El 1 de diciembre de 1934 el líder bolchevique Sergéi Kírov moría tiroteado en la puerta de la sede del Partido Comunista en Leningrado. Aquel crimen sirvió a Stalin de excusa para poner en marcha la maquinaria burocrática que le permitiría arrestar, ejecutar o deportar a los campos de Siberia a todo aquel que resultara molesto a su persona o a sus propósitos, ya fueran opositores políticos, oficiales del ejército, miembros del Partido, campesinos, escritores, artistas, funcionarios o científicos.

Terror y Utopía, publicado en Alemania en 2008 y en España en 2014, es el libro más completo escrito sobre el periodo de Gran Terror en su año más álgido, 1937, y en la ciudad más emblemática de la Unión Soviética, Moscú. Su autor, el historiador alemán Karl Schlögel, ha utilizado  la información y los datos encontrados en archivos abiertos tras la caída del Muro, así como conversaciones mantenidas con familiares de víctimas de Stalin.

Aquel año de 1937, mientras la capital rusa se engalanaba para celebrar el vigésimo aniversario del triunfo de la Revolución bolchevique, una serie de detenciones indiscriminadas sorprendieron a la población. Poco a poco, el miedo fue apoderándose de los moscovitas. Todos desconfiaban de todos, nadie podía sentirse seguro porque cualquiera podía caer bajo la sospecha de ser un “saboteador”, un “enemigo del pueblo”, y sufrir las consecuencias de ello. Los arrestados eran sometidos a simulacros de juicios en los que casi siempre acababan por confesar delitos que no habían cometido. Algunos llegaron a la aberración moral de creerse enemigos de la Revolución y, por tanto, merecedores del castigo. Schlögel cuenta el caso de un condenado a muerte que al escuchar la sentencia entonó una estrofa de Adiós mi querida patria, la canción favorita de Stalin: ‘Bella eras mi amada tierra, porque no existe otro país sobre la Tierra donde el corazón del hombre lata con tanta libertad’.

Según Schölogel aquellos crímenes podían muy haber sido consecuencia política de la aprobación, en el VIII Congreso Extraordinario de los Soviets, celebrado en diciembre de 1936, de la llamada Constitución de Stalin. Y es que, entre otras disposiciones, la nueva Constitución eliminaba las restricciones del voto que hasta entonces existían en la Unión Soviética e implantaba el “sufragio universal directo”. Las elecciones debían celebrarse en diciembre de 1937. Stalin, y sus más fieles colaboradores, eran conscientes de que una medida aperturista de ese calibre exigía un control absoluto por parte de los dirigentes del Partido de los resultados de las votaciones.

La hambruna, consecuencia de la colectivización de los campos, había ocasionado, sólo en el año 1933, seis millones de muertos. Un escalofriante dato que había podido ser celosamente ocultado gracias a la supresión del registro de personas fallecidas. Si se querían celebrar elecciones era necesario realizar un nuevo censo de la población.

El censo fue realizado escrupulosamente y con las mayores garantías burocráticas durante los primeros meses del año 1937. Llegado el momento de publicar los datos, resultó que en lugar de los 172 millones de personas que se había previsto, el censo arrojaba una cifra de 162 millones. Algo inadmisible para los dirigentes políticos. Los resultados fueron anulados y el dirigente de la oficina del censo, acusado de “trotskista-bujaranista” y “enemigo del pueblo”, fue fusilado el 21 de agosto de aquel mismo año.

Entre los documentos que Schlögel incluye en su libro se encuentran las actas del Pleno del Comité Central del Partido Comunista que se celebró en Moscú entre el 23 de febrero y el 5 de marzo de 1937.

El primer punto del orden del día de aquel pleno fue el ‘Asunto Bujarin y Rykov’, dos políticos que, tras una larga historia de fidelidad al Partido, en diciembre de 1936 habían sido inculpados como conspiradores contra el régimen. Desde entonces, varias veces habían sido investigados y llamados a declarar, pero siempre habían negado las acusaciones.

Antes de la celebración del pleno, Bujarin había enviado cien páginas de alegaciones en las que terminaba pidiendo que no le hicieran comparecer: `No estoy ni física ni moralmente en condiciones de asistir al pleno. (…) No quiero romper a llorar, verme presa de la histeria y la impotencia…’.

De nada habían servido sus súplicas. Obligado a comparecer, se obstinó en seguir defendiendo su inocencia. En la noche del 27 de febrero, Stalin sentenció su expulsión del Partido y su traslado a la Lubianka. Bujarin sería condenado a muerte y ejecutado el 13 de marzo de 1938.

El otro de punto importante del orden del día del pleno fueron las elecciones que debían celebrarse a finales de año. El Partido temía el sufragio universal. Se podía controlar a los dos millones de comunistas, pero qué harían los millones de personas ‘sin partido’. Los kulaks, campesinos propietarios que en la colectivización habían sido encarcelados por resistirse a entregar el trigo, y que, una vez cumplidas sus penas de cárcel, volvían a los campos; los antiguos militares expulsados del Partido; los militantes de los partidos prerrevolucionarios; los creyentes y sacerdotes que persistían en su fe a pesar del cierre de las iglesias… ¿Estaba el Partido realmente preparado para unas elecciones ‘generales, libres y secretas’.

Stalin cerró el pleno con una llamada a la renovación del Partido. Se acercaba una nueva era revolucionaria, y, en ella, el Comisariado para Asuntos Internos (NKVD), dirigido por Nikolái Yezhov, debía asumir una función de vanguardia.

“El mecanismo se puso en marcha casi inmediatamente después de terminado el pleno”, escribe Schlögel. En pocos meses se aprobó la legislación necesaria para llevar a cabo los planes criminales del ejecutivo soviético. La Orden 00447, del 30 de julio de 1937, preveía el arresto de 268.950 personas, de las cuales debían ser fusiladas 75.950. La Orden 00439 pondría en marcha la llamada “Operación Alemana”, que se saldó con 41.989 condenas a muerte. La Orden 00485, del 20 de agosto de 1937, dio comienzo a la “Operación Polaca” en la que 139.835 personas fueron condenadas y casi el 80% fusiladas. Todas estas órdenes permitirían que la maquinaria de arrestos, condenas y asesinatos trabajara a pleno rendimiento.

Pero aquel año 1937 también debía ser un año de celebraciones. Veinte años después de la Revolución, Moscú debía mostrar al mundo los grandes logros del sistema socialista soviético. Los visitantes extranjeros debían encontrar en Moscú una ciudad nueva reconstruida para una nueva sociedad: la sociedad más trabajadora, más comprometida, más deportista y más feliz del mundo.

El “Plan General para la Reconstrucción de la Ciudad de Moscú” se había aprobado en 1935 y muchos edificios ya habían sido demolidos, entre ellos más de doscientas iglesias y varios monasterios con los que, señala Schlögel, el característico tañer de las campanas de la capital rusa había desaparecido.

Era preciso agilizar la construcción de las grandes obras contempladas en el Plan para que pudieran ser inauguradas antes de terminar el año. Moscú debía convertirse en centro de atracción para el turismo internacional.

La emblemática Plaza Roja se había reformado para que fuera escenario de todo tipo de celebraciones. “La Plaza Roja –escribe Schlögel- es el auténtico anfiteatro del año 1937: plaza de celebraciones y cadalso al mismo tiempo”. Allí se había presentado, en diciembre de 1936, la nueva Constitución de Stalin. Un año más tarde, en ella se presentarían los resultados electorales. Durante aquel año fue escenario del desfile de los deportistas, de la fiesta de la juventud, de las celebraciones del 1º de Mayo.

La Plaza Roja fue también testigo de las sentencias de los procesos públicos de Moscú. Centenares de manifestantes, convenientemente seleccionados y aleccionados, estallaban en gritos de entusiasmo cada vez que el altavoz pronunciaba el nombre de uno de los condenados.

En Moscú, entre agosto de 1936 y marzo de 1938 se realizaron tres grandes procesos públicos. Los arrestados eran acusados de agentes trotskistas, agentes del fascismo, sabotaje, desviacionismo o simplemente de “enemigos del pueblo”.

Aquellos procesos eran un auténtico montaje teatral, parecían una “tragedia griega” en la que los papeles de acusador y acusado se repartían al azar. La descripción que hace Schögel de la puesta en escena es sobrecogedora. Nunca había pruebas. Era lógico, argumentaba el fiscal, ¿cómo podía el acusado ser tan tonto de haberlas dejado? La única prueba posible era la autoinculpación. A aquellos procesos asistió como invitado especial el embajador norteamericano, Joseph Davis, que nunca dudó de la buena fe de jueces y fiscales.

Los condenados a muerte eran fusilados en el campo de tiro de Bútovo, situado en las afueras de Moscú. En el registro de campo quedaba reflejado el número de ejecuciones diarias. En septiembre de 1937 asesinaron 3.165 personas. Entre cien y ciento sesenta era el número habitual de fusilamientos en un día. Los cadáveres fueron enterrados en fosas comunes, a pocos kilómetros de Bútovo. Los fusilamientos se suspendieron  a finales de 1938.

Como culminación de un año de celebraciones, el 7 de noviembre de 1937 tuvieron lugar los actos conmemorativos de la Revolución. Por la tarde desfilaron ante Stalin casi un millón de personas. Al final del interminable desfile, Stalin brindó por el triunfo del Estado socialista:

“Hemos recibido este Estado en herencia y nosotros, los bolcheviques, hemos consolidado ese Estado por primera vez, convirtiéndolo en un Estado unido e indivisible, no en interés de los terratenientes y capitalistas, sino en beneficio de los trabajadores, de todos los pueblos que componen este país. (…).A cualquiera que, tanto en sus actos como en sus pensamientos, ataque la unidad del Estado socialista, lo vamos a destruir sin piedad.”

Un año más tarde, el 17 de noviembre de 1938, Stalin estampó su firma en un documento en el que se acusaba al NKVD de haber “cometido errores”. Por supuesto que se referían a errores puramente administrativos pero el comisario del pueblo para Asuntos Internos, Yezhov, tuvo que pagar por ello. Encarcelado junto con sus colaboradores más próximos fue fusilado dos años después y enterrado sobre los cadáveres de aquellos a lo que él mismo había mandado ejecutar.

Schölegel habla en su libro de la intervención de Stalin en nuestra Guerra Civil. “A finales de agosto y principios de septiembre del 36 el Gobierno soviético respondió a la solicitud de ayuda del Gobierno republicano e inició el transporte de ayudas y armas. Al mismo tiempo se inició un bien organizado y bien instrumentalizado movimiento de solidaridad que llegaba a cada fábrica a través de los medios de comunicación de masas.”

En el verano de 1936 se organizaron campañas de “solidaridad con el pueblo español (…) España estaba en boca de todos. Se cantaban canciones españolas, se aprendía español, se publicaba a poetas españoles. (…) El equipo de fútbol del País Vasco viajó por el país y jugó, entre otros, contra un equipo de Leningrado.”

Con las ayudas y las armas también llegó de la Unión Soviética “un pedazo de Moscú en el año 1937”, un personal a través del que se podía controlar lo que ocurría en España: “asesores militares, agentes, policía secreta y asesinos a sueldo”. Schlögel cifra en más de setecientos los personajes de este tipo que a finales de noviembre de 1937 se encontraban en España.

Los informes que enviaban estos asesores han permitido saber qué opinión tenían los especialistas soviéticos del ejército republicano. “Los errores, las carencias y los inconvenientes son tildados inmediatamente de `sabotajes’. La indisciplina se convierte en ‘amotinamiento’, las balas perdidas en el combate son tildadas de ‘actos terroristas´, las enfermedades son relacionadas con el chocolate envenenado”. La guerra contra Franco sólo se podría ganar si se eliminaba a los ‘enemigos internos’, es decir a los anarquistas, trotskistas y sindicalistas. No hay posibilidad de victoria contra los rebeldes, decían en sus informes, mientras esa `escoria dentro del bando republicano no sea liquidada’.

Como “peculiar topografía del terror” considera Karl Schlögel la represión llevada a cabo contra los dirigentes de POUM y el asesinato de Andreu Nin (por órdenes de Aleksandr Orlov), tras los sucesos de Barcelona de la primavera de 1937.

Una gran parte de los asesores políticos que envió Stalin en los primeros meses de la guerra española ya estaban muertos antes de que ésta terminara. “Sin embargo, ninguno de ellos cayó en combate, sino en las mazmorras del NKVD”. Uno de ellos fue Mjaíl Kóltsov, el reportero de Stalin, que fue condenado a muerte el 12 de diciembre de 1938.

Tras la caída del Muro y el fin de la Unión Soviética se inició el proceso de construcción de la memoria histórica del terror soviético. “Falta todavía mucho –escribe Schlögel- para que este proceso acabe, y sólo llegará a feliz término cuando la Lubianka, ese símbolo de desprecio infinito por el ser humano, de violencia asesina, situado en el mismo centro de Moscú, se transforme, un día no muy lejano, en un museo y en un lugar de conmemoración”.

(Terror y Utopía. Moscú en 1937. Karl Schlögel, 2014)

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