Roger Scruton es uno de los filósofos más controvertidos en el Reino Unido. Sus ideas heterodoxas irritan a todo ese mundo de intelectuales que vive cómodamente instalado al calor de la estufa de un trasnochado progresismo, que les incapacita para aportar ideas originales que arrojen un poco de luz en el desconcierto moral y político que vive Occidente.

Usos del pesimismo. El peligro de la falsa esperanza es el título de uno de sus libros que fue publicado en España en septiembre de 2010. En él Scruton alerta del peligro de que, en las democracias occidentales, los individuos se estén dejando seducir por las falacias de lo que él llama “optimistas sin escrúpulos”, vendedores de “falsas esperanzas” y anima a las gentes de buena voluntad que quieran preservar los valores tradicionales de la cultura europea a afianzarse en sus convicciones y a hacer uso de un pesimismo razonable, para “restablecer el equilibrio y la sensatez en la dirección de los asuntos humanos”.

No es de extrañar que Scruton dedicara una buena parte de su libro a hablar de la deriva que ha tomado la educación occidental en los últimos cincuenta años. Cualquiera que haya vivido con espíritu crítico las reformas que en este tiempo se han ido introduciendo en los sistemas educativos de la mayor parte de los países europeos reconocerá que el mundo de la educación está absolutamente dominado por esos vendedores de falsas esperanzas y sueños irrealizables contra los que alertaba el filósofo británico.

Para Scruton, los cambios que en la década de los sesenta se introdujeron en el sistema de educación británico estuvieron motivados por el anhelo redentor de un puñado de esos “optimistas sin escrúpulos” que decidieron cambiar el mundo reformando la educación.

Scruton define una serie de falacias –la de los “nacidos en libertad”, la de la “suma cero” y la de la “agregación”– que, una vez han seducido las mentes de estos optimistas, les permiten vivir en un mundo de ilusiones tan confortable, que son capaces de inventar cualquier estrategia y utilizar todas las armas posibles con tal de no verse obligados a abandonarlo. Tres falacias que, según Scruton, estarían detrás de otros tantos dogmas que un grupo numeroso de psicólogos, pedagogos y demás expertos se ha encargado de extender en el mundo de la educación. Dogmas que se han llevado por delante los programas tradicionales, la instrucción, la disciplina en las aulas y la autoridad académica de los profesores.

Scruton apunta a Rousseau como padre de la falacia de los “nacidos en libertad”, pues fue él quien suministró el lenguaje y las líneas de pensamiento con las que presentar un nuevo concepto de libertad humana, de acuerdo con el cual la libertad es lo que queda cuando retiramos todas las instituciones, restricciones, leyes y jerarquías. Para Scruton, esa interpretación de la libertad es absolutamente falaz, pues instituciones, leyes, restricciones y disciplina moral son una parte de la libertad y no su enemigo, liberarse de ellas acabaría rápidamente con la libertad.

El niño, solamente cuando sale de su yo egoísta tiene la oportunidad de entrar en el mundo de los otros y de aprender a respetarlos. Y sólo entonces, cuando es capaz de respetar a los otros, puede respetarse a sí mismo. Solamente cuando ha aprendido a compartir el mundo con los demás, cuando ha llegado a aceptar las restricciones que hacen posible el disfrute de la libertad en un grupo humano, habrá aprendido lo que es la libertad.

El niño debe aprender que el disfrute de la libertad exige responsabilizarse de las consecuencias de nuestras acciones. “La libertad –escribe Scruton– no es un regalo de la naturaleza, sino el resultado de un proceso educativo, algo que debemos obtener a través de la disciplina y el sacrificio”. Es decir, que sería absurdo pensar que nacemos libres, cuando es evidente que no nacemos responsables.

La segunda de las falacias que Scruton relaciona con la educación es la de la “suma cero”, y estaría detrás del igualitarismo pedagógico que inspiró el sistema de enseñanza comprehensiva que, a partir de que se impusiera en Inglaterra, se extendió por gran parte de Europa Occidental. Un igualitarismo que ha llevado a la creencia de que la competencia intelectual y el reconocimiento del mérito escolar conducen a la injusticia social.

Cuando los “optimistas sin escrúpulos” deben afrontar un fracaso buscan siempre un culpable. Instintivamente, les funciona un cierto sentido de compensación: si una persona fracasa es porque alguien ha tenido éxito. De ahí lo de la “suma cero”. Una falacia que conduce, inexorablemente, al resentimiento y a la confusión entre igualdad y justicia que, según el filósofo, ha gobernado las reformas educativas de las sociedades occidentales.

Scruton cuenta cómo, siendo de familia pobre, tuvo la suerte de conseguir una plaza en la grammar school de su distrito. Las grammar schools eran centros públicos de enseñanza secundaria en los que sólo podían matricularse los niños que obtenían una buena nota en los exámenes conocidos como Eleven Plus, que todos debían realizar a los 11 años, edad en que finalizaban la educación primaria. Este sistema se implantó en Inglaterra en 1944 y se mantuvo hasta que, en 1965, el ministro de Educación, el laborista Anthony Crossland, decidiera cerrar las grammar schools e imponer como único modelo de enseñanza secundaria el de las comprehensive schools: en éstas, los niños entraban a los 11 años y salían a los 16, luego de recibir todos las mismas enseñanzas.

Para Scruton, la explicación del odio de los laboristas a las grammar schools y su imposición del sistema comprehensivo puede encontrarse en la falacia de la suma cero. Un sistema que permitiera el éxito de algunos, inevitablemente ocasionaría el fracaso de otros. Los optimistas de la educación no podían permitir que unos gozaran de todas las oportunidades mientras otros quedaban al margen.

Con una pequeña dosis de realismo, añade Scruton, se podría haber pensado que un chico puede triunfar en una cosa y fracasar en otra. Sólo un sistema educativo diversificado, con exámenes rigurosos y bien diseñados, permitiría a los críos desarrollar su pericia, su habilidad o su vocación hacia el campo que les resultara más natural.

La tercera falacia, la de la “agregación”, posibilita a Scruton explicar la obsesión de algunos pedagogos por implantar una escuela multicultural. De esta falacia fueron presa los revolucionarios franceses, que cuando compusieron su lema de “Libertad, Igualdad y Fraternidad” se sentían en un estado de exaltación utópica que les impedía ver ningún error. A sus ojos, la libertad era buena, la igualdad era buena y la fraternidad era buena, así que la combinación de las tres era, por definición, buena.

Del mismo modo –dice Scruton–, al considerar la educación de los inmigrantes, los pedagogos progresistas pensaron que si una cultura era buena, dos culturas sería algo aún mejor, y muchas culturas, algo muchísimo mejor. El multiculturalismo, sostiene Scruton, no ha sido capaz de crear nuevos programas de estudio, sólo ha destruido los que había. El multiculturalismo ha criado una generación de jóvenes de origen inmigrante que no se sienten identificados ni con el país que los acoge ni con su lugar de origen.

No es necesario ser un experto en educación para estar de acuerdo con Scruton en que estas falacias han dominado el pensamiento educativo a lo largo del siglo XX. Unas falacias que se apoderaron de las mentes de unos optimistas que carecieron de escrúpulos para imponerlas a la sociedad y lograron encontrar las armas necesarias para protegerse de la tozuda realidad. Unas falacias que, como dice el filósofo británico, hacen que los errores más obvios sean “los más difíciles de rectificar”.

Nota: Este artículo, ahora revisado, ya fue publicado en 2011 en Libertad Digital.

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