Fue Alexis de Tocqueville (1805-1859) quien en su obra, La democracia en América, utilizó la expresión “tiranía de la mayoría” para designar lo que para él era la debilidad más profunda y peligrosa de la democracia norteamericana.

Alexis de Tocqueville, que ejercía como jurista en París, fue enviado a Estados Unidos en abril de 1831 con la misión de elaborar un estudio sobre el sistema de prisiones. Tocqueville permaneció en América casi un año y a su regreso, una vez entregado el informe, emprendió la tarea de escribir la que sería la obra más importante de su vida, La democracia en América. El libro se publicó en 1835 y fue recibido con tal éxito que el jurista francés decidió completar su visión de la democracia con un segundo tomo que sería publicado cinco años más tarde.

En su obra, Tocqueville muestra una profunda admiración por el modelo democrático que se dieron los primeros norteamericanos pero también alerta de sus peligros. Uno de ellos, y en su opinión el más grave, es la tiranía que una parte mayoritaria de la población puede ejercer sobre la otra si llegara a imponerle su pensamiento, su forma de vivir y sus leyes. Para Tocqueville un gobierno democrático debe ser extremadamente cuidadoso para que la libertad de pensamiento y de expresión de las minorías quede garantizada.

El poder de la mayoría, decía Tocqueville, puede ser tiránico al imponer un pensamiento único contra el que nadie osa pronunciarse o cuando la opinión de la mayoría impide toda discusión. Ese tipo de tiranía se llama hoy corrección política y está descrita con una claridad extraordinaria por Orwell en el prólogo de su libro Rebelión en la granja.

Aún más dañina puede ser la tiranía que ejerce una “autocomplaciente mayoría” cuando llega a imponer leyes que atentan contra la libertad de un individuo o grupo minoritario de individuos. Decía Tocqueville que una ley puede ser liberticida y el gobierno que la impone totalitario cuando se aplastan los derechos individuales de una parte de la población alegando simplemente que esta se haya en minoría.

El partido Podemos ha irrumpido en la política reclamando “una democracia real”, una democracia en la que los ciudadanos participen en las decisiones de gobierno y no se limiten a votar representantes cada cuatro años. Con la excusa de “No nos representan” los dirigentes de este nuevo partido pretenden cambiar lo legal por lo legítimo, es decir, desobedecer las leyes que a ellos no les gustan legitimándolas en asambleas y consultas ciudadanas que, según ellos, representan a la gente decente.

Si en una democracia representativa ajustada al Estado de Derecho, en la que la libertad individual viene amparada por una Constitución y en la que se respeta la separación de poderes, como era la que se habían dado los estadounidenses, Tocqueville veía el peligro de que sus gobiernos pudieran degenerar en gobiernos totalitarios, cuánto más peligro no tendrá esa  “democracia real” que legitima cualquier actuación alegando simplemente que lo desea una supuesta mayoría.

Siempre fue reducido el número de los auténticos amantes de la libertad. Por eso, para triunfar, frecuentemente hubieron de aliarse con gentes que perseguían objetivos bien distintos de los que ellos propugnaban. Tales asociaciones, siempre peligrosas, a veces han resultado fatales para la causa de la libertad, pues brindaron a sus enemigos argumentos abrumadores”

Con esta cita de Lord Acton (1834-1902) Friedrich von Hayek abría el epílogo de su libro Los fundamentos de la libertad (1960), al que puso como título “Por qué no soy conservador”. Antes de cerrar su tratado sobre la libertad, el economista austriaco quiso dejar claras las diferencias que para él existen entre liberales y conservadores, y por qué él seguía definiendo su filosofía como liberal cuando ya hasta los socialistas americanos se habían atribuido el apelativo de liberales. “Yo continúo calificando de liberal mi postura, que estimo difiere tanto del conservadurismo como del socialismo”. El liberalismo que Hayek quería reivindicar para sí era aquel que en el siglo XIX profesaron pensadores como el inglés Lord Acton o el francés Alexis de Tocqueville, a los que considera “auténticamente liberales”.

Para Hayek la diferencia fundamental entre conservadores y liberales era su actitud hacia el progreso, el conocimiento y la innovación. Mientras lo típico del conservador, decía Hayek, es “el temor a la mutación, el miedo a lo nuevo simplemente por ser nuevo”, el “auténticamente liberal” gusta de buscar soluciones nuevas a problemas enquistados y nunca se opondría a la evolución y al progreso.

El conservador desprecia las teorías abstractas, lo que le deja indefenso ante las confrontaciones ideológicas. “Teme el conservador las nuevas ideas –escribe Hayek- precisamente porque sabe que carece de pensamiento propio que oponerles. Su repugnancia a la teoría abstracta, y la escasez de su imaginación para representarse cuanto en la práctica no ha sido ya experimentado, le dejan por completo inerme en la dura batalla de las ideas. A diferencia del liberal, convencido siempre del poder y la fuerza que, a la larga, tienen las ideas, el conservador se encuentra maniatado por los idearios heredados”.

Podría argumentarse que el miedo al cambio conduce al gobernante conservador a ser prudente en sus decisiones, y que la prudencia en política siempre es buena consejera, pero para el economista austriaco “los conservadores, cuando gobiernan, tienden a paralizar la evolución o, en todo caso a limitarla a aquello que hasta el más tímido aprobaría”. Y es que su terror a lo desconocido es tal que van siempre a remolque de los acontecimientos y nunca ofrecen una alternativa novedosa. Lo que hace que, en situaciones en las que sólo se pueda mejorar una situación o resolver un problema con un cambio radical de dirección, el gobernante conservador resulte “totalmente inútil”.

El deseo que anima al liberal a introducir drásticas y revolucionarias innovaciones cuando el desarrollo y el progreso se hallan paralizados por el intervencionismo, no debe confundirse con imprudencia temeraria, pues, según Hayek, el liberal no trata de alcanzar inmediatamente su objetivo sino estar seguro de que camina “en la buena dirección”.

El miedo al cambio y las nuevas ideas pueden llevar al conservador a acomodarse al pensamiento dominante. Como a lo largo del siglo XX, escribía Hayek, este pensamiento dominante ha sido fundamentalmente socialista, los conservadores no solo no han supuesto obstáculo alguno al avance del colectivismo, sino que, en algunas circunstancias, han llegado a compartir, aunque siempre de forma moderada, todos los prejuicios y errores de su época.

Desde que Hayek escribió sus Fundamentos sobre la libertad ha transcurrido más de medio siglo. Si en 1960 el economista austríaco consideraba que el pensamiento dominante del siglo XX había sido fundamentalmente socialista, hoy podemos decir que esa tendencia, salvo en un breve periodo de euforia liberal tras la caída del Muro, no solo se ha mantenido, sino que, en algunos campos, como por ejemplo el de la educación, ha terminado por ser el pensamiento único.

Hoy se habla de la “era Thatcher” o de la “era Reagan” o, en España, de la “era Aznar”, como el paradigma de un “neoliberalismo” al que se achacan todos los males de nuestra época, fundamentalmente aquellos que tienen que ver con la actual crisis económica. Da la impresión de que, en vez de reclamar una mayor libertad para que cada cual pueda organizar su propia vida, lo que hoy la calle exige es mayor protección estatal. No parece importar que el Estado invada el terreno de lo personal, mientras asuma más responsabilidades y nos exima de afrontar las nuestras.

En España esto es así, en gran parte, porque el discurso demagógico y populista de la izquierda ha ocupado el espacio del debate ideológico. La preocupación por la crisis económica y la insistencia del gobierno por alejarse de cuestiones “que no importan al ciudadano”, han dejado al Partido Popular sin argumentos frente a una nueva izquierda que cada día se siente más fuerte y que cada vez es más arrogante y más radical.

Hayek explicó con claridad por qué la única filosofía que se opone realmente al socialismo y a cualquier totalitarismo es la filosofía liberal. Es lógico, pues, que la izquierda esté siempre vigilante ante cualquier indicio de repunte de un pensamiento que sitúa la defensa de la libertad individual, de la ley y de la propiedad, por encima de utopías igualitarias y colectivistas, ya sean nacionalistas, socialistas o nacional-socialistas. Como también es lógico que todos los partidos que se consideran de izquierdas ataquen a cualquier político que pretenda interpretar la realidad bajo la luz de ese liberalismo que Hayek reivindicaba.

Lo que ya no es tan lógico es que el único partido liberal-conservador que existe en España se deje arrastrar por ese antiliberalismo ambiental, exhiba tanto temor a ser tachado de “neoliberal” y trate de callar a quienes desde dentro quieren definir como liberal su política. No se da cuenta el PP de que, de esa forma, podría quedarse sin argumentos frente a la nueva izquierda que surgió en las elecciones europeas, que ya gobierna las dos grandes capitales españolas y que amenaza con convertirse en la primera fuerza política de izquierdas en España.

No basta con llamarles populistas. Es necesario explicar a los ciudadanos por qué creemos que ese populismo es un peligro para la democracia, por qué pensamos que es un intento totalitario de tomar el poder y por qué vemos que lo que está en peligro no es ya la presencia en el gobierno del principal partido de la derecha española, sino el derecho de todos y cada uno de los ciudadanos a pensar libremente, a decir lo que piensan y a organizar su vida en libertad.

Suele calificarse de apocalípticos a quienes hoy muestran gran preocupación por lo que pueda suceder en España. La mayoría prefiere ser optimista y esgrime argumentos tranquilizadores como el de que es imposible que España se rompa, que es imposible que un partido bolivariano gobierne en España, que Grecia es ya una vacuna o que la sensatez de los españoles prevalecerá en el último momento. Dios les oiga, pero, si no es así, todos nos llevaremos las manos a la cabeza diciendo ¿cómo ha podido ocurrir?

Solo se valora la libertad cuando se la pierde, de ahí que no existan mayores y más claros defensores de la libertad de conciencia, de pensamiento, de expresión y de acción que quienes han sufrido los regímenes totalitarios del siglo XX. Desdichadamente, existen demasiados ejemplos en la historia reciente para saber que lo que parece imposible a veces llega a suceder.

Para Hayek y otros pensadores liberales contemporáneos, la forma de prevenir tragedias como las europeas del siglo pasado, la forma de defender una sociedad abierta, es evitar que el Estado se exceda en su cometido y planifique, manipule y dirija todos, absolutamente todos, los asuntos de los ciudadanos. Hoy el problema no es que sea reducido el número de los amantes de la libertad, lo cual como dijo Lord Acton, siempre ha ocurrido. El gran problema de hoy es que quienes piensan que la salida de la crisis pasa por restringir la intervención del Estado, quienes creen que el Estado no debe asumir responsabilidades que corresponden a los ciudadanos, no tienen donde hacerse oír.

El 8 de abril de 2015 el diario ABC publicaba un largo artículo de Xavier Pericay en el que, el hoy diputado de Ciudadanos en el Parlamento Balear, hablaba sobre la posibilidad de alcanzar un acuerdo que establezca un sistema de educación en España que no esté permanentemente expuesto a los cambios políticos.

En aquel artículo Pericay decía que un pacto educativo solo sería durable si antes los firmantes se ponían de acuerdo sobre una serie de disyuntivas. La primera de ellas, escribía el diputado balear, es “la que se plantea entre libertad e igualdad, o si lo prefieren, entre calidad y equidad”. A esta primera cuestión añadía otras dos que, en mi opinión, derivan de ella: la necesidad de recuperar la auctoritas del profesor y el reparto de competencias entre Estado y Autonomías.

“Sin la previa resolución de esas disyuntivas –escribía Pericay- cualquier intento de pacto de Estado estará condenado al fracaso. No del pacto en sí, que acaso pueda alcanzarse, sino de su objeto: el rescate de la educación en España, y su consiguiente y apremiante mejora.”

El 15 de abril, una semana después de la publicación de este artículo, Pericay era elegido cabeza de lista de Ciudadanos para las elecciones al Parlamento de las Islas Baleares. Y tres meses después, a finales de julio, Albert Rivera presentaba las líneas generales de su programa de educación con una propuesta estrella: el MIR para profesores.

No es la primera vez que se plantea un MIR educativo. Lo ha hecho algún ministro socialista y también se ha planteado en el PP, así que, como punto de un acuerdo general entre partidos, la idea podría resultar acertada. Ahora bien, ¿se ha parado Albert Rivera a pensar en las grandes diferencias que existen entre la formación actual de un médico y la de un profesor o maestro?

En primer lugar, hay que tener en cuenta que en las Facultades de Medicina se matriculan los mejores alumnos de los bachilleratos de Ciencias. Y no solo porque se exige una nota alta en las pruebas de acceso a la universidad sino también porque todos los estudiantes que empiezan Medicina saben que les esperan unos años muy duros y de mucho trabajo. Algo que ni de lejos ocurre en las carreras en las que reciben su formación inicial los futuros profesores.

En segundo lugar, los candidatos al MIR, antes de comenzar su formación práctica en los hospitales, deben pasar por un durísimo examen de selección sobre sus conocimientos teóricos. Nada que ver con los actuales procedimientos de selección de profesores.

Por último, los residentes del MIR se ponen a las órdenes de un médico cuya auctoritas nadie discute. ¿Ha pensado Albert Ribera dónde va a encontrar esos profesores tutores cuando, como bien decía Pericay, la auctoritas del profesor hace ya tiempo que se ha perdido?

Hablar de un MIR educativo antes de saber si se apuesta por la calidad de la enseñanza, es decir, por un bachillerato exigente, por unos estudios universitarios duros y por un sistema de selección académica riguroso, me parece un brindis al sol; una propuesta más de las infinitas que se hacen en las campañas electorales con muy poca voluntad de que realmente supongan un cambio profundo y una gran mejora en las cosas que no funcionan.

Lo decía Pericay en su artículo. En las últimas décadas, en el mundo de la educación, la igualdad ha prevalecido sobre la libertad. En nombre de la igualdad se ha hecho desaparecer el interés por la instrucción, el valor del esfuerzo, el reconocimiento del mérito, y todo aquello que podía conducir a que unos alumnos aprendieran más que otros. Es decir, se ha renunciado “al cultivo de la inteligencia”. Y, como explicó John Stuart Mill en su tratado sobre la libertad, On Liberty, impedir el libre desarrollo de las facultades intelectuales del individuo no solo es un ataque a su libertad sino que supone un grave obstáculo para el progreso de la sociedad.

Los pedagogos igualitaristas suelen justificarse diciendo que las distintas capacidades intelectuales no son debidas a la naturaleza sino a las diferencias sociales, culturales y económicas. Por supuesto que los niños que se crían en ambiente interesados por la cultura tienen, en principio, más facilidades para aprender que aquellos que provienen de medios ajenos a toda instrucción. Pero eso debería habernos llevado a reclamar una escuela capaz de compensar esas diferencias, no renunciando a la instrucción, sino enseñando más y mejor.

Esa prevalencia de la equidad sobre la calidad, de la igualdad sobre la libertad, está impidiendo el libre desarrollo de las capacidades intelectuales de todos los individuos, de los más y de los menos capacitados para el estudio. El ardor obstinado de quienes quieren poner por encima de cualquier otro fin, y a costa de cualquier cosa, el logro de una educación igual para todos ha conducido a la institucionalización de un sistema escolar que ha eliminado de sus objetivos el progreso individual y, por tanto, del progreso social. Sólo aspirando a ser mejores pueden los individuos progresar y nunca podrá avanzar una sociedad si se mata en sus ciudadanos el instinto natural de querer ser mejores, de querer progresar.

Tengo una gran simpatía y admiración hacia Pericay, al que conocí hace unos años través de FAES. A Xavier le preocupa tanto como a mí la deriva destructora que, a partir de la implantación de la LOGSE, ha tomado la educación española, y creo que, como yo misma, Pericay se había acercado al PP con ánimo de ayudar, desde el único partido liberal-conservador que existe en España, a recuperar la calidad de un sistema de enseñanza que había sido destrozado por las leyes socialistas.

No sé si Albert Rivera ha consultado con Pericay este “anuncio estrella” de su programa educativo. Tampoco sé si ha comprendido que la clave del declive de la educación española está en ese igualitarismo dogmático que impide el libre desarrollo del talento individual. Pero, en todo caso, si de verdad quiere el rescate de la educación en España, antes de lanzar iniciativas de cara a la galería, debería dejarse aconsejar por su candidato en las Islas Baleares. Porque no creo que haya en Ciudadanos nadie más informado que Xavier Pericay sobre lo que ha ocurrido en la educación española para que ocupemos los últimos puestos en el ranking de resultados de las evaluaciones internacionales, para que nuestro porcentaje de paro juvenil sea más del doble de la media europea (solo comparable al de Grecia) y para que, a pesar de ello, las leyes de educación sigan ligadas al igualitarismo dogmático de la LOGSE.

(artículo publicado en Actualidad Económica el 22 de julio de 2015)

El 31 de enero de 1976, la Junta General del Colegio Oficial de Doctores y Licenciados de Madrid aprobó un documento, “Alternativa a la Enseñanza”, que fue presentado como la propuesta conjunta de los partidos y sindicatos de izquierdas ante lo que llamaban “el fracaso rotundo” de la Ley General de Educación aprobada en 1970, y que aún no había acabado de implantarse del todo.

Aquella Junta se había constituido dos años antes, aún en vida de Franco, por un grupo de profesionales de la enseñanza, militantes de partidos entonces prohibidos en España. El decano era Eloy Terrón Abad, del Partido Comunista, y de ella formaban parte los socialistas Luis Gómez Llorente y Mariano Pérez Galán.

Para la izquierda de aquellos años una reforma auténticamente democrática de la enseñanza debía obedecer al principio irrenunciable de “escuela única, pública y laica”. Además, las enseñanzas debían responder a la “realidad plurinacional de España”.

Por escuela única se entendía la no separación de los alumnos en diferentes itinerarios antes de terminar la enseñanza obligatoria. La reivindicación de una escuela pública implicaba que tanto la financiación como la gestión fueran realizadas por y desde el Estado.

La democratización de la enseñanza, además de la erradicación del “autoritarismo” en la relación profesor-alumno, suponía la unificación de los distintos estamentos y cuerpos de profesores y la participación de los diferentes sectores sociales en la gestión de los centros. La educación superior debía estar al alcance de todos, sin ningún tipo de selección académica previa.

En cuanto a la aceptación de la realidad plurinacional de España, se decía que en todos los territorios con lengua propia debía utilizarse esta como lengua vehicular en el estudio de las diferentes disciplinas.

Aquella “Alternativa para la enseñanza” nació con voluntad de ser una hoja de ruta de la izquierda educativa para los años posteriores y, de hecho, ha marcado, no solamente la legislación socialista de los últimos 25 años, sino también todas las reivindicaciones de pedagogos y sindicatos de izquierdas que siguen hoy en día manifestándose tras la pancarta: “Por una escuela única, pública y laica”.

Con gobierno socialista, en 1985, se aprobó la Ley Orgánica de Participación, Evaluación y Gobierno de los centros (LOPEG), que establecía el régimen de conciertos, y, en 1990, fue aprobada la LOGSE sobre los principios básicos de la escuela única, hoy llamada “comprensiva”.

Desde entonces ha habido varios intentos del PP por reformar la LOGSE, una Ley que ha demostrado sobradamente su fracaso. Y, en todas las ocasiones, la izquierda política y pedagógica y los nacionalistas han formado un bloque de dura oposición a cualquier cambio que supusiera una ruptura con los principios y dogmas de la ya aparentemente olvidada Alternativa de 1976. Recuérdese la violenta reacción en el Congreso al llamado Decreto de las Humanidades presentado por la entonces Ministra de Educación, Esperanza Aguirre, o la paralización de la Ley de Calidad de Pilar del Castillo realizada por Zapatero a los pocos días de llegar al poder en marzo del 2004.

Ahora, una vez más, ante la aplicación de la “Ley Wert”, algunas Comunidades plantean un boicot en espera, dicen, de que, tras las elecciones generales, un gobierno de izquierdas, paralice su aplicación.

En la mayor parte de los países de nuestro entorno, si bien tras la revolución pedagógica de Mayo del 68 se adoptaron modelos basados en ideas y creencias similares a las de la olvidada Alternativa, hace ya tiempo que se abandonaron para buscar reformas encaminadas a mejorar la eficacia de sus enseñanzas. El más claro en ese sentido fue Tony Blair, que llegó a declarar que el modelo de escuela comprensiva había condenado a muchos niños a la ignorancia.

Sin embargo, en España, ni las cifras de fracaso escolar, ni los malos resultados de los alumnos en las pruebas internacionales, ni las escalofriantes cifras de paro juvenil, parecen razón suficiente para que los socialistas se planteen la necesidad de apartarse de los principios inspiradores de su política educativa.

Se puede estar más o menos de acuerdo con los cambios que introduce la nueva Ley Wert. Se puede pensar que no deben cambiarse las leyes de educación cada vez que hay un cambio de gobierno. Pero lo que me parece inaceptable es que el PSOE se declare partidario de paralizar, una vez más, una ley orgánica aprobada en las Cortes con el argumento de que, como ha dicho Rubalcaba, “solo le gusta al PP”, como si tener mayoría absoluta en un país democrático no significara que el Gobierno cuenta con el apoyo de la mayoría de los españoles.

(Artículo publicado en Libertad digital el 28-6-2015)

Ayaan Hirsi Ali nació en la ciudad somalí de Mogadiscio en 1969. Su infancia y adolescencia transcurrieron entre Somalia, Etiopía, Arabia Saudí y Kenia. Cuando tenía 23 años su padre quiso casarla con un pariente que vivía en Canadá. Ayaan debía viajar a Alemania para, desde allí, volar al encuentro del que sería su marido, pero la joven somalí decidió escaparse, tomó un tren hacia Ámsterdam y, al llegar, pidió asilo político. Para que Holanda le concediera el estatus de refugiada política dijo haber llegado huyendo de la guerra civil de Somalia, una mentira que entonces le resolvió la vida pero que más tarde le haría perder la nacionalidad holandesa.

En Holanda trabajó como intérprete de los refugiados musulmanes, estudió Ciencias Políticas en la Universidad de Leiden y, en el año 2001, empezó a trabajar para un think tank próximo al partido socialdemócrata holandés, el PvdA. En la Universidad de Leiden Ayaan había estudiado las teorías liberales y leído con enorme interés a los liberales de la escuela austriaca, lo que le había permitido elaborar un pensamiento político propio con el que abordar la cuestión que más le preocupaba y que llegaría a convertirse en el leit motiv de una incesante actividad política: la defensa de la libertad de la mujer islámica. Sus diferencias con el PvdA le hicieron darse cuenta de que su forma de entender los problemas de la inmigración musulmana en Europa encajaba más con las ideas que defendían los liberales. Comenzó a colaborar con ellos y, en enero del 2003, se incorporó al Parlamento holandés como diputada del partido liberal.

El 2 de noviembre de 2004, el cineasta Theo van Gogh, con el que Hirsi Ali había colaborado en el guión de la película Submission, fue asesinado en plena calle por un islamista. Con el mismo puñal con el que había dado muerte al director de cine, el asesino dejó clavado un mensaje en el que amenazaba con matar también a la diputada holandesa. Ayaan Hirsi Ali no se dejó vencer por el miedo, la fatua islámica contra ella le dio nuevos argumentos para continuar luchando por lo que, desde su llegada a Europa, consideraba un derecho inalienable de las personas y un inapreciable valor de la sociedad occidental al que no estaba dispuesta a renunciar, la libertad de expresión.

Pero lo que no pudo hacer la amenaza islámica, lo logró esa sociedad libre que tanta admiración había despertado en ella. El escándalo estalló en el año 2006, Ayaan Hirsi Ali había mentido con respecto a la razón de su solicitud de asilo y debía renunciar a su nueva nacionalidad y, por tanto, a su acta de diputada. Más tarde, el gobierno holandés, por presiones de la opinión pública, se vio obligado a rectificar, pero la ya ex diputada somalí había decidido buscar refugio en los Estados Unidos. Desde entonces vive en Norteamérica. Está casada con el historiador británico Niall Ferguson y dirige la AHA Foundation, creada por ella misma en 2007 para la defensa de los derechos de las mujeres musulmanas.

Hirsi Ali ha escrito varios libros en los que narra su vida y explica su trayectoria intelectual y política a lo largo de los años de convivencia con las, para ella, sociedades liberales. La mayoría de ellos han sido publicados en España por Galaxia Gutenberg: Yo acuso (2006), Mi vida, mi libertad (2007) y Nómada (2011). El último, con el título Reformemos el Islam (Heretic. Why Islam Needs a Reformation Now) acaba de aparecer en las librerías.

Hirsi Ali abandonó definitivamente la religión de Mahoma tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, y en múltiples ocasiones ha confesado su ateísmo. Hasta ahora había defendido la imposibilidad de que se produjera un cambio dentro del islam que permitiera a los musulmanes integrarse en “la modernidad” de las sociedades occidentales. Si bien en un principio no veía otra posibilidad para los disidentes como ella que el abandono de toda creencia religiosa, en el libro anterior, Nómada, sugería la posibilidad de una conversión al cristianismo para aquellos musulmanes que sintieran la necesidad de una religión.

Su trabajo como directora de un seminario sobre “teoría política islámica” en la Facultad John Kennedy de Harvard, con la que colabora desde 2012, le han hecho ser más optimista. En su nuevo libro sostiene que el islam puede reformarse y que, de hecho, hay señales claras de que esa reforma está en marcha.

Ayaan Hirsi Ali considera que existen dos grupos de musulmanes que responden a dos periodos distintos de la vida de Mahoma. El grupo mayoritario sería el de los musulmanes de la Meca, practicantes devotos y pacíficos de la fe en el primer Mahoma, el que vivió en la Meca. Es el grupo al que Occidente suele referirse cuando habla de “islam moderado”.

El otro grupo, el de los fundamentalistas, respondería a una visión del islam propia del Mahoma que vivió en Medina, que fue donde comenzó a predicar la guerra santa contra el infiel. De estos últimos, dice Ayaan, es de los que se sirven Al Qaeda, el EI, Boko Haram y cientos de organizaciones más para alimentar la yihad. Estudios realizados por la ONU señalan que de los 1600 millones de musulmanes que hay en el mundo, el 3% serían miembros de alguna de estas organizaciones, lo que supone nada menos que 48 millones de yihadistas.

La actitud optimista de Hirsi Ali se debe a la constatación de que un tercer grupo de musulmanes, el de los disidentes como ella, va tomando forma y es cada vez más numeroso. Se trataría de un grupo que confía en la posibilidad de implantar un islam reformado en el que se aceptara la discusión, la crítica y el debate. Es decir, en el que, en vez condenar a muerte al disidente por apóstata, lo tratara como si fuera sencillamente “hereje”.

Esa reforma del islam exigiría la revisión de “cinco preceptos clave”. El primero es la infalibilidad de Mahoma y la obligación de hacer una lectura literal del Corán. El segundo de los preceptos que se deben reformar es la anteposición de la vida después de la muerte a la vida terrenal, lo que conduce a la magnificación del martirio. La sharía o conjunto de leyes coránicas que condenan a muerte a las adúlteras, a los apóstatas y a los homosexuales tendría que dejar de cumplirse.  Otro de los preceptos coránicos que ha de reformarse es la práctica de otorgar a un individuo cualquiera la potestad de decidir lo que está bien y lo que está mal pues tal práctica conduce a la sumisión de la mujer al varón en el entorno familiar, esclaviza a las mujeres e impide la privacidad dentro de la propia familia. Por último, habrá que poner fin al imperativo de la yihad o guerra santa contra el infiel que está extendiendo la violencia en el mundo musulmán y sembrando el terror en Occidente.

Hirsi Ali considera que aunque la Primavera árabe fue decepcionante para las expectativas occidentales, ha dejado “una base auténtica de ciudadanos que están a favor del cambio y que antes no existían”. Ciudadanos que estarían dispuestos a escuchar la voz de los disidentes o reformistas del islam. En su libro da una amplia lista de reformistas que, aun a riesgo de su vida, muestran cada día más valor para expresar sus ideas contrarias a la ortodoxia del islam. Para estos “herejes” pide Hirsi Ali el apoyo de Occidente: “El mundo occidental tiene el deber de prestar ayuda y, cuando sea necesario, seguridad a los disidentes y reformistas”.

Reformemos el Islam. Ayaan Hirsi Ali. Galaxia Gutenberg, 2015

El sábado 13 de junio se celebró la constitución del Pleno del Ayuntamiento de Madrid. La sesión transcurrió tal y como estaba previsto en el orden del día. El secretario pidió que subieran a la mesa para presidir la sesión el concejal de mayor edad, que resultó ser Manuela Carmena, y el más joven, que era Rita Maestre, ambas del partido Ahora Madrid/Podemos. El secretario, tras pronunciar las palabras propias del juramento del cargo, fue llamando, uno a uno, a los concejales. Estos debían responder “Sí, juro” o “Sí, prometo”. La nota original la pusieron los de Ahora/Podemos, pues si bien la mayoría de ellos terminaba su promesa con un “por exigencia legal”, alguno quiso distinguirse de los demás añadiendo una coletilla latina: “Omnia sunt communia”.

Al parecer se trata de la última parte de una frase de Santo Tomás de Aquino, “In extrema necessitate omnia sunt communia”, que traducida significa: en tiempos de extrema necesidad, todo es del común.

Leo en la red el comentario de una admiradora anónima de Manuela Carmena, de la que dice es “una mujer de la que solo puede un@ sentirse profundamente orgullosa”. Y sobre la frase que se coló en el pleno de constitución del nuevo Ayuntamiento de Madrid comenta: “Curioso que suene radical un mensaje del siglo XIII, pero nunca es tarde para recordar que lo público es de tod@s y en tiempos de extrema necesidad, incluso lo privado debe ponerse al servicio del común”.  Una interpretación que podría explicar la insistencia de Podemos en decir que los niños madrileños están desnutridos o que las diferencias sociales en Madrid están al nivel de las ciudades del Tercer Mundo. Y es que si se extiende la falaz idea de que vivimos en “tiempos de extrema necesidad”, la aplicación de la fórmula Omnia sunt communia llevaría a justificar que lo privado también se pusiera al servicio de todos, o sea, la ocupación de los pisos vacíos  o, incluso, la  aplicación de la tristemente famosa orden “¡exprópiese!” de Hugo Chávez.

El desarrollo del pleno fue seguido desde una tribuna por los dirigentes de Podemos, Iglesias, Errejón y Monedero, que parecían vigilar que todo transcurriera a su gusto y manera. Estaba claro que su intención era poner fin a esa farsa que durante toda la campaña había mantenido Manuela Carmena para hacer creer a la gente que ella nada tenía que ver con el partido de Pablo Iglesias.

Como estaba previsto, Manuela Carmena resultó ser el concejal más votado al recibir los 9 votos del PSOE y, como no podía ser de otra manera, su proclamación como alcaldesa fue aplaudida por todos los concejales. Los de su equipo, alguno de ellos con el puño en alto, acompañaron sus plausos del grito que viene siendo ya habitual entre sus seguidores: “¡sí se puede!”.

A continuación, los portavoces de los grupos fueron tomando la palabra. Begoña Villacís, de Ciudadanos, insistió una vez más en su posicionamiento político centrista. Algo extraño sonó que reclamara el centro de un mapa político en el que, según ella, no se puede ya hablar de derecha e izquierda.

En su intervención, Esperanza Aguirre rogó una vez más a la ya alcaldesa de Madrid que aclarara cuál era su ideología política; reconoció la legitimidad del apoyo socialista a la candidatura de Podemos pero no sin recordar a Carmona el fracaso que siguió a su Partido tras los años de legislatura del tripartito catalán: “No seré yo la que recuerde el éxito que han tenido los socialista cada vez que han apoyado cambios radicales”. Para sorpresa de todos, estas palabras de Aguirre recibieron los sonaros aplausos de Pablo Iglesias y sus lugartenientes. Miré hacia arriba y pude apreciar el rostro jocoso de los que aplaudían. No supe bien si querían mofarse de Aguirre o de Carmona.

La nueva alcaldesa, en un lenguaje cercano y amistoso, adelantó alguna de las medidas que pensaba tomar de inmediato. Entre ellas, dar comida y cena en los colegios a los niños que pasan hambre (reconoció que no sabía cuántos eran) o hacer escuelas infantiles de 0 a 3 años, “iguales para todos los niños”. También propuso el “tuteo” y la “conversación” como alternativas al tratamiento tradicional y a los discursos habituales en los Plenos.

Al salir, un grupo de simpatizantes de Ahora/Podemos recibió a la portavoz de Ciudadanos con abucheos, insultos y amenazas (los del PP, viendo el panorama, habíamos salido por una puerta lateral). Begoña Villacís declaró más tarde que le asustó “la mirada de odio” de algunos sujetos.

La primera semana de gestión de la nueva alcaldesa ha estado rodeada de polémica. Y es que su lista está llena de personajes con un historial que refleja una manera de ser y de pensar que resulta, como mínimo, preocupante.

Guillermo Zapata, uno de los que añadió a su promesa por imperativo legal aquello de que “todo es de todos”, tiene una colección de tuits en internet que escandalizaría a cualquier ciudadano europeo. Parece ser que Zapata es un aficionado al “humor negro” y no ha tenido ningún escrúpulo de conciencia para publicar en la red chistes en los que se toma a broma el exterminio de seis millones de judíos y bromas siniestras sobre víctimas del terrorismo, como Irene Villa, o relacionadas con algunos de los más repugnantes crímenes que hemos conocido en los últimos tiempos, como el de las niñas de Alcasser o el de Marta del Castillo.

Que al salir a la luz estos tuits la alcaldesa haya considerado que no era lo más apropiado para este concejal ocuparse del área de cultura y le haya “relegado” al de concejal de distrito, creo que, como mínimo, es una tomadura de pelo y un insulto a la inteligencia de los que no la votaron, es decir, de la mayoría de los madrileños.

Pablo Soto es otro de los hombres fuertes del nuevo Ayuntamiento. Su trayectoria “literaria” no es muy diferente a la de su colega Zapata. Tuitero avezado en el uso de las redes, gusta de amedrentar a los rivales políticos con la horca, la guillotina o, directamente, mandándoles al cementerio. Dice la alcaldesa que eso era antes, cuando era un “indignado”, pero ahora, que ha sido rescatado por ella para la política, aceptará de buen grado sujetarse a las normas y usos democráticos.

La joven portavoz, Rita Maestre, tiene un curriculum verdaderamente heroico en su lucha contra “la casta”. En 2011, en plena campaña para la elección de rector de la Complutense, se presentó medio desnuda en la capilla de esa universidad durante la celebración de una misa profiriendo insultos contra los asistentes, el celebrante y el rito católico. En sus gritos no faltaron amenazas. “¡Arderéis como en el 36!”, es una de las joyas retóricas que fueron escuchadas aquel día. Manos limpias ha presentado una querella que ha sido aceptada por el juez. El fiscal pide un año de prisión por un delito contra la libertad religiosa. “Que se acostumbren. Ahora llega gente a las instituciones con pasado de compromiso”, ha declarado Maestre, que se justifica porque aquella fue una marcha pacífica “de reivindicación del laicismo, en la que no hubo en absoluto “odio religioso”. Esta joven revolucionaria participó también en el boicot, acompañado de abucheos e insultos, a Rosa Díez en la Complutense hace unos años.

Más contundente si cabe que en los otros dos casos, ha sido la negativa de la alcaldesa a prescindir de su portavoz. Era una joven revolucionaria, feminista y laicista. Su actitud no es en absoluto reprobable para los dirigentes del Partido que gobierna el Ayuntamiento de Madrid.

Según los dirigentes de Podemos, solo la corrupción económica puede ser motivo para excluir a alguien de un cargo público. Lo que digan las leyes no cuenta para ellos. Como Ada Colau en Barcelona, son ellos quienes decidirán qué leyes son justas y cuáles no lo son. Su doctrina ideológica prevalece sobre la ley.

La semana terminó con la manifestación de apoyo a Alfonso Fernández Ortega, Alfon libertad, condenado a 4 años de cárcel por llevar una mochila cargada de explosivos en la huelga del 14 de noviembre de 2012.  Los dirigentes de Podemos han hecho declaraciones exigiendo su liberación inmediata. “Mientras los que quebraron los bancos disfrutan de impunidad, Alfon irá a prisión. Me parece una injusticia”, ha escrito Pablo Iglesias en su perfil de twiter. El joven incendiario cuenta también con el apoyo de Manuela Carmena.

Después de una semana, y a pesar de la ilusión manifestada por la alcaldesa de hacer de Madrid la “ciudad del abrazo”, no faltan datos para temer que el espíritu de revancha, de confrontación, la intolerancia e incluso “el odio” se hayan colado en el Ayuntamiento de Madrid.

Michel Houellebecq (1958) es uno de los autores actualmente más polémicos y de mayor éxito en Francia. Muchas de sus novelas, traducidas a varios idiomas, han sido galardonadas con los premios de mayor prestigio en el mundo cultural francés. Su última novela, Sumisión, apareció en las librerías francesas el 7 de enero de 2015, precisamente el día de los atentados yihadistas contra la revista Charlie Hebdo, provocando un enorme revuelo entre intelectuales y políticos tanto de izquierdas como de derechas.

Sumisión, que es el significado de la palabra árabe “islam”, fue también el título de la película por la que el cineasta holandés, Theo Van Gogh, fue asesinado en noviembre de 2004 en las calles de Amsterdam. Esa pudo ser la razón por la que, incluso antes de leer la novela, la opinión pública se apresurara a descalificar al autor acusándole de  “islamófobo”.

François, el personaje creado por Houellebecq, es profesor de literatura francesa en la universidad Paris III-Sorbona. Su especialidad es la obra de Joris-Karl Huysmans, un escritor francés de la segunda mitad del siglo XIX que a los 44 años se convirtió al catolicismo y que, hastiado del mundo moderno, buscó refugio en la soledad de un monasterio benedictino.

François es un cuarentón solitario. Vive alejado de sus padres y, a excepción de ellos, no parece tener familia. En sus relaciones sentimentales es un poco extraño, se diría que un tanto misógino. Cada año, el comenzar las clases, suele ligarse a alguna alumna y conservarla como amante hasta fin de curso y, después, corta toda  relación con ella. Sólo existe una joven, Myriam, de familia judía, de la que el protagonista parece estar enamorado.

La historia comienza poco después de las elecciones presidenciales francesas de 2017. En ellas, los socialistas han ganado por un estrecho margen al Frente Nacional de Marine le Pen. François Hollande repetirá como Presidente de la República. Pasadas las elecciones, Mohamed Ben Abbes, un musulmán nacido y educado en Francia, miembro de la ENA (el selectivo cuerpo de altos funcionarios del Estado), anuncia la creación de un nuevo partido, La Hermandad Musulmana.

La Hermandad se presenta como un partido abierto y para nada antisemita. Su estrategia política consiste en ir creando una red de movimientos juveniles y de asociaciones caritativas aparentemente no ideologizadas. Una estrategia que, señala el autor, era la típica de los comunistas de antaño.

Transcurridos cinco años, Houellebecq nos sitúa de nuevo en periodo electoral en un ambiente social y político muy enrarecido. El Frente Nacional ha ido ganando adeptos, provocando el pánico entre los militantes de los partidos de centro derecha y de centro izquierda. La tensión en las calles de París ha ido en aumento y, cada vez con mayor frecuencia, se producen estallidos de violencia que, incomprensiblemente, las autoridades y los medios de comunicación intentan ocultar.

El 15 de mayo de 2022 se celebran las elecciones presidenciales. Resulta ganador el Frente Nacional y, detrás, el partido de Ben Abbes, que ha obtenido el 22,3% de los votos. El candidato socialista, con el 21,9%, queda eliminado de la lucha por la presidencia de la República.

A partir de ahí los dos candidatos se esforzarán por conseguir apoyos. La Hermandad Musulmana está dispuesta a dar más de la mitad de los ministerios a los socialistas. Ambos partidos podrían llegar a acuerdos en economía, seguridad e incluso en política exterior, donde los musulmanes exigirán una condena explícita a Israel, algo que la izquierda “concederá sin problemas”. Donde parece imposible que se alcance acuerdo alguno es en educación. Los socialistas no están dispuestos a ceder en lo que han considerado siempre su feudo. “El interés por la educación es una vieja tradición socialista, y el entorno docente es el único que nunca ha abandonado al Partido Socialista […]; la cuestión es que en esta ocasión tienen ante sí a un interlocutor aún más motivado que ellos, y que no cederá bajo ningún pretexto.”

La educación se convierte en el tema central de la carrera por llegar al Elíseo. En un debate televisado entre los dos candidatos, Marine Le Pen sorprende a muchos de sus posibles votantes con un discurso “francamente anticlerical”, reivindicativo de la escuela laica de Jules Ferry. Por el contrario, el candidato musulmán se muestra decidido a introducir la religión en la escuela, algo inaudito en el sistema educativo francés. Los tiempos han cambiado y la escuela republicana, dice Ben Abbes, debe aprender a convivir con las tradiciones espirituales del país, ya sean judías, cristianas o musulmanas.

François, que contempla el debate en TV, escucha asombrado las sugestivas palabras con las que Mohamed Ben Abbes defiende ante la prensa su postura. Los periodistas ni siquiera preguntan. Al finalizar el programa, François se da cuenta de que Ben Abbes ha conseguido su objetivo: “comprendí que había llegado justo donde el candidato musulmán quería llevarme: una especie de duda generalizada, la sensación de que allí no había nada de qué alarmarse, ni nada verdaderamente nuevo”.

Myriam, la novia de François, abandona París. Su familia, como muchos otros judíos franceses, ha decidido partir hacia Israel. Francia no es ya un lugar seguro para ellos. Hay manifestaciones por todas partes que suelen terminar en estallidos de violencia, sin que se sepa muy bien quién las convoca. Extrañamente, ni los periódicos ni el gobierno hablan de ellas.

Llega el día de la segunda vuelta. François abandona la ciudad, teme que una guerra civil pueda estallar en Francia. Al atardecer, las televisiones dejan de funcionar. Por una emisora de la BBC consigue enterarse de que grupos armados han entrado en algunos colegios electorales y varias urnas han sido robadas. Las elecciones son invalidadas; deberán repetirse la semana siguiente.

Se reanudan las negociaciones. Ni socialistas ni musulmanes quieren ceder en la cuestión educativa. Una nueva alianza empieza a perfilarse: los musulmanes con la derecha del UMP, que “nunca ha concedido la menor importancia a la educación”.

Finalmente se produce el acuerdo, la UMP, la UDI (Unión de Demócratas e Independientes) y el Partido Socialista crean un ‘frente republicano amplio’ y se suman al candidato de la Hermandad Musulmana. Si gana las elecciones, Ben Abbes se compromete a nombrar primer ministro al viejo político de derechas François Bayrou. La suerte está echada. Ben Abbes obtendrá una cómoda victoria. El gran éxito del líder musulmán ha sido darse cuenta de que las elecciones no se iban a jugar en el terreno de la economía, sino en el de los valores: restauración de la familia, de la moral tradicional y de las jerarquías.

Seis meses después de las elecciones, todo parece marchar sobre ruedas en la Francia islamizada de Ben Abbes. En el plano Internacional se han establecido puentes entre Marruecos, Turquía y la Unión Europea. En el interior, la delincuencia ha bajado de forma considerable. La institucionalización de ayudas familiares resulta lo suficientemente atractiva para que muchas mujeres hayan decidido retirarse del mundo laboral, con lo que se ha producido un descenso ostensible de las cifras del paro. El gasto en Educación ha bajado considerablemente al restringir la obligatoriedad de la educación a los años de Primaria. Se ha fomentado la formación profesional y potenciado las escuelas de oficios.

En lo que se refiere a la economía, se ha implando el “distributismo”, basado en la formación de colectivos empresariales formados por la unión de pequeñas empresas familiares. Los trabajadores deben ser accionistas de su empresa y corresponsables de la gestión. Se han suprimido todas las ayudas a las empresas. A cambio hay importantes desgravaciones fiscales para artesanos y autónomos.

La implantación de estas medidas no había encontrado oposición alguna. “Francia recuperaba un optimismo que no había conocido desde el final de la edad de oro del capitalismo, medio siglo antes”.

Arabia Saudi ha comprado la universidad en la que François daba sus clases, convirtiéndola en “la Universidad Islámica Paris-Sorbona”. Los nuevos estatutos exigen que los profesores que deseen continuar se conviertan al islam. Uno de los catedráticos, Roger Rediger, ha sido nombrado rector. François recibe una carta de despido en la que le aseguran que conservará el salario íntegro. Algunos de sus colegas, con el sueldo triplicado, continúan en sus puestos. Probablemente, porque han aceptado abrazar la religión islámica.

Sin amigos, sin familia, sin alumnos, sin mujer, François se encuentra totalmente desorientado. En un desesperado intento por seguir los pasos de Huysmans se aloja durante unos días en la abadía en la que él había estado un siglo antes. Parece que con la intención de probar si una conversión al cristianismo podría dar un nuevo sentido a su vida.

De vuelta a París, entra en contacto con el rector, Roger Rediger, que le propone la vuelta a la enseñanza. Ya sabe François que la condición será hacerse musulmán. La propuesta de Rediger da pie a largas conversaciones entre ambos sobre el ateísmo, la religión y el porvenir de Europa. Rediger le habla de su vida, de las reflexiones que le llevaron a hacerse musulmán. Un día comprendí, dice Rediger, que “sin la cristiandad, las naciones europeas no eran más que cuerpos sin alma, unos zombis. La cuestión era la siguiente: ¿podía revivir la cristiandad?”. La respuesta es que ya era demasiado tarde, la civilización occidental se había suicidado. “Esa Europa, que era la cumbre de la civilización humana, se ha suicidado en el espacio de unas décadas”. Esa idea fue la que le llevó a considerar la posibilidad de abrazar el islam.

Para François el mayor obstáculo para aceptar la religión de Mahoma era la poligamia, “me cuesta un poco imaginarme como un macho dominante”. Rediger le explica que el islam exige que las esposas sean tratadas con igualdad y que, por lo general, los musulmanes tienen tantas mujeres como su situación económica les permite. “En su caso –dice Rediger- creo que podría tener tres esposas sin gran dificultad”.

François ya está seguro de que acabará por claudicar. Volver a la universidad le atrae, la vida sexual ya nunca más sería un problema, “las mujeres musulmanas eran abnegadas y sumisas, de eso podía estar seguro, así las educaban, y en el fondo eso bastaba para dar placer”. En cuanto a la vida doméstica, difícilmente podría estar mejor resuelta.

La ceremonia de la conversión no le asusta. Sería en la Gran Mezquita de París. Ante sus nuevos hermanos musulmanes, pronunciaría el juramento que exige el rito musulmán: `Doy fe de que no hay sino un Dios y Mahoma es su profeta’. “Y acto seguido se habría acabado; sería, a partir de entonces, musulmán”.

Era la oportunidad de empezar una nueva vida. “No extrañaría nada”.

Con esta frase pone Houellebecq el punto y final a su historia.

Las primeras voces que se levantaron a raíz de la publicación de Sumisión fueron para acusar a su autor de islamofobia. Después de leer la novela, yo diría que Houellebecq no ha querido escribir una crítica del islam sino de la sociedad francesa y, en general, de toda la sociedad occidental.

En Sumisión, Houellebecq, a través de sus personajes, plantea cuestiones que resultan muy sugerentes. Por ejemplo, Roger Rediger, el mentor espiritual del protagonista, afirma que el siglo XXI se caracterizará por un retorno a lo religioso. El hombre occidental buscará de nuevo un sentido trascendente a su vida y ya no lo encontrará en el cristianismo. Por eso dice que Europa, al haber renegado de su origen cristiano, se ha suicidado.

El desarrollo de las elecciones que llevarán a Mohamed Ben Abbes al Elíseo es perfectamente creíble. En una sociedad francesa en la que reina la apatía, el descreimiento y la confusión y que está harta de los partidos tradicionales (recuérdese que la UPD y el PS son eliminados en la primera vuelta de las elecciones), el candidato musulmán consigue ilusionar a la gente hablando de valores y de creencias. Ese discurso, unido al miedo que inspira el populismo de derechas de Marine Le Pen, lo convierte en el Presidente de la República.

En mi opinión, lo que ha hecho escandalosa la novela de Houellebecq es precisamente su credibilidad política. Es discutible si tras el triunfo en las elecciones del líder musulmán, las cosas sucederían o no como en la novela se describen, pero, sinceramente, no creo que esa sea la cuestión más importante. Como tampoco creo que lo sea, en este caso, la visión que el autor tenga del islam.