Michel Houellebecq (1958) es uno de los autores actualmente más polémicos y de mayor éxito en Francia. Muchas de sus novelas, traducidas a varios idiomas, han sido galardonadas con los premios de mayor prestigio en el mundo cultural francés. Su última novela, Sumisión, apareció en las librerías francesas el 7 de enero de 2015, precisamente el día de los atentados yihadistas contra la revista Charlie Hebdo, provocando un enorme revuelo entre intelectuales y políticos tanto de izquierdas como de derechas.

Sumisión, que es el significado de la palabra árabe “islam”, fue también el título de la película por la que el cineasta holandés, Theo Van Gogh, fue asesinado en noviembre de 2004 en las calles de Amsterdam. Esa pudo ser la razón por la que, incluso antes de leer la novela, la opinión pública se apresurara a descalificar al autor acusándole de  “islamófobo”.

François, el personaje creado por Houellebecq, es profesor de literatura francesa en la universidad Paris III-Sorbona. Su especialidad es la obra de Joris-Karl Huysmans, un escritor francés de la segunda mitad del siglo XIX que a los 44 años se convirtió al catolicismo y que, hastiado del mundo moderno, buscó refugio en la soledad de un monasterio benedictino.

François es un cuarentón solitario. Vive alejado de sus padres y, a excepción de ellos, no parece tener familia. En sus relaciones sentimentales es un poco extraño, se diría que un tanto misógino. Cada año, el comenzar las clases, suele ligarse a alguna alumna y conservarla como amante hasta fin de curso y, después, corta toda  relación con ella. Sólo existe una joven, Myriam, de familia judía, de la que el protagonista parece estar enamorado.

La historia comienza poco después de las elecciones presidenciales francesas de 2017. En ellas, los socialistas han ganado por un estrecho margen al Frente Nacional de Marine le Pen. François Hollande repetirá como Presidente de la República. Pasadas las elecciones, Mohamed Ben Abbes, un musulmán nacido y educado en Francia, miembro de la ENA (el selectivo cuerpo de altos funcionarios del Estado), anuncia la creación de un nuevo partido, La Hermandad Musulmana.

La Hermandad se presenta como un partido abierto y para nada antisemita. Su estrategia política consiste en ir creando una red de movimientos juveniles y de asociaciones caritativas aparentemente no ideologizadas. Una estrategia que, señala el autor, era la típica de los comunistas de antaño.

Transcurridos cinco años, Houellebecq nos sitúa de nuevo en periodo electoral en un ambiente social y político muy enrarecido. El Frente Nacional ha ido ganando adeptos, provocando el pánico entre los militantes de los partidos de centro derecha y de centro izquierda. La tensión en las calles de París ha ido en aumento y, cada vez con mayor frecuencia, se producen estallidos de violencia que, incomprensiblemente, las autoridades y los medios de comunicación intentan ocultar.

El 15 de mayo de 2022 se celebran las elecciones presidenciales. Resulta ganador el Frente Nacional y, detrás, el partido de Ben Abbes, que ha obtenido el 22,3% de los votos. El candidato socialista, con el 21,9%, queda eliminado de la lucha por la presidencia de la República.

A partir de ahí los dos candidatos se esforzarán por conseguir apoyos. La Hermandad Musulmana está dispuesta a dar más de la mitad de los ministerios a los socialistas. Ambos partidos podrían llegar a acuerdos en economía, seguridad e incluso en política exterior, donde los musulmanes exigirán una condena explícita a Israel, algo que la izquierda “concederá sin problemas”. Donde parece imposible que se alcance acuerdo alguno es en educación. Los socialistas no están dispuestos a ceder en lo que han considerado siempre su feudo. “El interés por la educación es una vieja tradición socialista, y el entorno docente es el único que nunca ha abandonado al Partido Socialista […]; la cuestión es que en esta ocasión tienen ante sí a un interlocutor aún más motivado que ellos, y que no cederá bajo ningún pretexto.”

La educación se convierte en el tema central de la carrera por llegar al Elíseo. En un debate televisado entre los dos candidatos, Marine Le Pen sorprende a muchos de sus posibles votantes con un discurso “francamente anticlerical”, reivindicativo de la escuela laica de Jules Ferry. Por el contrario, el candidato musulmán se muestra decidido a introducir la religión en la escuela, algo inaudito en el sistema educativo francés. Los tiempos han cambiado y la escuela republicana, dice Ben Abbes, debe aprender a convivir con las tradiciones espirituales del país, ya sean judías, cristianas o musulmanas.

François, que contempla el debate en TV, escucha asombrado las sugestivas palabras con las que Mohamed Ben Abbes defiende ante la prensa su postura. Los periodistas ni siquiera preguntan. Al finalizar el programa, François se da cuenta de que Ben Abbes ha conseguido su objetivo: “comprendí que había llegado justo donde el candidato musulmán quería llevarme: una especie de duda generalizada, la sensación de que allí no había nada de qué alarmarse, ni nada verdaderamente nuevo”.

Myriam, la novia de François, abandona París. Su familia, como muchos otros judíos franceses, ha decidido partir hacia Israel. Francia no es ya un lugar seguro para ellos. Hay manifestaciones por todas partes que suelen terminar en estallidos de violencia, sin que se sepa muy bien quién las convoca. Extrañamente, ni los periódicos ni el gobierno hablan de ellas.

Llega el día de la segunda vuelta. François abandona la ciudad, teme que una guerra civil pueda estallar en Francia. Al atardecer, las televisiones dejan de funcionar. Por una emisora de la BBC consigue enterarse de que grupos armados han entrado en algunos colegios electorales y varias urnas han sido robadas. Las elecciones son invalidadas; deberán repetirse la semana siguiente.

Se reanudan las negociaciones. Ni socialistas ni musulmanes quieren ceder en la cuestión educativa. Una nueva alianza empieza a perfilarse: los musulmanes con la derecha del UMP, que “nunca ha concedido la menor importancia a la educación”.

Finalmente se produce el acuerdo, la UMP, la UDI (Unión de Demócratas e Independientes) y el Partido Socialista crean un ‘frente republicano amplio’ y se suman al candidato de la Hermandad Musulmana. Si gana las elecciones, Ben Abbes se compromete a nombrar primer ministro al viejo político de derechas François Bayrou. La suerte está echada. Ben Abbes obtendrá una cómoda victoria. El gran éxito del líder musulmán ha sido darse cuenta de que las elecciones no se iban a jugar en el terreno de la economía, sino en el de los valores: restauración de la familia, de la moral tradicional y de las jerarquías.

Seis meses después de las elecciones, todo parece marchar sobre ruedas en la Francia islamizada de Ben Abbes. En el plano Internacional se han establecido puentes entre Marruecos, Turquía y la Unión Europea. En el interior, la delincuencia ha bajado de forma considerable. La institucionalización de ayudas familiares resulta lo suficientemente atractiva para que muchas mujeres hayan decidido retirarse del mundo laboral, con lo que se ha producido un descenso ostensible de las cifras del paro. El gasto en Educación ha bajado considerablemente al restringir la obligatoriedad de la educación a los años de Primaria. Se ha fomentado la formación profesional y potenciado las escuelas de oficios.

En lo que se refiere a la economía, se ha implando el “distributismo”, basado en la formación de colectivos empresariales formados por la unión de pequeñas empresas familiares. Los trabajadores deben ser accionistas de su empresa y corresponsables de la gestión. Se han suprimido todas las ayudas a las empresas. A cambio hay importantes desgravaciones fiscales para artesanos y autónomos.

La implantación de estas medidas no había encontrado oposición alguna. “Francia recuperaba un optimismo que no había conocido desde el final de la edad de oro del capitalismo, medio siglo antes”.

Arabia Saudi ha comprado la universidad en la que François daba sus clases, convirtiéndola en “la Universidad Islámica Paris-Sorbona”. Los nuevos estatutos exigen que los profesores que deseen continuar se conviertan al islam. Uno de los catedráticos, Roger Rediger, ha sido nombrado rector. François recibe una carta de despido en la que le aseguran que conservará el salario íntegro. Algunos de sus colegas, con el sueldo triplicado, continúan en sus puestos. Probablemente, porque han aceptado abrazar la religión islámica.

Sin amigos, sin familia, sin alumnos, sin mujer, François se encuentra totalmente desorientado. En un desesperado intento por seguir los pasos de Huysmans se aloja durante unos días en la abadía en la que él había estado un siglo antes. Parece que con la intención de probar si una conversión al cristianismo podría dar un nuevo sentido a su vida.

De vuelta a París, entra en contacto con el rector, Roger Rediger, que le propone la vuelta a la enseñanza. Ya sabe François que la condición será hacerse musulmán. La propuesta de Rediger da pie a largas conversaciones entre ambos sobre el ateísmo, la religión y el porvenir de Europa. Rediger le habla de su vida, de las reflexiones que le llevaron a hacerse musulmán. Un día comprendí, dice Rediger, que “sin la cristiandad, las naciones europeas no eran más que cuerpos sin alma, unos zombis. La cuestión era la siguiente: ¿podía revivir la cristiandad?”. La respuesta es que ya era demasiado tarde, la civilización occidental se había suicidado. “Esa Europa, que era la cumbre de la civilización humana, se ha suicidado en el espacio de unas décadas”. Esa idea fue la que le llevó a considerar la posibilidad de abrazar el islam.

Para François el mayor obstáculo para aceptar la religión de Mahoma era la poligamia, “me cuesta un poco imaginarme como un macho dominante”. Rediger le explica que el islam exige que las esposas sean tratadas con igualdad y que, por lo general, los musulmanes tienen tantas mujeres como su situación económica les permite. “En su caso –dice Rediger- creo que podría tener tres esposas sin gran dificultad”.

François ya está seguro de que acabará por claudicar. Volver a la universidad le atrae, la vida sexual ya nunca más sería un problema, “las mujeres musulmanas eran abnegadas y sumisas, de eso podía estar seguro, así las educaban, y en el fondo eso bastaba para dar placer”. En cuanto a la vida doméstica, difícilmente podría estar mejor resuelta.

La ceremonia de la conversión no le asusta. Sería en la Gran Mezquita de París. Ante sus nuevos hermanos musulmanes, pronunciaría el juramento que exige el rito musulmán: `Doy fe de que no hay sino un Dios y Mahoma es su profeta’. “Y acto seguido se habría acabado; sería, a partir de entonces, musulmán”.

Era la oportunidad de empezar una nueva vida. “No extrañaría nada”.

Con esta frase pone Houellebecq el punto y final a su historia.

Las primeras voces que se levantaron a raíz de la publicación de Sumisión fueron para acusar a su autor de islamofobia. Después de leer la novela, yo diría que Houellebecq no ha querido escribir una crítica del islam sino de la sociedad francesa y, en general, de toda la sociedad occidental.

En Sumisión, Houellebecq, a través de sus personajes, plantea cuestiones que resultan muy sugerentes. Por ejemplo, Roger Rediger, el mentor espiritual del protagonista, afirma que el siglo XXI se caracterizará por un retorno a lo religioso. El hombre occidental buscará de nuevo un sentido trascendente a su vida y ya no lo encontrará en el cristianismo. Por eso dice que Europa, al haber renegado de su origen cristiano, se ha suicidado.

El desarrollo de las elecciones que llevarán a Mohamed Ben Abbes al Elíseo es perfectamente creíble. En una sociedad francesa en la que reina la apatía, el descreimiento y la confusión y que está harta de los partidos tradicionales (recuérdese que la UPD y el PS son eliminados en la primera vuelta de las elecciones), el candidato musulmán consigue ilusionar a la gente hablando de valores y de creencias. Ese discurso, unido al miedo que inspira el populismo de derechas de Marine Le Pen, lo convierte en el Presidente de la República.

En mi opinión, lo que ha hecho escandalosa la novela de Houellebecq es precisamente su credibilidad política. Es discutible si tras el triunfo en las elecciones del líder musulmán, las cosas sucederían o no como en la novela se describen, pero, sinceramente, no creo que esa sea la cuestión más importante. Como tampoco creo que lo sea, en este caso, la visión que el autor tenga del islam.

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