La víspera de Navidad mi amigo Jon me regaló un ensayo sobre Keynes publicado por el economista Robert Skidelsky en 1996. En este ensayo, Skidelsky, autor de la más completa biografía de Keynes, trata de reflejar el ambiente social, político y cultural en el que Keynes desarrolló sus teorías económicas.

Keynes nació en 1883 en un mundo que, en palabras de Skidelsky, “suponía que la paz, la prosperidad y el progreso integraban el orden natural de las cosas”. Murió poco después de finalizada la Segunda Guerra Mundial, en 1946, con 63 años, después de haber vivido lo suficiente como para ver derrumbarse las magníficas expectativas de finales del siglo XIX.

Keynes, alumno becado en Eton, universitario en el Kings College de Cambridge, homosexual y descreído, fue desde 1900 miembro del grupo de jóvenes artistas y escritores que fundaron en el barrio londinense de Bloomsbury un refugio para vivir sin los convencionalismos propios de su elevado origen social. Según Skidelsky, Keynes entró en Bloombury de la mano de Lytton Strachey y, ante la consternación del grupo, no tuvo reparo alguno en robarle su amante, el pintor Duncan Grant. Probablemente su osadía le valió la admiración de un círculo en el que las experiencias estéticas y amorosas tenían un valor supremo
Dice Skidelsky que antes de que estallara la Primera Guerra Mundial los literatos y artistas del aquel grupo de Bloomsbury tenían una actitud de regocijo ante la decadencia de los valores victorianos. Se sentían redentores de una sociedad decadente y dogmática, llamados a crear una nueva ética y una nueva estética. “Se vieron a sí mismos como la primera generación liberada de la superchería cristiana, los creadores y beneficiaros de una nueva Ilustración”. Pero después de la Guerra todo cambió. El mundo parecía rodar hacia el caos y las pasiones totalitarias y liberticidas de los poderosos encontraron un terreno propicio para desatar el terror: “El modernismo perdió la inocencia a medida que los juegos dieron paso al horror”.

Keynes tuvo bastante influencia en personajes relevantes del gobierno británico de los años de entreguerras. Sus negocios le fueron provechosos. A pesar de sufrir varios reveses, logró hacerse con un importante patrimonio. En 1925 se casó con una bailarina rusa, Lydia Lopokova, que, al parecer, le dio estabilidad emocional y doméstica durante el resto de su vida.

Con el paso de los años, Keynes se fue haciendo cada vez más conservador. Skidelsky recoge unos párrafos de una carta que dirigió a Virginia Woolf en 1934 y que muestran un cierto sentimiento crítico hacia esa actitud destructiva de su juventud: “Comienzo a percibir que nuestra generación, la tuya y la mía… debió mucho a la religión de nuestros padres. Los jóvenes… que son educados sin ella, nunca le sacarán provecho a la vida. Son triviales, como perros en su lujuria. Nosotros gozamos de lo mejor de ambos mundos. Destruimos el cristianismo pero disfrutamos de sus ventajas”.

Cabría preguntarse si la alegría juvenil con la que aquella generación de Keynes se llevó por delante los valores y creencias de una sociedad “decadente” no influiría más de lo que después se ha dicho en la pasividad con la que gran parte de Europa vivió el avance de los totalitarismo nazi y estalinista en los años treinta del siglo XX.

Se me ocurre pensar si William Butler Yeats no estaría pensando en aquellos moldeadores de la conciencia de los albores del siglo XX, como les considera Skidelsky, cuando en su poema The Second Coming, publicado en 1920, escribió estos versos:
The best lack all conviction, while the worst
Are full of passionate intensity.

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