Lo increíble puede suceder

El 14 de septiembre de 1930 una gran parte de los ciudadanos alemanes se quedaron sorprendidos al conocer que el partido nazi, nombre abreviado del Partido Nacional Socialista Obrero Alemán (NSDAP), con un 18,3% de los votos se había convertido en la segunda mayor fuerza política del parlamento alemán (Reichstag).

El 31 de julio de 1932 se celebraron nuevas elecciones. En esta ocasión el NSDAP consiguió el 37,3% de los votos. Desde el inicio de la República de Weimar en 1919 nunca un partido político había obtenido un respaldo electoral tan grande. Seis meses más tarde, el 30 de enero de 1933, el presidente de la República, mariscal von Hindenburg, nombraba a Hitler canciller de Alemania.

Así fue como, en menos de treinta meses, lo que para muchos parecía imposible se había convertido en una aterradora realidad: Hitler ocupaba ya el poder.

Según nos cuenta en sus memorias, el escritor y periodista húngaro Arthur Koestler (1905-1983) llegó a Berlín precisamente aquel 14 de septiembre de 1930, “Y llegué a Berlín el día en que se proclamó el principio del fin para la República de Weimar y el comienzo de la barbarie en Europa”. […] “Cuando todo había pasado la gente se preguntaba: ¿cómo pudimos ser tan imbéciles para quedarnos con los brazos cruzados cuando el resultado era tan evidente?”.

Koestler se afilió del partido comunista en diciembre de 1931 y, siete meses después, decidió dejar Berlín para marcharse a Rusia. Como militante del partido comunista estuvo en España durante la guerra civil. Al volver de ella se instaló en Inglaterra y se convirtió en un detractor acérrimo del comunismo. La flecha en el azul (1952) y La escritura invisible (1954) son los títulos de los libros que componen su Autobiografía.

Historia de un alemán. Memorias 1914-1933 es el título de un libro publicado en Alemania en el año 2000. Su autor, Sebastian Haffner (1907-1999), fue un alemán “ario” que, junto con su novia judía, huyó de Berlín en 1938 y se instaló en Londres. Haffner escribió estas memorias en 1939 con la intención de alertar al mundo sobre la personalidad y las intenciones de Hitler. Poco faltaba para que estallara la Segunda Guerra Mundial, y Europa se comportaba como la Alemania de 1933, nadie quería pensar que lo imposible pudiera suceder. El libro, traducido al inglés con el fin de que fuera publicado en Inglaterra, no llegó a ser editado en vida del autor.

Haffner pensaba que hasta el día en que Hindenburg nombró canciller a Hitler cualquier alemán podía decir que había vivido determinados acontecimientos históricos pero que, en realidad, hasta entonces nadie se había visto obligado a tomar decisiones que “apelaran a su conciencia”. El 30 de enero de 1933 todo cambió,“un terremoto acababa de comenzar en la vida de sesenta y seis millones de personas”.

Joachim Fest (1926-2006), autor del libro en que se basó la película de El hundimiento, que narra el fin de Hitler y de sus colaboradores más allegados, tenía solo seis años aquel fatídico 30 de enero de 1933. Su padre, funcionario del Estado y militante del partido llamado de centro católico (Zentrum), perdió su condición de funcionario por negarse a transigir con las imposiciones del nazismo. En un libro titulado, Yo no. El rechazo del nazismo como actitud moral, publicado en el año 2006, Joachim Fest recordaba las penalidades económicas que tuvo que pasar su familia a causa de la actitud política de su padre. Fest aprendió de éste a no dejarse llevar por la corriente del pensamiento dominante, a sentir una especie de orgullo por la discrepancia: “La lección que me enseñaron los años de nacionalsocialismo se resume en oponerme a las corrientes de opinión y no dejarme arrastrar por ellas”.

Fest fue soldado en la Segunda Guerra Mundial. En su libro de memorias explica cómo, en enero de 1943, terminadas las vacaciones de Navidad, él y todos sus compañeros de clase fueron llamados a filas. Al terminar la Guerra trabajó como periodista y escritor en Alemania.

Fest no podía entender por qué la gente, mientras pudo votar, no lo hizo a los partidos democráticos, ya fueran de izquierdas o de derechas. Recordaba la irritación de su familia cuando, una vez terminada la dictadura de Hitler, se extendió el argumento exculpatorio de que, tras la elecciones de 1930, solo había dos posibilidades de elección, votar a los nazis o votar a los comunistas, y que la gente se decidió por Hitler como mal menor. Y es que, como él escribió: “Ya en los años treinta, el comunismo y su imitador, el nacionalsocialismo, deberían haber puesto en guardia a todo observador imparcial frente a los radicalismos. Las atrocidades resultantes de las fórmulas de interpretar el mundo del uno y del otro eran demasiado evidentes. Pero muchos no podían resistirse a la seducción de una utopía muy alejada de la realidad”.

Son solo tres ejemplos de los muchos testimonios de quienes, entre sorprendidos y asustados, vivieron los treinta meses del terremoto político que cambió la vida de los alemanes y que cambiaría la de toda Europa. Tres personas que hicieron frente al horror de manera muy distinta y que, una vez pasado todo, se hacían las mismas preguntas. Preguntas que hoy en día se siguen haciendo todos los que se acercan a la historia de la Alemania de aquellos años: ¿Cómo fue posible que Hitler pudiera pisotear todas las garantías constitucionales sin que hubiera la más mínima resistencia? ¿Cómo un pueblo civilizado como el alemán pudo enloquecer de esa manera? ¿Cómo la gente de buena voluntad no fue capaz de darse cuenta de lo que se le venía encima?

Para Koestler, si los alemanes no reaccionaron fue porque durante aquellos 30 meses la gente ni siquiera imaginó que aquello podría terminar en un trágico desastre. Él, por su parte, abandonó a los socialistas, a quienes culpaba del fracaso de la República de Weimar, para abrazar el comunismo. Años más tarde explicaría su actitud porque él, “como la mayoría de los intelectuales progresistas alemanes”, en 1930 pensaba que la revolución bolchevique era “el gran experimento” y no existían aún razones para rechazarlo. Por otra parte, después de las elecciones de septiembre de 1930, “la resistencia activa contra los nazis solo parecía posible dentro de las filas de los socialistas o de los comunistas”. Dado que los primeros “habían traicionado el bien que se les había encomendado”, solo quedaba la segunda opción.

Haffner, por su parte, a comienzos de 1933 “era un joven de 25 años bien alimentado, bien vestido, bien educado, (…) el producto medio de la burguesía alemana culta” que había estudiado Derecho y que por consejo de su padre iba camino de convertirse en “un funcionario culto”. Se consideraba a sí mismo “más bien de derechas” pero sin “ninguna convicción política definitiva”. En Historia de un alemán relata la conversación que sostuvo con su padre el mismo día que Hitler fue nombrado canciller. Todavía pensaban que sería un gobierno efímero y que sus votantes eran gente inculta y engañada por la propaganda que “se disgregaría tras la primera decepción”.

Fest contaba que, para su padre, la equivocación principal en que habían incurrido él y sus amigos era “el haber creído sin reservas en la razón, en Goethe, Kant, Mozart y toda la tradición que venía de entonces”. Y es que los que, como él, habían votado siempre al partido de Zentrum, hasta que vieron los resultados de las elecciones de 1932, “habían confiado en que un pandillero como Hitler nunca alcanzaría el poder en Alemania”.

En España vivimos una crisis económica, política y social, a la que, por mucho optimismo que queramos echarle, aún no se le ve el final. Las cifras alarmantes de paro, unidas a los numerosos casos de corrupción, amenazan con llevarse por delante la confianza de los ciudadanos en los políticos y en las instituciones.

Poco tiene que ver la España de hoy con la Alemania de 1930 pero existen ciertas semejanzas que deberían despertar todas nuestras alertas, como son la gravedad de la crisis económica, la desconfianza creciente en las instituciones y en los partidos tradicionales o la vigencia de una Constitución que algunos empiezan a pensar que no garantiza ya nuestra convivencia ni nuestras libertades.

Y para más coincidencias, en las pasadas elecciones europeas surgió un nuevo y desconocido partido, “Podemos”, que, para desconcierto de muchos, obtuvo cinco escaños, convirtiéndose, en varias comunidades autónomas, en tercera fuerza política. Un partido que representa una nueva izquierda y del que sabemos que sus líderes son profesores de universidad que dicen luchar con todas sus fuerzas contra la corrupción y los políticos de salón, y no mucho más, pero que suma simpatizantes a medida que van pasando los meses.

Es cierto que no hay ningún dato que permita establecer paralelismo alguno entre este nuevo partido y el antiguo NSDAP alemán, entre otras cosas, porque “Podemos” es un partido de ideología marxista y anticapitalista. Pero esto, lejos de tranquilizar, debería resultar preocupante si para la nueva izquierda sigue vive la estrategia política que denunciaba Arthur Koestler: “Aprovecharse plenamente de las libertades constitucionales que provee la sociedad burguesa con el propósito de destruirlas constituye un principio elemental de la dialéctica marxista”.

Los líderes de “Podemos” gustan de acudir a debates televisivos, en el que se muestran siempre muy seguros. Apabullan a sus contrincantes con un lenguaje más propio de las viejas asambleas de facultad de los sesenta que de los debates políticos actuales, haciendo buena la máxima de Arthur Koestler, quien decía que “la dialéctica marxista es un método que permite a un idiota parecer notablemente inteligente”. Probablemente esa arrogancia que muestran en sus intervenciones les viene de haber sido capaces de poner al día los viejos principios comunistas.

Es cierto que todo parece indicar que este nuevo partido va a hacer estragos en las filas de la izquierda y que eso podría incluso beneficiar al PP que recogería el voto de los “asustados”. Pero las cosas no son tan claras. Entre otras razones porque los argumentos que utilizan contra la corrupción y a favor de una regeneración social y política pueden atraer a la gente más castigada por la crisis económica. Y, como dijo Joachim Fest, “No hay que olvidar que el comunismo ha conseguido evitar a la larga que se le compare con el nacionalsocialismo. Este era, y es, su mayor éxito de propaganda”.

La historia no se repite nunca pero debe conocerse para aprender de ella. El fracaso de la República de Weimar en Alemania nos podría enseñar que las democracias no se mantienen solas y que exigen el esfuerzo responsable de todos y de cada uno de los ciudadanos. Que debemos vivir alerta porque la libertad de la que disfrutamos se puede perder poco a poco, sin que apenas lo notemos. De Weimar podemos aprender que, a la hora de elegir a nuestros gobernantes, es preciso votar con la razón y no dejarse llevar por los sentimientos ni por las promesas de engañosas utopías. De Weimar podemos aprender que la única prevención posible para que una crisis no termine en un desastre es que cada cual asuma sus responsabilidades y actúe según los dictados de su propia conciencia y sus propios análisis racionales, sin dejarse llevar por la corriente de opinión de la mayoría.

 

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