En un país imaginario, Oceanía, se ha hecho con el poder un partido único, el IngSoc (English Socialism), cuyo jefe supremo, el Gran Hermano, permanece invisible pero siempre vigilante en aras a imponer un régimen totalitario. El instrumento necesario para alcanzar tan perverso fin es un nuevo idioma, la neolengua (Newspeak). “Lo que se pretendía -explica Orwell- era que una vez la neolengua fuera adoptada de una vez por todas y la vieja lengua olvidada, cualquier pensamiento herético, es decir un pensamiento divergente del IngSoc, fuera literalmente impensable, por lo menos en tanto que el pensamiento depende de las palabras”.

El protagonista de 1984, Winston Smith, trabaja como funcionario en el Mininisterio de la Verdad en la elaboración del diccionario de la neolengua. Odia al Gran Hermano e intenta llevar una doble vida con el fin de reservarse una parcela de intimidad, tanto en su vida afectiva como en lo moral o intelectual. O’Brien, un sagaz comisario político del Partido Único, comienza a desconfiar de él al darse cuenta de que en sus trabajos se deslizan, con demasiada frecuencia, expresiones prohibidas propias de la “vieja lengua”.

Finalmente, Winston será encarcelado y sometido a un duro y cruel proceso de reeducación, del que se encargará el malvado e inteligente O’Brien. En tu reintegración, dice O’Brien a Winston, debemos pasar por tres etapas: “primero aprender, luego comprender y, por último, aceptar”. Lo que el protagonista de 1984 debía comprender, para más tarde aceptar, es que el individuo no vale nada en sí mismo, que “el ser humano es derrotado siempre que está solo, siempre que es libre”, que “la esclavitud es la libertad” y que sólo “si el hombre logra someterse plenamente, si puede escapar de su propia identidad, si es capaz de fundirse con el Partido de modo que él es el Partido, entonces será todopoderoso e inmortal ”.

La inteligencia y el poder de O’Brien terminarán con la resistencia heroica de Smith que, tras comprender, aceptará con lágrimas su derrota.

En el año 2001, una profesora de secundaria de Lengua castellana y literatura, Mercedes Rosúa publicó un libro, “El archipiélago Orwell”, sobre los efectos que la aplicación de la Ley Orgánica General del Sistema Educativo (LOGSE) había tenido en la enseñanza media española.

No pudo estar más acertada Rosúa en la elección del título de su libro. Con la LOGSE, el mundo educativo, con sus múltiples expertos en educación para la salud, educación medioambiental, educación para la ciudadanía, educación para la paz, educación vial, constituyó una especie de islote apartado, encerrado en sí mismo, en el que se implantó una jerga peculiar que, como la neolengua orwelliana, en un principio, sirvió para separar a los simpatizantes de los críticos, más tarde permitió identificar y marginar a los heréticos y ahora, pasados ya más de veinte años, ha sido aceptada por expertos, técnicos, pedagogos y administradores de la educación.

Aquella jerga que empezó siendo ridícula y sobre la que se escribieron artículos y se hicieron chascarrillos (recuérdese aquel que ironizaba sobre los segmentos de ocio en que se habían convertido los recreos), hoy es imprescindible para que los expertos, burócratas, profesionales y otros miembros del mundo de la educación se entiendan entre ellos.

Veinte años después de la imposición de aquella neolengua logsista no se producen ya transgresiones, se ha automatizado totalmente y existe una inconfensable autocensura. A nadie se le ocurre, por ejemplo, volver a llamar “asignatura” a las asignaturas sino áreas, materias o módulos. Sólo un ignorante llamaría hoy “programa” a los programas, porque todo el mundo sabe que “currículo” tiene un significado mucho más rico y complejo. Sólo un imprudente se atrevería a decir, si es que queda alguien que lo piensa, que la palabra programa era mucho más clara y elocuente a la hora de expresar qué es lo que un alumno debe aprender y un maestro enseñar de una determinada asignatura. Nadie osará llamar examen a un examen pues sería tachado inmediatamente de segregador, elitista y autoritario.

Si se pide hoy a un experto en temas educativos que escriba algo con un lenguaje que cualquiera pueda entender, el bloqueo es de tal calibre que después de una larga jornada de trabajo entrega dos cuartillas en un galimatías que intenta ser literario pero que resulta indescifrable. La mentalidad gramofónica de la que hablaba Orwell se ha impuesto y los expertos en educación sólo son capaces de producir discos iguales con una sintonía psicopedagógica y burocrática que todos dicen comprender pero que ninguno es capaz de explicar. Si algún resistente del viejo idioma, simulando cierta humildad, pregunta a uno de estos expertos por el significado de lo que dice, éste sólo será capaz de repetir de principio a fin, el mismo párrafo y con idénticas palabras.

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