¿Qué va mal en Occidente para que, veinticinco años después de la caída del Muro y del aparente triunfo de las democracias liberales, parezca que su supremacía esté apagándose a una vertiginosa velocidad?

Esta es la pregunta que se hace Niall Ferguson en su libro, La gran degeneración, publicado en 2012 con el título The Great Degeneration y traducido ahora al español.

“Respondo a esta pregunta –escribe Ferguson- en la creencia de que mientras no entendamos la verdadera naturaleza de nuestra degeneración estaremos perdiendo el tiempo aplicando remedios de curandero a meros síntomas. Y también me motiva el temor a que, paradójicamente, el estado económico estacionario pueda tener consecuencias políticas peligrosamente dinámicas”.

Ferguson propone que apliquemos la teoría desarrollada por Adam Smith en La riqueza de las naciones para comprender la situación actual. El economista escocés recurría al funcionamiento de las leyes e instituciones para explicar el poder político y económico de Occidente en el siglo XVIII, frente al estancamiento de otros países que, como China, habían vivido en otra época tiempos de esplendor. Si seguimos la lógica de Adam Smith, dice Ferguson, habrá que pensar que la razón de esta crisis económica y política que ahora atraviesa Occidente es una degeneración de sus leyes e instituciones.

A lo largo del libro Ferguson analiza los cuatro pilares sobre los que se ha sustentado el progreso de las sociedades occidentales durante quinientos años: el sistema democrático, el libre mercado, el imperio de la ley y la sociedad civil. En su opinión, a modo de cajas negras, estos pilares guardan en su interior el secreto de la actual degeneración.

Ferguson señala que, por primera vez en muchos años, la gravedad de la deuda contraída por las naciones puede tener como consecuencia la ruptura de lo que llama “el contrato intergeneracional”, que sería ese acuerdo tácito de transmitir la prosperidad y el progreso alcanzados a la generación siguiente. Lo extraño, dice Ferguson, es que los jóvenes de hoy se movilicen para exigir mayor gasto público, es decir todavía más endeudamiento. Y lo que es más grave, cualquier gobierno que intenta seriamente reducir el déficit termina siendo arrojado del poder. En su opinión, sería preciso un liderazgo muy fuerte capaz de persuadir al electorado de que votara por una política fiscal responsable. Un liderazgo que tendría más posibilidades de éxito si se cambiara el modo en que los gobiernos responden de sus finanzas: “El actual sistema es, por decirlo sin rodeos, fraudulento. (…) Ni siquiera se puede confiar en los actuales estados de ingresos y gastos”.

El historiador británico denuncia también la distorsión que sobre el libre mercado provocan algunos gobiernos con sus subvenciones y exceso de regulación. No comparte la tesis de que la causa de la crisis financiera haya sido la falta de regularización. Cree que la causa no fue solo un mal planteamiento de la regulación, sino la sensación de impunidad derivada de la falta de castigo: “Siempre habrá personas codiciosas en los bancos y su entorno. (…) Pero las personas codiciosas solo cometerán fraude o negligencia si creen que es improbable que sus fechorías sean detectadas o castigadas con severidad.”

En cuanto al imperio de la ley (en el original “rule of law”), Ferguson recuerda que el peor enemigo del estado de derecho son las malas leyes. La ley debe ser clara y comprensible para el ciudadano, y actualmente existen leyes demasiado complejas. La ley ha de ser igual para todos y hoy existen corrupción y amiguismo a la hora de aplicarlas. El sistema legal está lleno de podredumbre, es imprescindible una reforma que solo puede venir de la sociedad civil, de los ciudadanos.

Ferguson añora la vida asociativa que antaño existía en Estados Unidos y que ha desaparecido, en su opinión, por la entrega de las gentes a la promesas de seguridad del Estado y no, como suele decirse, por las redes sociales. Las redes sociales permiten establecer contacto con gente nueva o con amigos desaparecidos que viven lejos, lo cual, según Ferguson, nada tiene que ver con esa colaboración entre gentes que tenían un interés común que definía a las asociaciones tradicionales: “No era la tecnología sino el Estado, con su seductora promesa de ‘seguridad de la cuna a la tumba’, el verdadero enemigo de la sociedad civil.”

Niall Ferguson utiliza la historia de la educación británica para explicar cómo, en los últimos cincuenta años, los gobiernos han invadido en exceso el ámbito de la sociedad civil. Aboga por incrementar el número de escuelas privadas en Inglaterra junto al mantenimiento de una red de escuelas públicas que sean más autónomas y responsables de sus resultados.

“Si hay una política educativa que me gustaría ver adoptada en todo el Reino Unido sería una política que aspirara a incrementar el número de instituciones privadas y establecer paralelamente un programa de becas que permitiera asistir a ellas a un sustancial número de niños de familias de renta baja”.

Una postura que sabe va contracorriente y que suele provocar la indignación, no solo de la izquierda que la considera “elitista”, sino también de una buena parte de la derecha conservadora.

“La revolución educativa del siglo XX fue que en las democracias la educación básica estuviera al alcance de la mayoría de la gente. La revolución educativa del siglo XXI será que la educación de calidad esté al alcance de una creciente proporción de niños. Si alguien está en contra de eso, entonces él es el verdadero elitista: él es el que quiere mantener a los niños pobres en escuelas pésimas”.

Vivimos inmersos en una madeja de instituciones (gobierno, mercado, ley, sociedad civil) que antaño funcionó asombrosamente bien y fue la clave del éxito de Occidente en los siglos XVIII, XIX y XX. El autor de este libro pretende demostrarnos que hoy esas instituciones están descompuestas y que, para restaurarlas, debemos volver a los principios básicos de una sociedad realmente libre. Además está convencido de que detener la degeneración de nuestras instituciones exige líderes audaces y una reforma radical.

“La sociedad –concluye Ferguson- se beneficiaría de más iniciativa privada y menos dependencia del Estado. Si esta es hoy una postura conservadora, que lo sea. Antaño se consideró la esencia del verdadero liberalismo”

En el último capítulo del libro, y a modo de conclusión, Niall Ferguson se plantea cuáles pueden ser las consecuencias para el mundo de esa gran degeneración institucional de Occidente. Para ello, recurre al ex secretario de Defensa en EEUU, Donald Rumsfeld, que ante las situaciones difíciles aconsejaba clasificar los datos en tres categorías: lo que “sabemos que sabemos”, lo que “sabemos que no sabemos” y lo que “no sabemos que no sabemos” y que por tanto es impredecible.

A estas tres categorías Ferguson añade una cuarta: lo que “no sabemos que sabemos”, que, para el historiador británico, son aquellas lecciones que nos ofrece la historia y que la mayoría de la gente decide ignorar. “Desde el punto de vista de un historiador –escribe Ferguson- los verdaderos riesgos en el mundo no occidental actual son los de la revolución y la guerra”.

Niall Ferguson considera que en Oriente Medio, en los países islamistas, se están dando las condiciones para que estalle una revolución: aumento desorbitado del precio de los alimentos, una población joven, una clase media creciente, una ideología perturbadora, un régimen viejo y corrupto y un orden internacional debilitante. Y que esa revolución se puso en marcha en la llamada Primavera Árabe: “La revolución islamista ya está en marcha, aunque bajo la engañosa etiqueta occidental de Primavera Árabe”.

Lo más preocupante para Ferguson es que la experiencia enseña que tras una gran revolución suele venir una guerra. Y también sabemos por la historia, aunque no queramos saberlo, que la violencia siempre ha llegado a su punto más álgido en la retirada de los imperios. Si Estados Unidos, cansado de guerras y consciente de que conseguirá poner fin a su dependencia del petróleo de Oriente Próximo con el combustible fósil, se retirara de la zona ¿quién ocuparía su lugar? Irán, Turquía, los islamistas… “quien quiera que sea –dice Ferguson- no llegará sin derramamiento de sangre”.

Así pues, lo que según el autor del libro no sabemos que sabemos, pero que deberíamos saber porque nos lo enseña la historia, es dónde puede haber una guerra, lo que ya no podemos saber es cuándo estallará o cuál será su envergadura.

En La gran degeneración Ferguson nos obliga a adentrarnos en un marco de razonamientos totalmente distintos de los habituales para ayudarnos a analizar la actual crisis económica y política de Occidente. Su propuesta es atractiva y ambiciosa: revisemos nuestras leyes y nuestras instituciones y veamos si están sanas y si siguen sirviendo para procurarnos la prosperidad de antaño.

Con un desprecio por la corrección política que pone muy nervioso al establishment intelectual (véase la airada y negativa reseña que le dedicó Joaquín Estefanía en “El País”), Ferguson pone el dedo en la llaga de algunos de los principales problemas que hoy dificultan el buen funcionamiento de las leyes y de las instituciones occidentales, al tiempo que abre un nuevo camino de pensamiento por el que transitar en busca de soluciones. En este sentido se puede decir que La gran degeneración, a pesar de su negativo diagnóstico de la actual situación de los países occidentales, es un libro optimista que invita a la acción o, al menos, a salir del inmovilismo.

El libro está escrito a partir de una serie de conferencias pronunciadas para la BBC. Probablemente esta sea la causa de que a veces se encuentren reiteraciones o de que la profusión en exceso de ideas dificulte su comprensión. Es un libro que necesita releerse para comprenderlo bien. Pequeñas incomodidades que quedan compensadas por el interés de su contenido.

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