No sé si todas las Alicias del mundo habrán pasado por la experiencia de recibir en su infancia casi como único regalo de cumpleaños el conocido libro de Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas. Tampoco sé si las otras Alicias habrán mostrado tan escaso interés como yo por las extraordinarias aventuras concebidas por la mente matemática del escritor británico Charles L. Dodgson para entretener a Alice Liddle y sus hermanas una calurosa tarde de verano.

Debo confesar que jamás logré comprender la lógica de aquellas extravagantes aventuras de una niña que cambiaba de tamaño, que discutía con orugas y que sin saber cómo ni por qué a punto estuvo  de ser decapitada por la guardia personal de la reina de una baraja de naipes.

Solo consigo explicarme esa falta de interés ante uno de los cuentos más famosos del de la historia de la literatura por mi falta de afición al relato fantástico. Me gusta fantasear pero nunca me han atraído las historias que no pueden ocurrir. Me gusta fantasear pero sobre historias que sean creíbles. Los animales que hablan, los árboles que cobran vida o los naipes de comportamiento humano difícilmente pueden atraer mi atención.

No me atrae el país de las maravillas. Prefiero quedarme a este lado del espejo donde la vida real de las gentes puede superar con creces la ficción.


‘Who are you?’ said the Caterpillar

No recuerdo bien cuando comencé a interesarme por Virginia Woolf y los intelectuales que constituyeron el grupo de Bloomsbury. Posiblemente fuera durante mis años de universidad y que ese interés se despertara a raíz de la muerte, en 1970, del filósofo y matemático Bertrand Russell.
Para el grupo de compañeros de la Facultad de Matemáticas que yo frecuentaba, Russell representaba el prototipo del intelectual británico liberal, rebelde y comprometido con todas las “buenas causas” por las que entonces nos preocupábamos. Leímos con gran interés la traducción de su Autobiografía, publicada por Aguilar en 1968, y empezamos a interesarnos por las vidas de todos aquellos aristócratas intelectuales que en el primer tercio del siglo XX constituyeron el círculo de Bloomsbury. Probablemente, veíamos en su heterodoxa forma de vida una alternativa para el “aburguesamiento” del que acusábamos a nuestras familias.
Con poco más de 20 años, Virginia Woolf encarnaba para mí el ideal de mujer intelectual e independiente. Leí cuanto ensayos y novelas se publicaron en español e incluso, algo de vergüenza me da recordarlo, llegué a enmarcar un petit point en el que había bordado el título de uno de los ensayos de Virginia, A Room of Ones’ Own, que aún conservo.

Con motivo de mi 30 cumpleaños, un amigo que conocía esta debilidad mía por Virginia Woolf, encargó para mi este exlibris a Santiago Rodríguez Santerbás. Santiago que, además de un gran conocedor de la literatura inglesa tenía un talento excepcional para el dibujo, acababa de publicar Tres pastiches victorianos (un ensayo que se reditó años más tarde con el título Pickwik, Alicia y Holmes al otro lado del espejo). Conservo la idea, no sé si sería así, de que Santerbás utilizó uno de los dibujos de Alicia en el país de las maravillas con los que ilustró su libro para mi exlibris sustituyendo la cabeza de la oruga con la que tropezó Alicia en una de sus aventuras por la silueta de Virginia Woolf.

Mi amigo me contó que Santiago pasaba los veranos en Sedano y que tenía una relación muy especial con mi tío Miguel. Recientemente he sabido que Delibes escribió el prólogo de una de las primeras narraciones publicadas por Santiago Rodríguez Santerbás, Jorobita (1960), la historia de un toro bravo que había nacido con el cuerpo desfigurado por una enorme chepa. En aquel prólogo, Miguel Delibes daba cuenta de su primer encuentro con Santiago: “Y por allí, por Sedano, caía también Santiago Rodríguez Santerbás con sus veinte años y sus papeles y sus ilusiones y bajo los cuatro pinos de mi casa, oliendo a espliego, a nueces y a alholvas charlábamos de esos temas extraños que inspiran los libros y a quienes los escriben”.

Una casa en Sedano que conozco desde niña y en la que pasé algunos de los días más divertidos de mi infancia con mis primos Delibes. Muchas coincidencias y recuerdos que hacen que este exlibris tenga para mí un significado muy especial.