Wilhelm von Humboldt nació en 1767 en Potsdam en el seno de una familia de la pequeña nobleza prusiana. La temprana muerte del padre, un oficial en la corte del príncipe heredero de la corona, hizo que la educación de los dos hermanos, Wilhelm y Alexander, quedara en manos de su madre, una mujer de origen francés con profundas inquietudes intelectuales.

La familia Humboldt pasaba una gran parte del año en el Palacio de Tegel, propiedad cercana a Berlín que provenía de la familia materna. Los niños fueron educados por preceptores en un ambiente severo pero intelectualmente abierto y liberal. Guillermo estudió jurisprudencia, filología clásica y filosofía en la Universidad de Gotinga, mientras que su hermano Alexander se especializó en el estudio de la geografía y llegó a ser un célebre geógrafo y explorador.

En 1789 Wilhelm acudió a París para asistir a lo que, según él, serían “los funerales del despotismo francés”. Sus principios, cercanos a los Ilustrados franceses, le apartaron de la violencia revolucionaria y le condujeron por una vía reformista. En plena Revolución Francesa, Humboldt comenzó a escribir la obra más importante de su vida, Los límites de la acción del Estado, donde expresaba su convencimiento de que un exceso de intervencionismo estatal conduce a la uniformidad y que esta condiciona el progreso del individuo y, por ende, el de la sociedad. Esta idea de que la diversidad de conductas y de opiniones es clave para el progreso científico, económico y social, sería más tarde tomada por John Stuart Mill como principio conductor de su obra On Liberty.

Frente a quienes mantenían que el Estado debía tener un papel protagonista en la educación de los ciudadanos, Humboldt defendía que el individuo es el primer responsable de su educación, es decir, de la construcción de su personalidad y del desarrollo máximo de sus talentos.

En 1809, cuando Prusia se encontraba inmersa en la guerra contra Napoleón, Humboldt, que entonces vivía con su mujer e hijos en Roma, fue llamado a Berlín con la misión de emprender una reforma total del sistema educativo. En poco más de un año estableció el modelo de Instrucción pública más eficaz y durable que ha habido en Europa.

El sistema de instrucción de Humboldt debía desarrollarse en tres niveles: una enseñanza elemental que proporcionara los saberes básicos; el Gymnasium, elemento central del sistema, como ampliación de conocimientos más profundos y preparación para estudios superiores; y la Universidad, que debería aspirar a una formación intelectual universal de los estudiantes lejos de las estrechas especializaciones.

El sistema estaba concebido para permitir que cada individuo, independientemente de su origen social, llegara a construir su propia personalidad y tratara de alcanzar el más completo desarrollo de sus capacidades intelectuales. Como culminación de sus reformas fundó la primera universidad de Berlín, que hoy lleva su nombre.

En el siglo XIX casi todos los países europeos adoptaron una estructura del sistema de instrucción pública similar a la establecida por Humboldt: una enseñanza elemental común a toda la población, una enseñanza media más exigente y selectiva, y unos estudios universitarios destinados a la élite intelectual. Sin embargo, a comienzos del siglo XX los sindicatos y partidos de izquierdas comenzaron a cuestionar esta estructura. Sostenían que la auténtica igualdad de oportunidades solo se lograría si la enseñanza media se hacía obligatoria y común a toda la población. Lo que suponía que no debía haber obstáculo académico alguno en el paso de la enseñanza elemental a la enseñanza media, es decir, de Primaria a Secundaria.

Basándose en estos principios igualitarios, la izquierda pedagógica defendió a partir de entonces un modelo escolar que al principio se llamó escuela única o unificada y más tarde “comprensivo” y que, en la práctica, suponía prolongar los estudios elementales, propios de la Primaria, a la Enseñanza Media.

Esta idea chocaba con el principio del máximo desarrollo de la personalidad individual y del talento humano que Humboldt y, más tarde Mill, habían defendido. Era evidente que una educación igual para todos conduciría, inexorablemente, a una sociedad uniforme donde la mediocridad y la uniformidad de pensamiento primaran sobre la independencia de criterio y la originalidad de las ideas. De ahí que la educación igualitaria defendida por la izquierda pedagógica tuviera, en sus inicios, una fuerte oposición ideológica y política.

Sin embargo, a partir de las revueltas estudiantiles de Mayo del 68 ese recelo liberal contra la escuela única fue desapareciendo y, en los años setenta, la mayor parte de los gobiernos europeos, de uno u otro signo político, dictaron leyes educativas que suponían la implantación de una enseñanza secundaria obligatoria con un único plan de estudios para toda la población. Una fiebre igualitaria que, extrañamente, no llegó a contagiar a Alemania.

Actualmente la mayoría de los países occidentales tienen un modelo “comprensivo” de enseñanza hasta los 15 o 18 años. Sólo Alemania y algún otro país de influencia cultural germánica, como Holanda o Austria, mantienen un bachillerato largo, selectivo y exigente como preparación para estudios universitarios; lo que no ha impedido que establecieran otras vías de formación destinadas a adolescentes que buscan una preparación menos académica y más ligada a la pronta inserción laboral.

Quizás el gran prestigio intelectual del que goza en Alemania Wilhelm von Humboldt haya sido el antídoto contra el virus del igualitarismo. Y quizá también el hecho de haberse librado de ese virus igualitario sea la causa de los buenos resultados de la educación alemana.

Unos resultados que se reflejan en la marcha de la economía. Y es que las cifras más bajas de paro juvenil de toda la zona euro, desde que empezó la crisis económica, se encuentran en Alemania, Austria y Holanda, precisamente aquellos países que mantienen hoy un sistema educativo que los dogmáticos del igualitarismo consideran “elitista y segregador”. Al finalizar 2013, el porcentaje de paro juvenil en la zona euro era del 24,4%, el de Alemania del 7,8%, el de Austria del 9,4% y el de Holanda del 11,6%. No hace falta recordar que en España estamos por encima del 55%.

Creo que estos datos deberían hacer recapacitar a esa izquierda que quiere hacer de la defensa de la escuela pública su bandera política, pues, ¿no será su modelo de educación lo que está dificultando la necesaria preparación de nuestros jóvenes para encontrar un trabajo cualificado?

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