El 11 de noviembre de 2006 Marc Fumaroli, uno de los intelectuales franceses más prestigiosos hoy, pronunció una conferencia en el Nexus Instituut de Amsterdam con el título Éducation de la liberté vs culture et communication, que un año después fue publicada en España por la editorial Arcadia como La educación de la libertad.

En aquella conferencia Fumaroli reflexionaba sobre el declive de los estudios humanísticos en la enseñanza francesa y comenzaba preguntándose cómo se había podido llegar al desprecio actual hacia la lectura de los clásicos cuando, desde Quintiliano en el siglo I d.C., había sido considerada como el mejor recurso para la formación de los jóvenes:

“¿Por qué, de repente, desde hace medio siglo, una tendencia general ha venido a marginar y despreciar esa educación tradicional del espíritu, de la imaginación y de la sensibilidad a través de los clásicos y ha relegado su estudio a los seminarios de especialistas?”

Para el intelectual francés, la cultura posmoderna y las tecnologías de la comunicación, que constituyen lo que él llama “revolución cultural-comunicacional”, tienen mucho que ver en esa, que podría llamarse, deshumanización de la enseñanza escolar.

Fumaroli, que comienza por reconocer la indiscutible utilidad de las llamadas tecnologías de la comunicación, denuncia la existencia de un movimiento de dogmáticos que las idolatra. Estos dogmáticos, dominados por una “ética del igualitarismo”, combaten la educación humanística porque la consideran “elitista”, y creen haber encontrado en la comunicación digital el instrumento ideal para acabar con el estudio de los clásicos en la educación de la juventud. Y es que, según el escritor francés, para estos que se podrían llamar dogmáticos digitales, “la civilización, su educación, sus clásicos, sus humanidades, constituyen un inmenso abuso de poder que se debe derrocar con las conquistas del poder comunicacional.”

Esa moral igualitarista, que, dicho sea de paso, lleva medio siglo instalada en los sistemas educativos de casi todos los países occidentales, nada tiene que ver con la igualdad de oportunidades, pues, como dice Fumaroli, desde la escuela ateniense, la educación fundada en el canon de los clásicos es la que ha permitido la movilidad social. La revolución cristiana, que proclama la igualdad ante Dios de todas las almas, no interrumpió esa tradición y los hijos de los campesinos tuvieron acceso a los monasterios medievales. Tampoco la Revolución Francesa, que proclamó la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, se cuestionó ese canon clásico de la educación. Para los revolucionarios franceses, el hecho de que se mantuviera el estudio precoz de los clásicos no era una ofensa a la igualdad: “La igualdad civil, conquista irreversible de la Revolución, no parecía lesionada, sino al contrario, por las diferencias de los talentos”.

Y si bien ya en el siglo XVIII podríamos decir que el latín, como lengua de estudio, había perdido la batalla frente a las lenguas vernáculas, hasta el siglo XX, en Europa, el estudio de los clásicos greco-latinos siguió siendo la base de la formación secundaria.

Tiene razón el autor de La educación de la libertad al relacionar el desprecio hacia el estudio de los clásicos con la ética del igualitarismo. Desde las revueltas estudiantiles de Mayo del 68, en Europa occidental, la pasión igualitaria ha dominado el mundo de la educación provocando un cambio de paradigma escolar. La misión de la escuela ya no debía ser la transmisión de los saberes y de la cultura, sino lograr una sociedad más igualitaria. Esa sociedad de individuos iguales sólo se podía lograr con una educación igual para todos. El latín dejará de estudiarse por ser demasiado abstracto y difícil, y las demás disciplinas humanísticas quedarán, en los planes de estudio, reducidas a su mínima expresión por ser consideradas, como bien dice Fumaroli, propias de una educación elitista.

En La educación de la libertad el escritor francés considera la cultura posmoderna y populista como el otro gran enemigo de la educación humanística. En nuestras sociedades, dice, la palabra cultura se ha convertido en un “enzima glotón que se le aplica indiferentemente a todo, cultura de empresa, cultura juvenil, cultura tecno, cultura gay, cultura gastronómica, etc.”, y su significado está muy lejos del que se le dio en el latín clásico, donde cultura animi significaba “maduración del espíritu”, esto es, “crecimiento interior por el estudio y la reflexión”.

La palabra educación, concluye Fumaroli, viene de Educere que significa “conducir fuera”. Y si se considera ese Educere como “conducir fuera de la ignorancia, fuera de la barbarie, fuera de la brutalidad”, tendremos que concluir que la revolución “cultural y comunicacional” que vivimos “combate con una extraordinaria intolerancia, y en nombre de la tolerancia, la esencia misma de la educación”.

Pero lo que resulta más grave para el intelectual francés es el empuje institucional que está recibiendo esta revolución cultural-comunicacional. Sería preferible, dice, “dejar al libre juego de la oferta y la demanda la preocupación de proveer el consumo cultural y comunicacional de masas” y, en cambio, se podría emplear el dinero público en sostener unos establecimientos escolares para estudiantes de secundaria que ofrecieran diversas enseñanzas, donde quienes sintieran vocación para ello pudieran beneficiarse de unos estudios clásicos tradicionales.

El ensayista francés pone como modelo Estados Unidos, donde, a pesar de que el igualitarismo hizo también estragos en la educación secundaria en los años cincuenta y de que ahora son la vanguardia de la revolución cultural-comunicacional, han sido capaces de mantener “unos remansos de civilización y de investigación desinteresada cuyo declarado elitismo nadie pone en cuestión”.

Fumaroli cree que habrá de surgir un nuevo movimiento humanista, “Nuestros países europeos precisan de sabios y de técnicos de primer orden, igual que precisan de una élite letrada”. Para ello confía más en la fuerza del individuo que en la acción del Estado, pues, en su opinión, por muy eficaz que sea éste y por muy beneficiosa que sea su gestión, “nada sustituye al coraje personal de quienes se resisten a la fascinación de los fenómenos de masas y las incitaciones de los conformismos de la época”.

Claro que, para eso, es preciso que los gobiernos no obstaculicen con sus leyes educativas la creación de esos “remansos de civilización” que añora Fumaroli de los norteamericanos. No sé en Francia pero desde luego en España si alguien, aunque sea una institución privada, quiere abrir un centro de enseñanza secundaria donde, como ocurre en un Gymnasium alemán, se exija que los alumnos estudien latín desde los 12 años, lo tendría prácticamente imposible. La LOMCE que acaba de nacer tampoco aborda esa cuestión. Más bien yo diría que acabamos de entrar, y con esa desmesurada ilusión que Fumaroli llama “idolatría”, en la revolución digital. Por otra parte, el igualitarismo radical domina de tal manera el mundo de la educación que el solo hecho de mencionar la posibilidad de crear centros de enseñanza pública en los que se imparta una educación tradicional “elitista” resulta impensable.

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