Fue Alexis de Tocqueville (1805-1859) quien en su obra, La democracia en América, utilizó la expresión “tiranía de la mayoría” para designar lo que para él era la debilidad más profunda y peligrosa de la democracia norteamericana.

Alexis de Tocqueville, que ejercía como jurista en París, fue enviado a Estados Unidos en abril de 1831 con la misión de elaborar un estudio sobre el sistema de prisiones. Tocqueville permaneció en América casi un año y a su regreso, una vez entregado el informe, emprendió la tarea de escribir la que sería la obra más importante de su vida, La democracia en América. El libro se publicó en 1835 y fue recibido con tal éxito que el jurista francés decidió completar su visión de la democracia con un segundo tomo que sería publicado cinco años más tarde.

En su obra, Tocqueville muestra una profunda admiración por el modelo democrático que se dieron los primeros norteamericanos pero también alerta de sus peligros. Uno de ellos, y en su opinión el más grave, es la tiranía que una parte mayoritaria de la población puede ejercer sobre la otra si llegara a imponerle su pensamiento, su forma de vivir y sus leyes. Para Tocqueville un gobierno democrático debe ser extremadamente cuidadoso para que la libertad de pensamiento y de expresión de las minorías quede garantizada.

El poder de la mayoría, decía Tocqueville, puede ser tiránico al imponer un pensamiento único contra el que nadie osa pronunciarse o cuando la opinión de la mayoría impide toda discusión. Ese tipo de tiranía se llama hoy corrección política y está descrita con una claridad extraordinaria por Orwell en el prólogo de su libro Rebelión en la granja.

Aún más dañina puede ser la tiranía que ejerce una “autocomplaciente mayoría” cuando llega a imponer leyes que atentan contra la libertad de un individuo o grupo minoritario de individuos. Decía Tocqueville que una ley puede ser liberticida y el gobierno que la impone totalitario cuando se aplastan los derechos individuales de una parte de la población alegando simplemente que esta se haya en minoría.

El partido Podemos ha irrumpido en la política reclamando “una democracia real”, una democracia en la que los ciudadanos participen en las decisiones de gobierno y no se limiten a votar representantes cada cuatro años. Con la excusa de “No nos representan” los dirigentes de este nuevo partido pretenden cambiar lo legal por lo legítimo, es decir, desobedecer las leyes que a ellos no les gustan legitimándolas en asambleas y consultas ciudadanas que, según ellos, representan a la gente decente.

Si en una democracia representativa ajustada al Estado de Derecho, en la que la libertad individual viene amparada por una Constitución y en la que se respeta la separación de poderes, como era la que se habían dado los estadounidenses, Tocqueville veía el peligro de que sus gobiernos pudieran degenerar en gobiernos totalitarios, cuánto más peligro no tendrá esa  “democracia real” que legitima cualquier actuación alegando simplemente que lo desea una supuesta mayoría.

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