(Publicado el 23 de noviembre de 2015 en Red Floridablanca (http://www.redfloridablanca.es/antimarxismo-karlpopper/) )

El pasado 26 de octubre, en su columna del diario ABC, el periodista Luis Ventoso comparaba la actitud de Rajoy ante la amenaza separatista de Arthur Mas con la que mantuvo Karl Popper en su encuentro, o más bien desencuentro, con Ludwig Wittgenstein en la Universidad de Cambridge a principios del curso 1946-1947.

Muchos años después, el propio Popper contaba lo sucedido en su autobiografía, Búsqueda sin término (Unended Quest). Había sido invitado por el secretario del Moral Sciences Club de Cambridge para hablar sobre el oficio del filósofo. El tema escogido era “¿Existen problemas filosóficos?”. Popper sabía que con ese título la discusión con Wittgenstein estaba asegurada pero no creía que terminara como lo hizo.

Según su propia versión, Popper, en un momento dado, planteó la cuestión de la validez de las normas morales y Wittgenstein, que jugaba “nerviosamente” con el atizador de la chimenea, le “lanzó un desafío: “pon un ejemplo de norma moral”, a lo que, mostrando un mayor dominio de la situación, Popper respondió: “No amenaces a los conferenciantes con los atizadores”. El impulsivo Wittgenstein abandonó la sala dando un portazo”.

Aunque me pareció un tanto traída por los pelos la anécdota del atizador para defender la actitud de Rajoy contra quienes le han acusado de no haber hecho nada ante la difícil situación en la que los nacionalistas y la izquierda catalana han colocado a los catalanes y a todos los españoles, me alegró que, en unos momento en que toda referencia al liberalismo o a intelectuales de pensamiento liberal parece estar tácitamente prohibida, Luís Ventoso hubiera querido desenterrar la figura de Popper.

Karl Popper vino al mundo el 28 de julio de 1902 en la ciudad de Viena, en el seno de una familia de origen judío especialmente cultivada. Karl heredó de su padre, abogado, el gusto por la lectura y el interés intelectual, y de su madre una gran afición por la música.

Al estallar la Primera Guerra Mundial Karl Popper acaba de cumplir doce años. Para él, los recuerdos de la Gran Guerra estuvieron siempre unidos al final de su niñez y a sus estudios de secundaria. Al finalizar la Guerra decidió dar por terminado su bachillerato y matricularse como oyente en la Universidad de Viena, una costumbre que entonces era allí habitual y que permitió a muchos jóvenes vieneses adquirir, por propio interés, una amplia y variada cultura.

La posguerra en Austria, y especialmente en Viena, fue una época de escasez, de inflación y de desórdenes. “El mundo en que yo había crecido –escribe Popper- había quedado destruido; y comenzó entonces un periodo de guerra civil caliente y fría, que acabó con la invasión de Austria por Hitler y condujo a la Segunda Guerra Mundial.”

Popper, que había pertenecido a la asociación socialista de alumnos de secundaria, en 1919 fue cautivado por la propaganda de los comunistas que entonces se declaraban pacifistas y contrarios a todo tipo de violencia. Un incidente ocurrido en Viena puso fin a una militancia que duró poco más de tres meses pero que le marcaría para toda su vida. Un grupo de camaradas comunistas había movilizado a jóvenes estudiantes y obreros socialistas para que asaltaran la comisaria y así liberar a unos compañeros del Partido que habían sido detenidos. Varios jóvenes resultaron muertos, “yo estaba horrorizado de la brutalidad de la policía, pero también de mí mismo porque sentía que, como marxista, compartía parte de la responsabilidad por la tragedia”.

A Popper les escandalizaba que sus camaradas comunistas, que no habían dudado en movilizar a unos jóvenes aún a sabiendas de que la policía podría responder haciendo uso de las armas, justificaran su actitud siguiendo la tesis marxista de que el capitalismo exige muchas más víctimas que cualquier revolución socialista. Predicaban la paz pero no tenían ningún escrúpulo en servirse de la violencia.

El comunismo prometía instaurar un mundo mejor y, por un mundo mejor, era por lo que el joven austríaco luchaba. Las contradicciones que ahora descubría en el marxismo podrían explicarse si lograba refutar el valor científico de esa pretendida ciencia. Así fue cómo a los 17 años Popper era ya un antimarxista racional. “Me había percatado del carácter dogmático de su credo y de su increíble arrogancia intelectual”. Su tarea intelectual se concentró, a partir de entonces, en desmontar racionalmente las teorías marxistas.

Durante diecisiete años estudió y escribió sus conclusiones pero sin ánimo de publicar porque en aquellos años, en Austria, “el anti-marxismo era una cosa peor que el marxismo: dado que los socialdemócratas eran marxistas, el anti-marxismo era casi identificado con los movimientos autoritarios que más tarde fueron denominados fascistas”.

A pesar de ser un antimarxista convencido Popper, durante varios años, se siguió considerando socialista. Llevar una vida en libertad en una sociedad igualitaria le parecía el sueño ideal: “Me costó cierto tiempo reconocer que eso no es más que un bello sueño; que la libertad es más importante que la igualdad; que el intento de realizar la igualdad pone en peligro la libertad, ni siquiera puede haber igualdad entre los que no son libres.”

Tras aprobar el examen de madurez (Matura), permaneció en la Universidad de Viena estudiando matemáticas, física y filosofía. En 1925 fue admitido en Instituto Pedagógico, creado con el fin de realizar la reforma de la educación austriaca. Allí conoció a la que fue la única mujer de su vida, Josefine Anna Henninger. En 1930 comenzó a trabajar como profesor de matemáticas y física en la escuela secundaria y a frecuentar el Círculo de Viena.

En marzo de 1937, un año antes de la ocupación de Austria por Hitler, aceptó una oferta para impartir clases en Nueva Zelanda. Allí, a pesar de que el trabajo le ocupaba casi todo el día, puso en marcha su gran obra La sociedad abierta y sus enemigos, que vería la luz en Inglaterra, gracias a la ayuda Hayek, y después de muchísimas horas de trabajo: “Reescribí el libro 22 veces, tratando siempre de que fuera más claro y más sencillo y mi esposa mecanografió y volvió a mecanografiar el original completo cinco veces en una vieja máquina de escribir”. Platón, Hegel y Marx han sido para Popper los grandes enemigos de la sociedad abierta.

En 1945, junto con la publicación del libro, le llegó el ofrecimiento de Hayek para ocupar un puesto en la London School of Economics. Popper pasaría en Inglaterra el resto de su vida dedicado al estudio, a la escritura y a la enseñanza. Murió en Londres el 17 de septiembre de 1994.

Fueron muchas las disciplinas que interesaron a Popper: las matemáticas, la física, la filosofía, la psicología, la sociología y también la economía. Como John Stuart Mill, Popper era un convencido de que la discusión intelectual, la diversidad de opiniones libremente expresada, es la base del progreso individual y social. Discusiones que mantuvo con los mejores talentos de su época y que, según él mismo cuenta, le sirvieron para contrastar y enriquecer sus propias teorías.

En agosto de 1991, Pedro Schwartz organizó en la Universidad Menéndez Pelayo de Santander un encuentro de liberales españoles con Karl Popper. A este encuentro hace referencia Carlos Rodríguez Braun en su prólogo a un libro, El Método Podemos. Marketing marxista para partidos no marxistas, publicado poco antes de las elecciones autonómicas y municipales de 2015.

Cuenta Rodríguez Braun que, en un momento dado, se planteó el tema de la verdad en política y Vargas Llosa preguntó a Popper si habría sido lícito mentir para ganar las elecciones a Fujimori. El filósofo austríaco, que les había contado cómo él había dejado de ser comunista cuando comprendió que la mentira era para el comunismo un instrumento político, respondió: “En ningún caso se puede mentir para ganar elecciones”.

Desde aquel 25 de mayo de 2014 en el que, para sorpresa de casi todos los españoles, un partido prácticamente desconocido, Podemos, era votado por 1.245.948 personas y conseguía cinco escaños en el Parlamento Europeo, la situación política se ha convertido en uno de los problemas que más preocupa a los españoles.

El marxismo, que se daba por muerto con la caída del Muro de Berlín, ha resurgido con una fuerza de persuasión inusitada para una sociedad occidental moderna y desarrollada como la española. Los dirigentes de Podemos, que venían predicando el pensamiento de Marx desde hace tiempo a sus alumnos universitarios, tras las manifestaciones del 15M de 2011, decidieron dar el salto a la política. Su estrategia ha sido la reunir pequeños partidos y colectivos con mensajes políticos diferentes pero con ciertos factores comunes: todos dicen ser anticapitalistas, sentirse indignados con la corrupción de “la casta”, estar en contra de la austeridad en el gasto público y querer una nueva forma de democracia.

Los líderes de Podemos, en sus discursos, disfrazan su ideología de racionalidad y de buenismo pero basta con rascar un poco para descubrir el carácter totalitario de su proyecto social. No pretenden reformar las instituciones para mejorar nuestra democracia, lo que quieren es destruirlas, lo que quieren es una revolución social. Presumen de haber bebido en las ideas del comunista italiano Antoni Gramsci y no ocultan que el nuevo orden social al que aspiran pasa por asaltar las instituciones para, una vez dentro, como predicaba Gramsci, hacer del marxismo la ideología dominante de nuestra sociedad.

Este objetivo suena tan alejado de la realidad que la mayoría de la gente se niega a creerlo. Tampoco lo creían los venezolanos y de un día para otro se encontraron con Hugo Chávez en el poder. Tampoco lo creían los alemanes y Hitler se convirtió democráticamente en el canciller de Alemania. Cuando en 1935 Popper visitó Inglaterra se quedó extrañado de que los ingleses no se dieran cuenta de lo que Hitler realmente representaba. Más tarde, y durante muchos años, los comunistas occidentales se negaron a aceptar la realidad del régimen estalinista.

Para Popper el uso de la mentira nunca podía estar justificado en política y por eso dedicó gran parte de su vida a descubrir las falacias del marxismo. Creía en el poder de las ideas y de la palabra. Su obra puede ofrecer hoy argumentos para rebatir y desmontar las trampas que esconden los discursos populistas de los nuevos marxistas de Podemos.

En el prólogo del libro El Método Podemos, Carlos Rodríguez Braun ponía en duda que con la verdad se pudieran ganar unas elecciones. Si eso fuera cierto, si un político ha de decir lo contrario de lo que piensa para que la gente le vote, si la gente (o sea, la mayoría de los electores) prefiere que la engañen antes que afrontar la realidad, entonces es más necesario que nunca hacer política diciendo siempre la verdad, y eso solo puede hacerse cuando se tienen claros los principios y se está armado intelectualmente para defenderlos.

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