Siempre fue reducido el número de los auténticos amantes de la libertad. Por eso, para triunfar, frecuentemente hubieron de aliarse con gentes que perseguían objetivos bien distintos de los que ellos propugnaban. Tales asociaciones, siempre peligrosas, a veces han resultado fatales para la causa de la libertad, pues brindaron a sus enemigos argumentos abrumadores”

Con esta cita de Lord Acton (1834-1902) Friedrich von Hayek abría el epílogo de su libro Los fundamentos de la libertad (1960), al que puso como título “Por qué no soy conservador”. Antes de cerrar su tratado sobre la libertad, el economista austriaco quiso dejar claras las diferencias que para él existen entre liberales y conservadores, y por qué él seguía definiendo su filosofía como liberal cuando ya hasta los socialistas americanos se habían atribuido el apelativo de liberales. “Yo continúo calificando de liberal mi postura, que estimo difiere tanto del conservadurismo como del socialismo”. El liberalismo que Hayek quería reivindicar para sí era aquel que en el siglo XIX profesaron pensadores como el inglés Lord Acton o el francés Alexis de Tocqueville, a los que considera “auténticamente liberales”.

Para Hayek la diferencia fundamental entre conservadores y liberales era su actitud hacia el progreso, el conocimiento y la innovación. Mientras lo típico del conservador, decía Hayek, es “el temor a la mutación, el miedo a lo nuevo simplemente por ser nuevo”, el “auténticamente liberal” gusta de buscar soluciones nuevas a problemas enquistados y nunca se opondría a la evolución y al progreso.

El conservador desprecia las teorías abstractas, lo que le deja indefenso ante las confrontaciones ideológicas. “Teme el conservador las nuevas ideas –escribe Hayek- precisamente porque sabe que carece de pensamiento propio que oponerles. Su repugnancia a la teoría abstracta, y la escasez de su imaginación para representarse cuanto en la práctica no ha sido ya experimentado, le dejan por completo inerme en la dura batalla de las ideas. A diferencia del liberal, convencido siempre del poder y la fuerza que, a la larga, tienen las ideas, el conservador se encuentra maniatado por los idearios heredados”.

Podría argumentarse que el miedo al cambio conduce al gobernante conservador a ser prudente en sus decisiones, y que la prudencia en política siempre es buena consejera, pero para el economista austriaco “los conservadores, cuando gobiernan, tienden a paralizar la evolución o, en todo caso a limitarla a aquello que hasta el más tímido aprobaría”. Y es que su terror a lo desconocido es tal que van siempre a remolque de los acontecimientos y nunca ofrecen una alternativa novedosa. Lo que hace que, en situaciones en las que sólo se pueda mejorar una situación o resolver un problema con un cambio radical de dirección, el gobernante conservador resulte “totalmente inútil”.

El deseo que anima al liberal a introducir drásticas y revolucionarias innovaciones cuando el desarrollo y el progreso se hallan paralizados por el intervencionismo, no debe confundirse con imprudencia temeraria, pues, según Hayek, el liberal no trata de alcanzar inmediatamente su objetivo sino estar seguro de que camina “en la buena dirección”.

El miedo al cambio y las nuevas ideas pueden llevar al conservador a acomodarse al pensamiento dominante. Como a lo largo del siglo XX, escribía Hayek, este pensamiento dominante ha sido fundamentalmente socialista, los conservadores no solo no han supuesto obstáculo alguno al avance del colectivismo, sino que, en algunas circunstancias, han llegado a compartir, aunque siempre de forma moderada, todos los prejuicios y errores de su época.

Desde que Hayek escribió sus Fundamentos sobre la libertad ha transcurrido más de medio siglo. Si en 1960 el economista austríaco consideraba que el pensamiento dominante del siglo XX había sido fundamentalmente socialista, hoy podemos decir que esa tendencia, salvo en un breve periodo de euforia liberal tras la caída del Muro, no solo se ha mantenido, sino que, en algunos campos, como por ejemplo el de la educación, ha terminado por ser el pensamiento único.

Hoy se habla de la “era Thatcher” o de la “era Reagan” o, en España, de la “era Aznar”, como el paradigma de un “neoliberalismo” al que se achacan todos los males de nuestra época, fundamentalmente aquellos que tienen que ver con la actual crisis económica. Da la impresión de que, en vez de reclamar una mayor libertad para que cada cual pueda organizar su propia vida, lo que hoy la calle exige es mayor protección estatal. No parece importar que el Estado invada el terreno de lo personal, mientras asuma más responsabilidades y nos exima de afrontar las nuestras.

En España esto es así, en gran parte, porque el discurso demagógico y populista de la izquierda ha ocupado el espacio del debate ideológico. La preocupación por la crisis económica y la insistencia del gobierno por alejarse de cuestiones “que no importan al ciudadano”, han dejado al Partido Popular sin argumentos frente a una nueva izquierda que cada día se siente más fuerte y que cada vez es más arrogante y más radical.

Hayek explicó con claridad por qué la única filosofía que se opone realmente al socialismo y a cualquier totalitarismo es la filosofía liberal. Es lógico, pues, que la izquierda esté siempre vigilante ante cualquier indicio de repunte de un pensamiento que sitúa la defensa de la libertad individual, de la ley y de la propiedad, por encima de utopías igualitarias y colectivistas, ya sean nacionalistas, socialistas o nacional-socialistas. Como también es lógico que todos los partidos que se consideran de izquierdas ataquen a cualquier político que pretenda interpretar la realidad bajo la luz de ese liberalismo que Hayek reivindicaba.

Lo que ya no es tan lógico es que el único partido liberal-conservador que existe en España se deje arrastrar por ese antiliberalismo ambiental, exhiba tanto temor a ser tachado de “neoliberal” y trate de callar a quienes desde dentro quieren definir como liberal su política. No se da cuenta el PP de que, de esa forma, podría quedarse sin argumentos frente a la nueva izquierda que surgió en las elecciones europeas, que ya gobierna las dos grandes capitales españolas y que amenaza con convertirse en la primera fuerza política de izquierdas en España.

No basta con llamarles populistas. Es necesario explicar a los ciudadanos por qué creemos que ese populismo es un peligro para la democracia, por qué pensamos que es un intento totalitario de tomar el poder y por qué vemos que lo que está en peligro no es ya la presencia en el gobierno del principal partido de la derecha española, sino el derecho de todos y cada uno de los ciudadanos a pensar libremente, a decir lo que piensan y a organizar su vida en libertad.

Suele calificarse de apocalípticos a quienes hoy muestran gran preocupación por lo que pueda suceder en España. La mayoría prefiere ser optimista y esgrime argumentos tranquilizadores como el de que es imposible que España se rompa, que es imposible que un partido bolivariano gobierne en España, que Grecia es ya una vacuna o que la sensatez de los españoles prevalecerá en el último momento. Dios les oiga, pero, si no es así, todos nos llevaremos las manos a la cabeza diciendo ¿cómo ha podido ocurrir?

Solo se valora la libertad cuando se la pierde, de ahí que no existan mayores y más claros defensores de la libertad de conciencia, de pensamiento, de expresión y de acción que quienes han sufrido los regímenes totalitarios del siglo XX. Desdichadamente, existen demasiados ejemplos en la historia reciente para saber que lo que parece imposible a veces llega a suceder.

Para Hayek y otros pensadores liberales contemporáneos, la forma de prevenir tragedias como las europeas del siglo pasado, la forma de defender una sociedad abierta, es evitar que el Estado se exceda en su cometido y planifique, manipule y dirija todos, absolutamente todos, los asuntos de los ciudadanos. Hoy el problema no es que sea reducido el número de los amantes de la libertad, lo cual como dijo Lord Acton, siempre ha ocurrido. El gran problema de hoy es que quienes piensan que la salida de la crisis pasa por restringir la intervención del Estado, quienes creen que el Estado no debe asumir responsabilidades que corresponden a los ciudadanos, no tienen donde hacerse oír.

Anuncios