(Artículo publicado en Libertad digital el 28-6-2015)

Ayaan Hirsi Ali nació en la ciudad somalí de Mogadiscio en 1969. Su infancia y adolescencia transcurrieron entre Somalia, Etiopía, Arabia Saudí y Kenia. Cuando tenía 23 años su padre quiso casarla con un pariente que vivía en Canadá. Ayaan debía viajar a Alemania para, desde allí, volar al encuentro del que sería su marido, pero la joven somalí decidió escaparse, tomó un tren hacia Ámsterdam y, al llegar, pidió asilo político. Para que Holanda le concediera el estatus de refugiada política dijo haber llegado huyendo de la guerra civil de Somalia, una mentira que entonces le resolvió la vida pero que más tarde le haría perder la nacionalidad holandesa.

En Holanda trabajó como intérprete de los refugiados musulmanes, estudió Ciencias Políticas en la Universidad de Leiden y, en el año 2001, empezó a trabajar para un think tank próximo al partido socialdemócrata holandés, el PvdA. En la Universidad de Leiden Ayaan había estudiado las teorías liberales y leído con enorme interés a los liberales de la escuela austriaca, lo que le había permitido elaborar un pensamiento político propio con el que abordar la cuestión que más le preocupaba y que llegaría a convertirse en el leit motiv de una incesante actividad política: la defensa de la libertad de la mujer islámica. Sus diferencias con el PvdA le hicieron darse cuenta de que su forma de entender los problemas de la inmigración musulmana en Europa encajaba más con las ideas que defendían los liberales. Comenzó a colaborar con ellos y, en enero del 2003, se incorporó al Parlamento holandés como diputada del partido liberal.

El 2 de noviembre de 2004, el cineasta Theo van Gogh, con el que Hirsi Ali había colaborado en el guión de la película Submission, fue asesinado en plena calle por un islamista. Con el mismo puñal con el que había dado muerte al director de cine, el asesino dejó clavado un mensaje en el que amenazaba con matar también a la diputada holandesa. Ayaan Hirsi Ali no se dejó vencer por el miedo, la fatua islámica contra ella le dio nuevos argumentos para continuar luchando por lo que, desde su llegada a Europa, consideraba un derecho inalienable de las personas y un inapreciable valor de la sociedad occidental al que no estaba dispuesta a renunciar, la libertad de expresión.

Pero lo que no pudo hacer la amenaza islámica, lo logró esa sociedad libre que tanta admiración había despertado en ella. El escándalo estalló en el año 2006, Ayaan Hirsi Ali había mentido con respecto a la razón de su solicitud de asilo y debía renunciar a su nueva nacionalidad y, por tanto, a su acta de diputada. Más tarde, el gobierno holandés, por presiones de la opinión pública, se vio obligado a rectificar, pero la ya ex diputada somalí había decidido buscar refugio en los Estados Unidos. Desde entonces vive en Norteamérica. Está casada con el historiador británico Niall Ferguson y dirige la AHA Foundation, creada por ella misma en 2007 para la defensa de los derechos de las mujeres musulmanas.

Hirsi Ali ha escrito varios libros en los que narra su vida y explica su trayectoria intelectual y política a lo largo de los años de convivencia con las, para ella, sociedades liberales. La mayoría de ellos han sido publicados en España por Galaxia Gutenberg: Yo acuso (2006), Mi vida, mi libertad (2007) y Nómada (2011). El último, con el título Reformemos el Islam (Heretic. Why Islam Needs a Reformation Now) acaba de aparecer en las librerías.

Hirsi Ali abandonó definitivamente la religión de Mahoma tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, y en múltiples ocasiones ha confesado su ateísmo. Hasta ahora había defendido la imposibilidad de que se produjera un cambio dentro del islam que permitiera a los musulmanes integrarse en “la modernidad” de las sociedades occidentales. Si bien en un principio no veía otra posibilidad para los disidentes como ella que el abandono de toda creencia religiosa, en el libro anterior, Nómada, sugería la posibilidad de una conversión al cristianismo para aquellos musulmanes que sintieran la necesidad de una religión.

Su trabajo como directora de un seminario sobre “teoría política islámica” en la Facultad John Kennedy de Harvard, con la que colabora desde 2012, le han hecho ser más optimista. En su nuevo libro sostiene que el islam puede reformarse y que, de hecho, hay señales claras de que esa reforma está en marcha.

Ayaan Hirsi Ali considera que existen dos grupos de musulmanes que responden a dos periodos distintos de la vida de Mahoma. El grupo mayoritario sería el de los musulmanes de la Meca, practicantes devotos y pacíficos de la fe en el primer Mahoma, el que vivió en la Meca. Es el grupo al que Occidente suele referirse cuando habla de “islam moderado”.

El otro grupo, el de los fundamentalistas, respondería a una visión del islam propia del Mahoma que vivió en Medina, que fue donde comenzó a predicar la guerra santa contra el infiel. De estos últimos, dice Ayaan, es de los que se sirven Al Qaeda, el EI, Boko Haram y cientos de organizaciones más para alimentar la yihad. Estudios realizados por la ONU señalan que de los 1600 millones de musulmanes que hay en el mundo, el 3% serían miembros de alguna de estas organizaciones, lo que supone nada menos que 48 millones de yihadistas.

La actitud optimista de Hirsi Ali se debe a la constatación de que un tercer grupo de musulmanes, el de los disidentes como ella, va tomando forma y es cada vez más numeroso. Se trataría de un grupo que confía en la posibilidad de implantar un islam reformado en el que se aceptara la discusión, la crítica y el debate. Es decir, en el que, en vez condenar a muerte al disidente por apóstata, lo tratara como si fuera sencillamente “hereje”.

Esa reforma del islam exigiría la revisión de “cinco preceptos clave”. El primero es la infalibilidad de Mahoma y la obligación de hacer una lectura literal del Corán. El segundo de los preceptos que se deben reformar es la anteposición de la vida después de la muerte a la vida terrenal, lo que conduce a la magnificación del martirio. La sharía o conjunto de leyes coránicas que condenan a muerte a las adúlteras, a los apóstatas y a los homosexuales tendría que dejar de cumplirse.  Otro de los preceptos coránicos que ha de reformarse es la práctica de otorgar a un individuo cualquiera la potestad de decidir lo que está bien y lo que está mal pues tal práctica conduce a la sumisión de la mujer al varón en el entorno familiar, esclaviza a las mujeres e impide la privacidad dentro de la propia familia. Por último, habrá que poner fin al imperativo de la yihad o guerra santa contra el infiel que está extendiendo la violencia en el mundo musulmán y sembrando el terror en Occidente.

Hirsi Ali considera que aunque la Primavera árabe fue decepcionante para las expectativas occidentales, ha dejado “una base auténtica de ciudadanos que están a favor del cambio y que antes no existían”. Ciudadanos que estarían dispuestos a escuchar la voz de los disidentes o reformistas del islam. En su libro da una amplia lista de reformistas que, aun a riesgo de su vida, muestran cada día más valor para expresar sus ideas contrarias a la ortodoxia del islam. Para estos “herejes” pide Hirsi Ali el apoyo de Occidente: “El mundo occidental tiene el deber de prestar ayuda y, cuando sea necesario, seguridad a los disidentes y reformistas”.

Reformemos el Islam. Ayaan Hirsi Ali. Galaxia Gutenberg, 2015

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