A Nation at Risk es el nombre de un informe publicado en 1983 por la Secretaría de Educación del gobierno de Ronald Reagan. El informe había sido elaborado por un comité de expertos para analizar la situación de la enseñanza en las escuelas norteamericanas de Primaria y Secundaria. En él se ofrecían datos que mostraban la ineficacia del sistema educativo y se constataba que, a pesar de que cada vez se organizaban más clases de refuerzo y se gastaban más recursos en la educación, los escolares seguían mostrando graves carencias en los aprendizajes más elementales, lectura, escritura y cálculo.

En el Informe se recomendaba el establecimiento de unos exámenes a lo largo de la educación obligatoria y, en especial, al pasar de Primaria a Secundaria, que permitieran asegurar el aprendizaje de unos conocimientos básicos. Por otra parte, se insistía en la necesidad de que la formación académica de los profesores fuera más exigente y de que los libros de texto fueran más rigurosos.

A Nation at Risk tuvo una importante resonancia mediática. Se realizaron estudios, se publicaron artículos y la educación ocupó un lugar prominente entre las preocupaciones de los ciudadanos. Un profesor de Educación y Humanidades de la Universidad de Virgina, Eric Donald Hirsch, decidió estudiar los factores que podían influir en la capacidad de comprensión lectora de los estudiantes. Hirsch comprobó que la comprensión de un texto dependía en gran parte de los conocimientos previos que tuviera el lector sobre las cuestiones a las que en él se hacía referencia, y que esos conocimientos estaban relacionados con el nivel cultural y social de su entorno familiar.

Hirsch recogió las conclusiones de su trabajo en un libro que se publicó en 1987 con el título Cultural Literacy.[1]. Hirsch defendía en él la necesidad de una “alfabetización cultural”, es decir, de que la escuela enseñara esos conocimientos culturales que los padres con una cierta formación académica transmiten a sus hijos pero de los que quedan privados los niños de familias sin instrucción si no figuran en los programas escolares.

Hirsch apoyaba el proyecto de reforma del gobierno y proponía que se incrementaran los contenidos que se enseñan a los niños en las escuelas y que se estableciera un sistema que permitiera asegurar la adquisición de determinados aprendizajes al pasar de un curso a otro a lo largo de toda la enseñanza obligatoria.

Cultural literacy tuvo un sorprendente éxito de ventas lo que llevó a su autor a crear una Fundación que agrupara a todos aquellos padres y maestros que, como él, estuvieran convencidos de la necesidad de impulsar una mayor y mejor instrucción en las escuelas. La Fundación se llamó Core Knowledge Foundation, que podría traducirse por Fundación por los Conocimientos Esenciales. El objetivo de la Fundación era introducir conocimientos sólidos de un modo coherente en los programas escolares y en los libros de texto. Actualmente hay 770 escuelas, 200 de ellas públicas, que están acogidas a la Fundación.

Hirsch achacaba la debilidad del sistema educativo norteamericano al desinterés por la instrucción que mostraba una gran parte de los pedagogos e incluso de los maestros. Para Hirsch este desinterés era consecuencia del dominio de ciertos prejuicios pedagógicos que habían tenido su origen en las ideas de Rousseau y que se habían impuesto entre maestros, profesores y pedagogos por influencia de la llamada escuela progresista de John Dewey.

Quince años después de la publicación de A Nation at Risk, el poder del progresismo pedagógico al que Hirsch achacaba ese desinterés por la instrucción en las escuelas, seguía prácticamente intacto. A pesar de que los colegios que seguían los consejos de la Fundación por los Conocimientos Esenciales mejoraban notablemente sus resultados en los exámenes nacionales, Hirsch tenía que seguir enfrentándose cada día a las mismas críticas y continuar venciendo idénticos obstáculos. Esa persistencia en unas ideas que, en su opinión, solo podían conducir al fracaso y a la injusticia social le llevó a escribir un nuevo libro. The Schools we need …and why we don’t have them, que fue publicado en EEUU en 1999 y que acaba de ser editado en español con el título La escuela que necesitamos

“Lo que fundamentalmente me ha inducido a escribir este libro, escribe Hirsch, es nuestra lentitud para descartar esas teorías defectuosas, a pesar de nuestra reputación de prácticos: la mayoría de las ‘reformas’ en el presente son repeticiones o reformulaciones de propuestas románticas anti-conocimiento ampliamente fracasadas que emanaron del Teachers College de la Universidad de Columbia en las tres primeras décadas del siglo XX”.

En el Teachers College de la Universidad de Columbia impartió docencia desde 1918 a 1940 William Heard Kilpatrick, un discípulo de John Dewey, al que Hirsch responsabiliza directamente del dogmatismo de los pedagogos y profesores de la escuela progresista norteamericana.

En La escuela que necesitamos Hirsch critica duramente la postura de los que se consideran defensores de la pedagogía progresista y atacan toda propuesta de reforma que conlleve una mayor exigencia académica en las escuelas. Defiende la implantación de exámenes nacionales que permitan conocer el nivel de conocimientos adquiridos por los alumnos a lo largo de las enseñanzas Primaria y Secundaria, y critica con dureza la pretensión progresista de ponderar los resultados de los colegios en dichos exámenes en función del nivel socio-económico de las familias de sus alumnos.

Esos conocimientos que pertenecen al bagaje cultural de las familias más instruidas del país deben enseñarse en las escuelas. La escuela progresista, al haber abandonado el interés por la instrucción, asegura Hirsch, ha cometido una enorme injusticia social.

“Las escuelas tienen la obligación de dar a cada niño el conocimiento y las habilidades necesarias para su progreso académico, sin importar el contexto cultural del que provengan”

Hirsch da en este libro argumentos pedagógicos más que suficientes para defender la importancia de la instrucción. Argumentos que convencen a cualquier lector libre de dogmatismos de que la única forma de asegurar una educación en igualdad y, al mismo tiempo, fomentar la excelencia es con una enseñanza exigente.

Hirsch se considera “liberal en términos políticos y conservador en cuanto a la educación”, es decir, se confiesa votante del Partido Demócrata pero reconoce que al menos el método tradicional de enseñanza consiguió que “los niños aprendieran realmente las asignaturas que se les enseñaban, obligándoles a ejercitarlas para después examinarles con rigor”.

El autor de la Escuela que necesitamos no se muestra demasiado optimista en cuanto a la posibilidad de mejorar el sistema de enseñanza si no se gana la batalla al dogmatismo pedagógico que desde hace casi un siglo impregna todo lo que está relacionado con el mundo de la educación: “El enemigo es el sistema de ideas dominante que actualmente está impidiendo que se entiendan y se tomen en consideración los cambios necesarios. Es el enemigo que está dentro el que debe ser vencido”.

Si bien este libro llega a España trece años después de su publicación en EEUU, el tema que trata, así como la profundidad del análisis de una situación que es perfectamente reconocible hoy en nuestro país, hacen que su lectura sea imprescindible para comprender qué está pasando con la educación española y cómo se explica que medidas llenas de sensatez, sencillas y aparentemente aplicables, sean difíciles de implantar, mientras que otras reformas, aunque sean totalmente peregrinas e insustanciales, son aplaudidas por una gran parte de educadores y expertos pedagogos.


[1]Cultural literacy se puede traducir por “alfabetización cultural” dado que, en educación, Literacy program es el nombre que se da a un programa de alfabetización

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