Los lectores aficionados a las novelas policiacas suelen recurrir a ellas cuando tienen necesidad de abstraerse de los problemas del día a día. Nadie espera que una novela de este género le vaya a obligar a uno a pensar como no sea para averiguar el desenlace de la historia antes de que el autor lo ponga delante de nuestras narices.

Esclavos de una obsesión (Slaves of obsession) es una novela de Anne Perry, una de mis autoras de crímenes favorita, que relata un asesinato que tiene lugar en Londres, en 1861, al comenzar la guerra de secesión norteamericana. La víctima es un comerciante de armas británico y los sospechosos un americano norteño llamado Breeland, fanático defensor de la causa del ejército de la Unión, y la propia hija del asesinado, una joven de 16 años que se había enamorado locamente del soldado americano.

Una noche padre en hija se enzarzan en una violenta discusión. La hija no está dispuesta a seguir viviendo bajo el mismo techo que un hombre capaz de lucrarse vendiendo armas a los defensores de la esclavitud y, a pesar del cariño que tiene a su padre, huye de la casa para reunirse con Breeland, dispuesta, si este lo acepta, a marcharse con él a EEUU. Esa misma noche el padre es asesinado.

La joven pareja es detenida y acusada del asesinato. La viuda de la víctima y madre de la presunta parricida, horrorizada ante la idea de que su hija haya podido cometer tal crimen, contrata como abogado defensor a un antiguo amigo de la familia, el honesto señor Rathbone.

La historia, un tanto rocambolesca, carecería de interés si no fuera porque en ese amor ciego que pudo llevar a una jovencita a cometer parricidio, seguramente Anne Perry ha proyectado su propia experiencia, el rincón más oscuro de su biografía, un crimen que cometió siendo adolescente y por el que pasó muchos años de su vida en prisión.

Una joven esclavizada por la pasión amorosa y un hombre esclavo de una gran causa, el fin del esclavismo, son la excusa de Anne Perry para hablar de una de sus preocupaciones más recurrentes: qué oscuros sentimientos pueden mover a una persona de arraigados principios morales a cometer un asesinato.

Rathbone acude a la cárcel para interrogar su defendido, el fanático unionista Breeland. En la conversación de estos dos hombres, Anne Perry plantea uno de los grandes dilemas morales de la historia: ¿se puede justificar moralmente un crimen político?

“La respuesta de Rathbone fue instantánea, irreflexiva.

-¿Acaso un grupo puede reivindicar honor colectivo pasando por alto el de los individuos que lo componen?

Por supuesto -respondió Breeland, con una mirada directa, casi contenciosa-. El grupo siempre está por encima del individuo. Eso es la sociedad, eso es la civilización. Me sorprende que lo pregunte. ¿O es que me está poniendo a prueba?

Rathbone estuvo a punto de negarlo, pero se dio cuenta de que en cierto sentido sí lo estaba poniendo a prueba, aunque no del modo que Breeland creía.

¿Cuál es la diferencia entre eso y decir que el fin justifica los medios?- preguntó el abogado.”

 

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