El primer conocimiento de los Hermanos Musulmanes lo tuve a través de Ayaan Hirsi Ali, la mujer somalí que huyó a Europa escapando de una boda de compromiso y se refugió en Holanda, donde estudió Ciencias Políticas y llegó a ser diputada en el Parlamento por el Partido liberal.

La vida de Hirsi Ali en Holanda quedó interrumpida cuando, en noviembre de 2004, fue asesinado en Amsterdam el cineasta Theo Van Gogh. El asesino dejó sobre el cadáver una carta dirigida a Ayaan, en la que la acusaba de “fundamentalista infiel” y anunciaba su condena a muerte. Después de unos meses de clandestinidad, Hirsi Ali decidió reincorporarse a su escaño en el Parlamento holandés. Pero el asesinato del cineasta había sembrado tal pánico entre la ciudadanía holandesa que los vecinos de Ayaan se negaron a seguir viviendo junto a quien ponía en peligro su seguridad. Las autoridades de Inmigración, con la excusa de ciertas irregularidades cometidas por la somalí a su llegada a Holanda, la despojaron de la nacionalidad holandesa y se vio obligada a renunciar a su escaño en el Parlamento.

A pesar de que le fue devuelto su escaño, en el año 2006, Ayaan Hirsi Ali decidió dejar Europa y marchar a Estados Unidos. Fue fichada por el American Entreprise Institute, un Think tank próximo al partido republicano. Desde allí ha continuado su lucha por la liberación de las mujeres musulmanas y la defensa de los valores occidentales.

Aquel mismo año se publicó la autobiografía de Ayaan Hirsi, Mi vida, mi libertad (Infidel, es el título original). En ella, la autora relata su infancia transcurrida entre Somalia, Etiopía, Arabia Saudí y Kenia. Y cuenta cómo, a los 16 años, cuando estudiaba secundaria en el instituto musulmán de Nairobi, una maestra de doctrina islámica, la hermana Asisa, gran admiradora de la revolución de Jomeini en Irán, hizo de Ayaan y sus compañeras de clase auténticas creyentes, “mujeres de fe”. Se cubrieron de negro de la cabeza a los pies y comenzaron a asistir a las charlas organizadas para los jóvenes por la Hermandad Musulmana.

En su libro, Hirsi Ali explicaba así su conversión y el mensaje de la Hermandad: “Se trataba de estudiar el Corán, aprender de él, llegar al fondo de la naturaleza del mensaje del profeta. Era una enorme secta respaldada masivamente por la riqueza petrolera de Arabia Saudí y la propaganda martirial iraní. Era combativa y, además, crecía. Y yo me estaba convirtiendo en parte de ella”.

La dificultad de comprender lo que realmente está pasando en Egipto y las posibilidades cada vez más inciertas de que el conflicto se resuelva “democráticamente”, me han llevado a recordar un libro del escritor estadounidense Paul Berman, publicado el año pasado en España con el título La huida de los intelectuales. En este ensayo, publicado en EEUU en 2010, Berman trataba de explicarse la actitud de determinados intelectuales europeos que, considerándose progresistas, estaban dispuestos a aceptar la misoginia, la intolerancia e incluso el terrorismo defendido por determinados sectores del mundo islámico, siempre que viniera de quienes se autoproclaman musulmanes “moderados”.

Berman aporta en su libro datos que permiten conocer los orígenes del Partido Libertad y Justicia del depuesto presidente Mursi, así como los apoyos y simpatías con que cuenta en el mundo la organización político religiosa que lo sustenta, la Hermandad Musulmana.

El fundador de los Hermanos Musulmanes, Hasan al Bana, nació en 1906 en el norte de Egipto y murió en el Cairo en 1949, asesinado por la policía secreta egipcia. Para fundar su organización, Al Bana se inspiró en las ideas de dos reformistas islámicos del siglo XIX, el iraní Hamal al Din al Afgani y su discípulo egipcio Muhamed Abdhu. Ambos aspiraban a derrocar a los imperialistas europeos y poner fin al estancamiento del mundo islámico. Su idea era aunar la modernidad con la tradición, la fe con la razón, para alcanzar un movimiento de rejuvenecimiento islámico. Según ellos, ese “rejuvenecimiento” debía obtenerse mediante la recuperación de las raíces puras del islam del siglo VII. En cuanto a la modernidad, Al Bana la encontró en las corrientes políticas que circulaban por Europa entre 1920 y 1940, especialmente, escribe Berman, en los “movimientos autoritarios y jerárquicos de la ultraizquierda bajo el mando soviético, o movimientos de ultraderecha”.

Berman ha buscado entre los documentos de la época la posible conexión entre el nazismo y las ideas políticas del fundador de la Hermandad y, curiosamente, encontró que el único nombre de un no musulmán que figuraba en la lista de modelos ejemplares de Al Bana, era el de Hitler.

La Hermandad, que en 1936 contaba con 800 miembros, dos años más tarde tenía ya cerca de 200.000. La organización se había convertido en una fuerza política de carácter “religioso, devoto y practicante”. Su empeño era devolver al mundo islámico las glorias del pasado imperial árabe y musulmán.

Tras el asesinato de Al Bana, en 1949, su fiel secretario y yerno, Said Ramadan se convirtió en el líder de la organización. En 1954, el gobierno egipcio acusó a los Hermanos de incitar al terrorismo e inició una persecución de sus militantes. Said Ramadán logró huir y llegar a Alemania. De Alemania pasó a Ginebra donde fundó el Centro islámico y organizó una nueva vida dedicada al proselitismo entre los musulmanes de la Europa occidental, para lo que en un principio contó con la ayuda financiera de Arabia Saudí. Said Ramadán, que es el padre de uno de los expertos en islamismo más cotizado en Europa, Tariq Ramadan, murió en 1995.

Al parecer, siempre según Berman, existe en el mundo un número inconmensurable de personas que venera a los Hermanos Musulmanes. En Europa occidental, el número de musulmanes en los últimos sesenta años se ha multiplicado por 20 (no alcanzaba el millón en 1950 y, en 2010, se calcula, aunque nadie se compromete a asegurar esta cifra, que hay cerca de 20 millones).

En su libro, Berman trata de desenmascarar a los amigos de la Hermandad que utilizan un discurso moderado y progresista para ganar simpatizantes en Europa. Carga especialmente contra Tariq Ramadan, el hijo de Said Ramadan, icono de muchos intelectuales europeos y, para él, un completo hipócrita.

Paul Berman habla en su libro de Ayaan Hirsi Ali, “el alma rebelde” del islam, odiada por muchos de los suyos y también por muchos intelectuales progresistas que no soportan que piense por sí misma y diga siempre lo que piensa. Con el objeto de descalificar sus opiniones, Hirsi Ali ha sido acusada de radical, de insensata, de aristocrática o de altiva. Hubo también quien, por fichar por el American Entreprise Institute, dijo que se “había vendido a los neocon”. Para Bernan, la crítica más ridícula es la de quienes la tildan de “fundamentalista de la Ilustración”.

“A mí me parece que la campaña que se da en la prensa intelectual contra Hirsi Alí –escribe Berman- carece de precedentes, o, al menos, que no se daba desde los días en que los refugiados disidentes de la Unión Soviética de Stalin eran denigrados por la prensa occidental procomunista”.

En marzo de 2006, con motivo de la presentación de su libro Yo acuso, Ayaan Hirsi Ali dio una conferencia en Madrid. Todavía era diputada en el Parlamento holandés. Me impresionó entonces la sencillez con la que explicaba su vida y sus dificultades para que la gente entendiera que ella no pedía a nadie que se incorporara a su lucha por mostrar al mundo occidental el estado de “sumisión” en el que vive la mujer musulmana, solo pedía que se la escuchara. Demasiado, pensé entonces, para quienes estamos demasiado acostumbrados a evadir los problemas y las dificultades, y más si estos se ven tan lejanos.

Cuando comenzó la llamada primavera árabe pensé que me hubiera gustado conocer la opinión de Hirsi Alí. No porque crea que esta mujer ha de tener siempre razón en lo que diga, sino porque considero que es de las pocas personas que conociendo bien la política del Islam en Occidente y de Occidente frente al Islam, no solo pensará por sí misma sino que, además, puede ser que se atreva a decir lo que piensa.

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