Tony Judt ha sido uno de los intelectuales de mayor éxito en los últimos años, tanto en Inglaterra como en Estados Unidos. Murió en agosto de 2010, víctima de una de las más violentas modalidades de la esclerosis lateral amiotrófica (ELA). Cuando la enfermedad ya le impidió moverse, Judt dictaba sus libros a colegas o amigos que luego los transcribían. Así fue como, con la ayuda de Timothy Snyder, profesor de Historia en la Universidad de Yale, pudo escribir Pensar el siglo XX, un libro autobiográfico que fue publicado dos años después de su muerte. En este libro, Tony Judt, alentado por las preguntas y comentarios de Snyder, va narrando su vida al tiempo que expresa su opinión acerca de la actitud y pensamiento de una gran parte de los escritores occidentales del siglo XX.

Tony Judt nació en Londres el 2 de enero de 1948 en el seno de una familia de emigrantes eslavos de origen judío. Judt describe su infancia como la convencional de “un niño londinense de clase media-baja en los años cincuenta”. De hecho, cuando él nació, sus padres tenían una peluquería de señoras en el piso bajo de su vivienda, en un barrio obrero del norte de Londres.

El pequeño Tony resultó un magnífico estudiante. Al terminar la escuela primaria, a los 11 años, pudo ingresar en la Emmanuel School que, en palabras de Judt, era “una escuela selectiva gratuita que más adelante se vio obligada a entrar en el sector privado por culpa del desacertado proceso de integración de la educación británica”.

Esas “escuelas selectivas gratuitas” de las que habla Tony Judt eran las grammar schools, creadas por la Ley de Educación británica de 1944, conocida como Ley Butler (Butler fue ministro de Educación entre 1941 y 1945, en el gobierno de coalición que formó Winston Churchill en plena Guerra Mundial).

Las grammar schools eran centros estatales de enseñanza secundaria a los que solo tenían acceso los niños que aprobaban el examen conocido como eleven+ (11+) que todos los escolares debían hacer al terminar la Primaria. En estas escuelas se impartía una enseñanza muy exigente, con una metodología similar a las de las mejores escuelas privadas británicas.

Los laboristas consideraban que una auténtica igualdad de oportunidades sólo podría conseguirse cuando todos los alumnos recibieran la misma educación, de ahí que no fueran partidarios del  sistema de selección del examen 11+ ni de las grammar schools.

Cuando, en 1964, Harold Wilson ganó las elecciones, nombró ministro de Educación a Anthony Crosland, un hombre que se había distinguido por sus críticas al modelo de las grammar schools. Crosland suprimió el examen eleven+ y obligó a que todas las escuelas se adaptaran al modelo de las llamadas comprehensive schools, que eran centros de secundaria en los que se admitía a cualquier niño que quisiera entrar, con independencia de sus resultados académicos. Muchas de las grammar se transformaron entonces en escuelas privadas.

Sobre las consecuencias que, para la educación inglesa, tuvo esta medida “integradora” de los laboristas, Tony Judt escribe en su libro: “Al final de la década de los 60 el Partido Laborista abolió ese procedimiento de selección y estableció la llamada enseñanza integrada o comprensiva, conforme al modelo de educación secundaria estadounidense. El resultado de esta bienintencionada reforma fue demasiado predecible: para mediados de la década de los 70, cualquier padre que podía permitirse sacar a su hijo del sistema estatal, lo hacía. Y de este modo, Gran Bretaña experimentó un retroceso, pasando de una meritocracia social e intelectual a un sistema regresivo y socialmente selectivo de educación secundaria en virtud del cual los ricos podían de nuevo comprar una educación a la que los pobres no podían acceder”.

De sus años escolares Judt recuerda las lecturas obligadas de los profesores de Literatura que, seleccionadas con una “visión estrictamente conservadora”, despertaron en él un enorme aprecio por el idioma y la literatura inglesa. La “selectiva” educación de la Emmanuel School hizo que aquel pequeño niño judío, que se había sentido un outsider en Inglaterra, acabara siendo un intelectual que, según sus palabras, llegó a considerarse “profundamente inglés”.

Recordaba también cómo le enseñaron la historia: “De una forma organizada, secuencial, por lo general siguiendo una línea cronológica. El propósito de este ejercicio era proporcionar a los niños un mapa mental –que se iba ampliando con el tiempo- del mundo que habitaba.” Un método muy distinto, dice Judt, del que se puso de moda en las escuelas y universidades en la década de 1980 y que consiste en pretender que los alumnos opinen, valoren, critiquen o juzguen los acontecimientos históricos sin antes haberse asegurado de que conocen dichos acontecimientos y cuándo tuvieron lugar.

En opinión del historiador británico, ese método “progresista”, no sólo se ha demostrado que era un grave error, sino que ha resultado ser contraproducente. “Genera confusión más que perspicacia, y la confusión es enemiga del conocimiento. Antes de que nadie pueda entender el pasado tiene que saber lo que ocurrió, en qué orden y con qué resultado. En cambio, hemos educado dos generaciones de ciudadanos completamente desprovistos de referencias comunes. A consecuencia de ello, pueden contribuir poco al gobierno de su sociedad.”

Al terminar la Secundaria Tony Judt consiguió aprobar los exámenes de admisión en Cambridge y ganar una beca para vivir en el King’s College. Allí se encontró con un grupo de alumnos que, como él, provenían de familias de clase media y habían estudiado en alguna de las grammar schools británicas. En palabras de Judt, se trataba de “una especie de génération meritocratique, que se inició con los primeros productos de la Ley de Educación de 1944 y acabó al implantarse la educación integrada”.

Para Judt, aquellos jóvenes, muchos de los cuales tenían padres que no habían ido a la universidad, nunca se sintieron outsiders en la elitista universidad de Cambridge. Antes bien, ellos, que habían ido ascendiendo socialmente gracias a sus propios méritos y que confiaban en el estudio para continuar haciéndolo, se convirtieron en profesores de la misma universidad, cambiando así la fisonomía de Cambridge: “Yo me sentí –escribe Judt- como si aquel fuera mi Cambridge, y no el Cambridge de no sé qué élite ajena en la que se me hubiera permitido entrar por algún error”.

Estas críticas a la educación progresista implantada en el Reino Unido por los laboristas tienen más valor si se tiene en cuenta que Judt quiso siempre dejar clara su sintonía con la izquierda socialdemócrata. Se consideraba a sí mismo un “socialdemócrata universal”, un izquierdista con el suficiente espíritu crítico como para criticar a la izquierda, sobre todo a esa izquierda formada a partir de los años sesenta en las universidades occidentales.

En España resulta muy difícil imaginar que alguien de izquierdas llegue a reconocer que la comprensividad de la enseñanza secundaria implantada con la LOGSE ha supuesto un retroceso para la educación española. Es más, los métodos “progresistas de enseñanza”, a los que en ocasiones se refiere Judt están, desde hace muchos años, presentes en la educación española sin que se haya llevado a cabo todavía un análisis serio de sus orígenes ni de sus consecuencias.

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