En los terribles años del terror de Yezhov hice cola durante siete meses delante de las cárceles de Leningrado. Una vez alguien me “reconoció”.

Entonces una mujer que estaba detrás de mí, con los labios azulados, que naturalmente nunca había oído mi nombre, despertó del entumecimiento que era habitual en todas nosotras y me susurró al oído (allí hablábamos todas en voz baja):

-¿Y usted puede describir esto?

Y yo dije:

-Puedo.

Entonces algo como una sonrisa resbaló en aquello que una vez había sido su rostro.

(La extraordinaria escritora Ana Ajmátova escribió estas palabras para que figuraran “En lugar de prefacio”, como introducción a su poemario “Requiem”)

Anna Ajmátova dedicó su obra más conocida, Requiem, a los cientos de madres, hermanas, esposas o amantes que, como ella misma, pasaron el crudo invierno de 1937-1938 ante las cárceles de Leningrado a la espera de conocer la suerte de sus familiares o amigos detenidos.

Una de aquellas mujeres fue la escritora Lidia Chukóvskaia cuyo marido, Matvéi Bronstein, un físico de 31 años especializado en teoría cuántica y gravitación, había sido arrestado a primeros de agosto de 1937y encarcelado en Leningrado por cometer “crímenes contra el Estado”.

Meses después de la detención de su marido, Lidia, tras haber soportado colas interminables, consiguió averiguar que había sido juzgado y condenado a diez años de prisión “sin derecho a correspondencia”. Ella entonces no sabía que en la jerga del NKVD (Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos, que era el nombre oficial de la policía política de Stalin) esa expresión, “sin derecho a correspondencia”, significaba que el reo había sido ya fusilado, así que continuó haciendo colas, escribiendo cartas y confiando en que algún día su marido sería liberado.

Para evitar hundirse en la desesperación y a pesar de que alguno de sus amigos le había aconsejado no hacerlo, Chukóvskaia decidió escribir la historia de un mujer ficticia, Sofia Petrovna, que, como la autora y como cientos de mujeres más, sin entender muy bien por qué, en los meses de la Gran Purga de Stalin había sufrido la detención y desaparición de un ser querido.

Sofia, la protagonista de la novela, es una joven viuda que, a mediados de los años treinta del siglo pasado, al morir su marido, se pone a trabajar como mecanógrafa en una importante editorial soviética. Sofia sueña con que su único hijo, Kolia, llegue a ser un gran ingeniero.

Después de trabajar durante tres años en la editorial, Sofia se ha convertido en una ciudadana soviética ejemplar. Su buen hacer en el trabajo le ha llevado a ganarse la confianza del director y ha conseguido, además, un lugar distinguido en el comité del Partido de la empresa. Está orgullosa de su hijo Kolia, estudiante aventajado de ingeniería y miembro activo de la Juventudes Comunistas (Komsomol). Kolia vive alejado de su madre porque ha sido seleccionado para hacer las prácticas de su carrera en una planta de construcción de maquinaria pesada fuera de Leningrado. Todo parece sonreír a Sofia Petrovna.

El 1 de enero de 1937, cuando estaban celebrando la fiesta de Año Nuevo, un colega se acercó a Sofia y le dijo al oído que “acababan de arrestar a un gran número de médicos en Leningrado”. Efectivamente, al día siguiente el Pravda publicaba la noticia con los nombres de los detenidos. Según el periódico, la policía sospechaba que los médicos estaban implicados en un complot para “matar al querido Stalin”.

Aunque Sofia no duda de la culpabilidad de los detenidos, algo remueve su conciencia. Y es que, entre los arrestados, figuraba el nombre del padrino de Kolia, un médico que había sido gran amigo de su marido y al que ella siempre había considerado un hombre bueno, honrado y trabajador. Tenía que haber sido un error, se decía a sí misma, segura de que pasados unos días lo soltarían.

En los meses siguientes se van multiplicando los arrestos. La sospecha de tener enemigos del régimen infiltrados entre los trabajadores llega también a la editorial en la que Sofia trabaja. El director es arrestado. Sofia se siente cada vez más confusa pero siempre termina por encontrar alguna razón con la que justificar el arresto. Hasta que un día recibe la noticia de la detención de su hijo. No lo puede creer. ¿Detenido su Kolia? Imposible, tenía que ser un error.

El mundo se detiene para Sofia. En el trabajo, en la casa de habitaciones donde vive, en la calle, ya nadie la mira como a una ciudadana ejemplar, sino como la madre de un detenido, de un enemigo de Stalin y de la revolución. El periódico publica las confesiones de los acusados. Sofia sigue creyendo que aquellos que confiesan son culpables, pero su Kolia no, su Kolia saldría libre, todo había sido un error.

Lidia Chukóvskaia, la autora de esta escalofriante novela, expresa sus propios sentimientos cuando describe las inquietudes y penalidades que sufre Sofia durante aquel largo invierno de 1937-38. Las largas colas junto a miles de familiares de los detenidos, las preguntas sin respuesta, el desprecio de los funcionarios, la amistad incondicional de unos pocos, la revancha de los envidiosos, la ignorancia de los cobardes, las horas de desesperación, la esperanza de algunos minutos. Y al final, la información: “Condenado. A campos remotos. Diez años. Por participación en un acto terrorista” (…) “El fiscal dice que ha confesado. Que la instrucción tiene su firma” (…) “Deportado”.

Sofia Petrovna –explicará años después Lidia Chukóvskaia- sabe muy bien que Kolia no ha cometido ningún crimen, que es incapaz de haberlo hecho, que es fiel hasta el tuétano al Partido, a su fábrica, al camarada Stalin en persona. Pero si cree en sí misma, no en el fiscal ni en los periódicos, entonces… entonces su universo se derrumbará, la tierra cederá bajo sus pies, su tranquilidad espiritual, en la que tan cómodamente ha vivido, trabajado, quedará reducida a polvo. Sofia Petrovna trata de creer al mismo tiempo en el fiscal y en su hijo, y en ese intento se vuelve loca. (En resumidas cuentas, quería escribir un libro sobre una sociedad que ha perdido el juicio; la infeliz y demente Sofia Petrovna no es para nada una heroína lírica; para mí es el prototipo de aquellos que creyeron seriamente en la sensatez y en la justicia de lo que ocurría” (El proceso de expulsión. Lidia Chukóvskaia, 1979, París, YMCA Press.

Lidia Chukóvskaia escribió su novela Sofia Petrovna. Una ciudadana ejemplar en un cuaderno escolar que llevó consigo desde noviembre de 1939 hasta febrero de 1940. Lo mantuvo escondido hasta que, muerto Stalin, en los primeros años de la década de los sesenta, una editorial soviética aceptó publicarlo. Algo que no llegó a hacerse porque se recibieron instrucciones de no editar libros que pudieran “abrir viejas heridas”. Una edición en ruso no autorizada se publicó en Francia en 1965. En la Unión Soviética, la novela no pudo ver la luz hasta 1988.

El principal interés de esta novela que ha publicado recientemente la editorial Errata Naturae es la cercanía del recuerdo de Lidia Chukóvkaia a los acontecimientos que vivió. Es curioso el paralelismo entre Sofia Petróvna. Una ciudadana ejemplar y la obra autobiográfica de Sebastian Haffner, Historia de un alemán. Los dos autores nacieron en 1907 y pertenecen a la generación de los niños de la Primera Guerra Mundial. Los dos quisieron escribir la historia de un buen ciudadano que, atónito, contempla cómo un régimen liberticida va sembrando el terror en su país. Haffner huyó a Inglaterra en 1938. Años después, terminada la Segunda Guerra Mundial, pudo volver a Alemania y organizar en total libertad su vida como escritor. Anna Chukóvskaia, como Vassili Grossman y otros escritores rusos, creyó que, con la muerte de Stalin y la rehabilitación de muchos condenados, llegaría para ellos la libertad de expresión. Pero Chukóvskaia, por escribir a favor de los escritores rusos disidentes, en 1974 fue expulsada de la Unión de Escritores Soviéticos y se le prohibió publicar en la Unión Soviética. Prohibición que sólo se levantó con la glasnost de Gorbachov en 1988.

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