Reproduzco este artículo, publicado como “La otra Tatcher” en el número de junio de la revista Actualidad Económica.

En la muerte de Margaret Thatcher se han publicado muchos artículos en los que se ha ponderado su papel en la derrota del comunismo, en la caída del Muro de Berlín, en la recuperación económica de Gran Bretaña, en la lucha contra el poder de los sindicatos, en la revolución ideológica de su partido o en la lucha contra el terrorismo del IRA. Sin embargo, cuando se habla de su papel en el terreno de la educación, suele decirse que el poder del establishment pudo con ella.

Thatcher fue Ministra de Educación con el gobierno de Edward Heath desde 1970 a 1974. La Ley que entonces estaba vigente era la que había sido elaborada en plena Guerra Mundial por el gobierno de coalición de Winston Churchill, según la cual los niños, al terminar la Primaria, a los 11 años, debían pasar un examen, llamado eleven plus (11+) y, según sus resultados, cursar la enseñanza media en una grammar school, en una modern school o en una technical school. Las grammar ofrecían una enseñanza académica muy exigente y preparaban a los alumnos para el ingreso en la universidad. En ellas solo eran admitidos los alumnos que aprobaban el examen.

Este sistema de selección nunca gustó a los laboristas. Ellos defendían una enseñanza media común para todos y abogaban por la supresión del examen 11+ y la creación de comprehensive schools, escuelas de secundaria que admitían a todos los alumnos, sin examen previo, y en las que el plan de estudios era común para todos.

En 1964, después de trece años de gobierno conservador, el Partido laborista ganó las elecciones generales. Harold Wilson eliminó la obligatoriedad del examen 11+ y fomentó la creación de escuelas “comprehensivas”.

Cuando Thatcher se hizo cargo del Ministerio, la filosofía igualitaria estaba tan extendida en la educación que hasta los conservadores creían en la superioridad moral de las comprehensive schools. Thatcher se dio cuenta de la imposibilidad de luchar contra un sistema de enseñanza cuyas deficiencias la gente estaba dispuesta admitir porque consideraba que era el único moralmente aceptable. Pese a su empeño por preservar las más prestigiosas grammar, durante su ministerio tuvo que presenciar el cierre de una gran parte de estas escuelas.

Quizás el recuerdo de su impotencia en aquel Ministerio de Educación hizo que esperara hasta su tercer mandato como Primera Ministra, en 1987, para afrontar una reforma del sistema educativo. Por aquel entonces, la ilusión de la pedagogía igualitaria se había transformado en un desencanto casi generalizado. Los profesores se quejaban del ambiente de indisciplina y desorden que reinaba en las aulas y de la deficiente preparación de los alumnos que llegaban a la universidad. Consideró, pues, que el ambiente social era propicio para introducir cambios que mejoraran la calidad de la enseñanza pública.

Thatcher aprobó la Education Reform Act 1988, que introducía algunas reformas estructurales del sistema como la financiación por alumno o las ayudas estatales a escuelas privadas, y un plan nacional de estudios, el National curriculum, que, esencialmente, establecía los conocimientos en lengua inglesa, matemáticas, ciencias e historia que los escolares debían aprender y un sistema de exámenes que todos debían realizar a los 8, 12, 14 y 16 años. No le fue fácil a la Dama de Hierro sacar adelante este plan de estudios. El amor por la regulación excesiva y el respeto al establishment educativo hacía difícil sacar adelante un proyecto que, aparentemente, era tan sencillo como sensato. Margaret Thatcher abandonaría el poder antes de ver el efecto de su reforma. Otro conservador, John Major, se encargaría de ponerla en práctica.

En 1997 Tony Blair recuperó el gobierno para los laboristas con un único programa electoral: Education, education, education. Su nuevo laborismo dio el golpe de gracia al modelo de las comprehensive schools. Estándares, exámenes, gestión privada para escuelas públicas y, sobre todo, la recuperación de un discurso en el que la autoridad del profesor, la exigencia, la disciplina, la instrucción o la competencia escolar estaban siempre presentes.

A Margaret Thatcher se le tuvo que escapar una sonrisa de satisfacción cuando en 2001 escuchó a Blair asegurar que, pese a las buenas intenciones de sus creadores, las comprehensive schools había resultado un fracaso. Es posible que Thatcher perdiera muchas batallas en el terreno de la educación pero es indudable que, al final, gracias a un laborista más patriota que dogmático, consiguió ganar la guerra.

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