Un amigo periodista que conoce bien la historia de los países del Este europeo, al hablar con él del conflicto que se vive en la Ucrania y de la dificultad que nosotros, los occidentales, tenemos para entenderlo, dijo: “Ucrania, esa tierra de la que parece haberse olvidado Dios”.

Quizás, de todos los países que, después de la Segunda Guerra Mundial quedaron bajo el poder (o la tutela, según se vea) de Rusia, sea Ucrania el más desconocido en Occidente. Ucrania surge como nación después de la I Guerra Mundial. Hasta entonces había estado dividida en dos repúblicas. La más occidental pertenecía al Imperio Austrohúngaro y la más oriental al Imperio Ruso. Ucrania se vio envuelta en la revolución rusa de 1917 y, tras unos años de luchas violentas, se impuso el poder soviético constituyéndose como la primera República Socialista Soviética.

Ucrania, rica en recursos naturales, se convirtió en el granero de Rusia. Lenin puso en marcha un Plan de colectivización de las tierras que exigía de los campesinos ucranianos (kulaks) que entregaran al Estado el producto de sus campos. Los granjeros reaccionaron escondiendo los buenos productos y entregando al Estado lo que no querían para ellos. En 1928 Stalin decide recuperar el Plan de Lenin y ejecutarlo con un absoluto rigor. Los kulaks que escondieran productos de sus granjas serían asesinados o deportados. Confiscado el trigo, los campesinos que habían logrado sobrevivir se negaron a plantar un nuevo grano. La tierra no produjo nada. Entre 1932 y 1933 millones de hombres, mujeres y niños ucranianos murieron de hambre. Se calcula entre 3 y 10 millones las víctimas de la hambruna de 1933.

Ucrania sufrió las purgas estalinistas, muchos de los militares e intelectuales juzgados y condenados por los tribunales de Stalin fueron ucranianos. Sufrió también los crímenes de Hitler. Las tropas alemanas invadieron el país en 1941 llevando a cabo una de las más sangrientas matanzas de judíos del este europeo. Se calcula que la Segunda Guerra Mundial dejó entre 5 y 8 millones de muertos en Ucrania.

Finalizada la II Guerra Mundial, Ucrania volvió a ser una de las principales repúblicas soviéticas. A la muerte de Stalin el gobierno ruso invirtió en su desarrollo industrial y tecnológico. En los años sesenta y setenta, la república soviética de Ucrania era presentada como líder europeo en la producción industrial. Pero, en la década de los ochenta, una vez más la tragedia se desencadenaría en tierras ucranianas. El 26 de abril de 1986 se produjo el desastroso accidente del reactor nuclear de Chernobil, a poco más de 100 km de Kiev.

De las purgas, de la colectivización de las granjas, de la “hambruna”, de la ocupación alemana y los campos de exterminio nazis, del sometimiento de los intelectuales al poder ruso, de todo ello dejó testimonio el escritor ucraniano Vasili Grossman en dos novelas que se publicaron en Occidente después de su muerte, Vida y destino y Todo fluye.

Vasili Grossman nació el 12 de diciembre de 1905 en la ciudad ucraniana de Berdichev, en el seno de una familia judía. La separación de sus padres hizo que el pequeño Vasili pasara los primeros años de su vida con su madre en Ginebra. Estudió el bachillerato en Kiev, donde vivía un tío suyo médico que le dio alojamiento. A los 19 años marchó a Moscú para estudiar Química en la Universidad Estatal de la ciudad.

Una vez licenciado, Grossman trabajó unos años como profesor de Química en un instituto médico de Donbass, en el este de Ucrania, pero, atraído por la idea de dedicarse a la literatura, decidió volver a Moscú y tratar de abrirse camino como escritor. La suerte le acompañó casi desde el primer momento. En 1934 publicaron su primera novela y, tres años después, era admitido en la Unión de Escritores Soviéticos, lo que, además de consideración y respeto, suponía tener acceso a una serie de privilegios envidiables.

Ser mimado por el régimen en la Rusia de Stalin no salía gratis. A Grossman, como a cualquier joven escritor soviético, se le exigieron continuas demostraciones de adhesión a las que, según el testimonio que él mismo nos dejó, no supo o no quiso resistirse. En 1933 fue detenida su prima Nadia, él ni hizo ni dijo nada. En 1937 encarcelaron a dos de sus mejores amigos y, de nuevo, guardó silencio. Al año siguiente su tío, el que le había acogido en su casa de Kiev cuando era casi un niño, fue detenido y ejecutado y, una vez más, Grossman permaneció impasible. Y lo que es aún peor, cuando en 1938 comenzó el proceso contra Bujarin y otros dirigentes bolcheviques, apareció en la prensa una carta solicitando la pena de muerte para los acusados que venía firmada por una lista de intelectuales rusos; entre los firmantes, figuraba Vasili Grossman.

Krímov, uno de los protagonistas de Vida y destino, reflexiona sobre el miedo que obligaba a tantos ciudadanos a callarse cuando a su lado veían cómo amigos, familiares y vecinos eran detenidos sin justificación aparente. Individuos, que en otras circunstancias habían mostrado ser valerosos, se sentían dominados por “aquel otro miedo, particular, atroz, insuperable para millones de personas, escrito en letras siniestras de un rojo deslumbrante en el cielo plomizo de Moscú: el miedo al Estado”. Pero, se pregunta Krímov, ¿era sólo el miedo lo que hacía que un hombre de bien delatara o apoyara la persecución del que había sido señalado por el dedo del Estado como traidor al régimen? ¿Era sólo miedo lo que llevaba a los acusados a confesarse culpables ante los tribunales? “¡No, no!, se responde el personaje creado por Grossman, el miedo no es capaz de realizar por sí solo semejante tarea. El fin superior de la revolución libera de la moral, justifica en nombre del futuro a los actuales fariseos, los delatores, los hipócritas; explica por qué un hombre en aras de la felicidad del pueblo, debe empujar a los inocentes a la fosa.”

Cuando los alemanes invadieron Rusia, en 1941, Grossman se ofreció voluntario para ir al frente como soldado, pero su delicada salud le hizo inútil para el combate y fue destinado a Estrella Roja, el periódico del Ejército Rojo. Se convirtió entonces en el periodista de guerra oficial del régimen. Estuvo con las primeras unidades del Ejército que liberaron Ucrania en 1943 y fue testigo del espectáculo fantasmal que ofrecían los cadáveres de las más de cien mil personas, la mayoría de ellas judías, masacradas por orden de Hitler. Probablemente, entre ellas, se encontraba su propia madre.

En 1952, miembros prominentes del Comité Judío Antifascista fueron detenidos o asesinados y una nueva oleada de purgas estuvo a punto de comenzar por orden de Stalin. Grossman cometería una nueva ignominia al no ser capaz de resistirse a la petición de firma de una carta oficial en la que se pedía el castigo más severo para un grupo de médicos judíos, a los que se acusaba de preparar un complot para envenenar a los más altos dirigentes del Partido. El autor de Todo fluye justificaría después su actitud diciendo que era la forma de salvar la vida de muchos otros judíos inocentes, pero la mala conciencia le acompañaría el resto de su vida. La muerte de Stalin, el 5 de marzo de 1953, impidió que un nuevo plan criminal llegara a realizarse.

Durante los años posteriores a la muerte de Stalin Grossman siguió gozando del reconocimiento público. En octubre de 1960 entregó el manuscrito de Vida y destino a los editores. Era el momento cumbre del “deshielo” de Kruschev y Grossman creía que la novela podría ser publicada. Pero, un día del mes de febrero de 1961, tres agentes del KGB fueron a su apartamento para confiscar el manuscrito. Grossman había hecho dos copias más que había entregado a dos amigos de su absoluta confianza.

Para él todo estaba perdido. Decidió entonces modificar el texto de Todo fluye y ponerlo a buen recaudo. Quería prevenir al mundo contra el despotismo que viene disfrazado de ideología engañosa, quería dejar claro que Lenin no había sido mejor que Stalin. Lenin había fundado el Estado sin libertad, Stalin se limitó a construirlo. Vasili

Grossman murió el 14 de septiembre de 1964, hace ahora cincuenta años. Oficialmente se dijo que había sido a causa de un cáncer de estómago. Todo fluye fue publicada en Occidente en 1970. En esta novela, Grossman hace un profundo y duro examen de conciencia, al tiempo que, a través de la experiencia de un hombre que regresa de Siberia, describe el efecto que las decisiones del régimen de terror impuestas por “padrecito” Stalin tuvieron sobre una población sometida e indefensa.

Grossman muestra un mundo en el que nadie es libre de decidir su destino, nadie puede pensar, juzgar por sí mismo, ni siquiera puede luchar por su supervivencia, un mundo donde el individuo no existe, donde el Estado omnipotente y omnipresente piensa y decide por todos. Grossman dejó testimonio de su propia sensación de horror cuando la muerte del tirano le obligó a enfrentarse con su vida, sus decisiones, su propia conciencia. Era él el único responsable de sus actos, ni Stalin ni el Estado cargarían en adelante con sus propias culpas. Como en uno de los personajes de su novela, el sentimiento de orgullo por su fiel obediencia dejó paso al horror y a la humillación de tener que reconocer su propia responsabilidad en las infamias cometidas en su vida.

Grossman ha sabido explicar como nadie que el punto de no retorno del camino hacia la servidumbre es la pérdida de la conciencia individual, la entrega de la propia responsabilidad en esa voluntad general de la que, en nombre del Estado, puede apropiarse un tirano. Ese Estado que “no sólo oprimía al individuo sino que también lo protegía y lo consolaba de su debilidad, justificaba su nulidad: el Estado cargaba sobre su espalda de hierro todo el peso de la responsabilidad, liberaba a los hombres de la quimera de la conciencia”.

Pero Todo fluye es también un canto a la libertad, la libertad entendida como la capacidad de decidir sobre la propia vida, la libertad que no tuvieron los países, que, como Ucrania, después de la II Guerra Mundial quedaron bajo el poder de Moscú. El protagonista de Todo fluye, al reencontrarse con las gentes y los parajes de su juventud, asolados por efecto del régimen de Stalin, reflexiona en voz alta:

“Antes creía que la libertad era libertad de palabra, de prensa, de conciencia. Pero la libertad se extiende a la vida de todos los hombres. La libertad es derecho a sembrar lo que uno quiera, a confeccionar zapatos y abrigos, a hacer pan con el grano que uno ha sembrado, y a venderlo o no venderlo, lo que uno quiera. Y tanto si uno es cerrajero como fundidor de acero o artista, la libertad es el derecho a vivir y trabajar como uno prefiera y no como le ordenen. Pero no hay libertad ni para los que escriben libros, ni para los que cultivan el grano o hacen zapatos.”

Para un occidental es muy difícil comprender lo que está pasando en Ucrania e imposible prever cuál será el final del conflicto. Leer a Grossman, cincuenta años después de su muerte, puede llevarnos a entender mejor que exista una gran parte de la población ucraniana dispuesta a todo con tal de alejarse de su pasado soviético, como también puede llevarnos a entender que muchos ucranianos vean en la Unión Europea la garantía de un futuro democrático y liberal. Y sobre todo, quien haya leído a Grossman puede entender por qué mi amigo dijo que Ucrania parecía una tierra de la que se había olvidado Dios.

Anuncios