor protección estatal. No parece importar que el Estado invada el terreno de lo personal, mientras asuma más responsabilidades y nos exima de afrontar las nuestras.

En España esto es así, en gran parte, porque el discurso demagógico y populista de la izquierda ha ocupado el espacio del debate ideológico. La preocupación por la crisis económica y la insistencia del gobierno por alejarse de cuestiones “que no importan al ciudadano”, han dejado al Partido Popular sin argumentos frente a una nueva izquierda que cada día se siente más fuerte y que cada vez es más arrogante y más radical.

Hayek explicó con claridad por qué la única filosofía que se opone realmente al socialismo y a cualquier totalitarismo es la filosofía liberal. Es lógico, pues, que la izquierda esté siempre vigilante ante cualquier indicio de repunte de un pensamiento que sitúa la defensa de la libertad individual, de la ley y de la propiedad, por encima de utopías igualitarias y colectivistas, ya sean nacionalistas, socialistas o nacional-socialistas. Como también es lógico que todos los partidos que se consideran de izquierdas ataquen a cualquier político que pretenda interpretar la realidad bajo la luz de ese liberalismo que Hayek reivindicaba.

Lo que ya no es tan lógico es que el único partido liberal-conservador que existe en España se deje arrastrar por ese antiliberalismo ambiental, exhiba tanto temor a ser tachado de “neoliberal” y trate de callar a quienes desde dentro quieren definir como liberal su política. No se da cuenta el PP de que, de esa forma, podría quedarse sin argumentos frente a la nueva izquierda que surgió en las elecciones europeas, que ya gobierna las dos grandes capitales españolas y que amenaza con convertirse en la primera fuerza política de izquierdas en España.

No basta con llamarles populistas. Es necesario explicar a los ciudadanos por qué creemos que ese populismo es un peligro para la democracia, por qué pensamos que es un intento totalitario de tomar el poder y por qué vemos que lo que está en peligro no es ya la presencia en el gobierno del principal partido de la derecha española, sino el derecho de todos y cada uno de los ciudadanos a pensar libremente, a decir lo que piensan y a organizar su vida en libertad.

Suele calificarse de apocalípticos a quienes hoy muestran gran preocupación por lo que pueda suceder en España. La mayoría prefiere ser optimista y esgrime argumentos tranquilizadores como el de que es imposible que España se rompa, que es imposible que un partido bolivariano gobierne en España, que Grecia es ya una vacuna o que la sensatez de los españoles prevalecerá en el último momento. Dios les oiga, pero, si no es así, todos nos llevaremos las manos a la cabeza diciendo ¿cómo ha podido ocurrir?

Solo se valora la libertad cuando se la pierde, de ahí que no existan mayores y más claros defensores de la libertad de conciencia, de pensamiento, de expresión y de acción que quienes han sufrido los regímenes totalitarios del siglo XX. Desdichadamente, existen demasiados ejemplos en la historia reciente para saber que lo que parece imposible a veces llega a suceder.

Para Hayek y otros pensadores liberales contemporáneos, la forma de prevenir tragedias como las europeas del siglo pasado, la forma de defender una sociedad abierta, es evitar que el Estado se exceda en su cometido y planifique, manipule y dirija todos, absolutamente todos, los asuntos de los ciudadanos. Hoy el problema no es que sea reducido el número de los amantes de la libertad, lo cual como dijo Lord Acton, siempre ha ocurrido. El gran problema de hoy es que quienes piensan que la salida de la crisis pasa por restringir la intervención del Estado, quienes creen que el Estado no debe asumir responsabilidades que corresponden a los ciudadanos, no tienen donde hacerse oír.

El 8 de abril de 2015 el diario ABC publicaba un largo artículo de Xavier Pericay en el que, el hoy diputado de Ciudadanos en el Parlamento Balear, hablaba sobre la posibilidad de alcanzar un acuerdo que establezca un sistema de educación en España que no esté permanentemente expuesto a los cambios políticos.

En aquel artículo Pericay decía que un pacto educativo solo sería durable si antes los firmantes se ponían de acuerdo sobre una serie de disyuntivas. La primera de ellas, escribía el diputado balear, es “la que se plantea entre libertad e igualdad, o si lo prefieren, entre calidad y equidad”. A esta primera cuestión añadía otras dos que, en mi opinión, derivan de ella: la necesidad de recuperar la auctoritas del profesor y el reparto de competencias entre Estado y Autonomías.

“Sin la previa resolución de esas disyuntivas –escribía Pericay- cualquier intento de pacto de Estado estará condenado al fracaso. No del pacto en sí, que acaso pueda alcanzarse, sino de su objeto: el rescate de la educación en España, y su consiguiente y apremiante mejora.”

El 15 de abril, una semana después de la publicación de este artículo, Pericay era elegido cabeza de lista de Ciudadanos para las elecciones al Parlamento de las Islas Baleares. Y tres meses después, a finales de julio, Albert Rivera presentaba las líneas generales de su programa de educación con una propuesta estrella: el MIR para profesores.

No es la primera vez que se plantea un MIR educativo. Lo ha hecho algún ministro socialista y también se ha planteado en el PP, así que, como punto de un acuerdo general entre partidos, la idea podría resultar acertada. Ahora bien, ¿se ha parado Albert Rivera a pensar en las grandes diferencias que existen entre la formación actual de un médico y la de un profesor o maestro?

En primer lugar, hay que tener en cuenta que en las Facultades de Medicina se matriculan los mejores alumnos de los bachilleratos de Ciencias. Y no solo porque se exige una nota alta en las pruebas de acceso a la universidad sino también porque todos los estudiantes que empiezan Medicina saben que les esperan unos años muy duros y de mucho trabajo. Algo que ni de lejos ocurre en las carreras en las que reciben su formación inicial los futuros profesores.

En segundo lugar, los candidatos al MIR, antes de comenzar su formación práctica en los hospitales, deben pasar por un durísimo examen de selección sobre sus conocimientos teóricos. Nada que ver con los actuales procedimientos de selección de profesores.

Por último, los residentes del MIR se ponen a las órdenes de un médico cuya auctoritas nadie discute. ¿Ha pensado Albert Ribera dónde va a encontrar esos profesores tutores cuando, como bien decía Pericay, la auctoritas del profesor hace ya tiempo que se ha perdido?

Hablar de un MIR educativo antes de saber si se apuesta por la calidad de la enseñanza, es decir, por un bachillerato exigente, por unos estudios universitarios duros y por un sistema de selección académica riguroso, me parece un brindis al sol; una propuesta más de las infinitas que se hacen en las campañas electorales con muy poca voluntad de que realmente supongan un cambio profundo y una gran mejora en las cosas que no funcionan.

Lo decía Pericay en su artículo. En las últimas décadas, en el mundo de la educación, la igualdad ha prevalecido sobre la libertad. En nombre de la igualdad se ha hecho desaparecer el interés por la instrucción, el valor del esfuerzo, el reconocimiento del mérito, y todo aquello que podía conducir a que unos alumnos aprendieran más que otros. Es decir, se ha renunciado “al cultivo de la inteligencia”. Y, como explicó John Stuart Mill en su tratado sobre la libertad, On Liberty, impedir el libre desarrollo de las facultades intelectuales del individuo no solo es un ataque a su libertad sino que supone un grave obstáculo para el progreso de la sociedad.

Los pedagogos igualitaristas suelen justificarse diciendo que las distintas capacidades intelectuales no son debidas a la naturaleza sino a las diferencias sociales, culturales y económicas. Por supuesto que los niños que se crían en ambiente interesados por la cultura tienen, en principio, más facilidades para aprender que aquellos que provienen de medios ajenos a toda instrucción. Pero eso debería habernos llevado a reclamar una escuela capaz de compensar esas diferencias, no renunciando a la instrucción, sino enseñando más y mejor.

Esa prevalencia de la equidad sobre la calidad, de la igualdad sobre la libertad, está impidiendo el libre desarrollo de las capacidades intelectuales de todos los individuos, de los más y de los menos capacitados para el estudio. El ardor obstinado de quienes quieren poner por encima de cualquier otro fin, y a costa de cualquier cosa, el logro de una educación igual para todos ha conducido a la institucionalización de un sistema escolar que ha eliminado de sus objetivos el progreso individual y, por tanto, del progreso social. Sólo aspirando a ser mejores pueden los individuos progresar y nunca podrá avanzar una sociedad si se mata en sus ciudadanos el instinto natural de querer ser mejores, de querer progresar.

Tengo una gran simpatía y admiración hacia Pericay, al que conocí hace unos años través de FAES. A Xavier le preocupa tanto como a mí la deriva destructora que, a partir de la implantación de la LOGSE, ha tomado la educación española, y creo que, como yo misma, Pericay se había acercado al PP con ánimo de ayudar, desde el único partido liberal-conservador que existe en España, a recuperar la calidad de un sistema de enseñanza que había sido destrozado por las leyes socialistas.

No sé si Albert Rivera ha consultado con Pericay este “anuncio estrella” de su programa educativo. Tampoco sé si ha comprendido que la clave del declive de la educación española está en ese igualitarismo dogmático que impide el libre desarrollo del talento individual. Pero, en todo caso, si de verdad quiere el rescate de la educación en España, antes de lanzar iniciativas de cara a la galería, debería dejarse aconsejar por su candidato en las Islas Baleares. Porque no creo que haya en Ciudadanos nadie más informado que Xavier Pericay sobre lo que ha ocurrido en la educación española para que ocupemos los últimos puestos en el ranking de resultados de las evaluaciones internacionales, para que nuestro porcentaje de paro juvenil sea más del doble de la media europea (solo comparable al de Grecia) y para que, a pesar de ello, las leyes de educación sigan ligadas al igualitarismo dogmático de la LOGSE.

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