José Castillejo (1877-1945) nació y estudió su bachillerato en Ciudad Real. Tras terminar los estudios de Derecho en Madrid, quiso completar su formación humanística y cursó las asignaturas que le permitían licenciarse también en Filosofía y Letras. Al finalizar sus estudios acudió a Francisco Giner de los Ríos para pedirle que le dirigiera la tesis doctoral. A partir de entonces su vida quedaría ligada a la Institución Libre de Enseñanza.

En 1920, Castillejo, que pasaba ya de los cuarenta, decidió casarse con una joven inglesa, Irene Claremont, dieciocho años más joven que él, licenciada en Historia y Economía por la Universidad de Cambridge, a la que había conocido cuando era una niña con ocasión de los viajes a Inglaterra que había realizado en nombre de la ILE para buscar intercambios para los alumnos de la Institución.

Castillejo era por aquel entonces secretario de la Junta para la Ampliación de Estudios y, además, director del Instituto Escuela, que había sido creado en 1918 como un centro de enseñanza secundaria financiado por el Estado pero con una organización y un plan de estudios diferente del que regía para la generalidad de los Institutos españoles. Los Castillejo establecieron su hogar en Madrid, en El Olivar de Chamartín, en el lugar que ahora ocupa la Fundación Olivar de Castillejo. El matrimonio tuvo cuatro hijos, Jacinta (1923), Leonardo (1924), David (1927) y Sorrel (1928).

De la vida familiar de Castillejo antes de la Guerra Civil y de las razones que le llevaron a abandonar España para instalarse a vivir en Londres trata un libro de memorias de Irene Claremont, publicado en español por su hija Jacinta en 1995 con el título Respaldada por el viento. Irene Claremont rememora en ese libro los primeros años de su matrimonio en el paraje idílico de El Olivar, sus dificultades para adaptarse a un mundo que le era absolutamente extraño y la crianza de sus hijos junto a ese “desconocido” con el que se había casado y hacia quien su admiración fue creciendo con los años.

Los niños Castillejo Claremont se criaron en un ambiente familiar totalmente bilingüe. Cuando llegó el momento de escolarizarles los padres buscaron algún colegio en el que pudieran estudiar en español y en inglés. Lo lógico hubiera sido que los niños fueran al colegio de la Institución, que dirigía Manuel Bartolomé Cossío, o a las clases preparatorias del Instituto Escuela, del que era director el propio Castillejo, pero, como cuenta Irene Claremont, ninguno de estos colegios estaba dispuesto a iniciar una experiencia de bilingüismo, por lo que decidieron crear su propia escuela.

En 1928 abrió sus puertas la innovadora Escuela plurilingüe de Madrid con un grupo de niños de 4 y 5 años. La escuela se puso bajo el control de un grupo de padres del círculo de la ILE, entre ellos personalidades del prestigio de Jorge Guillén, Pedro Salinas y Andrés Segovia.

“La intención no era formar niños plurilingües. Se trataba de una escuela española de niños españoles que estudiaban las asignaturas básicas en el idioma materno. Pero todos consiguieron leer y hablar con cierta fluidez un par de idiomas extranjeros y, desde la edad de diez años, podían seguir con facilidad una clase en otro idioma. Nuestros propios hijos aprendieron tres idiomas además de latín. José causó consternación al permitir que los chicos mayores dieran clase de historia con profesores ingleses y franceses además de los españoles”.

Castillejo quería para la escuela maestros estatales con contratos anuales. Este empeño, junto con su pretensión de incorporar profesores nativos, chocaba con el estatus del profesor funcionario y pronto se convirtió en causa de malestar entre los profesores de la escuela, que se quejaban de falta de seguridad en su puesto de trabajo así como de una excesiva intromisión de los padres en las decisiones académicas.

La firmeza de Castillejo en estos asuntos provocó un cisma entre los profesores de la escuela. Un grupo de ellos, encabezado por Jacinta Landa, hija del krausista extremeño Rubén Landa, se independizó apropiándose el nombre de Escuela Plurilingüe. Con los profesores y padres leales que le quedaron, Castillejo mantuvo abierto su colegio dándole el nombre de Escuela Internacional. Ambas escuelas se cerraron al estallar la Guerra Civil.

Resulta curioso que, por caminos diferentes, haya llegado la Comunidad de Madrid a poner en marcha un modelo de colegios bilingües cuyo objetivo pedagógico es bastante similar al de Castillejo. Se trata de enseñar las asignaturas básicas en la lengua materna, español, y lograr que los niños puedan estudiar otras asignaturas en inglés. Como también resulta curioso que la idea, aparentemente sencilla, de contratar profesores nativos para dar algunas materias en su propia lengua cause hoy día tanta extrañeza y rechazo por parte de algunos sectores como entonces.

Al parecer, la ambición de Castillejo era ligar esta experiencia con otras similares en otros países. Pensaba que podrían crearse Escuelas Internacionales en Francia, Alemania e Inglaterra que tuvieran un plan de estudios común que permitiera el intercambio de alumnos y profesores. En esas escuelas, pensaba don José, podría formarse una “élite de espíritu cosmopolita” de donde pudieran salir diplomáticos, estadistas y empleados de organismos internacionales. Fue una idea que Castillejo expresó en cuantas conferencias y congresos internacionales tuvo ocasión de participar. Las Escuelas Europeas para hijos de funcionarios de las Comunidades Europeas que hoy existen tienen bastantes similitudes con aquel proyecto de don José.

La vida idílica de El Olivar, los proyectos pedagógicos de Castillejo, la educación española de los niños y todo aquello que Irene y José habían soñado hacer en España se vendrían abajo en el verano del 36.

“Desde el comienzo –escribe Irene- reinó el terror en ambos lados. No había escape ni posible libertad de elección; o se incorporaba uno al lado que dominaba en su propio distrito o se corría el riesgo de fusilamiento contra la pared.”

“Dio la casualidad que, al estallar la guerra, nosotros estábamos en Benidorm, entonces en manos de los republicanos, la zona a su vez en manos de los comunistas. Pero José se encontraba en Ginebra”.

Cuenta Irene que un día llegó a Benidorm una pandilla de muchachos de un pueblo cercano que venían dispuestos a prender fuego a la iglesia. Los lugareños, que tenían afecto al templo pero que, sobre todo, no estaban dispuestos a que unos intrusos quemaran su iglesia, les echaron a puñetazos y los asaltantes se contentaron con lanzar las imágenes al mar. Esta anécdota es bastante representativa del clima de anarquía, caos e improvisaciones que vivió España entonces.

Nada más enterarse del estallido de la Guerra Civil, Castillejo decidió abandonar sus ocupaciones en Ginebra y reunirse con los suyos en Benidorm. Tomó un tren que debía dejarle al día siguiente en Barcelona pero el viaje se convirtió en una intensa experiencia que duró diez días. Una de las “vivencias” que en aquel viaje tuvo don José fue la contemplación del asesinato del cura párroco de un pueblecito cercano a Barcelona que se había subido al tren en busca de refugio.

Con una ingenuidad bastante incomprensible Irene cuenta que, una vez juntos, los Castillejo hubieran pasado el resto del verano disfrutando del sol y de la playa en Benidorm donde la gente, “tras ver felizmente ahogadas las imágenes religiosas”, parecía tranquila e inofensiva. Pero una tarde recibieron un telegrama del Cónsul Británico instándoles a marchar a Londres. Era la última oportunidad de huir en un barco-hospital inglés que estaba a punto de zarpar de Alicante. Cuando hubo dejado a su mujer e hijos a salvo en el barco, Castillejo decidió marchar a Madrid para ponerse al servicio del gobierno.

“Yo soy español, argumentaba José, Mi país está con problemas. Yo no tomo parte en política pero estoy a disposición de cualquier gobierno que en el momento actual esté en el poder. Regresaré a Madrid para ofrecer mis servicios.”

Una vez en Madrid se presentó ante el Ministro de Instrucción Pública, Domingo Barnés, hombre que había estado también ligado a la ILE. Barnés reconoció su incapacidad para darle protección:

“’Aquí no puede usted hacer nada, Castillejo. Reúnase con su familia lo antes posible. No quiero sobre mi conciencia su asesinato. Arregle para que le llamen del extranjero; sin eso jamás conseguirá la autorización’.’¿Pero no me lo puede otorgar usted?’, preguntó José, ‘¿Yo?’, contestó con risa Barnés, ‘Yo no tengo autoridad alguna; espero mi propia detención de un momento a otro. Los comunistas y los anarquistas tienen ahora el poder, no yo”.

Irene recuerda en su libro el relato que le hizo su marido de los días terroríficos que pasó en Madrid. El miedo que se apoderó de él cuando estuvo a punto de ser “paseado” por cuatro individuos a los que él conocía, alguno de ellos relacionado con la propia Institución Libre de Enseñanza. Individuos que, en opinión de Irene, por alguna desconocida razón, debían odiar a José, a pesar de ser uno de los suyos.

“Un día, después de comer con sus hermanas en el Olivar y mientras dormía una corta siesta en su propia cama, llegó Mariana (Castillejo) corriendo desde su casa en el otro extremo del jardín. ‘Ha llamado Paulino. Les oyó hablar y vienen por ti’. Casi de inmediato, el inevitable coche estaba a la puerta; dentro, cuatro hombres con fusiles; los cuatro, profesores, todos conocidos por José, uno hasta del Instituto Escuela, armados y vengativos porque Castillejo les habría negado beca acaso, o algún favor al que habrían aspirado.”

Castillejo salvó la vida de milagro gracias a Juan López Suárez, marido de su hermana Mariana, y a la intervención del Ministro Barnés. Mientras tanto, Irene y los niños esperaban en Londres con impaciencia su llegada. “Doce días después de salir de España –recuerda Irene- llaman a la puerta de mi madre en Londres. Un hombre viejo, cargado de hombros y ojos espantados estaba en el umbral. ¡José! ¡De pronto un viejo! ´Me llevaron para matarme’, susurró, todavía con miedo y horror en los ojos.”

Cuenta Irene que, años más tarde, en Londres, en una reunión íntima, escuchó a su marido decir con una inmensa tristeza: “Si me preguntaran quien corre con la responsabilidad de la Guerra Civil, tendría que responder. Yo, no hice lo suficiente”.

Esta confesión de Castillejo me lleva a pensar otra vez en esa generación de intelectuales que pudo inspirar los versos de Yeats:

The best lack all conviction, while the worst
Are full of passionate intensity.

(Los mejores carecen de toda convicción, mientras los peores
rebosan de apasionada intensidad)

 

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