En 1954 Sebastian Haffner decidió dar por terminado su exilio británico y organizarse de nuevo la vida en Berlín. De vuelta a su ciudad natal trabajó como colaborador en varios periódicos de prestigio. A su primer libro “Historia de un alemán. Memorias 1914-1933”, escrito en Londres en 1939, le siguieron otros en los que el autor continuó indagando en su obsesión por comprender el efecto hipnótico que la figura de Hitler produjo en gran parte del pueblo alemán. La mayoría de sus libros han sido publicados con notable éxito en España.

Haffner presentaba sus memorias del periodo de entreguerras en Alemania con estas palabras: “La historia que va a ser relatada a continuación versa sobre una especie de duelo. Se trata de un duelo entre dos contrincantes muy desiguales: un Estado tremendamente poderoso, fuerte y despiadado, y un individuo particular pequeño, anónimo y desconocido. (…) El Estado es el Reich, el particular soy yo. (…) Mi duelo privado contra el Tercer Reich no es un suceso aislado.

La vida que relata Haffner en su libro quiere ser la de toda una generación de alemanes que, nacidos en la primera década del siglo XX, en 1939 se preparaba para la guerra. Es la historia de la República de Weimar vista a través de los ojos de un joven que había vivido de niño la I Guerra Mundial y que en 1938 decidió huir del infierno creado por Hitler y el nacionalsocialismo.

Aunque poco tiene que ver la Europa de aquellos años con la de ahora, la crisis económica, política y moral que vivimos ha desencadenado ciertas actitudes, tanto en los políticos como en el resto de los ciudadanos, que, de algún modo, recuerdan al periodo de inestabilidad política y social de los años de entreguerras y más especialmente a los meses que siguieron a la crisis económica de 1929.

Creo que el estudio de la República de Weimar puede resultar hoy una buena lección de historia y, sobre todo, una importante lección de política. Quizás eso fue lo que me llevó a leer La República de Weimar. Una democracia inacabada, un libro escrito por el historiador alemán Horst Möller en 1985 y publicado por primera vez en España en el año 2012.

Los datos y la información que ofrece este libro me han ayudado en la elaboración de un breve relato cronológico de los hechos políticos más relevantes ocurridos en Alemania entre el fin de la I Guerra Mundial y el ascenso de Hitler al poder que puede resultar útil para comprender mejor el porqué del fracaso de la República de Weimar.

He dividido el relato en tres periodos. El que presento aquí comprende los meses previos a las elecciones parlamentarias del 19 de enero de 1919. En un segundo recogeré los hechos más relevantes ocurridos durante los años en los que Friedrich Ebert fue presidente de la República y, por último, los correspondientes a la presidencia del mariscal von Hindenburg.

El fin de la guerra y el mito de “la puñalada por la espalda”.

“La auténtica generación del nazismo son los nacidos en la década que va de 1900 a 1910, quienes, totalmente al margen de la realidad del acontecimiento, vivieron la guerra como un gran juego” (Sebastian Haffner)

En el verano de 1918, y tras cuatro años de guerra, la imposibilidad de una victoria alemana se había hecho evidente. Sin embargo, no solo el alemán medio, que nunca se había planteado seriamente la posibilidad de la derrota, sino incluso los propios dirigentes militares y políticos seguían soñando con un final victorioso o, al menos, con una honrosa paz negociada.

El último fin de semana del mes de septiembre Erich Ludendorff, jefe adjunto del Estado Mayor General a las órdenes del mariscal Paul von Hindenburg, convencido ya de la inutilidad de continuar los combates, decidió tomar la iniciativa y poner en marcha un plan para evitar que cayera sobre el ejército la carga de la derrota.

Ludendorff convenció a von Hindenburg y al propio káiser Guillermo II de la necesidad de instaurar una democracia parlamentaria que asumiera la responsabilidad de izar la bandera blanca, librando así al ejército de la vergüenza de la rendición. Con esta idea, el káiser nombró canciller al príncipe Max von Baden, cuya principal misión debía ser la negociación de la paz.

El nuevo canciller tomó posesión de su cargo en la última sesión del parlamento del Reich, celebrada el 22 de octubre de 1918. En aquella sesión Friedrich Ebert, portavoz del Partido Socialista Alemán (SPD), que desde 1912 ostentaba la mayor representación en el parlamento, se puso a disposición del Príncipe y le ofreció la colaboración de su partido.

El káiser se resistía a la abdicación, el armisticio no llegaba y por todas partes se detectaban focos de revolución. En Kiel, el 4 de noviembre, se amotinaron los marineros en solidaridad con los compañeros que habían sido detenidos por haberse negado a participar en un desesperado plan de la marina alemana para atacar Gran Bretaña. El día 7, en Baviera, había estallado un movimiento revolucionario dirigido por el socialista Kurt Eisner. Ebert hizo entonces saber al príncipe Max von Baden que, muy a su pesar, si el káiser no abdicaba de inmediato, la revolución social sería inevitable.

En la mañana del día 9 de noviembre von Baden recibía la noticia de que la temida revolución había estallado en Berlín. Ebert no había podido, o no había querido, evitar que la cúpula del SPD llamara a la huelga general. Los más radicales del partido habían lanzado a sus militantes con armas para tomar las calles de Berlín. Los insurrectos exigían la dimisión del Guillermo II y la democratización de las instituciones.

Max von Baden sabía que cualquier intento de solución pasaba por la abdicación del káiser. Ante la pertinaz negativa de este, el mismo día 9 el canciller le presentó su dimisión y dejó a Ebert como sucesor. Al llegar la noche el káiser Guillermo traspasaba el mando militar al mariscal von Hindenburg y, aprovechando la oscuridad, huía a Holanda. La abdicación llegaría tres semanas después.

Friedrich Ebert, hombre clave en aquellos convulsos días de noviembre, había nacido en Heidelberg en 1871 en el seno de una familia de trabajadores artesanos que le educaron en el catolicismo. Después de la escuela primaria, Friedrich aprendió guarnicionería artesanal en una escuela de oficios. Más tarde trabajó como temporero en Bremen. Desde muy joven militó en el partido socialista. En 1900 entró a formar parte del Parlamento de Bremen y en 1905 fue nombrado secretario general del partido.

Durante los primeros años de guerra Ebert compartió liderazgo con Hugo Haase, abogado y representante del ala izquierdista del SPD. En abril de 1917 las diferencias entre los dos líderes terminaron con la ruptura del partido. El ala radical se separó del SPD formando dos nuevos partidos, el Partido Independiente Socialista Alemán (USPD), presidido por Haase, y la Liga Espartaquista, de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo, constituida con un objetivo explícitamente revolucionario. En el mes de diciembre de 1918 la Liga se transformó en el Partido Comunista Alemán (KPD).

Cuando en noviembre de 1918 Ebert se vio convertido en sucesor del canciller Max von Baden, comprendió la necesidad de recuperar el apoyo del sector más revolucionario de su partido. El ala más izquierdista del SPD, el USPD y los espartaquistas, defendían un sistema de consejos formados según los distintos sectores sociales (soldados, obreros, agricultores, funcionarios…). Los consejos representaban la voluntad de sus electores, pero no tenían libertad de decisión sino que debían rendir cuentas y someterse al mandatario político correspondiente. El modelo estaba tomado de los consejos (soviets) de la revolución rusa de octubre de 1917 que habían sido concebidos como vehículo para llegar a la “dictadura del proletariado”.

Ebert, que en absoluto era un revolucionario y que desconfiaba del modelo de los consejos, comprendió que algo tenía que ceder si quería llegar a un acuerdo con los radicales de su partido. Logró unificar las dos facciones socialistas, el SPD y el USPD, prometiendo que instauraría un sistema de consejos presidido por el “Consejo de Comisarios del Pueblo”, que funcionaría a modo de Consejo de Ministros. Constituido el gobierno el 10 de noviembre de 1918, pudo finalmente firmarse el armisticio el día 11 de noviembre y convocarse elecciones generales para el 19 de enero de 1919.

Pese a la convocatoria de elecciones la revolución continuaba su marcha. El 5 de enero comenzó en Berlín el que se llamó “levantamiento espartaquista”. El socialista Gustav Noske, responsable de Defensa, fue el encargado por el Consejo de Comisarios del Pueblo de sofocar los focos de revolución. Además de miembros del ejército, Noske utilizó los Freikorps[1], batallones de jóvenes soldados que al terminar la guerra se habían quedado en paro. La lucha en las calles berlinesas duró varios días. El crimen más brutal, atribuido a los soldados de Noske, fue el asesinato el 15 de enero de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo.

Finalmente, el 19 de enero de 1919 tuvieron lugar las primeras elecciones generales después de la guerra. Algunos de los partidos que se presentaron ya existían antes de la guerra, como el de los socialdemócratas del SPD o el de los conservadores católicos del Zentrum.La izquierda más radical estuvo representada por el USPD de Hugo Haase. En cuanto a los tres partidos burgueses de convicciones liberales y conservadoras anteriores a la guerra, el liberal, el liberal-nacionalista y el progresista, se refundaron en el Partido Popular Alemán (DVP), el Partido Nacional Popular Alemán (DNVP) y el Partido Democrático Alemán (DDP).

Sólo tres de estos partidos, el SPD, el Zentrumy el DDP, llevaron claramente en su programa electoral el apoyo a la República. Entre los tres reunieron el 76, 3% de los votos[2].

Al parecer, en el otoño de 1919, el jefe adjunto del Estado Mayor General alemán, Erich Ludendorff, se entrevistó con el general inglés Neil Malcolm, y este le pidió su opinión sobre las causas de la derrota alemana en la guerra. Ludendorff le habló de la influencia que en los ciudadanos de la retaguardia habían ejercido pacifistas, revolucionarios y especuladores. Malcom le preguntó: “Do you mean, General, that you were stabbed in the back?[3]“.A lo que Ludendorff respondió: “Sí, eso fue exactamente lo que pasó, recibimos una puñalada por la espalda”.

Así fue como se creó el mito de “la puñalada en la espalda” que relevaba al ejército de su responsabilidad en la derrota y que sirvió de pretexto a ciertos grupos de excombatientes para oponerse desde el primer momento a la República de Weimar. Lo asombroso es que fuera el propio Ludendorff, organizador del plan de rendición, el artífice de la leyenda.

[1]Los Freikorps fueron disueltos oficialmente en 1920 por la República de Weimar y se les impidió a los veteranos de guerra formar agrupaciones paramilitares, pero algunos de sus antiguos miembros participaron en el Putsch de Múnich liderado por Adolf Hitler, fracasado intento de golpe de estado de 1923.

[2] Resultados elecciones del 19 de enero de 1919: SPD: 37,9%; Zentrum: 19,7%; DDP: 18,6%; DNVP: 10,3%; USPD: 7,6%; DVP: 4,4%

[3]“¿Quiere usted decir, General, que recibieron una puñalada por la espalda?”

Lo increíble puede suceder

El 14 de septiembre de 1930 una gran parte de los ciudadanos alemanes se quedaron sorprendidos al conocer que el partido nazi, nombre abreviado del Partido Nacional Socialista Obrero Alemán (NSDAP), con un 18,3% de los votos se había convertido en la segunda mayor fuerza política del parlamento alemán (Reichstag).

El 31 de julio de 1932 se celebraron nuevas elecciones. En esta ocasión el NSDAP consiguió el 37,3% de los votos. Desde el inicio de la República de Weimar en 1919 nunca un partido político había obtenido un respaldo electoral tan grande. Seis meses más tarde, el 30 de enero de 1933, el presidente de la República, mariscal von Hindenburg, nombraba a Hitler canciller de Alemania.

Así fue como, en menos de treinta meses, lo que para muchos parecía imposible se había convertido en una aterradora realidad: Hitler ocupaba ya el poder.

Según nos cuenta en sus memorias, el escritor y periodista húngaro Arthur Koestler (1905-1983) llegó a Berlín precisamente aquel 14 de septiembre de 1930, “Y llegué a Berlín el día en que se proclamó el principio del fin para la República de Weimar y el comienzo de la barbarie en Europa”. […] “Cuando todo había pasado la gente se preguntaba: ¿cómo pudimos ser tan imbéciles para quedarnos con los brazos cruzados cuando el resultado era tan evidente?”.

Koestler se afilió del partido comunista en diciembre de 1931 y, siete meses después, decidió dejar Berlín para marcharse a Rusia. Como militante del partido comunista estuvo en España durante la guerra civil. Al volver de ella se instaló en Inglaterra y se convirtió en un detractor acérrimo del comunismo. La flecha en el azul (1952) y La escritura invisible (1954) son los títulos de los libros que componen su Autobiografía.

Historia de un alemán. Memorias 1914-1933 es el título de un libro publicado en Alemania en el año 2000. Su autor, Sebastian Haffner (1907-1999), fue un alemán “ario” que, junto con su novia judía, huyó de Berlín en 1938 y se instaló en Londres. Haffner escribió estas memorias en 1939 con la intención de alertar al mundo sobre la personalidad y las intenciones de Hitler. Poco faltaba para que estallara la Segunda Guerra Mundial, y Europa se comportaba como la Alemania de 1933, nadie quería pensar que lo imposible pudiera suceder. El libro, traducido al inglés con el fin de que fuera publicado en Inglaterra, no llegó a ser editado en vida del autor.

Haffner pensaba que hasta el día en que Hindenburg nombró canciller a Hitler cualquier alemán podía decir que había vivido determinados acontecimientos históricos pero que, en realidad, hasta entonces nadie se había visto obligado a tomar decisiones que “apelaran a su conciencia”. El 30 de enero de 1933 todo cambió,“un terremoto acababa de comenzar en la vida de sesenta y seis millones de personas”.

Joachim Fest (1926-2006), autor del libro en que se basó la película de El hundimiento, que narra el fin de Hitler y de sus colaboradores más allegados, tenía solo seis años aquel fatídico 30 de enero de 1933. Su padre, funcionario del Estado y militante del partido llamado de centro católico (Zentrum), perdió su condición de funcionario por negarse a transigir con las imposiciones del nazismo. En un libro titulado, Yo no. El rechazo del nazismo como actitud moral, publicado en el año 2006, Joachim Fest recordaba las penalidades económicas que tuvo que pasar su familia a causa de la actitud política de su padre. Fest aprendió de éste a no dejarse llevar por la corriente del pensamiento dominante, a sentir una especie de orgullo por la discrepancia: “La lección que me enseñaron los años de nacionalsocialismo se resume en oponerme a las corrientes de opinión y no dejarme arrastrar por ellas”.

Fest fue soldado en la Segunda Guerra Mundial. En su libro de memorias explica cómo, en enero de 1943, terminadas las vacaciones de Navidad, él y todos sus compañeros de clase fueron llamados a filas. Al terminar la Guerra trabajó como periodista y escritor en Alemania.

Fest no podía entender por qué la gente, mientras pudo votar, no lo hizo a los partidos democráticos, ya fueran de izquierdas o de derechas. Recordaba la irritación de su familia cuando, una vez terminada la dictadura de Hitler, se extendió el argumento exculpatorio de que, tras la elecciones de 1930, solo había dos posibilidades de elección, votar a los nazis o votar a los comunistas, y que la gente se decidió por Hitler como mal menor. Y es que, como él escribió: “Ya en los años treinta, el comunismo y su imitador, el nacionalsocialismo, deberían haber puesto en guardia a todo observador imparcial frente a los radicalismos. Las atrocidades resultantes de las fórmulas de interpretar el mundo del uno y del otro eran demasiado evidentes. Pero muchos no podían resistirse a la seducción de una utopía muy alejada de la realidad”.

Son solo tres ejemplos de los muchos testimonios de quienes, entre sorprendidos y asustados, vivieron los treinta meses del terremoto político que cambió la vida de los alemanes y que cambiaría la de toda Europa. Tres personas que hicieron frente al horror de manera muy distinta y que, una vez pasado todo, se hacían las mismas preguntas. Preguntas que hoy en día se siguen haciendo todos los que se acercan a la historia de la Alemania de aquellos años: ¿Cómo fue posible que Hitler pudiera pisotear todas las garantías constitucionales sin que hubiera la más mínima resistencia? ¿Cómo un pueblo civilizado como el alemán pudo enloquecer de esa manera? ¿Cómo la gente de buena voluntad no fue capaz de darse cuenta de lo que se le venía encima?

Para Koestler, si los alemanes no reaccionaron fue porque durante aquellos 30 meses la gente ni siquiera imaginó que aquello podría terminar en un trágico desastre. Él, por su parte, abandonó a los socialistas, a quienes culpaba del fracaso de la República de Weimar, para abrazar el comunismo. Años más tarde explicaría su actitud porque él, “como la mayoría de los intelectuales progresistas alemanes”, en 1930 pensaba que la revolución bolchevique era “el gran experimento” y no existían aún razones para rechazarlo. Por otra parte, después de las elecciones de septiembre de 1930, “la resistencia activa contra los nazis solo parecía posible dentro de las filas de los socialistas o de los comunistas”. Dado que los primeros “habían traicionado el bien que se les había encomendado”, solo quedaba la segunda opción.

Haffner, por su parte, a comienzos de 1933 “era un joven de 25 años bien alimentado, bien vestido, bien educado, (…) el producto medio de la burguesía alemana culta” que había estudiado Derecho y que por consejo de su padre iba camino de convertirse en “un funcionario culto”. Se consideraba a sí mismo “más bien de derechas” pero sin “ninguna convicción política definitiva”. En Historia de un alemán relata la conversación que sostuvo con su padre el mismo día que Hitler fue nombrado canciller. Todavía pensaban que sería un gobierno efímero y que sus votantes eran gente inculta y engañada por la propaganda que “se disgregaría tras la primera decepción”.

Fest contaba que, para su padre, la equivocación principal en que habían incurrido él y sus amigos era “el haber creído sin reservas en la razón, en Goethe, Kant, Mozart y toda la tradición que venía de entonces”. Y es que los que, como él, habían votado siempre al partido de Zentrum, hasta que vieron los resultados de las elecciones de 1932, “habían confiado en que un pandillero como Hitler nunca alcanzaría el poder en Alemania”.

En España vivimos una crisis económica, política y social, a la que, por mucho optimismo que queramos echarle, aún no se le ve el final. Las cifras alarmantes de paro, unidas a los numerosos casos de corrupción, amenazan con llevarse por delante la confianza de los ciudadanos en los políticos y en las instituciones.

Poco tiene que ver la España de hoy con la Alemania de 1930 pero existen ciertas semejanzas que deberían despertar todas nuestras alertas, como son la gravedad de la crisis económica, la desconfianza creciente en las instituciones y en los partidos tradicionales o la vigencia de una Constitución que algunos empiezan a pensar que no garantiza ya nuestra convivencia ni nuestras libertades.

Y para más coincidencias, en las pasadas elecciones europeas surgió un nuevo y desconocido partido, “Podemos”, que, para desconcierto de muchos, obtuvo cinco escaños, convirtiéndose, en varias comunidades autónomas, en tercera fuerza política. Un partido que representa una nueva izquierda y del que sabemos que sus líderes son profesores de universidad que dicen luchar con todas sus fuerzas contra la corrupción y los políticos de salón, y no mucho más, pero que suma simpatizantes a medida que van pasando los meses.

Es cierto que no hay ningún dato que permita establecer paralelismo alguno entre este nuevo partido y el antiguo NSDAP alemán, entre otras cosas, porque “Podemos” es un partido de ideología marxista y anticapitalista. Pero esto, lejos de tranquilizar, debería resultar preocupante si para la nueva izquierda sigue vive la estrategia política que denunciaba Arthur Koestler: “Aprovecharse plenamente de las libertades constitucionales que provee la sociedad burguesa con el propósito de destruirlas constituye un principio elemental de la dialéctica marxista”.

Los líderes de “Podemos” gustan de acudir a debates televisivos, en el que se muestran siempre muy seguros. Apabullan a sus contrincantes con un lenguaje más propio de las viejas asambleas de facultad de los sesenta que de los debates políticos actuales, haciendo buena la máxima de Arthur Koestler, quien decía que “la dialéctica marxista es un método que permite a un idiota parecer notablemente inteligente”. Probablemente esa arrogancia que muestran en sus intervenciones les viene de haber sido capaces de poner al día los viejos principios comunistas.

Es cierto que todo parece indicar que este nuevo partido va a hacer estragos en las filas de la izquierda y que eso podría incluso beneficiar al PP que recogería el voto de los “asustados”. Pero las cosas no son tan claras. Entre otras razones porque los argumentos que utilizan contra la corrupción y a favor de una regeneración social y política pueden atraer a la gente más castigada por la crisis económica. Y, como dijo Joachim Fest, “No hay que olvidar que el comunismo ha conseguido evitar a la larga que se le compare con el nacionalsocialismo. Este era, y es, su mayor éxito de propaganda”.

La historia no se repite nunca pero debe conocerse para aprender de ella. El fracaso de la República de Weimar en Alemania nos podría enseñar que las democracias no se mantienen solas y que exigen el esfuerzo responsable de todos y de cada uno de los ciudadanos. Que debemos vivir alerta porque la libertad de la que disfrutamos se puede perder poco a poco, sin que apenas lo notemos. De Weimar podemos aprender que, a la hora de elegir a nuestros gobernantes, es preciso votar con la razón y no dejarse llevar por los sentimientos ni por las promesas de engañosas utopías. De Weimar podemos aprender que la única prevención posible para que una crisis no termine en un desastre es que cada cual asuma sus responsabilidades y actúe según los dictados de su propia conciencia y sus propios análisis racionales, sin dejarse llevar por la corriente de opinión de la mayoría.

 

Wilhelm von Humboldt nació en 1767 en Potsdam en el seno de una familia de la pequeña nobleza prusiana. La temprana muerte del padre, un oficial en la corte del príncipe heredero de la corona, hizo que la educación de los dos hermanos, Wilhelm y Alexander, quedara en manos de su madre, una mujer de origen francés con profundas inquietudes intelectuales.

La familia Humboldt pasaba una gran parte del año en el Palacio de Tegel, propiedad cercana a Berlín que provenía de la familia materna. Los niños fueron educados por preceptores en un ambiente severo pero intelectualmente abierto y liberal. Guillermo estudió jurisprudencia, filología clásica y filosofía en la Universidad de Gotinga, mientras que su hermano Alexander se especializó en el estudio de la geografía y llegó a ser un célebre geógrafo y explorador.

En 1789 Wilhelm acudió a París para asistir a lo que, según él, serían “los funerales del despotismo francés”. Sus principios, cercanos a los Ilustrados franceses, le apartaron de la violencia revolucionaria y le condujeron por una vía reformista. En plena Revolución Francesa, Humboldt comenzó a escribir la obra más importante de su vida, Los límites de la acción del Estado, donde expresaba su convencimiento de que un exceso de intervencionismo estatal conduce a la uniformidad y que esta condiciona el progreso del individuo y, por ende, el de la sociedad. Esta idea de que la diversidad de conductas y de opiniones es clave para el progreso científico, económico y social, sería más tarde tomada por John Stuart Mill como principio conductor de su obra On Liberty.

Frente a quienes mantenían que el Estado debía tener un papel protagonista en la educación de los ciudadanos, Humboldt defendía que el individuo es el primer responsable de su educación, es decir, de la construcción de su personalidad y del desarrollo máximo de sus talentos.

En 1809, cuando Prusia se encontraba inmersa en la guerra contra Napoleón, Humboldt, que entonces vivía con su mujer e hijos en Roma, fue llamado a Berlín con la misión de emprender una reforma total del sistema educativo. En poco más de un año estableció el modelo de Instrucción pública más eficaz y durable que ha habido en Europa.

El sistema de instrucción de Humboldt debía desarrollarse en tres niveles: una enseñanza elemental que proporcionara los saberes básicos; el Gymnasium, elemento central del sistema, como ampliación de conocimientos más profundos y preparación para estudios superiores; y la Universidad, que debería aspirar a una formación intelectual universal de los estudiantes lejos de las estrechas especializaciones.

El sistema estaba concebido para permitir que cada individuo, independientemente de su origen social, llegara a construir su propia personalidad y tratara de alcanzar el más completo desarrollo de sus capacidades intelectuales. Como culminación de sus reformas fundó la primera universidad de Berlín, que hoy lleva su nombre.

En el siglo XIX casi todos los países europeos adoptaron una estructura del sistema de instrucción pública similar a la establecida por Humboldt: una enseñanza elemental común a toda la población, una enseñanza media más exigente y selectiva, y unos estudios universitarios destinados a la élite intelectual. Sin embargo, a comienzos del siglo XX los sindicatos y partidos de izquierdas comenzaron a cuestionar esta estructura. Sostenían que la auténtica igualdad de oportunidades solo se lograría si la enseñanza media se hacía obligatoria y común a toda la población. Lo que suponía que no debía haber obstáculo académico alguno en el paso de la enseñanza elemental a la enseñanza media, es decir, de Primaria a Secundaria.

Basándose en estos principios igualitarios, la izquierda pedagógica defendió a partir de entonces un modelo escolar que al principio se llamó escuela única o unificada y más tarde “comprensivo” y que, en la práctica, suponía prolongar los estudios elementales, propios de la Primaria, a la Enseñanza Media.

Esta idea chocaba con el principio del máximo desarrollo de la personalidad individual y del talento humano que Humboldt y, más tarde Mill, habían defendido. Era evidente que una educación igual para todos conduciría, inexorablemente, a una sociedad uniforme donde la mediocridad y la uniformidad de pensamiento primaran sobre la independencia de criterio y la originalidad de las ideas. De ahí que la educación igualitaria defendida por la izquierda pedagógica tuviera, en sus inicios, una fuerte oposición ideológica y política.

Sin embargo, a partir de las revueltas estudiantiles de Mayo del 68 ese recelo liberal contra la escuela única fue desapareciendo y, en los años setenta, la mayor parte de los gobiernos europeos, de uno u otro signo político, dictaron leyes educativas que suponían la implantación de una enseñanza secundaria obligatoria con un único plan de estudios para toda la población. Una fiebre igualitaria que, extrañamente, no llegó a contagiar a Alemania.

Actualmente la mayoría de los países occidentales tienen un modelo “comprensivo” de enseñanza hasta los 15 o 18 años. Sólo Alemania y algún otro país de influencia cultural germánica, como Holanda o Austria, mantienen un bachillerato largo, selectivo y exigente como preparación para estudios universitarios; lo que no ha impedido que establecieran otras vías de formación destinadas a adolescentes que buscan una preparación menos académica y más ligada a la pronta inserción laboral.

Quizás el gran prestigio intelectual del que goza en Alemania Wilhelm von Humboldt haya sido el antídoto contra el virus del igualitarismo. Y quizá también el hecho de haberse librado de ese virus igualitario sea la causa de los buenos resultados de la educación alemana.

Unos resultados que se reflejan en la marcha de la economía. Y es que las cifras más bajas de paro juvenil de toda la zona euro, desde que empezó la crisis económica, se encuentran en Alemania, Austria y Holanda, precisamente aquellos países que mantienen hoy un sistema educativo que los dogmáticos del igualitarismo consideran “elitista y segregador”. Al finalizar 2013, el porcentaje de paro juvenil en la zona euro era del 24,4%, el de Alemania del 7,8%, el de Austria del 9,4% y el de Holanda del 11,6%. No hace falta recordar que en España estamos por encima del 55%.

Creo que estos datos deberían hacer recapacitar a esa izquierda que quiere hacer de la defensa de la escuela pública su bandera política, pues, ¿no será su modelo de educación lo que está dificultando la necesaria preparación de nuestros jóvenes para encontrar un trabajo cualificado?

Tony Judt ha sido uno de los intelectuales de mayor éxito en los últimos años, tanto en Inglaterra como en Estados Unidos. Murió en agosto de 2010, víctima de una de las más violentas modalidades de la esclerosis lateral amiotrófica (ELA). Cuando la enfermedad ya le impidió moverse, Judt dictaba sus libros a colegas o amigos que luego los transcribían. Así fue como, con la ayuda de Timothy Snyder, profesor de Historia en la Universidad de Yale, pudo escribir Pensar el siglo XX, un libro autobiográfico que fue publicado dos años después de su muerte. En este libro, Tony Judt, alentado por las preguntas y comentarios de Snyder, va narrando su vida al tiempo que expresa su opinión acerca de la actitud y pensamiento de una gran parte de los escritores occidentales del siglo XX.

Tony Judt nació en Londres el 2 de enero de 1948 en el seno de una familia de emigrantes eslavos de origen judío. Judt describe su infancia como la convencional de “un niño londinense de clase media-baja en los años cincuenta”. De hecho, cuando él nació, sus padres tenían una peluquería de señoras en el piso bajo de su vivienda, en un barrio obrero del norte de Londres.

El pequeño Tony resultó un magnífico estudiante. Al terminar la escuela primaria, a los 11 años, pudo ingresar en la Emmanuel School que, en palabras de Judt, era “una escuela selectiva gratuita que más adelante se vio obligada a entrar en el sector privado por culpa del desacertado proceso de integración de la educación británica”.

Esas “escuelas selectivas gratuitas” de las que habla Tony Judt eran las grammar schools, creadas por la Ley de Educación británica de 1944, conocida como Ley Butler (Butler fue ministro de Educación entre 1941 y 1945, en el gobierno de coalición que formó Winston Churchill en plena Guerra Mundial).

Las grammar schools eran centros estatales de enseñanza secundaria a los que solo tenían acceso los niños que aprobaban el examen conocido como eleven+ (11+) que todos los escolares debían hacer al terminar la Primaria. En estas escuelas se impartía una enseñanza muy exigente, con una metodología similar a las de las mejores escuelas privadas británicas.

Los laboristas consideraban que una auténtica igualdad de oportunidades sólo podría conseguirse cuando todos los alumnos recibieran la misma educación, de ahí que no fueran partidarios del  sistema de selección del examen 11+ ni de las grammar schools.

Cuando, en 1964, Harold Wilson ganó las elecciones, nombró ministro de Educación a Anthony Crosland, un hombre que se había distinguido por sus críticas al modelo de las grammar schools. Crosland suprimió el examen eleven+ y obligó a que todas las escuelas se adaptaran al modelo de las llamadas comprehensive schools, que eran centros de secundaria en los que se admitía a cualquier niño que quisiera entrar, con independencia de sus resultados académicos. Muchas de las grammar se transformaron entonces en escuelas privadas.

Sobre las consecuencias que, para la educación inglesa, tuvo esta medida “integradora” de los laboristas, Tony Judt escribe en su libro: “Al final de la década de los 60 el Partido Laborista abolió ese procedimiento de selección y estableció la llamada enseñanza integrada o comprensiva, conforme al modelo de educación secundaria estadounidense. El resultado de esta bienintencionada reforma fue demasiado predecible: para mediados de la década de los 70, cualquier padre que podía permitirse sacar a su hijo del sistema estatal, lo hacía. Y de este modo, Gran Bretaña experimentó un retroceso, pasando de una meritocracia social e intelectual a un sistema regresivo y socialmente selectivo de educación secundaria en virtud del cual los ricos podían de nuevo comprar una educación a la que los pobres no podían acceder”.

De sus años escolares Judt recuerda las lecturas obligadas de los profesores de Literatura que, seleccionadas con una “visión estrictamente conservadora”, despertaron en él un enorme aprecio por el idioma y la literatura inglesa. La “selectiva” educación de la Emmanuel School hizo que aquel pequeño niño judío, que se había sentido un outsider en Inglaterra, acabara siendo un intelectual que, según sus palabras, llegó a considerarse “profundamente inglés”.

Recordaba también cómo le enseñaron la historia: “De una forma organizada, secuencial, por lo general siguiendo una línea cronológica. El propósito de este ejercicio era proporcionar a los niños un mapa mental –que se iba ampliando con el tiempo- del mundo que habitaba.” Un método muy distinto, dice Judt, del que se puso de moda en las escuelas y universidades en la década de 1980 y que consiste en pretender que los alumnos opinen, valoren, critiquen o juzguen los acontecimientos históricos sin antes haberse asegurado de que conocen dichos acontecimientos y cuándo tuvieron lugar.

En opinión del historiador británico, ese método “progresista”, no sólo se ha demostrado que era un grave error, sino que ha resultado ser contraproducente. “Genera confusión más que perspicacia, y la confusión es enemiga del conocimiento. Antes de que nadie pueda entender el pasado tiene que saber lo que ocurrió, en qué orden y con qué resultado. En cambio, hemos educado dos generaciones de ciudadanos completamente desprovistos de referencias comunes. A consecuencia de ello, pueden contribuir poco al gobierno de su sociedad.”

Al terminar la Secundaria Tony Judt consiguió aprobar los exámenes de admisión en Cambridge y ganar una beca para vivir en el King’s College. Allí se encontró con un grupo de alumnos que, como él, provenían de familias de clase media y habían estudiado en alguna de las grammar schools británicas. En palabras de Judt, se trataba de “una especie de génération meritocratique, que se inició con los primeros productos de la Ley de Educación de 1944 y acabó al implantarse la educación integrada”.

Para Judt, aquellos jóvenes, muchos de los cuales tenían padres que no habían ido a la universidad, nunca se sintieron outsiders en la elitista universidad de Cambridge. Antes bien, ellos, que habían ido ascendiendo socialmente gracias a sus propios méritos y que confiaban en el estudio para continuar haciéndolo, se convirtieron en profesores de la misma universidad, cambiando así la fisonomía de Cambridge: “Yo me sentí –escribe Judt- como si aquel fuera mi Cambridge, y no el Cambridge de no sé qué élite ajena en la que se me hubiera permitido entrar por algún error”.

Estas críticas a la educación progresista implantada en el Reino Unido por los laboristas tienen más valor si se tiene en cuenta que Judt quiso siempre dejar clara su sintonía con la izquierda socialdemócrata. Se consideraba a sí mismo un “socialdemócrata universal”, un izquierdista con el suficiente espíritu crítico como para criticar a la izquierda, sobre todo a esa izquierda formada a partir de los años sesenta en las universidades occidentales.

En España resulta muy difícil imaginar que alguien de izquierdas llegue a reconocer que la comprensividad de la enseñanza secundaria implantada con la LOGSE ha supuesto un retroceso para la educación española. Es más, los métodos “progresistas de enseñanza”, a los que en ocasiones se refiere Judt están, desde hace muchos años, presentes en la educación española sin que se haya llevado a cabo todavía un análisis serio de sus orígenes ni de sus consecuencias.

Un amigo periodista que conoce bien la historia de los países del Este europeo, al hablar con él del conflicto que se vive en la Ucrania y de la dificultad que nosotros, los occidentales, tenemos para entenderlo, dijo: “Ucrania, esa tierra de la que parece haberse olvidado Dios”.

Quizás, de todos los países que, después de la Segunda Guerra Mundial quedaron bajo el poder (o la tutela, según se vea) de Rusia, sea Ucrania el más desconocido en Occidente. Ucrania surge como nación después de la I Guerra Mundial. Hasta entonces había estado dividida en dos repúblicas. La más occidental pertenecía al Imperio Austrohúngaro y la más oriental al Imperio Ruso. Ucrania se vio envuelta en la revolución rusa de 1917 y, tras unos años de luchas violentas, se impuso el poder soviético constituyéndose como la primera República Socialista Soviética.

Ucrania, rica en recursos naturales, se convirtió en el granero de Rusia. Lenin puso en marcha un Plan de colectivización de las tierras que exigía de los campesinos ucranianos (kulaks) que entregaran al Estado el producto de sus campos. Los granjeros reaccionaron escondiendo los buenos productos y entregando al Estado lo que no querían para ellos. En 1928 Stalin decide recuperar el Plan de Lenin y ejecutarlo con un absoluto rigor. Los kulaks que escondieran productos de sus granjas serían asesinados o deportados. Confiscado el trigo, los campesinos que habían logrado sobrevivir se negaron a plantar un nuevo grano. La tierra no produjo nada. Entre 1932 y 1933 millones de hombres, mujeres y niños ucranianos murieron de hambre. Se calcula entre 3 y 10 millones las víctimas de la hambruna de 1933.

Ucrania sufrió las purgas estalinistas, muchos de los militares e intelectuales juzgados y condenados por los tribunales de Stalin fueron ucranianos. Sufrió también los crímenes de Hitler. Las tropas alemanas invadieron el país en 1941 llevando a cabo una de las más sangrientas matanzas de judíos del este europeo. Se calcula que la Segunda Guerra Mundial dejó entre 5 y 8 millones de muertos en Ucrania.

Finalizada la II Guerra Mundial, Ucrania volvió a ser una de las principales repúblicas soviéticas. A la muerte de Stalin el gobierno ruso invirtió en su desarrollo industrial y tecnológico. En los años sesenta y setenta, la república soviética de Ucrania era presentada como líder europeo en la producción industrial. Pero, en la década de los ochenta, una vez más la tragedia se desencadenaría en tierras ucranianas. El 26 de abril de 1986 se produjo el desastroso accidente del reactor nuclear de Chernobil, a poco más de 100 km de Kiev.

De las purgas, de la colectivización de las granjas, de la “hambruna”, de la ocupación alemana y los campos de exterminio nazis, del sometimiento de los intelectuales al poder ruso, de todo ello dejó testimonio el escritor ucraniano Vasili Grossman en dos novelas que se publicaron en Occidente después de su muerte, Vida y destino y Todo fluye.

Vasili Grossman nació el 12 de diciembre de 1905 en la ciudad ucraniana de Berdichev, en el seno de una familia judía. La separación de sus padres hizo que el pequeño Vasili pasara los primeros años de su vida con su madre en Ginebra. Estudió el bachillerato en Kiev, donde vivía un tío suyo médico que le dio alojamiento. A los 19 años marchó a Moscú para estudiar Química en la Universidad Estatal de la ciudad.

Una vez licenciado, Grossman trabajó unos años como profesor de Química en un instituto médico de Donbass, en el este de Ucrania, pero, atraído por la idea de dedicarse a la literatura, decidió volver a Moscú y tratar de abrirse camino como escritor. La suerte le acompañó casi desde el primer momento. En 1934 publicaron su primera novela y, tres años después, era admitido en la Unión de Escritores Soviéticos, lo que, además de consideración y respeto, suponía tener acceso a una serie de privilegios envidiables.

Ser mimado por el régimen en la Rusia de Stalin no salía gratis. A Grossman, como a cualquier joven escritor soviético, se le exigieron continuas demostraciones de adhesión a las que, según el testimonio que él mismo nos dejó, no supo o no quiso resistirse. En 1933 fue detenida su prima Nadia, él ni hizo ni dijo nada. En 1937 encarcelaron a dos de sus mejores amigos y, de nuevo, guardó silencio. Al año siguiente su tío, el que le había acogido en su casa de Kiev cuando era casi un niño, fue detenido y ejecutado y, una vez más, Grossman permaneció impasible. Y lo que es aún peor, cuando en 1938 comenzó el proceso contra Bujarin y otros dirigentes bolcheviques, apareció en la prensa una carta solicitando la pena de muerte para los acusados que venía firmada por una lista de intelectuales rusos; entre los firmantes, figuraba Vasili Grossman.

Krímov, uno de los protagonistas de Vida y destino, reflexiona sobre el miedo que obligaba a tantos ciudadanos a callarse cuando a su lado veían cómo amigos, familiares y vecinos eran detenidos sin justificación aparente. Individuos, que en otras circunstancias habían mostrado ser valerosos, se sentían dominados por “aquel otro miedo, particular, atroz, insuperable para millones de personas, escrito en letras siniestras de un rojo deslumbrante en el cielo plomizo de Moscú: el miedo al Estado”. Pero, se pregunta Krímov, ¿era sólo el miedo lo que hacía que un hombre de bien delatara o apoyara la persecución del que había sido señalado por el dedo del Estado como traidor al régimen? ¿Era sólo miedo lo que llevaba a los acusados a confesarse culpables ante los tribunales? “¡No, no!, se responde el personaje creado por Grossman, el miedo no es capaz de realizar por sí solo semejante tarea. El fin superior de la revolución libera de la moral, justifica en nombre del futuro a los actuales fariseos, los delatores, los hipócritas; explica por qué un hombre en aras de la felicidad del pueblo, debe empujar a los inocentes a la fosa.”

Cuando los alemanes invadieron Rusia, en 1941, Grossman se ofreció voluntario para ir al frente como soldado, pero su delicada salud le hizo inútil para el combate y fue destinado a Estrella Roja, el periódico del Ejército Rojo. Se convirtió entonces en el periodista de guerra oficial del régimen. Estuvo con las primeras unidades del Ejército que liberaron Ucrania en 1943 y fue testigo del espectáculo fantasmal que ofrecían los cadáveres de las más de cien mil personas, la mayoría de ellas judías, masacradas por orden de Hitler. Probablemente, entre ellas, se encontraba su propia madre.

En 1952, miembros prominentes del Comité Judío Antifascista fueron detenidos o asesinados y una nueva oleada de purgas estuvo a punto de comenzar por orden de Stalin. Grossman cometería una nueva ignominia al no ser capaz de resistirse a la petición de firma de una carta oficial en la que se pedía el castigo más severo para un grupo de médicos judíos, a los que se acusaba de preparar un complot para envenenar a los más altos dirigentes del Partido. El autor de Todo fluye justificaría después su actitud diciendo que era la forma de salvar la vida de muchos otros judíos inocentes, pero la mala conciencia le acompañaría el resto de su vida. La muerte de Stalin, el 5 de marzo de 1953, impidió que un nuevo plan criminal llegara a realizarse.

Durante los años posteriores a la muerte de Stalin Grossman siguió gozando del reconocimiento público. En octubre de 1960 entregó el manuscrito de Vida y destino a los editores. Era el momento cumbre del “deshielo” de Kruschev y Grossman creía que la novela podría ser publicada. Pero, un día del mes de febrero de 1961, tres agentes del KGB fueron a su apartamento para confiscar el manuscrito. Grossman había hecho dos copias más que había entregado a dos amigos de su absoluta confianza.

Para él todo estaba perdido. Decidió entonces modificar el texto de Todo fluye y ponerlo a buen recaudo. Quería prevenir al mundo contra el despotismo que viene disfrazado de ideología engañosa, quería dejar claro que Lenin no había sido mejor que Stalin. Lenin había fundado el Estado sin libertad, Stalin se limitó a construirlo. Vasili

Grossman murió el 14 de septiembre de 1964, hace ahora cincuenta años. Oficialmente se dijo que había sido a causa de un cáncer de estómago. Todo fluye fue publicada en Occidente en 1970. En esta novela, Grossman hace un profundo y duro examen de conciencia, al tiempo que, a través de la experiencia de un hombre que regresa de Siberia, describe el efecto que las decisiones del régimen de terror impuestas por “padrecito” Stalin tuvieron sobre una población sometida e indefensa.

Grossman muestra un mundo en el que nadie es libre de decidir su destino, nadie puede pensar, juzgar por sí mismo, ni siquiera puede luchar por su supervivencia, un mundo donde el individuo no existe, donde el Estado omnipotente y omnipresente piensa y decide por todos. Grossman dejó testimonio de su propia sensación de horror cuando la muerte del tirano le obligó a enfrentarse con su vida, sus decisiones, su propia conciencia. Era él el único responsable de sus actos, ni Stalin ni el Estado cargarían en adelante con sus propias culpas. Como en uno de los personajes de su novela, el sentimiento de orgullo por su fiel obediencia dejó paso al horror y a la humillación de tener que reconocer su propia responsabilidad en las infamias cometidas en su vida.

Grossman ha sabido explicar como nadie que el punto de no retorno del camino hacia la servidumbre es la pérdida de la conciencia individual, la entrega de la propia responsabilidad en esa voluntad general de la que, en nombre del Estado, puede apropiarse un tirano. Ese Estado que “no sólo oprimía al individuo sino que también lo protegía y lo consolaba de su debilidad, justificaba su nulidad: el Estado cargaba sobre su espalda de hierro todo el peso de la responsabilidad, liberaba a los hombres de la quimera de la conciencia”.

Pero Todo fluye es también un canto a la libertad, la libertad entendida como la capacidad de decidir sobre la propia vida, la libertad que no tuvieron los países, que, como Ucrania, después de la II Guerra Mundial quedaron bajo el poder de Moscú. El protagonista de Todo fluye, al reencontrarse con las gentes y los parajes de su juventud, asolados por efecto del régimen de Stalin, reflexiona en voz alta:

“Antes creía que la libertad era libertad de palabra, de prensa, de conciencia. Pero la libertad se extiende a la vida de todos los hombres. La libertad es derecho a sembrar lo que uno quiera, a confeccionar zapatos y abrigos, a hacer pan con el grano que uno ha sembrado, y a venderlo o no venderlo, lo que uno quiera. Y tanto si uno es cerrajero como fundidor de acero o artista, la libertad es el derecho a vivir y trabajar como uno prefiera y no como le ordenen. Pero no hay libertad ni para los que escriben libros, ni para los que cultivan el grano o hacen zapatos.”

Para un occidental es muy difícil comprender lo que está pasando en Ucrania e imposible prever cuál será el final del conflicto. Leer a Grossman, cincuenta años después de su muerte, puede llevarnos a entender mejor que exista una gran parte de la población ucraniana dispuesta a todo con tal de alejarse de su pasado soviético, como también puede llevarnos a entender que muchos ucranianos vean en la Unión Europea la garantía de un futuro democrático y liberal. Y sobre todo, quien haya leído a Grossman puede entender por qué mi amigo dijo que Ucrania parecía una tierra de la que se había olvidado Dios.

El 11 de noviembre de 2006 Marc Fumaroli, uno de los intelectuales franceses más prestigiosos hoy, pronunció una conferencia en el Nexus Instituut de Amsterdam con el título Éducation de la liberté vs culture et communication, que un año después fue publicada en España por la editorial Arcadia como La educación de la libertad.

En aquella conferencia Fumaroli reflexionaba sobre el declive de los estudios humanísticos en la enseñanza francesa y comenzaba preguntándose cómo se había podido llegar al desprecio actual hacia la lectura de los clásicos cuando, desde Quintiliano en el siglo I d.C., había sido considerada como el mejor recurso para la formación de los jóvenes:

“¿Por qué, de repente, desde hace medio siglo, una tendencia general ha venido a marginar y despreciar esa educación tradicional del espíritu, de la imaginación y de la sensibilidad a través de los clásicos y ha relegado su estudio a los seminarios de especialistas?”

Para el intelectual francés, la cultura posmoderna y las tecnologías de la comunicación, que constituyen lo que él llama “revolución cultural-comunicacional”, tienen mucho que ver en esa, que podría llamarse, deshumanización de la enseñanza escolar.

Fumaroli, que comienza por reconocer la indiscutible utilidad de las llamadas tecnologías de la comunicación, denuncia la existencia de un movimiento de dogmáticos que las idolatra. Estos dogmáticos, dominados por una “ética del igualitarismo”, combaten la educación humanística porque la consideran “elitista”, y creen haber encontrado en la comunicación digital el instrumento ideal para acabar con el estudio de los clásicos en la educación de la juventud. Y es que, según el escritor francés, para estos que se podrían llamar dogmáticos digitales, “la civilización, su educación, sus clásicos, sus humanidades, constituyen un inmenso abuso de poder que se debe derrocar con las conquistas del poder comunicacional.”

Esa moral igualitarista, que, dicho sea de paso, lleva medio siglo instalada en los sistemas educativos de casi todos los países occidentales, nada tiene que ver con la igualdad de oportunidades, pues, como dice Fumaroli, desde la escuela ateniense, la educación fundada en el canon de los clásicos es la que ha permitido la movilidad social. La revolución cristiana, que proclama la igualdad ante Dios de todas las almas, no interrumpió esa tradición y los hijos de los campesinos tuvieron acceso a los monasterios medievales. Tampoco la Revolución Francesa, que proclamó la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, se cuestionó ese canon clásico de la educación. Para los revolucionarios franceses, el hecho de que se mantuviera el estudio precoz de los clásicos no era una ofensa a la igualdad: “La igualdad civil, conquista irreversible de la Revolución, no parecía lesionada, sino al contrario, por las diferencias de los talentos”.

Y si bien ya en el siglo XVIII podríamos decir que el latín, como lengua de estudio, había perdido la batalla frente a las lenguas vernáculas, hasta el siglo XX, en Europa, el estudio de los clásicos greco-latinos siguió siendo la base de la formación secundaria.

Tiene razón el autor de La educación de la libertad al relacionar el desprecio hacia el estudio de los clásicos con la ética del igualitarismo. Desde las revueltas estudiantiles de Mayo del 68, en Europa occidental, la pasión igualitaria ha dominado el mundo de la educación provocando un cambio de paradigma escolar. La misión de la escuela ya no debía ser la transmisión de los saberes y de la cultura, sino lograr una sociedad más igualitaria. Esa sociedad de individuos iguales sólo se podía lograr con una educación igual para todos. El latín dejará de estudiarse por ser demasiado abstracto y difícil, y las demás disciplinas humanísticas quedarán, en los planes de estudio, reducidas a su mínima expresión por ser consideradas, como bien dice Fumaroli, propias de una educación elitista.

En La educación de la libertad el escritor francés considera la cultura posmoderna y populista como el otro gran enemigo de la educación humanística. En nuestras sociedades, dice, la palabra cultura se ha convertido en un “enzima glotón que se le aplica indiferentemente a todo, cultura de empresa, cultura juvenil, cultura tecno, cultura gay, cultura gastronómica, etc.”, y su significado está muy lejos del que se le dio en el latín clásico, donde cultura animi significaba “maduración del espíritu”, esto es, “crecimiento interior por el estudio y la reflexión”.

La palabra educación, concluye Fumaroli, viene de Educere que significa “conducir fuera”. Y si se considera ese Educere como “conducir fuera de la ignorancia, fuera de la barbarie, fuera de la brutalidad”, tendremos que concluir que la revolución “cultural y comunicacional” que vivimos “combate con una extraordinaria intolerancia, y en nombre de la tolerancia, la esencia misma de la educación”.

Pero lo que resulta más grave para el intelectual francés es el empuje institucional que está recibiendo esta revolución cultural-comunicacional. Sería preferible, dice, “dejar al libre juego de la oferta y la demanda la preocupación de proveer el consumo cultural y comunicacional de masas” y, en cambio, se podría emplear el dinero público en sostener unos establecimientos escolares para estudiantes de secundaria que ofrecieran diversas enseñanzas, donde quienes sintieran vocación para ello pudieran beneficiarse de unos estudios clásicos tradicionales.

El ensayista francés pone como modelo Estados Unidos, donde, a pesar de que el igualitarismo hizo también estragos en la educación secundaria en los años cincuenta y de que ahora son la vanguardia de la revolución cultural-comunicacional, han sido capaces de mantener “unos remansos de civilización y de investigación desinteresada cuyo declarado elitismo nadie pone en cuestión”.

Fumaroli cree que habrá de surgir un nuevo movimiento humanista, “Nuestros países europeos precisan de sabios y de técnicos de primer orden, igual que precisan de una élite letrada”. Para ello confía más en la fuerza del individuo que en la acción del Estado, pues, en su opinión, por muy eficaz que sea éste y por muy beneficiosa que sea su gestión, “nada sustituye al coraje personal de quienes se resisten a la fascinación de los fenómenos de masas y las incitaciones de los conformismos de la época”.

Claro que, para eso, es preciso que los gobiernos no obstaculicen con sus leyes educativas la creación de esos “remansos de civilización” que añora Fumaroli de los norteamericanos. No sé en Francia pero desde luego en España si alguien, aunque sea una institución privada, quiere abrir un centro de enseñanza secundaria donde, como ocurre en un Gymnasium alemán, se exija que los alumnos estudien latín desde los 12 años, lo tendría prácticamente imposible. La LOMCE que acaba de nacer tampoco aborda esa cuestión. Más bien yo diría que acabamos de entrar, y con esa desmesurada ilusión que Fumaroli llama “idolatría”, en la revolución digital. Por otra parte, el igualitarismo radical domina de tal manera el mundo de la educación que el solo hecho de mencionar la posibilidad de crear centros de enseñanza pública en los que se imparta una educación tradicional “elitista” resulta impensable.

Leo hoy esta información de la agencia Efe sobre los sucesos de ayer en la comparecencia de Rodrigo Rato en la comisión de investigación de las cajas del Parlamento catalán:

La comparecencia del ex presidente de Bankia en la comisión de investigación de las cajas del Parlamento catalán fue de alta tensión. La agresividad de los diputados catalanes con Rodrigo Rato creció hasta tal punto que se utilizaron contra él calificativos como «ladrón», «carroñero» y «gánster» por parte de los portavoces de ICV, ERC y las CUP. El ex banquero los asumió con aparente impasibilidad, incluso se mostró imperturbable ante el agravio que le profirió el diputado de las CUP (Candidatura de Unidad Popular) desde el grupo Mixto, David Fernández. Tras sacarse su sandalia y mostrársela al también ex ministro le preguntó: «¿Sabe lo que hacen en Irak con esto, como símbolo de humillación y desprecio al poder?».

El ex presidente de Bankia aguantó, con estoicismo, la mirada al líder de las CUP, quien le tildó de «ladrón», cuando éste insistió: «¿Usted tiene miedo?». «A quién, a usted?», cuestionó Rato. «A que un día la gente se harte y a quedarse sin nada? Nos vemos en el infierno, porque su infierno es nuestra esperanza, que es la calle». «Hasta pronto, gánster», finalizó Fernández.

A continuación el cargo electo sacó a relucir la implicación del Gobierno del PP «en la guerra de Irak» y la participación que, según él, Rato ha tenido «desde otras esferas» en la «guerra económica contra los pobres», mientras la presidenta de la mesa de la comisión, Dolors Montserrat, intentaba poner fin al asunto recordando al diputado que había agotado el tiempo de su intervención.”

No podría explicar mis sentimientos ante esta escena de pura barbarie. Sólo se me ocurre copiar aquí un fragmento de uno de los poemas más sobrecogedores del poeta irlandés W.B. Yeats (1865-1939) publicado en 1920 que siempre me lleva a reflexionar.

THE SECOND COMING

Turning and turning in the widening gyre

The falcon cannot hear the falconer

Things fall apart; the centre cannot hold;

Mere anarchy is loosed upon the world,

The blood-dimmed tide is loosed, and everywhere

The ceremony of innocence is drowned;

The best lack all conviction, while the worst

Are full of passionate intensity.

Surely some revelation is at hand;

Surely the Second Coming is at hand.

LA SEGUNDA VENIDA

Girando y girando en un círculo creciente

el halcón no puede oír al halconero;

todo se desmorona; el centro ya no puede sostener;

la anarquía está suelta por el mundo,

la marea enturbiada por la sangre; en todas partes

la ceremonia de la inocencia está ahogada;

los mejores de convicción carecen, mientras los peores

llenos están de intensidad apasionada.

Sin duda que una revelación es inminente,

Sin duda que un Segundo Advenimiento es inminente.

(Trad: Mª Soledad Sánchez)

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W. B. Yeats (1865-1939)

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