“Batasuna, con otros nombres, hoy tiene entre Navarra y el País Vasco 1.192 concejales defendiendo un proyecto político por el que ha estado 50 años matando”.
Con estas palabras, pronunciadas con claridad y voz bien alta, María San Gil presentó el pasado jueves 8 de octubre en el Casino de Madrid a José Antonio Ortega Lara, el funcionario de prisiones burgalés que el 17 de enero de 1996 fue secuestrado por ETA y encerrado en un zulo en el que apenas podía extender los brazos, hasta que, milagrosamente, 532 días después, y tras muchos meses de búsqueda, un guardia civil localizó la que estaba a punto de ser su tumba.
La sala del Casino estaba completamente llena, los laterales totalmente ocupados por gente que tuvo que permanecer de pie durante toda la conferencia. Había más de 300 personas, muchas más de las que reuniría un partido político actual si no movilizara a sus militantes y se limitara a hacer una convocatoria libre.
La Fundación Villacisneros, organizadora del encuentro, no había pedido a Ortega Lara que relatara su trágica experiencia, querían que disertara sobre “El valor de la ejemplaridad”, lo que hizo que algunos asistentes manifestaran al salir cierto disgusto pues esperaban escuchar, una vez más, el relato de una vida que hubiera sido destrozada para siempre por unos terroristas políticos si no fuera porque el hombre que secuestraron es la persona con principios más firmes y convicciones más arraigadas al que he escuchado yo en mi vida.
Y de eso sí que habló Ortega Lara, de sus convicciones morales, de lo que, para él, son actitudes ejemplares. Y las fue desgranando, una a una, ante un auditorio que guardaba un silencio sepulcral.
“No es ejemplar que aparquemos a nuestros mayores en residencias porque suponen para nosotros una carga excesiva”.
“No es ejemplar que depositemos toda la responsabilidad de la educación de nuestros hijos en el Estado, porque éste, en vez de educarlos, los adoctrina”.
“No es ejemplar que los medios de comunicación y la sociedad se escandalicen por el sacrificio de un perro o la muerte de un toro en la plaza y acepten sin cuestionar los más de 100.000 abortos al año en España”
Tampoco es ejemplar “decidir sobre la vida y la muerte de otra persona bajo el eufemismo de muerte digna”. Y al decir esto, Ortega Lara levantó los ojos hacia el público y explicó que nadie como él puede comprender el deseo de poner fin al sufrimiento quitándose la vida, puesto que él mismo, durante su secuestro, tuvo la tentación de acabar así con lo que consideraba –y con razón- un suplicio infinito.
Aquellas palabras estaban llenas de incorrección política y, sin embargo, no eran más que los principios de un hombre cristiano que ha pasado casi dos años de su vida aferrándose a ellos para no dejarse morir.
Eran las convicciones de un hombre de derechas que, según sus propias declaraciones, se había visto obligado a marcharse con gran dolor del partido en el que militaba desde muy joven, porque sentía que ya no le representaba. Para aquellos militantes del PP que hoy se preguntan qué se ha hecho mal para que su partido no sea ya atractivo, Ortega Lara puede suponer parte de la respuesta.
Algo se ha hecho mal cuando en el seno del partido se discute sobre si se puede cambiar en un texto el verbo “condenar” por el más suave de “rechazar”, al referirse a los crímenes cometidos por ETA, solo para dar gusto a los 1.192 concejales que, como dijo María San Gil, defienden el proyecto político de Batasuna, un proyecto por el que estuvo 50 años matando.
Algo debe estar mal, pero que muy mal en España, si un hombre como Ortega Lara no puede sentirse cómodo en el único partido político liberal conservador que existe. Algo anda mal cuando un hombre que expone con firmeza y claridad aquello en lo que cree, que no es otra cosa que los valores propios de una moral cristiana en la que una inmensa mayoría de españoles hemos sido educados, es considerado un radical y, por algunos, incluso un intolerable fascista.

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