En 1954 Sebastian Haffner decidió dar por terminado su exilio británico y organizarse de nuevo la vida en Berlín. De vuelta a su ciudad natal trabajó como colaborador en varios periódicos de prestigio. A su primer libro “Historia de un alemán. Memorias 1914-1933”, escrito en Londres en 1939, le siguieron otros en los que el autor continuó indagando en su obsesión por comprender el efecto hipnótico que la figura de Hitler produjo en gran parte del pueblo alemán. La mayoría de sus libros han sido publicados con notable éxito en España.

Haffner presentaba sus memorias del periodo de entreguerras en Alemania con estas palabras: “La historia que va a ser relatada a continuación versa sobre una especie de duelo. Se trata de un duelo entre dos contrincantes muy desiguales: un Estado tremendamente poderoso, fuerte y despiadado, y un individuo particular pequeño, anónimo y desconocido. (…) El Estado es el Reich, el particular soy yo. (…) Mi duelo privado contra el Tercer Reich no es un suceso aislado.

La vida que relata Haffner en su libro quiere ser la de toda una generación de alemanes que, nacidos en la primera década del siglo XX, en 1939 se preparaba para la guerra. Es la historia de la República de Weimar vista a través de los ojos de un joven que había vivido de niño la I Guerra Mundial y que en 1938 decidió huir del infierno creado por Hitler y el nacionalsocialismo.

Aunque poco tiene que ver la Europa de aquellos años con la de ahora, la crisis económica, política y moral que vivimos ha desencadenado ciertas actitudes, tanto en los políticos como en el resto de los ciudadanos, que, de algún modo, recuerdan al periodo de inestabilidad política y social de los años de entreguerras y más especialmente a los meses que siguieron a la crisis económica de 1929.

Creo que el estudio de la República de Weimar puede resultar hoy una buena lección de historia y, sobre todo, una importante lección de política. Quizás eso fue lo que me llevó a leer La República de Weimar. Una democracia inacabada, un libro escrito por el historiador alemán Horst Möller en 1985 y publicado por primera vez en España en el año 2012.

Los datos y la información que ofrece este libro me han ayudado en la elaboración de un breve relato cronológico de los hechos políticos más relevantes ocurridos en Alemania entre el fin de la I Guerra Mundial y el ascenso de Hitler al poder que puede resultar útil para comprender mejor el porqué del fracaso de la República de Weimar.

He dividido el relato en tres periodos. El que presento aquí comprende los meses previos a las elecciones parlamentarias del 19 de enero de 1919. En un segundo recogeré los hechos más relevantes ocurridos durante los años en los que Friedrich Ebert fue presidente de la República y, por último, los correspondientes a la presidencia del mariscal von Hindenburg.

El fin de la guerra y el mito de “la puñalada por la espalda”.

“La auténtica generación del nazismo son los nacidos en la década que va de 1900 a 1910, quienes, totalmente al margen de la realidad del acontecimiento, vivieron la guerra como un gran juego” (Sebastian Haffner)

En el verano de 1918, y tras cuatro años de guerra, la imposibilidad de una victoria alemana se había hecho evidente. Sin embargo, no solo el alemán medio, que nunca se había planteado seriamente la posibilidad de la derrota, sino incluso los propios dirigentes militares y políticos seguían soñando con un final victorioso o, al menos, con una honrosa paz negociada.

El último fin de semana del mes de septiembre Erich Ludendorff, jefe adjunto del Estado Mayor General a las órdenes del mariscal Paul von Hindenburg, convencido ya de la inutilidad de continuar los combates, decidió tomar la iniciativa y poner en marcha un plan para evitar que cayera sobre el ejército la carga de la derrota.

Ludendorff convenció a von Hindenburg y al propio káiser Guillermo II de la necesidad de instaurar una democracia parlamentaria que asumiera la responsabilidad de izar la bandera blanca, librando así al ejército de la vergüenza de la rendición. Con esta idea, el káiser nombró canciller al príncipe Max von Baden, cuya principal misión debía ser la negociación de la paz.

El nuevo canciller tomó posesión de su cargo en la última sesión del parlamento del Reich, celebrada el 22 de octubre de 1918. En aquella sesión Friedrich Ebert, portavoz del Partido Socialista Alemán (SPD), que desde 1912 ostentaba la mayor representación en el parlamento, se puso a disposición del Príncipe y le ofreció la colaboración de su partido.

El káiser se resistía a la abdicación, el armisticio no llegaba y por todas partes se detectaban focos de revolución. En Kiel, el 4 de noviembre, se amotinaron los marineros en solidaridad con los compañeros que habían sido detenidos por haberse negado a participar en un desesperado plan de la marina alemana para atacar Gran Bretaña. El día 7, en Baviera, había estallado un movimiento revolucionario dirigido por el socialista Kurt Eisner. Ebert hizo entonces saber al príncipe Max von Baden que, muy a su pesar, si el káiser no abdicaba de inmediato, la revolución social sería inevitable.

En la mañana del día 9 de noviembre von Baden recibía la noticia de que la temida revolución había estallado en Berlín. Ebert no había podido, o no había querido, evitar que la cúpula del SPD llamara a la huelga general. Los más radicales del partido habían lanzado a sus militantes con armas para tomar las calles de Berlín. Los insurrectos exigían la dimisión del Guillermo II y la democratización de las instituciones.

Max von Baden sabía que cualquier intento de solución pasaba por la abdicación del káiser. Ante la pertinaz negativa de este, el mismo día 9 el canciller le presentó su dimisión y dejó a Ebert como sucesor. Al llegar la noche el káiser Guillermo traspasaba el mando militar al mariscal von Hindenburg y, aprovechando la oscuridad, huía a Holanda. La abdicación llegaría tres semanas después.

Friedrich Ebert, hombre clave en aquellos convulsos días de noviembre, había nacido en Heidelberg en 1871 en el seno de una familia de trabajadores artesanos que le educaron en el catolicismo. Después de la escuela primaria, Friedrich aprendió guarnicionería artesanal en una escuela de oficios. Más tarde trabajó como temporero en Bremen. Desde muy joven militó en el partido socialista. En 1900 entró a formar parte del Parlamento de Bremen y en 1905 fue nombrado secretario general del partido.

Durante los primeros años de guerra Ebert compartió liderazgo con Hugo Haase, abogado y representante del ala izquierdista del SPD. En abril de 1917 las diferencias entre los dos líderes terminaron con la ruptura del partido. El ala radical se separó del SPD formando dos nuevos partidos, el Partido Independiente Socialista Alemán (USPD), presidido por Haase, y la Liga Espartaquista, de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo, constituida con un objetivo explícitamente revolucionario. En el mes de diciembre de 1918 la Liga se transformó en el Partido Comunista Alemán (KPD).

Cuando en noviembre de 1918 Ebert se vio convertido en sucesor del canciller Max von Baden, comprendió la necesidad de recuperar el apoyo del sector más revolucionario de su partido. El ala más izquierdista del SPD, el USPD y los espartaquistas, defendían un sistema de consejos formados según los distintos sectores sociales (soldados, obreros, agricultores, funcionarios…). Los consejos representaban la voluntad de sus electores, pero no tenían libertad de decisión sino que debían rendir cuentas y someterse al mandatario político correspondiente. El modelo estaba tomado de los consejos (soviets) de la revolución rusa de octubre de 1917 que habían sido concebidos como vehículo para llegar a la “dictadura del proletariado”.

Ebert, que en absoluto era un revolucionario y que desconfiaba del modelo de los consejos, comprendió que algo tenía que ceder si quería llegar a un acuerdo con los radicales de su partido. Logró unificar las dos facciones socialistas, el SPD y el USPD, prometiendo que instauraría un sistema de consejos presidido por el “Consejo de Comisarios del Pueblo”, que funcionaría a modo de Consejo de Ministros. Constituido el gobierno el 10 de noviembre de 1918, pudo finalmente firmarse el armisticio el día 11 de noviembre y convocarse elecciones generales para el 19 de enero de 1919.

Pese a la convocatoria de elecciones la revolución continuaba su marcha. El 5 de enero comenzó en Berlín el que se llamó “levantamiento espartaquista”. El socialista Gustav Noske, responsable de Defensa, fue el encargado por el Consejo de Comisarios del Pueblo de sofocar los focos de revolución. Además de miembros del ejército, Noske utilizó los Freikorps[1], batallones de jóvenes soldados que al terminar la guerra se habían quedado en paro. La lucha en las calles berlinesas duró varios días. El crimen más brutal, atribuido a los soldados de Noske, fue el asesinato el 15 de enero de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo.

Finalmente, el 19 de enero de 1919 tuvieron lugar las primeras elecciones generales después de la guerra. Algunos de los partidos que se presentaron ya existían antes de la guerra, como el de los socialdemócratas del SPD o el de los conservadores católicos del Zentrum.La izquierda más radical estuvo representada por el USPD de Hugo Haase. En cuanto a los tres partidos burgueses de convicciones liberales y conservadoras anteriores a la guerra, el liberal, el liberal-nacionalista y el progresista, se refundaron en el Partido Popular Alemán (DVP), el Partido Nacional Popular Alemán (DNVP) y el Partido Democrático Alemán (DDP).

Sólo tres de estos partidos, el SPD, el Zentrumy el DDP, llevaron claramente en su programa electoral el apoyo a la República. Entre los tres reunieron el 76, 3% de los votos[2].

Al parecer, en el otoño de 1919, el jefe adjunto del Estado Mayor General alemán, Erich Ludendorff, se entrevistó con el general inglés Neil Malcolm, y este le pidió su opinión sobre las causas de la derrota alemana en la guerra. Ludendorff le habló de la influencia que en los ciudadanos de la retaguardia habían ejercido pacifistas, revolucionarios y especuladores. Malcom le preguntó: “Do you mean, General, that you were stabbed in the back?[3]“.A lo que Ludendorff respondió: “Sí, eso fue exactamente lo que pasó, recibimos una puñalada por la espalda”.

Así fue como se creó el mito de “la puñalada en la espalda” que relevaba al ejército de su responsabilidad en la derrota y que sirvió de pretexto a ciertos grupos de excombatientes para oponerse desde el primer momento a la República de Weimar. Lo asombroso es que fuera el propio Ludendorff, organizador del plan de rendición, el artífice de la leyenda.

[1]Los Freikorps fueron disueltos oficialmente en 1920 por la República de Weimar y se les impidió a los veteranos de guerra formar agrupaciones paramilitares, pero algunos de sus antiguos miembros participaron en el Putsch de Múnich liderado por Adolf Hitler, fracasado intento de golpe de estado de 1923.

[2] Resultados elecciones del 19 de enero de 1919: SPD: 37,9%; Zentrum: 19,7%; DDP: 18,6%; DNVP: 10,3%; USPD: 7,6%; DVP: 4,4%

[3]“¿Quiere usted decir, General, que recibieron una puñalada por la espalda?”

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