maraton madrid ADelibesRecuerdo  una vieja conversación entre atletas y entrenadores que tuvimos en 1978, días antes de que se celebrara el primer maratón de Madrid. Yo entonces era corredora de pruebas de medio fondo, nunca se me había pasado por la cabeza participar en una competición que tuviera más de 3 km. Nos preguntábamos aquel día unos a otros cuánta gente sería capaz de terminar la carrera, los entrenadores más expertos aventuraron que no más de 500 llegarían a la meta.

Fueron muchos, muchísimos más. El número de participantes desbordó completamente a los organizadores. Gente que nunca se había calzado unas zapatillas para correr se apuntó a aquella fiesta. Al final, al entrar en la meta, algunos juraron no volver, otros pensaron que había que dejar de fumar y bastantes decidieron  iniciar una nueva vida como “corricolaris profesionales”.

Las carreras populares empezaron a proliferar. Al margen del atletismo de élite se fue formando un grupo cada vez más numerosos de corredores populares que tenía sus propios planes y técnicas de entrenamiento, que corrían por los parques y calles y que hablaban sin cesar de zapatillas, lesiones, alimentación y otros asuntos relacionados con el correr. No había  fiesta de pueblo que se preciara sin “maratón popular”. Claro que solía llamarse  maratón a cualquier carrera a pie, tuviera la distancia que tuviera.

Desde aquel primer maratón de Madrid, el último domingo de abril se convirtió en una cita obligada tanto para quienes tomaban la salida como para los que se contentaban con mirar y llevar el avituallamiento de los corredores amigos o familiares. En esto del deporte ser espectador nunca me ha gustado mucho así que desde el primer momento envidié a los maratonianos y rumié la idea de incorporarme al pelotón de participantes.

Dos veces he corrido el maratón de Madrid. La primera vez en 1983, llovió lo indecible, me gustó, lo pasé muy bien y por eso el año siguiente repetí; fue todavía mejor porque inesperadamente, cuando ya había superado el kilómetro 30 un juez en bicicleta me comunicó que era la segunda mujer y que la primera era una extranjera. Hice 3 horas 18 min, para mí un éxito. Tres semanas después participé en el Campeonato de España de maratón, en Fuenterrabía, donde hice mi mejor marca: 3 h 10 min.

Ahora, cuando cada primavera contemplo el espectáculo de miles de corredores por las calles de Madrid, me invade una enorme sensación de nostalgia. Es una matada correr un maratón pero la alegría de terminarlo compensa los kilómetros de esfuerzo y los momentos de sufrimiento en los que una y otra vez, uno se pregunta por qué es incapaz de abandonar.

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